Ella estaba muy enferma y paso su vida en hospitales, Pero reencarna como una hermosa mujer de cabello celeste, que solo quiere ser feliz.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Nino Sartori 2
Niccolo no podía creer quien era ella.
Aria Vizconti.
La hermana menor del conde Vizconti.
Una de las señoritas más conocidas de esa zona de la sociedad de Vagur.
Una joven hermosa, perteneciente a una familia poderosa y con suficientes recursos como para no necesitar la atención de un hombre desconocido.
Mucho menos utilizar a un niño para conseguirla.
Niccolo sintió que acababa de cometer una de las mayores torpezas de su vida.
[¡Excelente, Niccolo! ¡Simplemente excelente!].
Quiso golpearse mentalmente.
Había acusado a una joven noble de utilizar a su sobrino como excusa para acercarse a él.
A una mujer que, según acababa de explicar Nino, había ayudado al pequeño cuando estaba perdido y llorando.
Y ni siquiera se había molestado en saludarla.
Si el conde Vizconti llegaba a enterarse de lo sucedido, probablemente tendría que soportar una conversación extraordinariamente desagradable.
Niccolo se aclaró la garganta.
—Señorita Vizconti, debo admitir que ha habido un malentendido.
Aria no respondió.
El hombre intentó sonreír.
—Mi intención no era ofenderla. Simplemente, he visto a muchas señoritas intentar acercarse a mí durante las celebraciones, y pensé que quizá...
Se detuvo.
Porque, incluso mientras pronunciaba aquellas palabras, se dio cuenta de que estaba empeorando la situación.
[¡Por todos los dioses, cállate!].
Pero ya era demasiado tarde.
Aria levantó una ceja.
Niccolo sintió que su dignidad se encogía.
—Lo que quiero decir es que...
Hizo un gesto con la mano.
—Naturalmente, usted no necesita recurrir a semejantes métodos.
Silencio.
Aria lo miró.
Niccolo intentó corregirse.
—Quiero decir, dada su posición social, estoy seguro de que muchos hombres estarían interesados en conocerla.
Peor.
Mucho peor.
Aria sintió que la paciencia se le agotaba.
[¿Este hombre está intentando disculparse o está buscando la manera de insultarme por segunda vez?].
Niccolo continuó, cada vez más nervioso.
—Y, por supuesto, su belleza es ampliamente reconocida. No habría motivo para que...
Se interrumpió.
Aria sonrió.
Una sonrisa tan fría que Niccolo habría preferido enfrentarse a una tormenta mágica.
—Comprendo, señor Sartori.
Su voz era dulce.
Demasiado dulce.
—No se preocupe. No es necesario que continúe.
Niccolo sintió un escalofrío.
Aquella respuesta no sonaba en absoluto a perdón.
—Señorita Vizconti, yo...
Aria se volvió hacia Nino.
—Ha sido un placer conocerte, joven Sartori.
El pequeño abrió mucho los ojos.
—¿Ya te vas?
Ella sonrió con ternura.
—Sí, cariño. Debo regresar con mi hermano.
Nino bajó la mirada.
Por primera vez desde que Niccolo había llegado, pareció recordar que la fiesta continuaba y que su nueva amiga no podía quedarse con él toda la noche.
—Oh...
Aria le acomodó suavemente un mechón de cabello.
—Pero no olvides nuestra promesa.
Los ojos del niño volvieron a brillar.
—¡Las galletas!
—Las galletas. Haremos dragones, zorros y todos los animales que quieras.
Nino sonrió.
—¡Y un Señor Galletoso!
Aria soltó una risita.
—Por supuesto. No podemos dejarlo fuera.
El pequeño se rio.
Después, con una seriedad que habría hecho sentirse orgulloso a cualquier caballero, se inclinó ligeramente.
—Gracias por acompañarme, señorita Vizconti.
Aria hizo una pequeña reverencia.
—Gracias a ti por compartir conmigo una tarde tan divertida.
Nino levantó la cabeza.
—Nos veremos pronto, ¿verdad?
Ella asintió.
—Nos veremos pronto.
Y entonces, sin dedicarle una sola palabra más a Niccolo, se alejó por el sendero.
Su vestido azul se movió suavemente con cada paso, y la luz de los faroles hizo brillar los bordados plateados de la tela.
Niccolo la observó marcharse.
Quería detenerla.
Quería disculparse de una manera que no resultara todavía más vergonzosa.
Pero no encontraba las palabras.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, se había quedado sin ninguna excusa que pudiera salvarlo.
Durante varios segundos, Nino permaneció mirando el lugar por donde Aria había desaparecido.
Después giró lentamente la cabeza hacia su tío.
Niccolo tragó saliva.
—Nino...
El pequeño lo miró.
Su expresión era tan seria que el hombre sintió una incomodidad mucho mayor que cuando había discutido con adultos de alto rango.
—¿Qué?
Niccolo se pasó una mano por el cabello.
—Creo que deberíamos regresar al salón.
Nino no respondió.
—Tu tío ha cometido un error. A veces, cuando uno está preocupado, puede interpretar mal una situación.
El niño siguió mirándolo.
Niccolo intentó sonreír.
—Estoy seguro de que la señorita Vizconti comprenderá que...
—No.
La respuesta fue tan seca que el hombre se quedó callado.
Nino bajó la mirada hacia la galleta que todavía sostenía.
Después levantó los ojos.
—Nunca pensé que mi único tío me avergonzaría de esa forma.
Niccolo sintió que aquellas palabras le atravesaban el pecho.
—Nino...
—La señorita Aria fue amable conmigo cuando yo estaba llorando. No me conocía y, aun así, se quedó a mi lado.
El niño apretó los labios.
—Tú ni siquiera le diste las gracias.
Niccolo bajó la mirada.
Por primera vez, no tuvo nada que responder.
Nino suspiró.
Era un suspiro pequeño, demasiado profundo para un niño de cinco años.
—Además, ni siquiera le preguntaste qué había pasado.
El hombre cerró los ojos.
Tenía razón.
Había visto a su sobrino riendo con una joven hermosa y había decidido inventar una explicación que encajara con sus propias sospechas.
Ni siquiera se había detenido a considerar que Nino, un niño que rara vez se acercaba a desconocidos, pudiera haber encontrado consuelo en alguien que simplemente había sido amable con él.
Y lo peor era que había arruinado aquel momento.
Niccolo se agachó hasta quedar a la altura de su sobrino.
—Tienes razón, Nino.
El pequeño lo observó sin cambiar de expresión.
—Me equivoqué.
Niccolo respiró profundamente.
—Y fui descortés con la señorita Vizconti. Debí haberla saludado y escuchar lo que tenía que decir antes de sacar conclusiones.
Nino siguió en silencio.
—Lo siento.
El niño bajó la mirada.
Durante unos segundos, pareció considerar la disculpa.
Después murmuró..
—Debes disculparte con ella de verdad.
Niccolo asintió.
—Lo haré.
Nino levantó la galleta.
—Y no debes volver a decir que alguien quiere acercarse a ti cuando en realidad solo está siendo amable conmigo.
El hombre cerró los ojos otra vez.
[¡Cinco años! ¡Tiene cinco años y está dándome una lección sobre modales!].
—De acuerdo. No volveré a hacerlo.
Nino pareció satisfecho.
Después miró hacia el sendero por el que Aria se había marchado.
Su expresión se suavizó.
—La señorita Aria es muy bonita.
Niccolo se quedó inmóvil.
Aquello era cierto.
Era una joven extraordinariamente hermosa.
Pero, por primera vez aquella noche, la idea no le pareció particularmente importante.
—Sí.. Es una dama muy hermosa.
Nino negó con la cabeza.
—No solo eso.
Niccolo lo miró.
El niño abrazó cuidadosamente su galleta.
—Es amable.
El hombre guardó silencio.
Nino sonrió.
—Y sabe mucho sobre dragones.
Niccolo sintió una extraña presión en el pecho.
Había pasado meses intentando que su sobrino se relacionara con otros niños, que participara en las reuniones familiares y que dejara de esconderse cuando los adultos se acercaban.
Sin embargo, una desconocida había conseguido que Nino sonriera durante una sola tarde.
No mediante regalos costosos.
No con promesas grandiosas.
Ni siquiera intentando ganarse su afecto.
Simplemente se había sentado a su lado.
Le había ofrecido una galleta.
Y había escuchado lo que tenía que decir.
Niccolo volvió a mirar el sendero.
La joven ya no estaba allí.
Por primera vez, sintió curiosidad por conocerla de verdad.
Y también una vergüenza profunda por haber comenzado aquella relación de la peor manera posible.
Nino, entretanto, se puso de pie.
—Vamos.
Niccolo parpadeó.
—¿Adónde?
—Al salón.
El hombre se levantó también.
—¿Ya no estás enfadado conmigo?
Nino lo miró con seriedad.
—Sí, estoy enfadado.
Niccolo suspiró.
—Comprendo.
El niño comenzó a caminar.
Después se volvió para añadir..
—Y todavía tienes que ayudarme a encontrar una manera de pedirle a la señorita Aria que hagamos las galletas.
Niccolo se quedó inmóvil.
—¿Yo?
Nino asintió.
—Sí. Tú eres el adulto. Eres un conde.
El hombre miró al cielo.
[Que alguien me ayude].
Porque acababa de comprender que, para recuperar la confianza de su sobrino, tendría que enfrentarse a una tarea mucho más difícil que cualquier negociación política.
Tendría que aprender a hacer galletas con forma de dragón.
Y, antes de eso, tendría que encontrar la manera de disculparse con una hermosa dama a la que había ofendido sin motivo.
Una dama que, a juzgar por la expresión que le había dedicado antes de marcharse, probablemente no tenía la menor intención de perdonarlo pronto.
Niccolo suspiró y siguió a su sobrino.
Aquella noche había comenzado como una celebración de cumpleaños.
Pero terminaría convirtiéndose en una lección que tardaría mucho tiempo en olvidar.
Porque la señorita Aria Vizconti podía perdonar muchas cosas. Pero la arrogancia, especialmente cuando se dirigía contra un niño al que acababa de consolar, no era una de ellas.
Que tierno