Él la rechazó. Ella decidió hacerlo caer de rodillas.
Cillian Voss es el Alfa de Luna Roja: multimillonario, controlador y roto por dentro. Hace más de dos décadas enterró a la mujer que amaba y, con ella, cualquier intento de volver a sentir. Su manada lo respeta. Sus enemigos lo temen. Pero nadie conoce al hombre herido que se esconde tras esa mirada helada.
Aurora Hale, futura Alfa de Estrella de la Mañana, nunca fue de las que bajan la cabeza. Inteligente, provocadora y peligrosamente decidida, creció aprendiendo a moverse entre el poder, el orgullo y la manipulación.
Durante la celebración de la Luna Azul, un vínculo imposible despierta entre los dos.
¿El problema? Cillian se niega a aceptarlo.
Para él, el destino es una maldición cruel. Para Aurora, el rechazo es apenas el comienzo del juego.
Mientras el deseo crece de forma obsesiva y sus lobos se resisten a la separación, ella toma una decisión: no será la mujer que le ruega al Alfa de Luna Roja. Hará algo mucho más peligroso.
Lo hará perder el control.
Porque hay lazos que no se pueden romper. Y hay Alfas que terminan de rodillas antes siquiera de darse cuenta de que están enamorados.
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Capítulo 2
Lo primero que aprendí sobre el poder… fue que tiene un precio. Y ese precio lo vi por primera vez cuando tenía diez años.
—No… —la voz de mi padre se quebró como nunca antes se la había oído—. No puede ser…
Yo estaba en la puerta del despacho, demasiado pequeña para entenderlo del todo… pero lo bastante grande para sentirlo.
Draxion, mi mejor amigo, dos años mayor que yo, estaba ahí, inmóvil, con la cabeza gacha.
—El Alfa Elliot… —tragó saliva— no resistió. Lo lamento mucho, Alfa Silus.
El mundo no se detuvo. Pero mi padre sí. Jamás había visto al Alfa Silus Hale de rodillas. Nunca. Pero ese día… lo vi.
Se desplomó como si le hubieran arrancado algo. Como si la mitad de su pecho se hubiera ido con esa noticia.
Y yo lloré. No porque entendiera la muerte. Sino porque vi a mi padre quebrarse.
Ser la hija única del Alfa más respetado de las siete manadas nunca fue ligero. Desde pequeña, todos lo sabían.
—Ella será la próxima Alfa.
Y no era solo un título. Era responsabilidad. Era expectativa. Era peso.
Normalmente, el primogénito de un linaje Alfa nace varón. Fuerte, dominante, preparado desde el primer aliento.
Pero en Estrella de la Mañana… las reglas nunca fueron tan simples. Mi abuela fue Alfa. Mi madre habría podido serlo, pero no lo es.
Y yo… yo lo sería. No había duda.
—Otra vez —dijo Draxion, cruzado de brazos, mientras me observaba.
Puse los ojos en blanco.
—Le di.
—Fuiste lenta.
—No fui lenta.
—Sí lo fuiste.
Me lancé antes de que terminara. Esta vez más rápido. Más directo. Él bloqueó, pero retrocedió un paso. Uno. Pequeño. Pero lo dio.
Y yo sonreí.
—¿Ves?
Soltó una risa corta.
—Mejoraste, futura Alfa.
Draxion siempre fue así. Directo. Sin rodeos. Sin tratarme como «la hija del Alfa». Y quizá por eso… era mi mejor amigo.
—Tienes que dejar de pensar y empezar a actuar —siguió—. Un Alfa no duda.
—Yo no dudo.
Arqueó una ceja.
—Piensas demasiado antes de atacar.
Me crucé de brazos.
—Armo estrategias.
—Complicas.
—Gano. Idiota.
Se quedó callado un segundo… y luego se encogió de hombros.
—A veces.
Le di un empujón en el hombro.
—Idiota.
Pero sonreí. Porque tenía razón. Y yo lo sabía.
Nuestra manada hacía frontera con Luna Roja. Y aunque no había contacto directo constante… crecí oyendo hablar de ellos.
Del Alfa Elliot. De su fuerza. De la lealtad entre él y mi padre. Y después… de su hijo.
Cillian Voss.
El futuro Alfa al que casi nadie veía. El hombre que repartía su vida entre el bosque y la ciudad. El lobo que nunca aceptó a otra Luna.
En aquella época no lo entendía del todo… Pero su nombre se me quedó grabado.
El funeral se celebró en el claro central. El único lugar donde se reunían las siete manadas. Nunca había visto tantos lobos juntos.
Era… imponente. Pesado. Lleno de respeto. Mi madre me sujetaba la mano con firmeza.
—Quédate cerca de mí —me dijo.
—Quiero ver.
—No.
La respuesta llegó al instante. Sin espacio para discutir. Pero yo era curiosa… y terca. Cuando se distrajo un segundo, me incliné un poco.
Solo lo justo. Y entonces lo vi. De lejos. Muy lejos. Pero lo vi.
A él.
A Cillian Voss.
Aun a esa distancia… destacaba. Demasiado alto. Demasiado imponente. Era como si el aire a su alrededor fuera más denso. Más pesado.
La gente no se le acercaba. Lo respetaba. O le temía. Quizá las dos cosas. No alcanzaba a verle bien la cara. Pero lo sentí.
Aunque no lo entendiera. Algo distinto. Algo fuerte. Algo que me hizo contener el aliento sin saber por qué.
—Aurora —mi madre me tiró de vuelta de la mano.
Ni siquiera me había dado cuenta de que me había soltado. Pero seguí mirando. Intentando grabar esa imagen. Guardándola. Sin saber que… años después… seguiría conmigo.
Yo era solo una niña. Él era un hombre. Pero eso no frenaba mis pensamientos.
—Diosa de la Luna… —susurraba a veces, acostada en la cama, mirando el techo—. Cuando me toque a mí… —cerraba los ojos. Imaginando—. ¿Puede ser él?
Un pedido inocente. Casi tonto.
—No me importa que sea mayor…
Sonreía sola. Sin entender el peso real de aquello. Sin saber lo que cargaba ese hombre. Sin saber que el destino… no era algo que se pedía.
Era algo que llegaba. Y a veces… destruía.
Pasaron los años. Y yo cambié. Mucho. La niña curiosa se convirtió en alguien que sabía exactamente lo que quería. Y lo que debía hacer para conseguirlo.
—Más rápido —dijo Draxion, esquivando mi ataque por poco.
—Hablas demasiado —le solté, girando para golpearle el flanco.
Me atrapó el brazo. Pero yo aproveché el impulso. Le sujeté la muñeca. Y lo derribé. Esta vez con fuerza. Cayó al suelo con un golpe seco. Y se quedó ahí un segundo… mirándome.
Luego empezó a reír.
—Bueno… —levantó las manos—. Esa estuvo buena.
Sonreí, recuperando el aliento.
—Te lo advertí.
Se levantó, sacudiéndose el polvo de la ropa.
—Vas a ser un problema.
—Ya lo soy.
Asintió con la cabeza.
—Justo.
Nuestra amistad solo creció con el tiempo. Entrenamientos. Discusiones. Estrategias. Él me ayudaba a ser mejor. Y yo… nunca se lo ponía fácil.
Dieciséis años. Ese fue el tiempo que pasó desde el funeral. Y todo cambió. Menos una cosa. El evento.
La Luna Azul.
Cada treinta años, las siete manadas se reunían. No solo para celebrar. Sino para fortalecer alianzas. Crear vínculos. Uniones. Matrimonios. Era más que una tradición.
Era supervivencia. Y sería… la primera para mí.
—Estás nerviosa —comentó Draxion, recargado en la pared mientras me observaba.
—No lo estoy.
Ladeó la cabeza.
—Sí lo estás.
Puse los ojos en blanco, ajustándome la tela del vestido.
—Solo estoy… ansiosa.
—¿Porque podrías encontrar a tu destinado?
Me detuve un segundo. Respiré hondo.
—Tal vez.
Se quedó callado un momento.
—¿Y si no lo encuentras?
Me encogí de hombros.
—Entonces sigo siendo quien ya soy. —Me volví hacia él—. Completa.
Me estudió con atención. Como si analizara cada palabra. Después asintió.
—Buena respuesta.
Pero había algo ahí. Algo que no dijo. Y yo lo noté. Solo que no insistí.
Cuando por fin llegó la noche… lo sentí. Antes incluso de salir. Antes de ver nada. Irys se agitó dentro de mí.
Despierta. Atenta. Animada.
—¿Estás sintiendo esto? —pregunté en mis pensamientos.
La respuesta llegó como un susurro suave. Cálido. Vibrante.
—Sí.
El corazón se me aceleró.
—¿Qué cosa?
Una pausa. Y entonces…
—Él.
Todo mi cuerpo reaccionó. Como si cada parte de mí hubiera despertado de golpe.
—¿Estás segura?
Una risa leve resonó dentro de mí.
—Absolutamente.
Tragué saliva. Me miré en el espejo un segundo. Intentando entender lo que me estaba pasando.
—¿Está allá?
—Sí.
El pecho me subía y bajaba más rápido.
—¿Quién es?
Esta vez… tardó un poco más. Como si lo estuviera saboreando. Como si ya supiera… el impacto.
—Alguien que va a cambiarlo todo.
Sonreí. Despacio. Sintiendo que algo crecía dentro de mí. Expectativa. Curiosidad. Y algo más. Algo más intenso. Más profundo.
—Entonces vamos —susurré, tomando con firmeza la falda del vestido.
Alzando la barbilla. Con un brillo en la mirada.
—Porque quiero ver quién es el hombre… que cree que va a poder seguirme el ritmo.
Y, por primera vez… no era solo curiosidad.
Era un desafío.