Una noche. Un nombre falso. Un error imposible de repetir… y de olvidar.
Lívia llega a la capital con una maleta, pocos ahorros y una única meta: empezar de cero. Esa misma noche, en la barra de un restaurante elegante, un desconocido de ojos verdes y voz profunda le hace olvidar todos sus planes. Ella no da su nombre. Él tampoco lo pregunta.
A la mañana siguiente, la puerta del departamento de su mejor amiga se abre… y el hombre que le dejó la piel ardiendo está parado ahí, con el mismo traje gris. Augusto Lacerda: presidente de uno de los grupos empresariales más poderosos del país, padre de Manuela y dueño de la empresa donde Lívia acaba de pedir trabajo.
Augusto se prohibió a sí mismo todo lo que no pudiera controlar. Lívia no piensa dejar que nadie la humille otra vez. Entre entrevistas que son interrogatorios, miradas que cortan el aire y un secreto que podría destruir la amistad más importante de su vida, cada encuentro es una guerra… que ninguno de los dos sabe cómo dejar de pelear.
Porque algunos errores son demasiado deliciosos para corregirse.
NovelToon tiene autorización de Naira Sousa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 8
...✿ *LÍVIA* ✿...
El rumor suave de la cafetera eléctrica burbujeando en la cocina era el único ruido agradable de aquella mañana soleada. Yo estaba sentada en uno de los bancos altos de la barra de mármol, con una taza humeante entre las manos. Sí, otra taza de café. Aunque ya había desayunado café con Augusto, mi amiga me insistió en tomar otro con ella. Y ahí estaba, frente a mí, con un pijama de seda verde, el cabello recogido en un moño desordenado y una sonrisa de oreja a oreja que le ocupaba casi toda la cara.
—Ya puedes ir quitándome de enfrente esa carita de santa —dijo, sirviéndose café—. ¿Llegaste de puntitas y creíste que no me iba a dar cuenta? Quiero los detalles. Todos. ¿Quién era el misterioso del bar?
Sentí que se me encendían las mejillas de inmediato, pero no pude contener una risa floja. Tomé un sorbo de café para ganar tiempo, sintiendo cómo el calor de la bebida me bajaba por la garganta.
—No hay nada del otro mundo, Manu —intenté desviar el tema, aunque el brillo de mis ojos me delataba por completo—. Solo conversamos, tomamos una copa y… bueno, la noche terminó alargándose un poco más de lo planeado.
—¿“Alargándose un poco más”? —se burló Manu—. Lívia Duarte, ¡saliste del restaurante a las diez de la noche y no pisaste este departamento hasta que ya amanecía! No me vengas con esa vocecita tímida. ¿El hombre tenía pegada? ¿Era guapo?
—Era… increíble —confesé en un susurro, bajando la guardia por un segundo—. Manu, yo nunca viví nada parecido. Es un hombre mayor, elegantísimo, seguro de sí mismo… No hubo ese jueguito tonto de desesperación que uno suele ver por ahí. Todo fue muy fluido, intenso. Conversamos un rato, tomamos vino, y cuando me di cuenta ya estábamos en su departamento.
—¡Amiga del alma! —Manu dio una palmada entusiasmada en la barra, con los ojos brillando de emoción—. ¡Yo sabía que esta mudanza a la capital te iba a hacer bien! Pasaste seis meses encerrada en el pueblo, respirando medicinas y fisioterapia. ¡Necesitabas urgentemente un shock de vida! ¿Y cómo estuvo en su departamento?
Suspiré, apoyándome en el respaldo del banco y mirando al techo mientras recordaba la madrugada.
—Fue perfecto. No hubo prisa, ¿sabes? Fue un caballero en cada detalle, pero al mismo tiempo… Dios mío. Ese hombre sabía exactamente lo que hacía. No hubo nada mecánico ni apurado.
—¡Ay, qué envidia de la buena! —suspiró Manu, tomando una tostada y untándole mermelada con una sonrisa soñadora—. Te lo mereces tanto, Lívia. Después de todo lo que pasaste cuidando a tu abuela, verte así, radiante y con esa carita de quien ha recargado las energías, me hace feliz de verdad. Pero a ver, ¿intercambiaron teléfonos? ¿Va a haber segunda cita?
—Me dio su tarjeta con su número personal —conté, recordando el papel grueso que había guardado con tanto cuidado en mi bolsa—. Dijo que quería verme de nuevo, que podía ayudarme en lo que necesitara en esta llegada mía a la ciudad. Hasta intentó dejarme una tarjeta de crédito para que la usara si quería, pero claro que la rechacé en el acto.
—¡Claro que la rechazaste, orgullosa como eres! —Manu soltó una carcajada, negando con la cabeza—. Pero el gesto me pareció elegante. El hombre claramente tiene con qué y quiso ser amable. ¿Y tú, vas a llamarlo?
—Todavía no sé —admití, mirando fijamente mi taza de café—. Primero quiero concentrarme en mi entrevista de trabajo. No quiero distraerme con relaciones ahora. Pero confieso que me va a costar sacarme a ese hombre de la cabeza.
Manu le dio una última mordida a la tostada y me miró con aire misterioso, cruzando los brazos sobre el pecho.
—¿Sabes qué? No fuiste la única que tuvo una noche interesante últimamente —dijo, soltando una risita traviesa.
—¿Cómo? —me incliné hacia delante, curiosa—. Manuela, ¿qué andas haciendo que no me has contado?
—Ay, nada del otro mundo… o mejor dicho, ¡todo del otro mundo! —me guiñó un ojo—. ¿Te acuerdas de ese cliente de la agencia del que te hablé la semana pasada? Un tipo medio callado, con un cuerpazo maravilloso, de esos que entran a la sala y todos se quedan mirando. Pues sí. Fuimos a tomar una cerveza con la excusa de afinar unos detalles de un proyecto y la cosa se salió totalmente de control.
—¡No lo puedo creer! —solté una risa deliciosa, impactada con la revelación—. Y no me dijiste nada antes de irte.
—¡Estaba esperando el momento justo! —se defendió Manu, riendo conmigo—. Chica, nos fuimos a su auto y parecía escena de película. Ese hombre serio de oficina se transformó por completo. Un agarre firme, un beso que te deja sin aire… Hicimos una locura en el camino y después nos fuimos a un hotel. ¡Fue increíble! Necesitaba tanto un momento así, sin compromiso, solo para sentirme viva.
—Las dos estamos terriblemente perdidas en esta ciudad —bromeé, negando con la cabeza mientras tomaba otro sorbo de café—. Dos encuentros arrolladores en una sola noche.
—¡Perdidas no, mi amor, actualizadas! —corrigió Manu, guiñándome un ojo victoriosa—. Trabajamos demasiado, nos estresamos demasiado. De vez en cuando nos merecemos un hombre de verdad que nos haga circular la sangre más rápido.
Nos reímos juntas, en un momento de pura complicidad y ligereza femenina. Era tan bueno estar de vuelta y poder compartir secretos con mi mejor amiga sin las sombras de las preocupaciones que me habían rodeado los últimos meses. Sentía que mi vida por fin se estaba encarrilando: una amistad verdadera, la promesa de un empleo prometedor y el recuerdo de una noche inolvidable que alimentaba mi autoestima.
—Bueno, doña Lívia —dijo Manu, mirando el reloj de la pared de la cocina—, será mejor que terminemos este café. Mi papá me mandó un mensaje diciendo que pasaría por aquí para entregarme unos documentos de la familia que tengo que firmar. Vive corriendo por la empresa, así que debe de estar por llegar.
—Tu papá… —murmuré—. ¿Es muy estricto, Manu? Me da miedo estorbar quedándome en tu departamento.
—¡Qué va! —Manu agitó la mano, restándole importancia a mi preocupación—. Mi papá es medio testarudo, demasiado concentrado y anda de traje hasta para ir a la panadería, pero tiene un corazón enorme. Es súper protector conmigo, aunque a veces choquemos por mi independencia. Te va a caer de maravilla. Y tú a él también, cuando vea lo bien que me haces.
—Eso espero —sonreí, terminando mi café y levantándome para dejar la taza en el fregadero—. Voy a enjuagar mi vaso antes de que llegue.
—Tranquila, yo voy al cuarto a cambiarme —dijo Manu, caminando por el pasillo.
Me quedé sola en la cocina unos segundos, secándome las manos con el trapo. Fue entonces cuando el timbre sonó claro y por duplicado en la sala. Manu salió corriendo enseguida a abrir.