Serena es obligada a convertirse en la segunda esposa del hombre que la odia, creyéndola la asesina de su hermano. En ese infierno de desprecio y bajo la atenta y furiosa mirada de la esposa por herencia del Alfa—quien ahora tiene que verla todos los días bajo el mismo techo—, el lazo de la luna comienza a arder entre el Alfa y su segunda esposa en contra de su voluntad. Atados por la ley de la sangre y la traición, la verdad está a punto de salir a la luz... y la venganza será implacable.
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Capítulo 6
El aire de la noche descendía helado desde las cumbres, cargado con el aroma húmedo de la tierra y el perfume lejano de los lirios del jardín. Jacob caminaba con las manos en los bolsillos, disfrutando de la breve tregua de silencio que le regalaba la oscuridad. El peso de la chaqueta de terciopelo borgoña le abrigaba los hombros, y una ligera sonrisa jugaba en sus labios mientras pensaba en regresar junto a Serena al bullicio del salón.
No escuchó el crujir de la hojarasca seca. Ni siquiera percibió el cambio en la densidad del viento.
El ataque fue tan rápido y certero que no le dio tiempo de apelar a sus instintos de Alfa. Una sombra se precipitó sobre él desde los matorrales laterales, derribándolo con un golpe seco contra el suelo gélido del sendero.
—¡Pagaras por todo lo que me quitaron! —gruñó una voz áspera y desquiciada junto a su oído.
Un dolor agudo, ardiente y desesperante le desgarró el costado izquierdo. Jacob abrió los ojos de par en par, sintiendo cómo el frío acero de una daga de plata atravesaba la tela de terciopelo borgoña y se hundía profundamente en su carne. El aliento se le escapó de los pulmones en un suspiro ahogado y tembloroso.
El agresor retrocedió de inmediato, fundiéndose de nuevo entre las sombras de los pinos con la misma velocidad con la que había aparecido, convencido de que la sangre derramada pertenecía al heredero legítimo.
Jacob quedó tendido boca arriba sobre la tierra húmeda. Sus manos se aferraron con torpeza al abrigo manchado, intentando contener la hemorragia mientras la vida se le escapaba a borbotones. Sus ojos dorados, perdiendo el brillo de la consciencia, se fijaron en el cielo estrellado, murmurando un único nombre antes de que el silencio absoluto lo envolviera todo:
—...Serena...
A pocos metros de allí, en el interior del gran salón, la música seguía sonando con alegría y las copas seguían chocando en un brindis festivo. Serena miraba hacia la entrada del jardín de invierno con el ceño ligeramente fruncido por la impaciencia. Jacob llevaba varios minutos fuera.
Una extraña opresión comenzó a apretarle el pecho, un latido errático y doloroso que no tenía nada que ver con los nervios normales. Era el lazo de la luna. Una punzada helada, repentina y brutal que le hizo dar un paso involuntario hacia atrás, dejando caer la copa de sidra que sostenía. El cristal se astilló contra el suelo de mármol, pero ella apenas lo escuchó.
—¿Jacob? —susurró para sí misma, sintiendo que el aire se le quemaba en la garganta.
Sin importarle las miradas curiosas de los invitados que comenzaron a volverse hacia ella, Serena dio media vuelta y corrió con desesperación hacia las puertas de cristal que conducían al exterior.
El frío de la noche la golpeó de golpe, pero el fuego del pánico la impulsó a adentrarse en el sendero oscuro.
—¡¿Jacob?! —gritó su nombre con la voz quebrada, siguiendo una brújula invisible guiada por los restos moribundos del vínculo que los unía.
Dobló la esquina del jardín de invierno y sus ojos se abrieron con horror absoluto.
Tendido en el suelo, sobre un charco de sangre que manchaba la tierra y el elegante terciopelo borgoña, yacía el Alfa.
—¡No, no, no! ¡Jacob! —sufrimiento puro y desgarrador brotó de su garganta mientras se dejaba caer de rodillas a su lado.
Se abalanzó sobre él, presionando con sus propias manos y con desesperación demencial la herida abierta en el pecho, intentando inútilmente tapar el flujo de vida que se escurría entre sus dedos. Su vestido color marfil se empapó rápidamente de rojo carmesí. Las lágrimas corrían por sus mejillas mezclándose con el sudor y la tierra.
—¡Ayuda! ¡Por favor, que alguien ayude! ¡Está herido! —gritaba al aire, con la voz rota en un llanto que desgarraba el alma.
Los gritos de Serena rebotaron contra los muros de la mansión, atravesando las puertas y rompiendo la atmósfera festiva en mil pedazos. La música cesó de golpe. Un silencio sepulcral se apoderó del salón de baile antes de que el caos estallara.
James fue el primero en salir corriendo, seguido muy de cerca por la matriarca Karen y una horda de invitados alarmados. Al llegar al sendero y ver la escena, el mundo pareció detenerse.
—¡Jacob! —rugió James con un dolor primario, arrodillándose junto al cuerpo sin vida de su hermano menor.
Karen se quedó petrificada en el umbral, con la mano temblorosa tapándose la boca mientras las lágrimas brotaban de sus ojos. Sus piernas fallaron y tuvo que apoyarse contra el marco de la puerta.
Y en medio de todo ese infierno, con las manos completamente cubiertas de sangre, Serena levantó la vista hacia James y hacia la matriarca. Sus labios temblaban, incapaces de articular palabra.
En ese preciso instante, saliendo de la penumbra del salón con una expresión perfecta de horror fingido, Selma se detuvo junto a su esposo. Sus ojos oscuros recorrieron la escena: el charco de sangre, el cuerpo sin vida de Jacob... y la chaqueta de terciopelo borgoña que ella misma le había ordenado a Diego buscar.
Una ola de frío recorrió la espina dorsal de Selma. No era James. Era Jacob. El error era colosal. Habían asesinado al Alfa menor, el hombre al que amaba obsesivamente, dejando a su esposo James completamente ileso.
Pero antes de que el pánico pudiera traicionarla, el cerebro calculador de Selma se reconfiguró a una velocidad vertiginosa. El plan había fallado en su objetivo, pero las cartas seguían sobre la mesa. Jacob estaba muerto, el lazo de la luna se había roto trágicamente... y la forastera estaba arrodillada allí, cubierta de sangre, con las manos humeantes del crimen.
Selma dio un paso al frente, apretó el brazo de James y, con los ojos anegados en lágrimas de pura actuación, lanzó la estocada final que sellaría el destino de todos:
—¡Dios mío... Ha matado a Jacob! ¡La forastera ha asesinado al Alfa!