Renata Solis tenía la vida que siempre soñó: un matrimonio estable de veinticinco años con Fernando Lavallée, un próspero ejecutivo, y dos hijos a los que adoraba. Ella era la esposa abnegada que cuidaba del hogar mientras su marido aseguraba el futuro familiar. Sin embargo, una llamada a la una de la madrugada destruye su mundo para siempre.
Tras correr al hospital, Renata no solo recibe la devastadora noticia de que Fernando ha muerto en un accidente de tránsito, sino que descubre que no iba solo: la mujer que viajaba a su lado en el copiloto tampoco sobrevivió. El día del entierro, la verdad sale a la luz de la forma más cruel cuando una compañera de trabajo le confiesa la pesadilla: Fernando llevaba más de tres años manteniéndole una doble vida a su amante, con quien además tenía una hija de año y medio.
Por si la traición no fuera suficiente, Renata descubre que su esposo hipotecó la casa familiar y entregó todo a su amante.
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Capítulo 8: Un Sentimiento Inesperado
Al entrar al imponente vestíbulo de mármol, Renata caminó hacia la barra principal con el corazón batiéndole a mil por hora. Ajustó la carpeta con sus documentos contra el pecho y buscó la mirada de la recepcionista, una joven impecablemente arreglada.
—Buenos días... disculpe las molestias —comenzó Renata con voz amable pero temblorosa—. Quería preguntar si por casualidad hay alguna vacante disponible. Yo estudié secretariado y, aunque hace años que no ejerzo, le aseguro que todavía puedo...
La recepcionista ni siquiera la dejó terminar la frase. Levantó la vista con gesto de aburrimiento y la examinó de arriba abajo con frialdad.
—Lo siento, aquí no hay vacantes para personas de su edad. Se nota que ya tiene más de treinta años.
A Renata se le encogió el alma, pero tragó grueso e intentó defenderse.
—Sí, entiendo... pero aún puedo hacer muy bien mi trabajo, soy muy ordenada y aprendo rápido...
—No, no hay nada —sentenció la mujer volviendo la mirada a la pantalla de su computadora, cortando cualquier posibilidad.
—Gracias... —alcanzó a murmurar Renata con la voz quebrada.
Sintió un mareo repentino y la sensación clara de que se iba a desmayar allí mismo. Caminó como pudo hacia la salida, atravesando las puertas de cristal con la vista nublada por las lágrimas. Apenas logró bajar el último escalón de la gran entrada del edificio, las piernas se le doblaron por completo. Se desplomó sobre el piso de piedra, rompiendo en un llanto amargo y desesperado. Ya no podía soportar más la humillación, la ruina y la angustia de ver a sus hijos en la calle.
En ese preciso instante, el automóvil de lujo de Ricardo Del Solar avanzaba lentamente hacia la salida de la rampa ejecutiva. Desde el asiento trasero, Ricardo miraba distraídamente por la ventana hasta que su vista se fijó en la figura de la mujer tirada en los escalones de su compañía, llorando desconsoladamente.
Sin pensarlo dos veces, Ricardo le indicó a su chofer que se detuviera de golpe. Abrió la puerta, se bajó rápidamente del vehículo y caminó a pasos apresurados hacia ella, con la mirada llena de preocupación.
—¿Está bien? ¿Qué le sucedió? —preguntó con su voz grave y varonil, inclinándose un poco hacia ella.
Renata, enjugándose las lágrimas con torpeza, alzó la mirada muy despacio para encontrarse con él. En ese segundo en que sus ojos se cruzaron, el tiempo pareció detenerse por completo. Algo indefinible, un chispazo profundo e inexplicable, se encendió de inmediato en el pecho de ambos.
—¿Qué le sucede? —insistió Ricardo con un tono cálido y preocupado, manteniendo la mirada fija en ella.
—Nada, yo... solo... —Renata no sabía qué decirle. Sentía una vergüenza enorme de estar llorando en el suelo frente a un hombre tan elegante e imponente.
Ricardo echó un vistazo hacia las puertas de cristal del edificio y volvió a mirarla con perspicacia.
—¿Estaba dentro? ¿Fueron groseros con usted?
—No... —respondió Renata limpiándose las mejillas con torpeza mientras intentaba ponerse de pie—. Lo que pasa es que tienen razón. Ya no soy una jovencita y mi perfil ya no encaja en una compañía tan grande como esta.
Ricardo la observó con detenimiento, notando la dignidad y la tristeza profunda en sus ojos.
—Bueno, es verdad que no tiene 20 años, pero aún es joven —dijo él con firmeza—. ¿De qué trabajo buscaba?
—Estudié secretariado, pero hace mucho tiempo... trabajé como secretaria pero hace muchos años también, así que cualquier empleo para mí sería bueno. Necesito trabajar —confesó Renata con la voz entrecortada por la desesperación.
Ricardo se quedó mirándola fijamente unos segundos, recorriendo su rostro en silencio. Había algo en la determinación de esa mujer que lo cautivaba de inmediato.
—¿Qué pasa? —le preguntó ella, un poco desconcertada por su mirada tan intensa.
Una leve sonrisa se dibujó en los labios de Ricardo.
—Ya sé en qué puede ayudarme.
Renata en este momento camina entre nubes y es muy feliz.
Ricardo con fuegos artificiales hizo su propuesta de pedirle matrimonio a Renata y por supuesto fue un si rotundo.
Todo muy bien Ricardo pero ya tu familia y tu hija lo saben 🤔🤔🤔❓❓❓❓❓❓
Definitivamente no se que haría con Sergio porque es un rebelde sin causa que provoca sacarlo de la casa y dejarlo pasar carencias en la calle para que aprenda a ser más humilde, valorar a su madre y hermano que están haciendo lo imposible para que el pueda seguir estudiando mal agradecido.