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El omega abandonado por su alfa

El omega abandonado por su alfa

Status: Terminada
Genre:Romance / Yaoi / CEO / ABO / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Majo R.

Durante dos años, Gael Luján fue el esposo invisible de Adrián Ferrer, un poderoso alfa de clase S. Como beta, su única función parecía ser ayudarlo durante el rut. Pero todo cambió cuando Gael se diferenció tardíamente como omega, recibió una marca completa y quedó embarazado.
Por primera vez, creyó que podía tener una familia de verdad.
Se equivocó.
Tres días después de dar a luz, mientras su hijo luchaba por sobrevivir, Gael recibió los documentos de divorcio. Adrián ya había decidido su futuro por él: quedarse con el bebé y expulsarlo de sus vidas.
Meses después, Gael regresa decidido a recuperar a Neno y a no volver a entregar el corazón. Sin embargo, una marca completa no desaparece con una firma. Sus cuerpos aún se reconocen, sus feromonas continúan buscándose y Adrián descubre demasiado tarde que aquel omega al que desechó era la única persona a la que realmente quería.
Ahora el alfa está dispuesto a utilizar la convivencia, el vínculo con su hijo y hasta sus propios instintos para recuperarlo.
Pero Gael ya no es el hombre obediente que abandonó.
Entre celos, deseo, heridas todavía abiertas y un lazo biológico imposible de ignorar, ambos tendrán que descubrir si algunas marcas pueden convertirse en amor… o si solo sirven para recordar quién fue el primero en hacer daño.

NovelToon tiene autorización de Majo R. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Capítulo 11

Gael tartamudeó.

—¿Nos vamos… ahora?

¿Qué hora era? ¿Por qué Adrián no estaba trabajando? Aunque fueran a cenar con los Luján, podían salir más tarde.

Adrián apoyó una mano sobre su cabeza y le giró el rostro hacia el reloj de su muñeca.

—Mira la hora.

Eran las 11:47 de la mañana.

Cuando Gael se sorprendía, sus ojos se volvían grandes y redondos. Adrián sintió un extraño cosquilleo en el pecho y frunció el ceño.

—Pon atención.

Gael no entendió el reclamo. Estaba poniendo atención.

—Me levanté tarde. Voy a cambiarme.

Había recuperado la lucidez, pero Adrián seguía intranquilo, sin saber qué quería ni por qué se comportaba de aquella manera.

No salió de la habitación.

—Mi asistente compró ropa de emergencia. Está arriba. Cámbiate lo que llevas puesto.

Gael estaba cada vez más confundido.

—¿No vino el sastre anoche?

Adrián detestaba su viejo abrigo gris. Prefería verlo cubierto de seda azul oscuro y, sobre todo, verla resbalar por su cuerpo. No se detuvo a analizar esa preferencia: se limitó a pedir varias prendas de la marca que él mismo usaba.

Como no recibió una explicación, Gael guardó silencio y lo siguió.

En la habitación de arriba había dos conjuntos preparados. Adrián los examinó y luego miró a Gael.

—Deben ser de tu talla.

Gael tomó uno y se lo colocó delante del cuerpo frente al espejo. No tenía etiqueta de precio, pero la tela se sentía costosa y reconoció el emblema que había visto en el clóset de Adrián.

—Esta ropa…

—¿Qué le pasó a tu cuello?

Gael intentó cubrirse la nuca, pero Adrián lo sujetó de la muñeca.

Por lo general se colocaba el parche antes de salir de su habitación. Esa mañana, con las prisas, lo había olvidado. Las heridas estaban rojas y maltratadas.

—¿Qué hiciste?

Adrián volvía a estar enojado, aunque Gael no comprendía por qué. Al fin y al cabo, era su propio cuello el que estaba lastimado.

Había soportado comentarios mucho más crueles del alfa, pero esas tres palabras le hicieron arder la nariz. Bajó la mirada para contenerse.

—No lo sé. Tal vez me toqué sin querer.

—¿No te pusiste la pomada que dejó el médico?

Gael lo miró, perdido. Lo había olvidado por completo.

Adrián lo soltó y llamó al mayordomo.

—Cuando se forma la costra, da comezón. No la toques.

Con el pulgar recogió una lágrima que había escapado del ojo de Gael. Su voz sonó casi resignada.

—No había notado cuánto te gusta llorar.

Gael se sonrojó y el corazón empezó a golpearle el pecho. Quiso negar que fuera un llorón, pero las pruebas estaban en su contra.

Adrián nunca había consolado a nadie. Normalmente eran los demás quienes se esforzaban por complacerlo. Sin embargo, ver cómo Gael contenía las lágrimas con tanta facilidad y luego se ruborizaba le produjo una sensación inesperadamente agradable.

No sabía qué significaba.

Cuando el mayordomo llevó la pomada, Gael estaba sentado de espaldas a Adrián en el sofá. Llevaba abiertos varios botones del cuello y mostraba la nuca pálida junto con una franja de la espalda.

El mayordomo bajó los ojos con discreción y entregó el medicamento.

Adrián se sentó tan cerca que el tenue olor a abeto blanco mareó a Gael.

—No te muevas.

Pasó un brazo por delante de su cuerpo y lo sostuvo del hombro. El contacto directo de sus dedos quemaba. Gael bajó la vista y vio el reloj sobre la muñeca firme, las venas marcadas que desaparecían bajo el puño de la camisa.

La pomada fría lo despejó un poco. Adrián la aplicó con cuidado y el aroma a abeto se hizo más intenso.

¿De verdad eran sus feromonas? ¿Por qué podía percibirlas?

El apósito frío cubrió todas las heridas. El alivio fue inmediato. Gael se movió apenas y su mejilla rozó los dedos de Adrián.

El alfa le sostuvo la barbilla. Estaban tan cerca que Gael había quedado encerrado por completo entre sus brazos.

—¿Me estás buscando cariño? —preguntó Adrián con voz ronca.

Las orejas de Gael se encendieron.

—No. No hice nada.

Adrián le tomó la cintura desde atrás y calculó su anchura con la mano. El calor inesperado hizo que Gael encogiera los dedos.

—La talla es correcta.

Gael sentía que iba a derretirse. Adrián le pellizcó la punta de una oreja roja y se levantó.

—Sal cuando termines de vestirte.

Solo después de que se marchara, Gael se atrevió a respirar hondo. El olor a abeto no había disminuido; era él quien se había acostumbrado.

¿Por qué Adrián lo trataba así ese día? ¿No lo detestaba? ¿Por qué le había curado las heridas? ¿Por qué…?

Se vistió con la cabeza llena de preguntas. El corte ajustado marcaba su cintura y el tono zafiro hacía que su piel se viera todavía más clara.

Al verlo, los ojos del mayordomo se iluminaron.

Ahora sí parecía estar a la altura de Adrián. Vestido de aquel color, daba la impresión de pertenecer por completo al territorio del alfa. Si Adrián tuviera una pareja omega, se la imaginaría así.

El pensamiento sorprendió al propio mayordomo, pero su profesionalismo se impuso.

—Por aquí, por favor. El señor Ferrer lo espera en el carro.

Gael estaba demasiado distraído para pensar en su aspecto.

—Sí. Gracias.

El carro esperaba frente a la casa. El mayordomo abrió la puerta y Gael encontró a Adrián en el asiento trasero, concentrado en la computadora. Solo levantó la vista cuando él se acomodó.

Su expresión reveló satisfacción.

—Mi asistente eligió bien.

Iván había interpretado sus gustos a la perfección. Gael parecía un postre apetitoso.

El carro salió de la propiedad. Gael se apretó los dedos antes de reunir valor.

—Hace un momento, ¿por qué…?

Su celular vibró y lo interrumpió.

Lo sacó con torpeza. Al lado de la ropa nueva, el aparato viejo también desagradó a Adrián.

No llamaba nadie de los Luján ni Tomás. Era Mariano Soto.

Gael recordó que no había avisado que su permiso había terminado. Antes de responder, miró a Adrián con duda. El alfa estiró la mano y aceptó la llamada por él.

Gael ni siquiera alcanzó a saludar.

—¡Gael! —rugió Mariano—. ¿Sabes cuántos días llevas sin presentarte? Según el contrato, tienes que indemnizarme por faltar sin justificación. Te doy diez minutos para llegar.

Gael no reaccionó, pero la expresión de Adrián se endureció.

Era su esposo. ¿Quién se creía ese hombre para hablarle así?

—Estos tres días eran parte de mi descanso —respondió Gael—. Es verdad que olvidé avisar hoy. Descuente el bono de asistencia y el día de mi sueldo. Renuncio.

—¿Renuncias? —Mariano quedó en silencio un instante—. Te pusiste de acuerdo con Tomás, ¿verdad? Tienes que entregar la renuncia con un mes de anticipación y solo puedes irte cuando yo la apruebe. Si no, el contrato me permite exigirte una indemnización.

La mirada de Gael se enfrió.

—No creo que nuestro contrato tenga validez legal, señor Soto. El respeto entre un patrón y un empleado debe ser mutuo. Yo nunca le fallé a la pastelería.

Mariano no pensaba ceder. Sin Gael, tendría que cancelar muchos pedidos.

—¿Y de qué sirve lo que tú creas? Aunque el contrato no valga, puedo alargar una demanda durante meses. Si quieres irte por las buenas, vuelve y hablamos.

La indignación apareció en los ojos de Gael. Adrián le quitó el celular con naturalidad.

—Diga.

Su voz grave bastaba para delatar a un alfa.

Mariano vaciló.

—¿Quién habla?

Adrián recitó un número telefónico.

—Es el abogado que llevará el caso. Si demanda, responderemos por la vía legal.

Le devolvió el celular a Gael.

—Cuelga.

Gael obedeció por reflejo. La voz furiosa de Mariano desapareció y el carro quedó en silencio.

—Lo de hace un momento…

—¿Siempre has trabajado en un lugar así?

Gael no supo cómo interpretar la pregunta.

—La mayor parte del tiempo no tengo que tratar con él.

Adrián emitió un sonido breve y volvió al reporte de su computadora. Para él, la conversación había terminado.

Gael apretó el celular.

—Señor Ferrer, gracias por ayudarme. Sobre el abogado…

Adrián alzó la vista.

—Estamos por llegar a casa de los Luján.

—¿Qué?

—¿Piensas seguir llamándome así?

Su mirada adquirió un matiz profundo.

—Es la primera vez que te acompaño a comer con tu familia y también será la última. En tu lugar, no dejaría que notaran lo poco íntimo que es nuestro matrimonio.

¿Le estaba dando permiso para usar su presencia frente a los Luján?

Para Adrián, aquel pequeño favor no costaba nada. Además, las heridas en la nuca de Gael daban lástima.

Los ojos de Gael volvieron a humedecerse sobre las mejillas rojas.

—Entonces… ¿cómo debo llamarte?

El carro se detuvo frente a la residencia Luján.

Adrián cerró la computadora, bajó y se inclinó para ofrecerle la mano.

—Llegamos, mi querido esposo.

Gael quedó en blanco, pero puso la mano en la suya. La palma de Adrián era seca y ardiente. El alfa cerró los dedos, lo ayudó a bajar y le rodeó la cintura.

Como si no tuviera importancia, rozó su oreja al murmurar:

—De verdad sabes cómo pedir cariño.

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