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Cien millones por un heredero

Cien millones por un heredero

Status: En proceso
Genre:CEO / Doctor / Embarazo no planeado / Amante arrepentido
Popularitas:131
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Elena Salazar aceptó someterse a una fecundación in vitro cuando su prometido quedó al borde de la muerte. Pero un error de la clínica la dejó embarazada de otro hombre: Alejandro Montenegro, el magnate más poderoso de Atelán.
Su oferta fue directa:
—Da a luz a mi hijo y los cien millones de dólares serán tuyos.
Elena se negó. Su amor no tenía precio… hasta que encontró a su prometido, recién salido de cuidados intensivos, besando a su hermanastra.
Entonces firmó el contrato y se casó con Alejandro.
Quienes la humillaban se rieron de su elección: un simple guardaespaldas, guapo y sin dinero. Creían que había cambiado un buen matrimonio por una vida miserable.
No sabían quién era su marido. Y tampoco sabían de lo que ella era capaz.
Cuando sus investigaciones revolucionen la medicina y la verdadera identidad de Alejandro salga a la luz, su ex ya no podrá burlarse de ella.
Estará de rodillas, suplicándole una oportunidad de hacer negocios.

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Capítulo 24

Capítulo 24. Estaba furioso, pero aun así la protegió

Las acusaciones repetidas de Elena enfurecieron a Isabel. Sin embargo, enseguida cambió de idea.

¿Y qué si sabe que fui yo? No tiene pruebas. Mientras yo lo niegue, no puede hacerme nada.

Levantó el mentón y la desafió con la tranquilidad de quien se creía a salvo:

—¿Tienes pruebas?

Elena comprendió lo que estaba pensando y dejó escapar una sonrisa seca.

—No. No tengo pruebas.

—¡Ja!

Isabel soltó una risa fría y miró a Patricia y a los demás.

—No tiene pruebas y aun así me acusa de ser la culpable. ¡Para mí, la culpable que está intentando acusar a otra es ella!

—¡Basta de disparates, Elena! —rugió doña Mercedes con el rostro helado—. Isabel jamás le haría daño a Lucía. ¡Dinos dónde está o no respondo por lo que te hagamos!

Elena no perdió la calma ante la presión de la anciana.

—Señora, tal vez Isabel no quiera hacerle daño a Lucía. Pero sí tiene un motivo para mandar que se la lleven.

—¿Qué motivo? —preguntó la anciana.

Isabel se apresuró a intervenir:

—Mamá, no escuche sus tonterías. ¿Qué motivo voy a tener yo?

—¡Sí lo tienes!

—¿Cuál?

—¡Vengarte de mí!

La sala quedó sumida en un silencio de muerte.

Mientras todos intercambiaban miradas, Isabel gritó:

—¡Deja de inventar cosas!

—Esta mañana te hice pasar una vergüenza enorme. Con lo rencorosa que eres, era imposible que lo dejaras pasar. Lucía es la niña más querida de esta familia. Alejandro no perdonaría a nadie que la perdiera, fuera quien fuera.

—Por eso, cuando viste que salía con ella, se te ocurrió mandar que me la quitaran. ¿Me equivoco?

Isabel no esperaba que Elena descubriera lo que había hecho. Mucho menos que describiera sus motivos con tanta precisión.

Comprendió de pronto que había subestimado a aquella muchacha de poco más de veinte años.

Pero, si no tenía pruebas, no iba a admitir nada.

Adoptó una expresión de absoluta franqueza.

—Reconozco que quiero vengarme de ti. Pero, por mucho que lo desee, jamás jugaría con la seguridad de Lucía.

Ernesto soltó una risa fría, como si acabara de comprenderlo todo.

—Mamá, por fin veo lo que está pasando.

—¿Qué está pasando? —preguntó la anciana.

—Primero se puso de acuerdo con su ex para secuestrar a Lucía y asegurarse de que el hijo que lleva herede toda la fortuna. Después acusó a Isabel. Así se deshace de las dos de una vez.

Miró a Elena con burla.

—Qué lista. Eliminas dos obstáculos de una sola jugada.

—¿Qué tienes que decir? —preguntó doña Mercedes, mirándola con asco.

—Nada más. Pero confío en que Alejandro descubrirá la verdad.

La última frase la dijo mirando a Isabel.

Vio con claridad un destello de pánico, fugaz, en aquellos ojos arrogantes.

—Si no tienes más que decir, ¡dinos dónde está Lucía de una vez! —exigió Patricia.

—Me encantaría poder decirlo. Pero no lo sé.

—Tú...

Patricia apretó los dientes de rabia y miró a la anciana.

—Mamá, ¿qué hacemos ahora?

Antes de que respondiera, Isabel intervino con una expresión cruel:

—Déjenmela a mí. Yo sé cómo hacerla hablar.

Doña Mercedes vaciló.

—Está embarazada. Si le pasa algo, Alejandro...

—Mamá, no se preocupe. Le garantizo que no voy a tocar al bebé.

—Entonces ve a interrogarla —dijo la anciana, algo impaciente.

Isabel se volvió hacia dos guardaespaldas, con una sonrisa helada.

—Llévenla al cuarto de castigo.

Elena había sospechado que al volver la esperaba una encerrona. No había imaginado que terminaría en manos de Isabel.

Si la dejaban con ella, saldría muerta o destrozada.

La mente le trabajó a toda velocidad, buscando una salida.

Entonces sonó el teléfono.

El timbre estridente cortó el aire.

El mayordomo levantó el auricular. La voz fría y grave de Alejandro llegó desde el otro lado:

—Elena no tuvo nada que ver con el secuestro de Lucía. Nadie va a tocarla ni a hacerle pasar un mal rato. De lo contrario...

Isabel escuchó, incrédula.

Había pensado que, al enterarse de que Elena había perdido a la niña, Alejandro estallaría contra ella. Quizá incluso la echaría de la familia.

¡Nunca imaginó que llamaría expresamente para protegerla!

¿Qué estaba pasando?

¿Qué le había hecho esa mujer para tenerlo tan embobado? ¿Por qué la protegía una y otra vez?

¿Solo porque estaba embarazada de él?

Había muchas mujeres capaces de darle un hijo. ¿Por qué tenía que ser ella?

Isabel clavó en Elena unos ojos enrojecidos de rabia. Elena también la estaba mirando.

—Señora Montenegro, ¿ya puedo subir a mi habitación? —preguntó con frialdad.

Isabel no respondió. Resopló y giró la cara hacia otro lado.

—Doña Mercedes, Patricia, Jorge, Ernesto, me retiro.

Elena los saludó con un breve gesto y se dirigió a la escalera.

Mientras subía, con las piernas pesadas, las palabras de Alejandro no dejaban de resonarle en la cabeza.

Cuando se separaron en la cafetería, él apenas podía contener su furia.

Que, aun así, hubiera pensado en lo que le esperaba al regresar y llamara para sacarla del apuro la había sorprendido.

Después de la sorpresa, le pareció lógico.

El bebé que llevaba era importantísimo para él.

Así que no estaba protegiéndola a ella. Estaba protegiendo al niño.

En cualquier caso, le agradecía que hubiera llamado a tiempo.

Volvió al dormitorio, apoyó la espalda contra la puerta y soltó el aire largamente. Bajó los ojos.

Las pestañas largas le ocultaron la mirada. Parecía abatida, agotada.

—¿Habrá encontrado ya a Lucía? Y... ¿debería decirle que fue Isabel quien ordenó llevársela? —murmuró.

Lo pensó con cuidado durante un rato. Después abrió el registro de llamadas y se quedó mirando el último número del que la habían llamado.

Finalmente apretó los dientes y marcó.

Era el número de Martín.

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