Hay secretos que deberían permanecer enterrados. Y verdades que pueden destruirte.
Cuando un crimen sacude la tranquilidad de un pueblo donde todos parecen conocerse, una joven queda atrapada en un juego de mentiras, sospechas y traiciones. Cada pista conduce a una nueva pregunta, cada sospechoso oculta algo y cada respuesta parece alejarla aún más de la verdad.
En medio del caos, un enigmático chico despertará su curiosidad… aunque confiar en él podría ser su peor error.
Todos tienen un motivo. Todos guardan un secreto. Pero alguien ha conseguido mantenerse un paso por delante de los demás, escondiéndose a plena vista.
Y cuando la verdad salga a la luz, desearás no haber sospechado de la persona equivocada.
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21. Tres nombres para una mentira.
ABRIL
—La tercera niña no era nuestra hermana. Era nosotras.
Miré a Alma esperando que se echara a reír, que me dijera que había sido una broma cruel o que explicara de una vez qué demonios quería decir con aquello.
No hizo ninguna de esas cosas.
Seguía sosteniendo la fotografía de la clínica Santa Emilia. Sus dedos temblaban sobre el rostro de la pequeña pelirroja, como si tuviera miedo de que la imagen desapareciera si la soltaba.
—Explicame eso —le pedí.
Alma levantó los ojos.
—No sé cómo hacerlo.
—Entonces empezá por lo que recordás.
Ella respiró hondo.
—Cuando era chica, soñaba con una habitación blanca. Había una niña sentada frente a mí. Tenía mi cara, pero yo sabía que no era yo. A veces me llamaba Alma. Otras veces me decía Abril. Una vez me dijo que su nombre no importaba porque alguien se lo había quitado.
Sentí un escalofrío.
La misma habitación.
La misma ventana.
La misma niña que yo había visto en mis propios sueños.
—¿Y qué pasaba después? —pregunté.
—La mujer de los anteojos entraba y nos separaba. Siempre decía que una de nosotras debía recordar y que la otra debía olvidar.
Gael se inclinó sobre la mesa.
—¿La mujer de los anteojos era Lucía Ferrer?
—Creo que sí.
—¿Y la tercera niña? ¿Qué hacía?
Alma miró nuevamente la fotografía.
—Nos observaba. Nunca hablaba cuando la mujer estaba presente. Pero, cuando nos quedábamos solas, me decía que no confiara en mamá.
Inés se levantó de su silla.
—Eso es imposible.
Todos la miramos.
—¿Por qué? —pregunté.
La anciana parecía arrepentida de haber hablado.
—Porque yo vi a las tres niñas juntas. Y puedo asegurarles que no eran la misma persona.
—¿Entonces por qué Alma dice que la tercera era nosotras?
Inés se llevó una mano al pecho.
—Porque tal vez no se refería a sus cuerpos.
La miré sin comprender.
Ella volvió a sentarse.
—Hay recuerdos que se pueden confundir. Nombres que se pueden intercambiar. Historias que alguien puede contar tantas veces que terminás creyendo que te sucedieron a vos. Pero eso no significa que una persona pueda convertirse físicamente en otra.
—¿Qué estás intentando decirnos?
Inés señaló la fotografía.
—Que esa niña pudo haber sido utilizada para reemplazar a una de ustedes. O que alguien quiso que creyeran que había ocurrido un reemplazo.
Miré la imagen.
La pequeña llevaba una pulsera roja.
En su muñeca izquierda.
Alma también llevaba una.
Yo había guardado la otra en el bolsillo de mi abrigo.
Tres niñas.
Tres pulseras.
Tres nombres.
Y, sin embargo, los registros que habíamos encontrado no permitían identificar con certeza a ninguna.
—Necesitamos la carpeta —dije.
Inés me la acercó.
La abrí con cuidado.
En la primera hoja aparecían los nombres de las tres pacientes, escritos a máquina. Dos habían sido tachados. El tercero estaba cubierto por una franja de tinta negra.
Debajo había una anotación manuscrita:
La paciente C presenta recuerdos compatibles con los de las pacientes A y B. No debe permitirse que permanezcan juntas hasta completar la evaluación.
La palabra evaluación estaba subrayada dos veces.
Pasé a la siguiente página.
Había una tabla con tres columnas.
Paciente A.
Paciente B.
Paciente C.
Al lado de cada una aparecía una fecha de nacimiento.
Las dos primeras eran idénticas.
La tercera también.
Me quedé mirando los números.
—Esto no tiene sentido.
Gael se acercó.
—¿Qué encontraste?
Le señalé las fechas.
—Las tres nacieron el mismo día.
Alma se puso de pie.
—No.
—Mirá.
Ella leyó el documento.
Después lo apartó como si quemara.
—No puede ser.
Mateo tomó la hoja.
—¿Y si alguien copió la fecha de nacimiento de las gemelas para ocultar la identidad de la tercera?
Era una explicación posible.
Pero había algo más.
Al pie de la tabla, junto a las tres columnas, alguien había escrito una frase con tinta azul:
La paciente C conoce un hecho que las otras dos no deberían recordar.
Sentí que se me secaba la boca.
—¿Qué hecho? —pregunté.
Inés cerró los ojos.
—La puerta.
La miré.
—¿Qué puerta?
La anciana tardó en responder.
—La del sótano.
El aire pareció desaparecer de la habitación.
—¿Qué pasó con esa puerta? —preguntó Alma.
Inés apretó las manos sobre la mesa.
—La noche del diecisiete de octubre, antes de que llegaran a la clínica, una de ustedes me llamó desde la mansión. Me dijo que había una niña encerrada abajo y que no podía dejarla allí.
—¿Quién te llamó? —pregunté.
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabés?
—La voz era idéntica a la de las dos. Me dijo que se llamaba Abril. Después, unos minutos más tarde, recibí otra llamada. La misma voz me dijo que se llamaba Alma.
Nadie habló.
—¿Y qué hiciste? —preguntó Mateo.
Inés bajó la cabeza.
—Fui a la mansión.
—¿Qué encontraste?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—La puerta estaba abierta.
Esperé.
—¿Y la niña?
Inés me miró.
—No había ninguna niña dentro.
Un silencio espeso se extendió por el comedor.
Yo había pasado días buscando una respuesta que pudiera explicar la desaparición de Mara, los documentos falsificados, la existencia de una tercera niña y las mentiras de mi madre.
Pero aquella respuesta no estaba en la carpeta.
Estaba en lo que Inés acababa de decir.
Si la puerta estaba abierta y no había nadie dentro, ¿quién había estado llamando desde el sótano?
Y, sobre todo, ¿quién había salido de allí?
MATEO
Nunca había confiado del todo en Inés.
No porque creyera que fuera responsable de lo que había ocurrido, sino porque siempre parecía recordar las cosas justo cuando alguien estaba a punto de descubrirlas.
Sin embargo, aquella vez había algo diferente.
No estaba escogiendo sus palabras.
Estaba intentando encontrar recuerdos que llevaba años enterrando.
—Inés —dije—, ¿viste a alguien salir de la mansión aquella noche?
Ella asintió lentamente.
—Vi una niña junto al río.
Mi estómago se contrajo.
—¿Cómo era?
—Tenía el cabello mojado. Llevaba un vestido claro y una pulsera roja. Estaba descalza.
Sentí que el pasado volvía a abrirse delante de mí.
La niña junto a la cerca.
El vestido mojado.
La voz preguntando por su hermana.
—¿Qué te dijo? —pregunté.
Inés me observó.
—Me preguntó si había visto a otra niña.
Cerré los ojos.
Era exactamente lo que yo recordaba.
Pero había algo que nunca había contado.
Algo que no había mencionado ni siquiera cuando Abril me interrogó sobre aquella noche.
—¿Mateo? —dijo ella.
Abrí los ojos.
Todos me estaban mirando.
—Yo también vi a esa niña.
Abril se quedó inmóvil.
—¿Cuándo?
—Después de salir de la mansión. Creí que era una de ustedes. No pude distinguir cuál.
—¿Y qué pasó?
Tragué saliva.
—Me preguntó dónde estaba su hermana. Le dije que no lo sabía. Entonces me agarró de la mano y me pidió que no le dijera a nadie que la había visto.
—¿Por qué? —preguntó Gael.
—Porque tenía miedo.
—¿De quién?
Miré a Elena, aunque no estaba presente en la habitación.
Después miré a Inés.
—De la mujer que la estaba buscando.
La anciana asintió.
—La mujer de la estrella.
Abril se llevó una mano a la boca.
—¿Y qué hiciste?
—La acompañé hasta el camino viejo. Había una camioneta esperándola. La mujer salió del vehículo y me dijo que me fuera a casa. Me aseguró que la niña estaba a salvo.
—¿Le creíste?
—Tenía nueve años, Abril.
Ella apartó la mirada.
No necesitaba recordármelo. Yo sabía perfectamente la edad que tenía cuando me convertí en parte de aquella mentira.
—¿Viste a la mujer después? —preguntó Alma.
Negué con la cabeza.
—No. Pero, antes de irme, la escuché decirle algo a la niña.
—¿Qué?
Respiré hondo.
—Le dijo: «A partir de hoy, cuando te pregunten quién sos, vas a responder con el nombre que te dimos».
Alma se quedó completamente quieta.
—¿Y qué respondió la niña?
Miré a Abril.
—Dijo: «Pero ese no es mi nombre».
Por primera vez desde que había llegado a la casa de Inés, Abril pareció perder la capacidad de hablar.
Porque aquella frase no era una prueba de quién era cada una.
Era una prueba de que alguien había obligado a una niña a renunciar a su identidad.
Y todavía no sabíamos cuál.
ALMA
Había una pregunta que me negaba a formular.
La llevaba conmigo desde el momento en que había visto a Abril en el sótano de la mansión.
Una pregunta que podía destruir lo poco que me quedaba de mi infancia.
Si alguien había cambiado nuestros nombres, si habían existido tres niñas y si nuestra madre no había podido reconocernos, ¿qué me aseguraba que yo era Alma Montenegro?
Nada.
Ni la pulsera.
Ni los recuerdos.
Ni la voz de mi madre cuando pronunciaba mi nombre.
Todo podía haber sido manipulado.
Me alejé de la mesa y me acerqué a la ventana.
Afuera, la noche comenzaba a aclararse. La luz gris del amanecer se filtraba entre los árboles.
—Quiero hablar con mamá —dije.
Abril se volvió hacia mí.
—Yo también.
—A solas.
Su expresión se endureció.
—No voy a dejarte ir sola con ella.
—No te pedí permiso.
Nos miramos durante varios segundos.
Antes, habría interpretado aquella respuesta como una provocación. Ahora no estaba segura.
Tal vez Abril tenía miedo de que Elena me convenciera de guardar silencio.
Tal vez quería protegerme.
O tal vez no soportaba la posibilidad de que yo descubriera algo que ella todavía ignoraba.
—Está bien —dije finalmente—. Podés venir.
Abril pareció sorprendida.
No le di tiempo a responder.
—Pero si mamá vuelve a mentirme, voy a hacer algo que no hice hace diez años.
—¿Qué cosa?
Me volví hacia ella.
—Voy a recordar.
ABRIL
Elena estaba en su casa cuando llegamos.
Abrió la puerta y, al vernos juntas, se quedó inmóvil.
No nos preguntó dónde habíamos estado.
No preguntó por qué habíamos ido a verla a esa hora.
Simplemente se hizo a un lado y nos dejó entrar.
En la mesa del comedor había una taza de café intacta y varios papeles desordenados.
Mi madre no había dormido.
—Tenemos que hablar —dijo Alma.
Elena asintió.
—Lo sé.
—No. No sabés nada —respondió mi hermana—. Porque si supieras algo, ya nos lo habrías contado.
Mi madre bajó la mirada.
—Tienen razón.
Aquella respuesta me desconcertó.
Había esperado excusas, evasivas, otra historia cuidadosamente construida para protegernos de una verdad que ella consideraba demasiado peligrosa.
Pero Elena parecía agotada.
Como si hubiera pasado diez años esperando que llegara aquel momento y ahora no supiera cómo enfrentarlo.
—Quiero saber quién era la tercera niña —dije.
Mi madre se sentó lentamente.
—Se llamaba Vera.
El nombre me resultó extraño.
No recordaba haberlo escuchado antes.
Alma, en cambio, retrocedió.
—No.
Elena levantó la mirada.
—¿Qué pasa?
—Ese nombre…
Alma se llevó una mano a la cabeza.
—Lo escuché en la clínica.
Me acerqué a ella.
—¿Estás segura?
—No. Pero recuerdo a una mujer que entraba en la habitación y preguntaba por Vera. Siempre preguntaba por Vera.
Mi madre comenzó a llorar.
—Era su nombre.
—¿Quién era Vera? —pregunté.
Elena tardó unos segundos en contestar.
—Una niña que llegó a nuestra vida cuando ustedes tenían apenas unos meses.
—¿Era nuestra hermana? —preguntó Alma.
—No.
—¿Entonces qué era?
Mi madre se secó las lágrimas.
—Era la hija de una mujer que conocí antes de casarme. Una mujer que murió en circunstancias que nunca se aclararon. Yo prometí cuidar de su hija, pero después de lo que ocurrió en la mansión…
Se interrumpió.
—¿Qué ocurrió? —pregunté.
Elena me miró.
—Vera desapareció.
La habitación quedó en silencio.
—¿Cuándo? —preguntó Alma.
—La noche del diecisiete de octubre.
Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.
—¿Y por qué todos creíamos que había tres niñas en la clínica?
Mi madre cerró los ojos.
—Porque alguien la llevó allí haciéndose pasar por mí. Yo llegué después. Cuando entré, había tres niñas y ninguna sabía explicar qué había sucedido. La doctora Ferrer me dijo que no intentara reunirlas hasta que pudiera establecer cuál era cuál.
—¿Y aceptaste? —preguntó Alma.
—Tenía miedo.
—¡Nos separaste!
—¡Intentaba protegerlas!
—¿De quién?
Mi madre no respondió.
Alma golpeó la mesa con la palma.
—¡De quién, mamá!
Elena se puso de pie.
—¡De Vera!
La palabra resonó en la habitación.
Mi hermana dejó de moverse.
Yo sentí un escalofrío.
—Pero Vera era una niña —susurré.
—Sí —respondió Elena—. Y alguien la había convencido de que ustedes le habían robado algo.
—¿Qué cosa?
Mi madre miró hacia el pasillo.
Después volvió a mirarnos.
—Su nombre.
No comprendí.
—Eso no tiene sentido.
—Vera creció escuchando que ustedes habían ocupado su lugar. Que yo había elegido a las gemelas y la había dejado sola. Que su madre había muerto por culpa de nuestra familia.
Alma negó con la cabeza.
—Pero eso no era verdad.
—No. Pero ella lo creyó.
Mi madre se acercó a un cajón y sacó una fotografía.
La dejó sobre la mesa.
Era una imagen de tres niñas pequeñas sentadas en el jardín de la mansión.
Abril y Alma estaban una al lado de la otra.
La tercera niña se encontraba entre ambas.
Tenía el cabello rojo, los ojos verdes y una pequeña marca detrás de la oreja izquierda.
Pero lo que me hizo dejar de respirar fue otra cosa.
La niña llevaba una pulsera de cuentas rojas.
Y en la parte posterior de la fotografía había una inscripción:
VERA, ABRIL Y ALMA. OCTUBRE.
Debajo, con otra letra, alguien había añadido:
La que consiga que las otras dos desaparezcan será la única que podrá volver a casa.
—¿Quién escribió eso? —pregunté.
Mi madre negó con la cabeza.
—No lo sé.
Alma tomó la fotografía.
Sus manos temblaban.
—Entonces Vera pudo haber sido la niña que nos encerró.
—O la niña que intentó ayudarlas —respondió Elena.
La miré.
—¿Cómo podés decir eso?
Mi madre respiró hondo.
—Porque la última vez que vi a Vera, estaba llorando. Me dijo que no quería que ninguna de ustedes muriera.
Se me heló la sangre.
—¿Y qué hiciste?
Elena comenzó a llorar.
—Le dije que todo iba a estar bien.
—¿Y después?
Mi madre me miró con una expresión que nunca le había visto.
Una mezcla de vergüenza y miedo.
—Después la dejé con la persona que prometió cuidarla.
—¿Quién?
Elena no contestó.
En ese momento, el teléfono de Alma vibró.
Una vez.
Dos veces.
Ella miró la pantalla y palideció.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Me mostró el mensaje.
No tenía remitente.
Solo una fotografía reciente.
La entrada de nuestra antigua casa.
La puerta principal estaba abierta.
Y, en el umbral, había una mujer de cabello rojo.
En el reverso de la fotografía digital aparecía una frase:
«Abril, Alma ya te contó suficiente. Ahora es mi turno».
Debajo había un nombre.
VERA.
Alma me miró.
—Está viva.
No respondí.
Porque el mensaje siguiente llegó antes de que pudiera hacerlo.
Si quieren saber cuál de ustedes volvió a casa aquella noche, vengan solas a la mansión. Esta vez, no habrá nadie para elegir por ustedes.
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