Ella reencarna en un mundo mágico. Una familia militar, pero ella solo quiere verse linda y leer.. y sobre todo ser feliz.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Pocion 1
Ellie Viceroy siempre había considerado que las novelas románticas eran una excelente fuente de entretenimiento.
Le gustaban los encuentros inesperados, los protagonistas atractivos, los coqueteos ingeniosos y esas escenas en las que dos personas se encontraban por casualidad y descubrían que existía una atracción imposible de ignorar.
Por supuesto, también sabía que las protagonistas de aquellas historias solían tomar decisiones cuestionables.
Decisiones impulsivas.
Decisiones que provocaban escándalos.
Decisiones que, en circunstancias normales, ella habría criticado mientras bebía té y pasaba las páginas de un libro.
Sin embargo, jamás imaginó que llegaría el día en que tendría que criticarse a sí misma.
Porque aquella tarde, en la casa de los Müller, Ellie Viceroy había hecho algo que ni siquiera las protagonistas más atrevidas de sus novelas habrían conseguido hacer con tanta rapidez.
Y ahora, mientras se encontraba en una habitación que no era la suya, contemplando su ropa esparcida por el suelo, solo podía pensar una cosa.
[¡¿Qué demonios acabo de hacer?!].
Antony todavía dormía.
La habitación estaba tranquila, iluminada por la luz tenue de la tarde que se filtraba entre las cortinas. El hombre descansaba profundamente, ajeno a la tormenta de pensamientos que se había desatado en la cabeza de Ellie.
Ella, en cambio, llevaba varios minutos sentada al borde de la cama, intentando recuperar la compostura.
Había ocurrido.
Realmente había ocurrido.
Después de aquel primer beso, ninguno de los dos había conseguido recuperar la sensatez. La atracción había terminado por imponerse y, en medio de aquella pasión inesperada, se habían entregado el uno al otro.
Ahora, con la cabeza más despejada, Ellie no sabía si reír, llorar o esconderse debajo de la cama hasta el día de su funeral.
[¡Ay, Dios mío!].
Se llevó las manos al rostro.
[¡He tenido intimidad con un hombre al que conocí hace unas horas!].
Se quedó inmóvil.
Después bajó las manos lentamente.
[¡Y ni siquiera sé cuántos años tiene exactamente!].
Recordaba que parecía ser al menos diez años mayor que ella. Recordaba sus ojos verdes, su cabello oscuro y aquella sonrisa que había conseguido desarmarla con una facilidad insultante.
Y recordaba, por supuesto, la poción.
La maldita poción.
[¡Yo solo quería mejorar mi piel!].
La joven miró al techo, indignada con el universo.
[¡Una simple poción de belleza! ¡Eso era todo lo que necesitaba! ¿Por qué terminé abriendo una bolsa equivocada?].
[¡Y sobre todo porque termine abriendo las piernas]
No había respuesta.
Naturalmente, tampoco podía culpar exclusivamente al preparado mágico. Había sido ella quien probablemente había abierto el cofre equivocado, quien había utilizado el polvo sin comprobar las instrucciones y quien había seguido coqueteando con Antony incluso después de darse cuenta de que algo extraño estaba sucediendo.
Y, aun así...
[¡¿Por qué tenía que ser tan atractivo?!].
Se dejó caer hacia atrás sobre la cama durante un segundo.
Luego volvió a incorporarse.
No podía quedarse allí.
Tenía que marcharse antes de que alguien entrara en la habitación y descubriera que la señorita Ellie Viceroy, la hija menor de una de las familias nobles más respetadas de Sunderland, había pasado una tarde extraordinariamente impropia de su reputación.
Se levantó con cuidado y buscó su ropa.
Por fortuna, no tardó demasiado en encontrarla.
Se vistió intentando no hacer ruido, se arregló el cabello lo mejor que pudo y se acercó al espejo.
Entonces se quedó petrificada.
Su cuello.
¡Su cuello!
Había pequeñas marcas que no estaban allí cuando había salido de la mansión aquella mañana.
Ellie se acercó al espejo.
Giró la cabeza.
Volvió a examinarse.
Después cerró los ojos con desesperación.
[¡Estoy acabada!].
No.
No estaba acabada.
Todavía podía solucionarlo.
Podía comprar una capa.
Una capa elegante, amplia y suficientemente alta como para ocultar cualquier marca comprometedora.
[¡Eso es! ¡Una capa!].
Se miró nuevamente.
[Primero, la capa. Segundo, volver a casa. Tercero, comportarme como una señorita respetable. Cuarto, fingir que hoy no ha ocurrido absolutamente nada].
Hizo una pausa.
[Quinto, averiguar qué demonios contenía esa poción].
Aquello era fundamental.
Porque, aunque todavía le costaba pensar con claridad en lo sucedido, sabía que necesitaba descubrir qué habían utilizado ella y Antony.
No quería volver a experimentar algo semejante sin comprender sus consecuencias.
Y tampoco quería que aquello se repitiera por accidente.
Bueno...
Quizá no exactamente por accidente.
Ellie se tapó la cara.
[¡No! ¡No voy a pensar en eso!].
Respiró hondo, tomó su bolso y se volvió hacia la cama.
Antony seguía dormido.
Lo observó durante unos segundos.
A pesar de todo, no podía negar que había disfrutado de aquel encuentro.
Había sido inesperado, intenso y completamente distinto de cualquier experiencia que hubiera vivido antes.
No había sido un romance planificado.
No había habido cortejo, promesas ni declaraciones solemnes.
Solo un encuentro fortuito que había terminado convirtiéndose en un recuerdo inolvidable.
Ellie sonrió involuntariamente.
[¡Qué hombre tan peligroso!].
Se acercó a la puerta.
Antes de salir, volvió la cabeza una última vez.
—Adiós, señor Parisi
Y añadió mentalmente..
[Gracias por la experiencia. Espero no volver a encontrarme con usted demasiado pronto].
[¡Aunque esos ojos verdes...!].
La joven cerró los ojos con fuerza.
—¡Basta, Ellie!
Abrió la puerta con cuidado y salió sin hacer ruido.
Para su fortuna, Gemma seguía ocupada con los niños.
Desde la cocina llegaban las voces de los pequeños, el sonido de los utensilios y las instrucciones de una madre que estaba decidida a conseguir que sus hijos terminaran de bañarse.
—¡Scott, no vuelvas a salpicar el suelo!
—¡Scarlet, cariño, esa es una toalla, no un juguete!
Después se escuchó una carcajada infantil.
Ellie se quedó inmóvil en el pasillo.
[¡Gracias, pequeños ángeles!].
Por primera vez en toda la tarde, sintió que la suerte estaba de su lado.
Se dirigió hacia la salida con pasos discretos, procurando no llamar la atención.
Nadie apareció.
Nadie la llamó.
Nadie preguntó por qué se marchaba tan pronto.
Cuando finalmente salió al exterior, el aire fresco le acarició el rostro.
Ellie respiró profundamente.
Estaba fuera.
Había conseguido salir de la casa sin que Gemma descubriera lo sucedido.
Y, por el momento, podía conservar su dignidad.
O, al menos, la pequeña parte que le quedaba.
Se llevó una mano al pecho.
[¡Qué alivio!].
Miró hacia el jardín.
Los niños seguían jugando y Gemma estaba demasiado ocupada para advertir su presencia.
Ellie se alejó rápidamente.
No corrió, porque una señorita noble no debía correr por la calle sin motivo.
Pero caminó con una velocidad que habría impresionado a cualquiera.
[¡Tengo que llegar a casa!].
Y, mientras avanzaba, una sonrisa comenzó a dibujarse en sus labios.
Porque, a pesar de la vergüenza, de la confusión y de la certeza de que acababa de complicarse la vida de una manera extraordinaria, había una parte de ella que no podía evitar sentirse feliz.
El encuentro con Antony Parisi había sido fortuito.
Completamente inesperado.
Y absolutamente inolvidable.
[¡Qué hombre!].
Sacudió la cabeza.
[¡No! ¡No voy a pensar en él!].
Continuó caminando.
Cinco segundos después, volvió a sonreír.
[¡Pero qué ojos tan bonitos!].
Definitivamente, su nueva vida iba a ser mucho más complicada de lo que había imaginado
Es un hombre maduro, sabe lo que quiere y desea hacer feliz a la mujer que el destino puso en su camino.
Tratarla con igualdad de derechos, porque en esa época la mujer era simplemente ama de casa y procreadora, no podía opinar.
Que excelente la madurez de Antony Parisi 👏👏🥰♥️