Noah tenía todo: 24 años, Milán, su regreso a la pasarela. Hasta que su hermana Lila murió mientras él se probaba un abrigo. Dejó todo botado, recayó y lo echaron de Europa.
Sin nada, vuelve al sur, a la casa chueca de su abuela cerca de Traiguén. Al lado vive Tomás, 32, agricultor, callado, conservador. Lo odia a primera vista.
Tres meses es el trato. Tomás le enseña a trabajar la tierra. Noah le enseña a no tenerle miedo a sentir.
Entre gallinas metidas, un tractor chocado, un invernadero saboteado y un desfile en un granero, se enamoran lento. Con barro en las manos y miedo de volver a caer.
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Capítulo 17: La feria de Traiguén
La feria de Traiguén era los sábados en la mañana. No feria grande como de Santiago con luces y música fuerte. Feria chica con carpas de lona, con olor a fritura y a tierra, con gente que te mira y te conoce aunque tú no la conozcas.
【entity-Sofía¦canonical_name\=Sofía】 nos llevó en su camioneta verde. Yo adelante porque me mareo atrás, Tomás atrás con cajones de tomates que habíamos cosechado temprano. Tomates que por fin estaban listos de verdad, no pintando como decía Tomás antes. Rojos rojos, no verde por dentro.
Yo llevaba mi abrigo de barro. No el caro de Milán. El que había intervenido con lana y con manchas de tomate. Me lo puse porque hacía frío y porque 【entity-Sofía¦canonical_name\=Sofía】 dijo que si quería vender tenía que mostrar lo que hacía.
¿Qué voy a vender si solo tengo un abrigo? Dije.
No vendes abrigo, vendes historia, dijo 【entity-Sofía¦canonical_name\=Sofía】 manejando con una mano como si fuera piloto de carreras por camino de tierra.
Llegamos a feria a las ocho. Ya había gente. Señoras con bolsas, niños con perros, viejos con gorro. Puestos de miel, de pan, de quesos, de ropa usada.
Nos dieron puesto chico al final, entre señora de mote con huesillo y señor de papas. Pusimos cajón de tomates en mesa coja que nos prestaron. Y mi abrigo colgado en palo de escoba que hizo de perchero.
Al tiro llegó señora Marta. No a comprar. A mirar si habíamos llegado bien.
¿Trajeron pan? Preguntó.
No, dijo Tomás, trajimos tomates.
¿Y pan? Dijo Marta como si tomates no fueran comida.
No trajimos pan, Marta, dijo Sofía.
Marta se fue moviendo cabeza como diciendo estos jóvenes no saben nada de feria.
Primer cliente. Señora con delantal floreado miró tomates.
¿A cuánto kilo? Preguntó.
Mil quinientos, dijo Tomás.
¿Mil quinientos? ¡En supermercado está a mil!
En supermercado es de invernadero grande con químico, dijo Tomás. Este es con tierra de verdad y sin veneno.
Señora miró tomates, los tocó, los olió.
¿Y ese abrigo? Preguntó mirando mi abrigo colgado.
Es mío, dije. Lo hice yo. Con barro y lana.
¿Con barro? Dijo señora como si hubiera dicho con caca.
Sí, con barro de acá. Y lana teñida con maqui.
Señora tocó abrigo. Lo miró por dentro, por fuera.
¿Y no mancha?
No, dije. Ya está sellado. No mancha.
¿Y cuánto vale?
No lo vendo, dije. Es muestra.
Señora se fue. Sin tomate y sin abrigo. Sofía me miró.
Si te preguntan cuánto vale, di un precio, me dijo bajito. Aunque no lo vendas. Si dices no lo vendo la gente se va.
¿Y cuánto digo?
Veinte lucas, dijo Tomás.
¿Veinte lucas por abrigo que en Milán vale mil euros? Dije.
Acá veinte lucas es harto, dijo Sofía.
Segundo cliente. Hombre alto con sombrero negro. No sombrero de feria. Sombrero de esos caros. Con camisa celeste bien planchada. Sonreía mucho.
Hola, dijo. ¿Ustedes son los de la Rosa? ¿Los nietos?
Yo soy nieto, dije. Él es vecino.
¿Noah? Dijo hombre. Yo soy Gerardo. Don Gerardo. Yo conocía a tu abuela. Muy buena mujer.
Me quedé helado. Don Gerardo. El de la oferta de quince millones escrita a mano. El de bidón con herbicida según sospechas.
Hola, dije seco.
Traje tomates, dijo Tomás serio.
¿Tomates? Sí, veo. Muy lindos. Oye, Noah, ¿podemos hablar un ratito? Es sobre casa de tu abuela.
No quiero vender, dije al tiro. Sin pensar.
Gerardo se rió. Risa grande, como si yo hubiera contado chiste.
No no, no es para comprar. Es para ayudarte. Me enteré que debes contribuciones. Dos millones. Yo te puedo ayudar a pagar y después me pagas cuando puedas.
¿Cómo sabe que debo? Pregunté. Nadie sabía salvo Tomás.
En pueblo se sabe todo, dijo Gerardo. Y yo quiero ayudar. Tu abuela era amiga mía. No quiero que rematen su casa.
Tomás se puso adelante mío, como tapándome.
Gracias, dijo Tomás, pero no necesitamos ayuda. Vamos a pagar nosotros.
¿Con tomates? Dijo Gerardo mirando cajón. Con tomates a mil quinientos se van a demorar harto.
Vamos a pagar, repetí. No vamos a vender.
Gerardo me miró fijo. Sonrisa todavía pero ojos no sonreían.
Mira, Noah, dijo bajito como si fuera secreto, yo ofrezco quince millones al contado. Con eso pagas deuda y te queda plata para volver a Santiago. Acá no hay futuro para ti. Tú eres de ciudad, de Milán. ¿qué haces acá entre tomates?
Me dieron ganas de pegarle. Nunca me dieron ganas de pegar a alguien pero ese día sí.
Yo soy de acá también, dije. Mi abuela era de acá.
Tu abuela era de acá, dijo Gerardo, tú no. Tú eres de pasarela.
Se fue. Dejando olor a perfume caro que no pegaba con olor a feria a fritura.
Me quedé con manos apretadas. Tomás me agarró brazo para que no lo siguiera.
No vale la pena, dijo.
¿Escuchaste lo que dijo? Que no soy de acá.
Es mentira, dijo Tomás. Si comes tomate tibio eres de acá. Si sabes prender estufa eres de acá. Si te dejan leña eres de acá.
【entity-Sofía¦canonical_name\=Sofía】 volvió de comprar mote. Vio mi cara.
¿Era Gerardo? Preguntó.
Sí, dijo Tomás.
¿Qué te dijo?
Que me quiere ayudar, dije con rabia. Ofreciendo quince millones como si fuera favor.
Quince, dijo Sofía. Subió. Antes ofrecía diez. Está desesperado por agua.
¿Agua? Pregunté.
Sí, dijo Tomás. Ya te conté. Forestal necesita estero.
Esa mañana no vendimos mucho. Vendimos tres kilos de tomate a señora que al final volvió. Y una señora tocó abrigo y dijo qué lindo y se fue.
Pero vendimos algo más importante. Vendimos que no íbamos a vender.
A las doce guardamos cajón. Nos quedaban tomates pero no importaba.
En camioneta de vuelta, 【entity-Sofía¦canonical_name\=【entity-Sofía¦canonical_name\=Sofía】】 manejaba callada. Tomás atrás callado también.
¿Creen que va a volver? Pregunté.
Sí, dijo Tomás. Va a volver con más plata y con papeles. Pero no importa. Tenemos prueba de que debe y tenemos video de abuelas que se hizo viral después.
¿Qué video?
El de desfile de granero que todavía no hacemos pero que vamos a hacer, dijo Sofía riendo.
Me reí. Con rabia todavía pero riéndome.
Esa tarde en mi casa colgué abrigo de nuevo en palo de escoba. Lo miré. Con barro, con lana morada, con manchas de tomate de beso de invernadero.
Y pensé que ese abrigo valía más que quince millones de Gerardo. Porque tenía olor a radio a pilas y a panqueque quemado y a leña dejada en puerta sin nota.