El cielo estaba despejado aquella mañana, y las calles de la ciudad permanecían tranquilas. Nadie imaginaba que, antes de que terminara el día, el mundo que conocían dejaría de existir.
nas cuando anos riendo. Varios testigos aseguran
amó a su padre, pero la llamada terminó enviándolo ntesta, ón cambió.
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Una pelea
A la mañana siguiente, las luces del refugio se encendieron y los soldados comenzaron a organizar el desayuno para todos los sobrevivientes.
Algunos se levantaron todavía adormilados, mientras otros hacían fila para recibir su comida. Adrian se sentó junto a Valeria y Daniel, quien no dejaba de bostezar.
—No dormí nada bien —murmuró Daniel mientras tomaba su desayuno.
—Deberías dormir más temprano —respondió Darian, sentándose frente a él.
—¡Lo intenté! Pero alguien no dejaba de caminar cerca de mi cama.
Darian levantó una ceja.
—¿Me estás culpando a mí?
—¡Yo no dije nombres! —contestó Daniel, intentando ocultar una sonrisa.
Adrian soltó una pequeña risa al escucharlos.
Todo parecía tranquilo hasta que, cerca de la entrada del comedor, dos soldados comenzaron a discutir.
—¡Te dije que esa mochila era mía! —reclamó uno de ellos.
—¡Y yo te estoy diciendo que la encontré primero! ¡Además, ni siquiera tiene tu nombre!
—¡Porque la dejé aquí anoche, idiota!
El otro soldado se levantó bruscamente y empujó la silla hacia atrás.
—¡No me insultes!
—¡Entonces deja de comportarte como un niño!
En cuestión de segundos, la discusión pasó de los gritos a los empujones.
—¡Oigan, basta! —intervino un soldado cercano, intentando separarlos.
Sin embargo, uno de los hombres lo apartó y volvió a lanzarse contra su compañero.
Varias personas dejaron de comer para observar la pelea. Algunos soldados se acercaron a ayudar, pero los dos parecían demasiado enfadados para escuchar.
—¡Suficiente! —gritó alguien.
Darian se levantó de inmediato y caminó hacia ellos.
Cuando uno de los soldados intentó golpear al otro, Darian se interpuso y sujetó a cada uno por un brazo, obligándolos a separarse.
—¡He dicho que basta! —ordenó con voz firme.
Los dos hombres forcejearon un instante, pero al reconocerlo dejaron de moverse.
—¿Qué demonios creen que están haciendo? —preguntó Darian, mirándolos con seriedad—. ¡Estamos en medio de una invasión y ustedes están peleando por una mochila!
—¡Él empezó! —protestó uno.
—¡Mentira! ¡Él me insultó primero!
—¡Me da igual quién empezó! —interrumpió Darian—. Si tienen tanta energía, úsenla para ayudar a proteger este refugio, no para atacarse entre ustedes.
En ese momento, la sargento Elena llegó al comedor. Al ver a los dos soldados separados por Darian y a todos los sobrevivientes observándolos, frunció el ceño.
—¿Se puede saber qué está pasando aquí?
Ninguno respondió inmediatamente.
Elena cruzó los brazos y los miró con evidente molestia.
—¡Los dos, en posición!
Los soldados obedecieron.
—¿De verdad tengo que recordarles cuál es nuestra situación? —continuó ella—. Afuera hay criaturas atacando a cualquier persona que encuentran. Tenemos civiles asustados, familias separadas y compañeros arriesgando sus vidas para rescatar sobrevivientes.
Los dos bajaron la mirada.
—¿Y ustedes deciden desperdiciar la mañana peleando por una mochila? ¡Esto no es un juego!
—Lo sentimos, sargento —murmuró uno.
—No quiero escuchar disculpas vacías. Van a recoger el comedor, organizar los suministros y después se presentarán ante su superior. ¿Entendido?
—¡Sí, sargento! —respondieron al mismo tiempo.
Elena los observó unos segundos más antes de señalarles la salida.
—¡Muévanse!
Ambos soldados recogieron sus cosas y se marcharon sin volver a discutir.
La sargento soltó un suspiro y se volvió hacia Darian.
—Gracias por intervenir. No podemos permitir que estas tonterías se repitan.
—Entendido, sargento.
—Y tú, asegúrate de que tu equipo esté preparado. Es posible que hoy necesitemos enviar otra patrulla.
—Estaré listo.
Elena se alejó para continuar con sus responsabilidades, mientras los demás regresaban poco a poco a sus desayunos.
Daniel miró a su hermano con una sonrisa burlona.
—Vaya, hermano. Hasta pareces director de una escuela.
Darian lo miró de reojo.
—¿Quieres que también te ponga a limpiar el comedor?
Daniel cerró la boca inmediatamente.
Valeria soltó una carcajada, y Adrian sonrió mientras continuaba desayunando.
Por unos minutos, el refugio volvió a sentirse un poco más tranquilo. Sin embargo, Darian sabía que aquella calma podía terminar en cualquier momento.