Su matrimonio era falso. La traición, no.
Durante dos años, Camila Rivas lo dio todo por Daniel: sostuvo su empresa, soportó los desprecios de su familia y crió al niño que habían «adoptado» porque, según él, ella no podía tener hijos.
Hasta que descubre que su acta de matrimonio es falsa.
Daniel lleva cinco años casado con otra mujer. Y el niño que Camila ha cuidado como suyo es hijo de los dos.
Nunca fue su esposa. Fue la coartada perfecta para esconder a su verdadera familia.
Ese mismo día, una llamada lo cambia todo: Camila acaba de heredar más de cien mil millones de pesos.
—Soltera. Sin hijos. La herencia es solo mía.
Daniel está convencido de que volverá. Una mujer sola, sin dinero ni familia, no puede vivir sin él.
Pero mientras espera que regrese a suplicarle, el país entero descubre a la prometida de Gabriel Alcázar, uno de los hombres más poderosos de México.
Es Camila.
Dueña de una fortuna. Con la cabeza en alto. Junto a un hombre que no está dispuesto a dejarla en segundo lugar.
Lo suyo debía ser una alianza por conveniencia. Pero cada promesa cumplida, cada roce y cada mirada hacen más difícil mantener el corazón al margen.
Y cuando Daniel comprende lo que perdió, ya hay otro hombre sosteniendo la mano que él soltó.
Esta vez, quien va a suplicar no será ella.
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Capítulo 7
Capítulo 7. Besaba a Beatriz y pensaba en Camila
—¿De qué tienes miedo?
Daniel se volvió y abrazó a Beatriz. Le habló con la ternura que sabía que ella necesitaba.
—De que tu familia vuelva a separarnos. De que Nico y yo tengamos que seguir escondidos toda la vida. De hacerme vieja y que tú... dejes de quererme.
Beatriz bajó los ojos. La voz se le quebró al terminar.
—Eso no va a pasar.
Él le sostuvo el rostro y le secó las lágrimas con los pulgares.
—Te prometí que te protegería. Nadie va a impedir que estemos juntos. Y yo no voy a dejar de amarte.
—Daniel...
Beatriz cerró los ojos y lo besó.
Sabía que él había accedido a llevarla a su casa aun en una etapa tan delicada para la empresa. Pero algo había cambiado en los últimos dos años.
Ya no parecía tan desesperado por estar con ella. Cada vez mencionaba más a Camila, incluso cuando estaban solos.
Por mucho que confiara en él, no podía evitar la inquietud.
Daniel respondió al beso y le acarició la nuca. Fueron al dormitorio sin separarse.
Entonces, justo cuando estaban por entregarse a la intimidad, el rostro de Camila apareció en su mente.
Daniel se detuvo.
—¿Qué pasa?
Beatriz intentó sujetarlo del brazo, pero él se apartó y entró al baño. Abrió el agua para calmarse.
Tenía la cabeza hecha un lío. Pensar en Camila le había quitado las ganas de seguir.
Eso no podía decírselo a Beatriz.
—Creo que algo me cayó mal —explicó al salir—. De pronto me sentí pésimo.
La abrazó, la besó y le pidió perdón varias veces.
Beatriz no quedó contenta. Aun así, recordó lo complaciente que él había estado con ella aquellos días y decidió no insistir.
A la mañana siguiente, Daniel salió temprano hacia la empresa.
Durante el trayecto lo llamaron para avisarle que varios socios habían cancelado los proyectos que tanto les había costado conseguir.
—¿Qué demonios pasó?
Nadie en la sala de juntas se atrevió a responder de inmediato.
—Los pagos... salieron tarde, señor.
—¿Cómo que tarde? ¿Por qué?
—Ayer no estaba usted y faltaban las firmas.
Daniel recordó la llamada. Estaba con Beatriz cuando le pidieron las autorizaciones, pero había dicho que buscaran a Camila.
—¿Y Camila? ¿Por qué no fueron con...?
Se detuvo.
Oficialmente, Camila no tenía facultades para firmar en su lugar. No podía exigirle aquello delante de todos.
—¡Inútiles! ¡Fuera de aquí!
Después de descargar su furia sobre el equipo, mandó llamar a Camila.
Ella acababa de llegar. Antes de entrar en su oficina ya había oído hablar de los contratos perdidos y del enojo de Daniel.
Un compañero se acercó, preocupado.
—El señor Ferrer está furioso. Vaya a verlo, por favor.
—Ahora voy.
Camila abrió la puerta.
Daniel controló el gesto en cuanto la vio.
—Ya llegaste.
Ella se detuvo frente al escritorio.
—Ayer, cuando tu asistente me llevó los documentos, tenía que ir a ver a un cliente importante. Salí con prisa.
Su voz transmitía una preocupación medida.
—Y sabes que no tengo autoridad para firmar por ti. Si algo sale mal, no solo me perjudica a mí. También puede meterte en problemas.
Dejó escapar un suspiro.
—No pensé que los socios fueran a cancelar todo por un día de retraso.
No se disculpó de más. Le recordó, con calma, el problema que él mismo había creado: le exigía que resolviera las cosas sin darle poder para hacerlo.
La sospecha de que Camila hubiera actuado a propósito se debilitó.
Siempre se desvivía por la empresa. Ayer había ido lejos para ver a un cliente. ¿Por qué iba a perjudicarlos?
La culpa era suya por no darle suficientes facultades. Y por haberse distraído con Beatriz en un momento tan delicado.
—Daniel, quizá deberías autorizarme el acceso a parte de los sistemas y las decisiones. Así podré responder si vuelve a surgir algo urgente.
Él la miró con sorpresa.
Camila nunca le había pedido más poder. Incluso cuando necesitaba consultar información de la compañía, aceptaba hacerlo bajo su supervisión.
—¿Es tan complicado? Si no confías en mí...
—Claro que confío.
Daniel respondió demasiado rápido.
—El acceso completo necesita la aprobación de los accionistas. Por ahora puedo darte algunas autorizaciones.
—Perfecto.
Camila sonrió. No esperaba que cediera todo de una vez.
Con acceso parcial le bastaba para recuperar información importante. Hundir a Daniel requería paciencia.
En cuanto activaron sus permisos, copió los datos centrales de los proyectos en los que había trabajado durante los últimos dos años.
Las próximas licitaciones y la salida a bolsa dependían de ese trabajo. Ahora podía decidir qué hacer con él.
Al mediodía la llamó Victoria Duarte, la madre de Daniel.
—Paula quiere que le prepares de comer. Ya hablé con Daniel. Ven cuanto antes.
Colgó sin esperar respuesta.
Camila estaba acostumbrada. Desde que Daniel la llevó a conocer a su familia, Victoria la trataba como si tuviera una deuda con ellos.
Todos parecían sentirse con derecho a darle órdenes.
Victoria le exigía ir cada semana a cocinar y limpiar, aunque tenía personal doméstico. Paula, la hermana de Daniel, decía que solo toleraba la comida que Camila preparaba. Ahora que acababa de tener un bebé, exigía que se la llevara a diario.
Camila lo había soportado durante dos años para evitarle problemas a Daniel.
Miró la pantalla del celular y lo dejó a un lado.
Después abrió en la computadora los planes recientes de la empresa. Uno de los proyectos estaba marcado como prioritario. Ella lo había propuesto, lo había llevado hasta allí y era la única persona con la que el cliente aceptaba negociar.
Lo pensó un momento y fue a buscar a Daniel.
Su asistente le informó que había salido a toda prisa después de una llamada. Hasta había cancelado una reunión.
Camila marcó su número.
Contestó Beatriz.
—¿Buscas a Daniel, Camila?
—¿Están juntos?
—No vayas a pensar mal. Estamos en el hospital. Nico se cayó y se lastimó una pierna. No te preocupes, no fue nada grave. Daniel está con él recogiendo los medicamentos. Si quieres, le digo que te llame...
—No hace falta. Ocúpense de Nico.
Camila colgó antes de que Beatriz respondiera.
La mujer se quedó con la boca entreabierta.
Qué maleducada.
Al levantar la vista vio a Daniel regresar con Nicolás.
—Llamó Camila y contesté. ¿Quieres devolverle la llamada?
Le tendió el celular. Daniel lo tomó, pero el niño se aferró a su brazo.
—¡Papá, me duele la pierna!
Daniel sabía que exageraba. Le apretó una mejilla y devolvió el teléfono a Beatriz.
Cuando ella había llamado para avisarle del accidente, apenas alcanzó a decir que su hijo se había caído de las escaleras. Los gritos del niño al fondo lo hicieron salir corriendo.
Al llegar descubrió que solo tenía un raspón en la rodilla, tan pequeño que ya empezaba a secarse.
—¿Era algo de la empresa? —preguntó.
—Dijo que no era urgente. Quizá solo te extrañaba.
Beatriz apartó la mirada y el tono se le volvió agrio.
Él intentó tomarle la mano. Ella lo rechazó dos veces, hasta que Daniel consiguió entrelazar sus dedos.
—Mi esposa... —le susurró al oído.
Beatriz no pudo contener una sonrisa.
—Tu esposa es otra.
—No me digas eso. Mi única esposa eres tú.
Siguieron hablando en voz baja mientras se apartaban hacia el acceso a las escaleras.
Nicolás los miró, satisfecho. Con su verdadera mamá allí, Camila no tardaría en desaparecer de su casa.
—No te enojes ahora —pidió Daniel—. Voy a llamarla. Si empieza a sospechar, tendremos problemas.
—Ella no sospecha nada. Es demasiado tonta y está loca por ti.
—Beatriz...
—Si la llamas, voy a pensar que ya no me quieres.
Normalmente bastaban unas palabras para tranquilizarla. Aquella vez no cedió.
Daniel terminó por guardar el teléfono.
Además, Beatriz tenía razón. Camila lo adoraba, hacía cualquier cosa por él y nunca dudaba de sus explicaciones. Sabía cómo manejarla.
Media hora después, Victoria volvió a llamar a Camila.
—¿Qué estás esperando? La casa de Paula no queda tan lejos de la oficina. ¿Es que vas a paso de tortuga?
Estaba más irritada que antes, pero esta vez no colgó enseguida.
Camila sonrió apenas.
—Estoy en la empresa, en medio de una reunión. Ya sabe que nos estamos preparando para salir a bolsa. Cualquier error puede costarnos mucho dinero. No puedo irme ahora.
Hubo unos segundos de silencio.
Victoria no podía creer que Camila estuviera negándose a obedecer.
—¿Quién te crees para hablarme así? Con todo lo que Daniel ha hecho por ti, lo mínimo es que...
—Usted siempre me ha dicho que los asuntos de Daniel son la prioridad. Por eso no puedo salir.
La interrumpió sin levantar la voz.
—Pero claro que Paula necesita comer bien después del parto. ¿Qué se le antoja? Puedo pedirle al asistente de Daniel que encargue comida de un buen restaurante. Incluso podemos contratar un chef a domicilio. No hay problema si lo pagamos con la cuenta de la empresa.