Lady Evelyn Ashbourne murió a los setenta y seis años después de vivir una existencia marcada por las infidelidades de su esposo, la soledad y un amor que nunca recibió. Sin embargo, el destino le concedió una segunda oportunidad: despertó nuevamente a los dieciocho años, conservando todos los recuerdos de su vida anterior.
Esta vez, Evelyn no volverá a cometer los mismos errores. En lugar de elegir al encantador vizconde que destruyó su felicidad, aceptará casarse con Adrian de Blackthorne, el temido duque al que rechazó en su primera vida.
Frío, intimidante y despiadado con sus enemigos, Adrian esconde heridas y secretos que nadie se atreve a descubrir. Su matrimonio comenzará como un acuerdo entre dos familias, pero la convivencia despertará sentimientos que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
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Los tres hijos de Eleanor.
La fotografía permanecía entre los dedos de Evelyn.
La lámpara se había apagado al caer al suelo, y la única luz que iluminaba el pasillo provenía de las velas que todavía ardían al fondo. Sin embargo, Evelyn apenas podía verlas. Sus ojos estaban fijos en aquella imagen antigua.
Eleanor.
Arthur.
Alexander.
Adrian.
Y un quinto rostro que no debería existir.
—No puede ser… —murmuró el duque.
Evelyn levantó lentamente la mirada hacia él.
—Adrian, mírame.
Él no pareció escucharla.
Observaba la fotografía con una expresión que Evelyn jamás había visto en su rostro. No era la frialdad que utilizaba para mantener a los demás a distancia, ni la ira que aparecía cuando alguien amenazaba a quienes amaba.
Era miedo.
Un miedo infantil, profundo, nacido mucho antes de que aprendiera a ocultarlo.
—Siempre fuimos dos —susurró—. Alexander y yo. Mi madre tuvo gemelos. Eso fue lo que me dijeron.
—Quizá hubo un tercero —respondió Evelyn, aunque ni ella misma parecía convencida.
—¿Y por qué lo ocultarían?
Detrás de ellos, Arthur soltó una risa amarga.
—Porque no podían ocultar lo que habían hecho si alguien sabía que existía.
Adrian se volvió hacia su padre.
—¿Qué hiciste?
Arthur apretó la mandíbula.
—No fui yo quien decidió que nacieran tres.
El silencio cayó sobre el pasillo.
Evelyn sintió que Elara se aferraba a su falda.
—Mamá, tenemos que irnos.
—¿Por qué, mi pequeña estrella?
La niña miró hacia el extremo oscuro del corredor.
—Porque él ya sabe que encontramos la fotografía.
—¿Quién?
Elara no contestó.
Entonces se oyó un ruido.
Unos pasos lentos, arrastrados, se aproximaban desde la escalera.
Adrian se colocó inmediatamente delante de Evelyn y de la niña.
—¿Alexander?
Una voz respondió desde la oscuridad.
—No deberías seguir llamándome así.
Evelyn sintió un escalofrío.
Un hombre apareció al pie de la escalera.
Era Alexander de Blackthorne.
Tenía la misma cicatriz sobre la ceja izquierda, el mismo rostro que Adrian y aquella mirada de quien había pasado demasiado tiempo viviendo con una verdad que nadie quería escuchar.
Pero había algo diferente.
Llevaba la mano derecha envuelta en vendas oscuras, y su abrigo estaba cubierto de polvo, como si acabara de salir de un lugar abandonado durante décadas.
Se detuvo al ver la fotografía.
—Así que finalmente la encontraron.
Adrian dio un paso hacia él.
—¿Qué significa esto?
Alexander observó la imagen durante unos segundos.
Después levantó los ojos hacia su hermano.
—Significa que nuestra madre nunca tuvo dos hijos.
Hizo una pausa.
—Tuvo tres.
I. El hermano que no debía existir
—Quiero la verdad —exigió Adrian—. Toda la verdad. No una de tus historias incompletas, no otro secreto que deba descubrir por mi cuenta. Quiero saber quién es ese niño.
Alexander se acercó y tomó la fotografía.
Sus dedos se detuvieron sobre el rostro del tercer niño.
—Se llamaba Nicolás.
Arthur cerró los ojos.
Adrian lo observó.
—¿Lo conocías?
—Sí —respondió su padre.
—¿Y por qué nunca nos hablaste de él?
Arthur tardó demasiado en contestar.
—Porque Nicolás murió.
Alexander levantó la cabeza.
—No.
La palabra fue tan firme que todos se volvieron hacia él.
—Nicolás no murió —continuó—. Fue borrado.
Evelyn sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué diferencia hay?
Alexander la miró.
—Una muerte deja un cuerpo, una tumba, un recuerdo. Borrar a alguien significa conseguir que el mundo entero actúe como si esa persona nunca hubiera existido.
Adrian bajó la mirada hacia la fotografía.
—Como te hicieron a ti.
Alexander sonrió sin alegría.
—Exactamente.
Durante un instante, los dos hermanos se miraron sin hablar.
Evelyn comprendió que, por primera vez, Adrian estaba empezando a entender el verdadero precio que había pagado Alexander.
No solo le habían arrebatado su lugar en la familia.
Le habían quitado el derecho a ser recordado.
—¿Dónde está? —preguntó Evelyn.
Alexander negó lentamente con la cabeza.
—No lo sé.
—Acabas de decir que está vivo.
—Dije que no murió. No es lo mismo.
Adrian se acercó a él.
—Deja de hablar como si todos debiéramos comprender lo que tú sabes.
Alexander lo miró con cansancio.
—Tú has tenido una vida, Adrian. Una casa. Un título. Personas que pronunciaban tu nombre con respeto y otras que lo hacían con miedo. Cuando despertabas de una pesadilla, alguien podía asegurarte que solo había sido un sueño.
Se señaló el pecho.
—Yo despertaba en lugares donde nadie sabía quién era. A veces tenía recuerdos de personas que nunca había conocido. Otras veces olvidaba mi propio rostro. Y cada vez que intentaba descubrir la verdad, encontraba un registro que decía que nunca había nacido.
Adrian guardó silencio.
Alexander continuó:
—¿Sabes cuál fue la primera pregunta que hice cuando descubrí que tenía un hermano?
—¿Cuál?
—Si tú también me recordabas.
La expresión de Adrian cambió.
—Alexander…
—Durante años, creí que, si lograba encontrarte, todo tendría sentido. Pensaba que bastaría con mirarte a los ojos para recordar quién era. Pero cuando finalmente te encontré, tú me miraste como si estuvieras viendo un fantasma.
Adrian bajó la cabeza.
—Lo siento.
Alexander apartó la mirada.
—No necesito tus disculpas. Necesito que comprendas que no pienso volver a desaparecer para que tú puedas seguir viviendo tranquilo.
—No te lo pediría.
—Ya lo hiciste.
Adrian se quedó inmóvil.
Alexander señaló la fotografía.
—En una de las vidas que has olvidado, tú mismo me entregaste al pacto.
Evelyn sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—¿Qué?
Adrian retrocedió.
—No. Yo nunca…
—No recuerdas haberlo hecho —lo interrumpió Alexander—. Eso no significa que no ocurriera.
El duque se llevó una mano al pecho.
Por un instante, Evelyn creyó que iba a caer.
Se acercó y le sostuvo el brazo.
—Adrian, respira.
Él la miró, perdido.
—¿Y si lo hice?
Evelyn le acarició la mejilla.
—Entonces tendremos que descubrir por qué. Pero no vamos a condenarte por una verdad que todavía no conocemos.
Alexander observó a ambos.
—Eso es lo que ella siempre hace.
Evelyn se volvió hacia él.
—¿Qué cosa?
—Le ofrece una oportunidad de ser mejor incluso cuando él mismo ha dejado de creer que la merece.
Alexander guardó la fotografía en el bolsillo interior de su abrigo.
—Y eso es exactamente lo que el pacto utiliza contra ustedes.
II. La habitación sin ventanas
Alexander los condujo hasta una escalera oculta detrás de un tapiz.
Arthur intentó detenerlo.
—No puedes llevarlos allí.
—¿Todavía tienes miedo de esa habitación?
—No sabes lo que estás haciendo.
Alexander se volvió lentamente.
—Llevo toda mi vida sin saber lo que estoy haciendo porque tú te aseguraste de que no pudiera conocer mi origen. Ya no voy a obedecerte.
Descendió los primeros escalones.
Adrian tomó la mano de Evelyn.
—No tienes que venir —le dijo en voz baja—. Si esto se vuelve peligroso…
Ella lo miró con severidad.
—Si terminas esa frase, te juro que voy a bajar esas escaleras sola.
Por primera vez en toda la noche, una pequeña sonrisa apareció en el rostro del duque.
—Empiezo a creer que disfrutas amenazarme.
—Solo cuando te lo mereces.
Adrian le besó la frente.
Después descendieron juntos.
La escalera desembocaba en una habitación subterránea sin ventanas. Las paredes estaban cubiertas de estanterías, y sobre ellas se amontonaban libros, documentos y cajas de madera.
En el centro había una mesa con tres cunas pequeñas.
Evelyn se detuvo.
Las cunas estaban vacías, pero cada una tenía una placa de plata.
Adrian de Blackthorne.
Alexander de Blackthorne.
La tercera placa estaba cubierta por una tela negra.
Elara se soltó de la mano de su madre y caminó hacia ella.
—No la toques —advirtió Alexander.
La niña se detuvo.
—¿Por qué?
—Porque no fue hecha para ti.
Elara inclinó la cabeza.
—Yo sé para quién fue hecha.
Alexander palideció.
Evelyn se acercó a su hija.
—¿A quién pertenece?
Elara levantó la mirada hacia la tercera cuna.
—Al niño que nadie quiso recordar.
Arthur descendió los últimos escalones y se quedó junto a la puerta.
—Eleanor construyó esta habitación antes de que nacieran sus hijos —dijo—. Pensaba que los tres podrían crecer juntos. Que serían una familia.
—¿Y qué cambió? —preguntó Evelyn.
Arthur miró las cunas.
—El pacto.
Se acercó a la mesa y abrió un cajón.
Dentro había tres medallones idénticos, cada uno con una pequeña estrella grabada en el centro.
Tomó uno y se lo entregó a Adrian.
—Tu madre creía que los tres niños compartían algo más que la sangre. Decía que cada uno había nacido con un fragmento de un mismo recuerdo.
—¿Qué recuerdo? —preguntó el duque.
—Una vida anterior.
Alexander tomó el segundo medallón.
—Cuando éramos pequeños, yo soñaba con una mujer que lloraba junto a una tumba. Nunca podía verle el rostro. Solo escuchaba una frase.
—¿Cuál? —preguntó Evelyn.
Alexander cerró los dedos alrededor del medallón.
—«Esta vez, ninguno de mis hijos pagará por mi error».
Arthur dejó caer la cabeza.
—Eleanor sabía que el pacto había comenzado con ella.
Evelyn lo miró.
—Pero Lucien dijo que empezó con una mujer que perdió a su hija.
—Quizá ambos tengan razón —respondió Arthur—. Tal vez el pacto comenzó mucho antes de que Eleanor naciera. Pero ella fue la primera de nuestra familia que comprendió que podía heredarse.
Adrian contempló el medallón.
—¿Y qué ocurrió con Nicolás?
Arthur se acercó a la tercera cuna.
Con manos temblorosas, retiró la tela negra.
Debajo de la placa había una pequeña inscripción.
Nicolás de Blackthorne. El hijo que debía recordar.
Adrian sintió un escalofrío.
—¿Recordar qué?
Alexander miró a su hermano.
—La vida que existió antes de todas las demás.
III. La última noche de Eleanor
Arthur sacó un cuaderno de una caja.
La cubierta estaba agrietada y las páginas tenían los bordes quemados.
—Esta fue la última cosa que escribió Eleanor antes de morir.
Adrian extendió la mano.
—Dámelo.
Arthur vaciló.
—Hay cosas que quizá no estés preparado para leer.
—He pasado toda mi vida sin estar preparado porque tú decidiste qué podía saber. Se acabó.
Arthur le entregó el cuaderno.
Adrian lo abrió.
La primera página contenía una fecha: 17 de octubre de 1816.
Debajo, Eleanor había escrito:
Hoy he comprendido que el pacto no quiere mi sangre. Quiere que yo misma entregue a uno de mis hijos.
Arthur cree que puede engañarlo. Alexander cree que puede destruirlo. Adrian todavía es demasiado pequeño para comprender lo que ocurre.
Y Nicolás…
La tinta se interrumpía abruptamente.
Adrian pasó la página.
Mi pequeño Nicolás recuerda cosas que no debería conocer. Dice que ya ha vivido esta vida. Afirma que su padre lo mató antes de que naciera y que su madre lo llamó por un nombre distinto.
Le he preguntado qué quiere decir, pero solo responde que hay una mujer que sigue regresando para encontrar a su hija.
Evelyn sintió que las piernas le temblaban.
—Yo…
Adrian levantó la mirada.
—¿Qué ocurre?
Evelyn se llevó una mano a la sien.
Una imagen apareció en su mente.
Un niño sentado junto a una ventana.
Cabello plateado.
Ojos claros.
El niño la miraba con una seriedad imposible para su edad.
—Tú prometiste volver —le decía.
Evelyn parpadeó.
La imagen desapareció.
—Vi a Nicolás —susurró.
Alexander se acercó.
—¿Dónde?
—No lo sé. Era pequeño. Estaba sentado junto a una ventana y me dijo que yo había prometido volver.
Arthur se dejó caer en una silla.
—Entonces es verdad.
—¿Qué es verdad? —preguntó Evelyn.
—Nicolás te conocía antes de nacer como Evelyn Ashbourne.
Adrian continuó leyendo.
Esta noche he tomado una decisión. Si el pacto necesita que uno de mis hijos desaparezca, no se lo entregaré.
Si necesita que alguien sea olvidado, no permitiré que sea uno de mis hijos.
Si necesita un precio, me ofreceré yo.
La letra se volvía cada vez más irregular.
Pero he cometido un error.
El pacto no ha aceptado mi sacrificio.
Ha elegido a Nicolás.
Adrian dejó de leer.
Evelyn sintió un dolor profundo en el pecho.
—¿Qué le hicieron?
Arthur no pudo mirarla.
—Eleanor intentó ocultarlo. Lo sacó del castillo y pidió a los Whitmore que lo protegieran. Pero cuando regresó, Nicolás había desaparecido.
—¿Y mi madre? —preguntó Adrian—. ¿Qué le ocurrió después?
—Volvió a la capilla. Quería recuperar a su hijo. Yo intenté detenerla, pero no me escuchó.
Arthur se frotó el rostro.
—La encontré allí, junto al altar, con la sangre cubriéndole las manos. Me dijo que había visto a Nicolás al otro lado de una puerta. Que estaba vivo, pero que no podía regresar mientras el pacto siguiera existiendo.
—¿La mataste? —preguntó Adrian.
Arthur levantó los ojos.
Durante unos segundos, nadie respiró.
—No —respondió finalmente—. Pero fui el hombre que cerró la puerta cuando ella todavía intentaba atravesarla.
Adrian retrocedió.
—La dejaste morir.
—Sí.
La confesión fue apenas un susurro.
—Y desde entonces he intentado convencerme de que no tenía otra opción.
Adrian lo miró con lágrimas contenidas.
—Siempre tienes una opción, padre. Lo que ocurre es que nunca has querido pagar el precio de elegir.
Arthur bajó la cabeza.
Por primera vez, no tuvo nada que responder.
IV. El niño que seguía vivo
Un ruido surgió desde el fondo de la habitación.
Un golpe suave.
Después otro.
Evelyn se volvió.
Entre dos estanterías había una puerta pequeña que parecía formar parte de la pared. No tenía cerradura ni picaporte, solo una estrella grabada en el centro.
Elara caminó hacia ella.
—Es aquí.
Alexander la siguió.
—¿Cómo sabes que hay algo detrás?
—Porque él está esperando.
Evelyn se acercó a su hija.
—¿Nicolás?
La niña asintió.
—Pero no es como ustedes creen.
Adrian se colocó junto a la puerta.
—¿Qué significa eso?
Elara miró a los tres adultos.
—El niño que fue borrado no creció como debía. No vivió cada año de su vida. Para él, el tiempo se detuvo en el instante en que lo entregaron.
Arthur se cubrió la boca.
—Dios mío…
—No —respondió Elara—. Dios no lo hizo. Lo hicieron ustedes.
La niña apoyó la mano sobre la estrella.
La puerta se abrió sin hacer ruido.
Del otro lado había una habitación blanca.
En el centro, sentado en una silla, se encontraba un niño de unos cinco años.
Tenía el cabello plateado, los ojos grises y el rostro idéntico al de Adrian y Alexander cuando eran pequeños.
Llevaba una camisa blanca y sostenía entre las manos un pequeño barco de madera.
No parecía asustado.
Tampoco sorprendido.
Simplemente levantó la cabeza cuando Evelyn apareció.
Y sonrió.
—Tardaste mucho —dijo.
Evelyn sintió que las lágrimas le nublaban la vista.
—¿Nicolás?
El niño dejó el barco sobre sus rodillas.
—Ese es el nombre que me dieron aquí.
—¿Qué quieres decir?
Él la observó con unos ojos demasiado viejos para su pequeño rostro.
—Antes me llamaba de otra manera.
Evelyn se arrodilló frente a él.
—¿Cuál?
El niño inclinó la cabeza.
—El nombre que tú me diste.
Un silencio profundo llenó la habitación.
Adrian se quedó inmóvil detrás de Evelyn.
Alexander había perdido todo el color de su rostro.
Arthur comenzó a temblar.
—No puede ser… —susurró.
El niño miró a Evelyn.
—¿No me recuerdas?
Ella quiso responder, pero la voz no le salió.
Entonces el niño se acercó y tocó su mejilla con una mano pequeña.
El contacto despertó un recuerdo.
Un jardín lleno de rosas blancas.
Una mujer arrodillada junto a una cuna.
Una voz femenina pronunciando un nombre con infinito amor.
Y un niño que reía mientras intentaba atrapar una mariposa.
Evelyn comenzó a llorar.
—Yo te conozco…
—Sí —respondió él—. Pero no de esta vida.
Adrian se acercó lentamente.
—¿Quién eres?
El niño se volvió hacia él.
Su sonrisa desapareció.
—Tú eres el que prometió olvidarme.
Adrian retrocedió como si acabaran de clavarle una daga en el pecho.
—No…
—Me dijiste que volverías por mí.
El niño bajó la mirada hacia el barco.
—Pero cuando regresaste, no me reconociste.
Evelyn abrazó al pequeño.
—Lo siento. No sé qué ocurrió, pero lo siento muchísimo.
Nicolás se dejó abrazar durante unos segundos.
Después se apartó suavemente.
—No tienes que disculparte, mamá.
Evelyn se quedó inmóvil.
Adrian levantó la cabeza de golpe.
Alexander dio un paso atrás.
Arthur dejó escapar un sollozo.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó Evelyn, con la voz quebrada.
El niño sonrió con tristeza.
—Mamá.
Señaló a Evelyn.
Después miró a Elara.
—Y tú eres mi hermana.
Elara se acercó y le tomó la mano.
Por primera vez, el niño pareció verdaderamente feliz.
—Te encontré —susurró ella.
Nicolás asintió.
—Pero no tenemos mucho tiempo.
V. La verdad que podía destruirlos
—¿Por qué no tenemos tiempo? —preguntó Adrian.
Nicolás miró hacia la puerta.
—Porque el pacto sabe que estoy aquí.
—No voy a permitir que vuelva a llevarte —dijo Arthur, acercándose—. Esta vez te protegeré.
El niño lo observó con una tristeza que parecía atravesarlo.
—Ya lo dijiste antes.
Arthur se detuvo.
—Nicolás…
—Me prometiste que no dejarías que me borraran.
El hombre comenzó a llorar.
—Era un niño. No sabía lo que hacía.
—Yo también era un niño.
Arthur no pudo responder.
Evelyn sostuvo las manos de Nicolás.
—¿Qué necesitas de nosotros?
El pequeño la miró.
—Que recuerdes mi verdadero nombre.
—Lo recordaré.
—No basta con prometerlo.
Nicolás señaló la pared.
Allí había aparecido una inscripción nueva.
CUANDO LA MADRE RECUERDE AL HIJO, EL HIJO PODRÁ ELEGIR.
Debajo, una segunda frase comenzó a escribirse lentamente.
PERO SI EL HIJO RECUERDA QUIÉN LO ENTREGÓ, LA FAMILIA VOLVERÁ A SANGRAR.
Adrian miró a su padre.
—¿Quién lo entregó?
Arthur permaneció en silencio.
Nicolás bajó la cabeza.
—No fue Arthur.
Evelyn sintió que el corazón le golpeaba con violencia.
—¿Entonces quién?
El niño levantó los ojos hacia ella.
Y pronunció una frase que pareció detener el tiempo:
—Fuiste tú, mamá.
Evelyn dejó de respirar.
—No…
—Tú me entregaste al pacto antes de que yo naciera. Me prometiste que, si me llevaba, podría devolverle la vida a tu hija.
Elara soltó la mano de su hermano.
—No…
Nicolás la miró con ternura.
—Lo siento, Elara. Pero mamá tiene que recordarlo.
Evelyn retrocedió, incapaz de aceptar lo que escuchaba.
—Yo jamás haría eso.
—Lo hiciste para salvar a alguien que amabas.
—¿A quién?
Nicolás comenzó a llorar.
—A mí.
La habitación se quedó en silencio.
Evelyn sintió que algo se rompía dentro de ella.
El niño se acercó y apoyó la frente contra su pecho.
—En la primera vida, yo era tu hijo. No era hermano de Adrian ni de Alexander. No era hijo de Eleanor. Era tuyo.
La voz se le quebró.
—Y tú me entregaste.
Evelyn cayó de rodillas.
Los recuerdos comenzaron a regresar de golpe.
Una mujer vestida de blanco.
Un bebé envuelto en una manta.
Una promesa susurrada ante una puerta negra.
Llévatelo. Devuélveme a mi hija.
Y una voz respondiendo:
Si lo entregas, nunca volverás a recordar su nombre.
Evelyn se cubrió la boca.
—No…
Adrian se arrodilló a su lado.
—Evelyn, mírame.
Pero ella no podía apartar los ojos de Nicolás.
—Yo te entregué…
El niño le acarició el rostro.
—Sí.
—¿Y después te olvidé?
Nicolás asintió.
—Pero yo nunca te olvidé, mamá.
Evelyn lo abrazó con desesperación.
—Perdóname. Por favor, perdóname.
Nicolás cerró los ojos entre sus brazos.
—Te perdoné hace mucho tiempo.
Un estruendo sacudió la habitación.
Las luces parpadearon.
La puerta comenzó a cerrarse sola.
Alexander corrió hacia ella y trató de sujetarla, pero una fuerza invisible lo arrojó contra las estanterías.
Adrian tomó a Evelyn por los hombros.
—¡Tenemos que salir!
—¡No voy a dejarlo!
Nicolás levantó la cabeza.
Por primera vez, ya no parecía un niño.
En sus ojos había una luz blanca que Evelyn había visto en sus sueños.
—No tienes que salvarme, mamá.
—¡Eres mi hijo!
—Y tú eres mi madre.
El pequeño sonrió con lágrimas en los ojos.
—Por eso esta vez debes dejarme elegir.
La puerta se cerró de golpe.
Todo quedó a oscuras.
Evelyn gritó su nombre y golpeó la madera con ambas manos.
—¡Nicolás!
No hubo respuesta.
Solo un susurro que pareció llegar desde el otro lado del tiempo.
—Mi verdadero nombre no es Nicolás, mamá.
Evelyn se quedó inmóvil.
—¿Cuál es, entonces?
La voz respondió:
—Tú me llamaste Gabriel.
Y en ese instante, todas las velas del castillo se apagaron.
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Que abra pasado???
Quede en suspenso.
😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳
Oooooooo por Diosssssssssssssssssss.
Esto está buenísimo cada capítulo es excelente.
En 1 momento si imagine que el otro Adrián era su hermano gemelo.
Me super encanta todos esos secretos que pico a poco van saliendo a la luz.
Oooooooo cielos.
En esa casa aparecen y desaparecen los muertos como si de vivos se tratara y en los momentos más oportunos.
😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳
Me encanta la Historia
👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌
🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣
Me volví masoquista.
😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
Oooooooo, vaya, hasta a mi me picó la super curiosidad por saber que ahy detrás se esa puerta.
👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀
😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊
Me encanta Margaret,.
😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁