Natalia tiene 25 años y es la exitosa CEO de un prestigioso bufete de abogados en Londres. Sin embargo, su imperio de cristal esconde un pasado oscuro: huyó de Zúrich para escapar de un matrimonio forzado impuesto por su multimillonario y arcaico padre. Cuando el patriarca la localiza y le lanza un ultimátum económico para arrastrarla de vuelta a Suiza, Natalia y su mejor amiga diseñan una solución desesperada: contratar a un marido de alquiler para blindarse legalmente.
Lo que Natalia no imagina es que el candidato enviado en secreto por su hermano es Óscar Alexander Sterling, su primer amor de la adolescencia. Nueve años de separación lo han transformado de un chico desgarbado con gafas en un imponente, musculado y sofisticado ingeniero naval. Ella no lo reconoce, y él decide ocultar su identidad para protegerla. Encerrados en una convivencia forzada dentro de un ático de una sola habitación, la pasión y los roces domésticos no tardarán en estallar.
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CAPITULO 9. EL PRIMER PUPITRE DE GINEBRA
Llegar a Ginebra fue como recuperar el aire tras pasar dos años bajo el agua. El chófer me dejó en la entrada de la residencia universitaria, un edificio moderno y funcional que contrastaba con las piedras medievales del internado. En cuanto firmé el registro y me entregaron la llave de mi habitación, sentí una oleada de adrenalina. Mi padre había cumplido su palabra: la asignación mensual que me había transferido a la cuenta de estudiante estaba controlada al milímetro por su contable para que solo pudiera cubrir mis gastos básicos de alojamiento, materiales y comida. Arthur quería que dependiera de él económicamente, pero había olvidado que la libertad no siempre se compra con millones.
Lo primero que hice tras dejar las maletas en el suelo de mi nuevo cuarto fue salir a la calle. Caminé con el corazón acelerado hasta una pequeña tienda de electrónica del centro de la ciudad. Con unas pocas monedas que había logrado guardar de mis antiguas asignaciones en el internado, compré mi primer teléfono móvil: un dispositivo sencillo, prepago, sin lujos, pero que para mí representaba el cordón umbilical con mi verdadera vida.
Me senté en el banco de una plaza cercana, con las manos temblándome por la emoción, y marqué de memoria el número de Óscar. El número del chico de las sudaderas anchas, el que tantas veces me había salvado en la biblioteca del instituto. Cerré los ojos, esperando escuchar su voz profunda tras el primer tono.
«El número marcado no existe o no está disponible en este momento», respondió una voz robótica en tres idiomas.
El mundo se me cayó encima. Lo intenté una, dos, tres veces, limpiando las lágrimas que empezaban a empañar la pantalla del teléfono. El número viejo ya no funcionaba. El paso del tiempo y los años de universidad debían de haberlo obligado a cambiar de línea.
Desesperada, llamé al número personal de mi hermano Thomas. Tras tres tonos, su voz grave respondió, llena de una sorpresa mayúscula. Tras un abrazo virtual cargado de alivio por saber que estaba bien y en Ginebra, le solté la pregunta que me quemaba la garganta:
—Thomas, el número de Óscar... Ya no funciona. Necesito su nuevo número, por favor. Necesito hablar con él, saber si sigue esperándome.
Al otro lado de la línea se hizo un silencio pesado. Thomas suspiró profundamente antes de responder con una calma fingida:
—Nat, escucha... No tengo su nuevo número aquí conmigo. Él cambió de facultad y de compañía telefónica hace unos meses. Déjame que investigue y lo busque, ¿de acuerdo? Pero prométeme una cosa, hermana: no te obsesiones con eso ahora. Estás en tu primer año de Derecho. Si papá se entera de que estás intentando localizarlo, te quitará de Ginebra en un segundo y te encerrará en la mansión de Zúrich. Concéntrate en sacar las mejores notas, en lograr tu título y tu independencia legal. Habrá tiempo para buscar a Óscar cuando estés estabilizada y fuera del alcance de papá. Déjamelo a mí, yo te avisaré si sé algo.
Corté la comunicación con un nudo en el estómago, aceptando sus palabras. Lo que yo no sabía era que Thomas, desde su despacho en Zúrich, pensaba con la mente fría de un hermano protector. Él sabía perfectamente dónde estaba Óscar y cómo localizarlo; de hecho, mantenía un contacto muy discreto con él. Pero Thomas temía que si nos comunicábamos en ese momento, el impulso de la juventud nos hiciera cometer un error, una fuga precipitada sin recursos que destruiría mi futuro. Thomas quería que me concentrara al 100% en la carrera para que pudiera defenderme sola ante nuestro padre. Para él, proteger a Óscar y protegerme a mí significaba mantenernos separados hasta que yo fuera una abogada hecha y derecha.
Ese mismo lunes, con el dolor del teléfono mudo en el pecho, asistí a mi primera clase de Derecho Civil en el aula magna de la universidad. El lugar estaba abarrotado de cientos de jóvenes que hablaban y reían. Me senté en la primera fila, decidida a ser un fantasma, cuando una chica de cabello castaño alborotado y mirada vivaz se sentó en el pupitre de al lado. Tenía una energía arrolladora que contrastaba con mi rigidez.
—Hola, soy Maria —me dijo, tendiéndome la mano con una sonrisa enorme que iluminó el espacio—. Veo que tú también has decidido sentarte en la primera fila para que los profesores nos usen de escudo. ¿Lista para tres años de tortura legal?
Ese fue el inicio de mi amistad con Maria. A diferencia de las chicas del internado, Elena era directa, divertida, no le importaban los apellidos y tenía una mente jurídica brillante. En pocas semanas se convirtió en mi sombra en el campus y en la única persona que logró hacerme sonreír de verdad en años.
Para cumplir con mi plan de fuga, compaginar los estudios con la necesidad de ahorrar se volvió una tarea titánica. Conseguí dos trabajos a tiempo parcial que mantuve rigurosamente ocultos de los informes que los socios de mi padre enviaban a Zúrich. De lunes a viernes, al salir de las clases, corría a un pequeño despacho de abogados local del barrio obrero, donde trabajaba como archivadora y asistente de documentación hasta las diez de la noche. Los fines de semana, me ponía un delantal ajeno y trabajaba como camarera en una cafetería escondida cerca de la estación de tren, donde las jornadas eran largas y los pies me terminaban ardiendo.
Thomas cumplió su promesa de ir a visitarme a Ginebra cada tres o cuatro meses, aprovechando supuestos viajes de negocios del astillero. En cada encuentro, en cafeterías apartadas, me entregaba sobres con dinero en efectivo que lograba desviar de sus cuentas sin levantar sospechas, alimentando mi fondo de libertad. Pero cada vez que yo le preguntaba por Óscar, Thomas esquivaba la respuesta con evasivas inteligentes: que si aún no había podido dar con su paradero exacto, que si el entorno de papá vigilaba sus propios movimientos en Zúrich y no quería arriesgarse a levantar sospechas investigando a un civil...
Con el paso de los meses y los años de carrera, el desgaste físico y mental empezó a pasarme factura. La combinación de las exigentes clases de Derecho, las noches en vela estudiando bajo el flexo de mi habitación y las interminables horas de trabajo como camarera me absorbieron por completo. Llegaba a la cama tan exhausta que ni siquiera tenía fuerzas para pensar.
Poco a poco, ante la falta de noticias y el silencio absoluto del teléfono, una dolorosa resignación empezó a instalarse en mi interior. El recuerdo de Óscar, de sus sudaderas anchas y de sus promesas en el parque bajo la lluvia, comenzó a cubrirse de una capa de neblina. No es que hubiera dejado de quererlo, pero la urgencia del día a día, la lucha salvaje por mi propia supervivencia y la convicción de que el destino nos había separado de forma definitiva hicieron que me rindiera. Acepté que Óscar pertenecía a una Natalia del pasado, a una niña de dieciséis años que ya no existía. Acabé olvidándolo, no del todo porque la llave de plata seguía oculta en mi joyero, pero casi. Lo guardé en el rincón más profundo de mi memoria, como un hermoso sueño de la adolescencia que la cruda realidad se había encargado de despertar. Ahora solo importaba una cosa: terminar la carrera, coger mis ahorros y desaparecer del mapa.
Felicidades autora que sigan los éxitos!!! ☺️