Sinopsis:
Emma Vance, condecorada piloto militar e ingeniera aeroespacial, es obligada a asumir el control del mayor imperio aéreo familiar de Estados Unidos. Negándose a mandar desde un despacho sin conocer la realidad de sus hangares, se infiltra como copiloto anónima bajo el apellido Ross para desmantelar desde adentro la cultura machista que corroe la empresa.
Su misión entra en turbulencia cuando descubre que el capitán estrella de la aerolínea es Logan Rhodes, el pupilo mimado de su padre y el hombre con quien compartió noches ardientes en escalas internacionales bajo la falsa creencia de que ella era solo una azafata. Entre cabinas hostiles, orgullos heridos y mandos compartidos al límite, ambos librarán su batalla más peligrosa a diez mil metros de altura, donde ceder el control puede ser la única forma de no estrellarse.
NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 2: Radar de proximidad
El hangar número cuatro del aeropuerto internacional O'Hare de Chicago había sido transformado en un palacio de acero, cristal y vanidad corporativa.
Bajo la bóveda iluminada por proyectores cenitales que teñían la estructura de un azul cobalto profundo, dos reactores de fuselaje ancho recién salidos de fábrica flanqueaban la pista de baile, pulidos como espejos gigantescos. Doscientos cincuenta invitados de rigurosa etiqueta —magnates de Wall Street, directores de la Administración Federal de Aviación y capitanes veteranos luciendo sus uniformes de cuatro barras doradas— brindaban con champán francés al compás de un cuarteto de cuerdas.
Era la noche de gloria de Richard Vance. La celebración de su retiro formal y la consagración de medio siglo de dominio absoluto sobre las rutas aéreas del país.
En el extremo del entresuelo acristalado, apoyada contra la barandilla de acero inoxidable, Emma contemplaba el espectáculo con una mezcla de fascinación cínica y cálculo militar.
Llevaba un vestido largo de crepé de seda negro con cuello halter, espalda completamente descubierta y una abertura lateral que dejaba entrever sus piernas al caminar sobre tacones oscuros de diez centímetros. Su melena castaña caía en ondas brillantes sobre un hombro, y sus labios, pintados de un rojo vino rotundo, contrastaban con la palidez aristocrática de su piel. No llevaba joyas llamativas, solo un reloj de titanio con bisel de cálculo de navegación en la muñeca izquierda y la mirada afilada de un halcón evaluando el terreno de combate.
A su lado, Elena apuraba una copa de vino blanco, impecable en un traje de noche azul marino:
—Papá está insoportable —murmuró la abogada sin mover los labios—. Lleva cuarenta minutos hablando con el presidente del sindicato. Todavía cree que va a convencerte de subir al escenario a dar un discurso de heredera complaciente.
Emma soltó una risa seca, humedeciendo sus labios con agua mineral:
—Papá puede soñar con lo que quiera. Nuestro trato fue claro: ni una sola palabra sobre mi ascenso a la presidencia. Vine como la hija mayor que regresa de visita tras años en el extranjero. Si alguien en este hangar se entera de que seré su jefa antes de que audite sus cabinas, el factor sorpresa se muere.
Camila, la menor de las tres hermanas, se unió a ellas con paso apresurado, sosteniendo una libreta de piel y un bolso de fiesta. Llevaba un vestido esmeralda que resaltaba su timidez habitual, pero sus mejillas estaban encendidas por un rubor que poco tenía que ver con el champán.
—La junta de accionistas ya firmó la confidencialidad de la transición, Em —susurró Camila, mirando a su alrededor con cautela—. Tu expediente como primer oficial está cargado en el sistema interno bajo el nombre de Emma Ross. Licencias convalidadas, habilitaciones al día y antigüedad simulada de dos años. Mañana a las seis de la tarde puedes pedir asignación de ruta sin levantar sospechas.
—Buen trabajo, Cami —sonrió Emma, pasando un brazo protector por los hombros de su hermana menor—. Ahora respira. Pareces a punto de sufrir una taquicardia. ¿Tan pesado estuvo el cierre contable del trimestre?
Camila bajó la mirada, jugueteando con el cordón de seda de su bolso:
—No es el balance, Emma... Es que... él está aquí.
Elena y Emma cruzaron una mirada instantánea.
—¿El piloto del que nos hablaste? —inquirió Emma, entrecerrando los ojos con el instinto protector encendiéndose como una baliza de emergencia—. Camila, hablamos de esto. Los pilotos de esta empresa tienen la cabeza formateada por la escuela machista de papá. Creen que cualquier mujer fuera de la cabina es un accesorio decorativo y dentro de ella, un estorbo.
—Sé lo que piensas, Emma —se defendió Camila con voz queda pero firme—. Pero él no es así. No se formó con papá; voló en Europa, en transporte táctico y rescate civil antes de entrar a Vance Global. Es respetuoso, dulce, no se pasa el día midiéndose las barras con nadie y... Dios, cuando sonríe me desarma. Está en la barra central. Míralo.
Emma suspiró con resignación y giró la cabeza hacia la barra principal del hangar, donde un grupo de capitanes comentaba maniobras entre risotadas.
Apartó a dos directivos con la vista y enfocó a un hombre de espaldas, alto, de complexión atlética y uniforme de comandante impecable. Cuando el piloto se giró para recoger dos copas, la luz del reflector le dio de lleno en el rostro: mandíbula cuadrada, ojos verdes claros y una cicatriz fina de tres centímetros que le cruzaba la ceja izquierda.
A Emma el aire se le congeló en la garganta.
La copa de agua mineral estuvo a punto de resbalar de sus dedos enguantados.
—No puede ser... —susurró Emma, parpadeando para asegurarse de que el champán no le estaba jugando una alucinación.
—¿Lo ves? —suspiró Camila con el corazón en los ojos—. Se llama Marcus. Marcus Gallagher. ¿Verdad que no tiene pinta de cavernícola?
—¿Marcus Gallagher? —repitió Emma con un tono tan gélido y letal que Elena dio un paso atrás por puro instinto de supervivencia—. ¿El capitán Gallagher?
A quince metros de distancia, como si hubiera recibido un impacto de radar en pleno vuelo, Marcus giró bruscamente la cabeza. Sus ojos verdes escanearon la barandilla del entresuelo y se toparon de frente con la figura de Emma.
El color abandonó el rostro del piloto en una décima de segundo.
Marcus abrió la boca, se le trabó la respiración y dejó las dos copas sobre la barra con tanta prisa que derramó la mitad del licor. El reflejo condicionado por tres años de disciplina de combate en el desierto de Helmand fue más rápido que cualquier protocolo civil: enderezó la columna como una vara de hierro, cuadró los hombros, juntó los talones con un chasquido sordo de los zapatos y comenzó a avanzar hacia el entresuelo con paso marcial, sorteando invitados como si cruzara un campo minado.
—¿Por qué viene hacia aquí con cara de ver a un fantasma? —preguntó Camila, desconcertada.
—Porque ese «ángel europeo» tuyo fue mi copiloto de combate en Afganistán y mi mano derecha en Copenhague durante dos años —soltó Emma entre dientes.
Camila abrió los ojos como platos:
—¡¿Qué?!
Marcus subió los escalones metálicos de dos en dos. Al llegar frente a ellas, se detuvo a un metro exacto, tragó saliva con dificultad y estuvo a medio milímetro de llevarse la mano a la sien para hacer el saludo reglamentario antes de recordar que vestía un uniforme comercial:
—Mi... señorita Vance. Capitán Gallagher reportándose.
Emma dio un paso lento hacia él. La calidez familiar de su hermana desapareció, reemplazada por la autoridad implacable de la comandante que lo había sacado vivo de tres emboscadas aéreas:
—Descanso, capitán Gallagher. Baje la barbilla antes de que alguien piense que está a punto de cantarme el himno nacional.
Marcus soltó el aire de golpe, aflojándose el cuello de la camisa con un dedo tembloroso:
—Jefe... perdón, señorita. No tenía idea de que usted era la hija de Richard Vance. Cuando Camila me dijo que su hermana mayor venía de visita, jamás me imaginé que...
—Marcus —lo interrumpió Emma en un susurro gélido, acercándose tanto que solo él pudo escucharla—. Si le rompes el corazón a mi hermana, no voy a necesitar a la junta de accionistas: te voy a revocar la habilitación de vuelo y te enviaré a pilotar avionetas de fumigación en los pantanos de Luisiana por el resto de tus días. ¿Fui lo suficientemente clara?
Marcus cuadró la mandíbula, asintiendo con una lealtad que no admitía la menor duda:
—¡Clara como el cristal, mi General!
Camila miró a ambos, pasando del asombro a una risa nerviosa:
—Por favor, díganme que esto es una pesadilla de recursos humanos. ¿Ustedes dos combatieron juntos?
—Ella me salvó la vida dos veces, señorita Camila —admitió Marcus con reverencia sincera, mirándola con devoción—. Todo lo que sé sobre mantener la calma en una cabina en llamas lo aprendí de su hermana.
Emma suavizó apenas la comisura de los labios, dándole una palmada seca en el hombro a su antiguo subordinado:
—Bienvenido a la familia, Marcus. Pero mantén la boca cerrada sobre mi rango y mis planes en esta aerolínea. Nadie puede saber quién soy en los hangares.
—Secreto de Estado, jefa —prometió él, ofreciéndole el brazo a Camila con una sonrisa aliviada mientras se alejaban hacia el buffet.
Elena se acercó a Emma con una media sonrisa:
—Vaya. Parece que tu red de espionaje ya tiene un aliado en la flota. Pero si quieres ver al verdadero problema... mira a las doce en punto.
Emma siguió la indicación de su hermana.
En el centro del salón, rodeado por un círculo de veteranos de la compañía y dos directores de operaciones, destacaba un hombre joven, de hombros anchos y porte imperial. Llevaba el uniforme de comandante con las cuatro barras doradas brillando sobre el paño negro, la gorra de plato descansando con calculada indolencia bajo el brazo y una copa de coñac en la mano. Reía con suficiencia, gesticulando con seguridad mientras los viejos capitanes asentían ante sus palabras.
—Ese es Logan Rhodes —explicó Elena en tono bajo—. El protegido absoluto de papá. Su estrella de oro. El mejor promedio de la academia de vuelo de los últimos diez años. Volando dicen que es un genio, pero en tierra... es el rey de los cavernícolas. Cree que las mujeres solo estamos en la aviación para coordinar los menús de primera clase.
Emma frunció el ceño, intrigada:
—¿Y de dónde salió un espécimen así?
—Sus padres son íntimos amigos de papá —añadió Elena—. Su madre es la doctora Diana Rhodes, la jefa de pediatría que trabaja con mamá en el hospital central. Un encanto de mujer, sensata y brillante. Mamá siempre dice que la culpa fue de papá, que se llevó a Logan a su academia de vuelo desde los dieciocho años y le metió en la cabeza toda esa basura de la supremacía masculina en cabina.
Logan giró el rostro en ese instante para responder a una broma de su grupo.
La luz cenital iluminó su perfil afilado, sus ojos grises como el acero templado y esa sonrisa ladeada, magnética y descarada que a Emma se le había grabado a fuego en la piel.
El vaso de cristal en la mano de Emma crujió bajo la presión de sus dedos.
El mundo pareció desvanecerse en un pitido sordo de turbina.
No.
No podía ser él.
El amante misterioso de la sala de tránsito en Zúrich. El hombre de los hombros anchos que la había devorado a besos contra el cabecero de una cama en Viena mientras la lluvia golpeaba los cristales. El extraño que, al verla recoger su uniforme de madrugada, había asumido con una sonrisa perezosa que ella era una simple azafata... era Logan Rhodes.
El pupilo mimado de su padre. El macho alfa de Vance Global Airlines.
Una llamarada de furia, adrenalina y un deseo salvaje y traicionero le recorrió la columna vertebral de abajo hacia arriba. La ironía del destino era tan perfecta que casi parecía un plan de vuelo trazado por el mismísimo demonio.
Elena se alejó para saludar a unos clientes del departamento jurídico, dejando a Emma sola en el descanso de la escalera.
Emma no apartó la vista. Como si sintiera el peso de su mirada a través del bullicio, Logan detuvo su conversación. Giró la cabeza hacia el entresuelo, paseando los ojos con indiferencia entre los invitados hasta que sus pupilas chocaron contra las de ella.
Logan se congeló.
La copa de coñac se detuvo en el aire. Sus ojos grises se abrieron de golpe, barriendo la figura de Emma con una incredulidad que se transformó en una chispa de fuego puro. Reconoció el vestido negro, la curva de sus hombros y esa boca que lo había hecho perder la cordura en hoteles de media Europa.
Se disculpó con sus colegas con un gesto rápido y comenzó a avanzar hacia las escaleras con paso largo y decidido.
Emma no se movió. Apoyó la cadera contra la barandilla, sostuvo la copa con dos dedos y lo esperó con la serenidad de una francotiradora que ve a su objetivo entrar en la retícula.
Logan subió los peldaños de metal, deteniéndose a medio metro de ella. El aroma a sándalo, cuero y colonia cara la envolvió de inmediato. El piloto la miró de arriba abajo, devorando la abertura de su vestido y el escote de su espalda con un descaro que no intentó disimular:
—Vaya, vaya... —su voz sonó baja, ronca y cargada de esa sensualidad arrogante que a Emma le encendía la sangre—. Qué sorpresa encontrar a una azafata de aerolíneas escandinavas bebiendo champán en la gala privada del clan Vance.
Emma enarcó una ceja con una lentitud exasperante, sosteniéndole la mirada sin parpadear:
—Las ventajas de tener conexiones internacionales, capitán Rhodes. Aunque veo que usted no pierde el tiempo; le sienta bien el disfraz de comandante.
Logan sonrió de lado, acortando la distancia hasta que su pecho casi rozó el hombro desnudo de ella. Se inclinó hacia su oído con la respiración templada quemándole la piel:
—No es un disfraz, preciosa. Me gano cada una de estas cuatro barras a diez mil metros de altura. Y dime la verdad... ¿te colaste en la fiesta de mi jefe solo para verme con el uniforme puesto?
Emma dejó escapar una risa suave, limpia y demoledora que le borró la suficiencia del rostro. Dio un paso lateral con la elegancia de una pantera, rozándole la solapa con el borde de su copa antes de clavarse en sus ojos grises con una intensidad que lo dejó sin palabras:
—El uniforme le queda pasable, capitán. Pero le aseguro que no vine a este hangar a admirar sus galones.
Logan entrecerró los ojos, atrapado por la fuerza salvaje de esa mirada que no se parecía en nada a la sumisión de las mujeres que solían rodearlo:
—¿Ah, no? ¿Y a qué viniste, si puede saberse?
Emma ladeó la cabeza, dedicándole una sonrisa tan afilada que cortaba el aire:
—Vine a comprobar cuánta turbulencia resiste su orgullo antes de entrar en pérdida, capitán Rhodes. Abróchese el cinturón; su próximo vuelo va a tener viento cruzado.
Sin darle tiempo a replicar, Emma dio media vuelta y descendió hacia la pista principal con un balanceo de caderas firme y marcial que obligó a Logan a seguirla con la mirada, con el pulso acelerado y una extraña sensación de peligro martilleándole las sienes.
Cinco minutos después, Emma interceptó a Camila junto a los terminales de despacho en la oficina lateral del hangar.
—Camila —ordenó Emma con voz baja y tajante.
—¿Qué pasa, Em? ¿Viste a papá?
—No. Quiero que entres al sistema de programación de vuelos ahora mismo.
Camila abrió su tableta corporativa con rapidez:
—Dime qué necesitas.
Emma clavó los ojos en la pantalla donde figuraban las rotaciones del fin de semana:
—El vuelo VG-402 de mañana a las siete de la mañana. Chicago hacia Londres-Heathrow en Boeing 777.
Camila tecleó el código del vuelo y se quedó helada al ver el nombre del comandante asignado:
—Emma... ese vuelo lo comanda Logan Rhodes.
Una sonrisa letal y hermosa iluminó el rostro de Emma mientras ajustaba la correa de su reloj de navegación:
—Exacto. Asigna a la primer oficial Emma Ross a su cabina. Mañana a primera hora voy a enseñarle al niño mimado de papá cómo vuela una mujer en su propio cielo.