Me vendieron para pagar una deuda. Damián Grey dice que ahora soy suya. Tiene tres reglas: no escapar, no mentir, no dejar que otro me toque. Rompí las tres el primer día.
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CAPITULO 23- EL NOMBRE QUE FALTA
La moto nueva de Luna amaneció sin moño rojo. Porque Luna se lo quitó.
—Los moños son para regalos —dijo en la cocina, tomando café—. Las motos son para correr.
Anastasia tenía la venda de la L en la muñeca ya quitada. La L chiquita se veía negra y fina. Damián no dejaba de mirarla mientras desayunaba.
—¿Te duele? —preguntó él, tocándosela con un dedo.
—No —dijo ella—. Duele menos que entrenar con Irina.
Luna los miró y puso cara de asco de hermana.
—Ustedes dos dan asco de lo cursis —dijo—. Voy a prender mi moto nueva a ver si hace ruido y los deja sordos.
Salió. Prendió la moto. La nueva hizo un ruido grave que retumbó en toda la calle. La vieja también. Las dos juntas sonaban como trueno.
Anastasia se paró en la puerta a verla. Con su vestido negro simple de siempre.
—Te vas hoy —le dijo. No preguntó.
—Me voy hoy —dijo Luna, apagando la moto—. Ya no tengo miedo. Ya tengo dos motos, una L en mi mejor amiga y puño que no se rompe. Si me siguen otra vez, les pego yo.
—Esa es mi hermana —dijo Anastasia.
Se abrazaron en la calle. Con cascos en la mano.
—Si te pasa algo, me llamas —dijo Anastasia—. No importa la hora. A las dos de la mañana también. No hay llave por fuera nunca más en esta casa. Para ti nunca.
—Si te pasa algo a ti, me llamas —dijo Luna—. Y llevo la moto negra y te saco como la primera vez a las tres de la mañana, ¿te acuerdas?
—Me acuerdo —dijo Anastasia, con la voz un poco cortada—. La noche del cuchillo en la tienda.
Se fueron cada una en su moto. Luna adelante con la nueva, haciendo ruido. Anastasia atrás en la camioneta que manejaba uno de seguridad, mirándola hasta que dobló la esquina.
Cuando volvió a la casa, Damián estaba en su oficina negra. No con traje de sangre. Con camisa blanca, sin corbata. Con papeles en la mesa que nunca le dejaba ver.
—¿Qué es eso? —dijo Anastasia, entrando sin tocar, como hacía ahora.
—Papeles —dijo él, cerrándolos un poco—. De la empresa.
—No son de la empresa —dijo ella, filosa, acercándose—. Los de la empresa tienen tu logo de G. Estos tienen otra letra. Enséñame.
Damián se quedó callado un segundo. Porque Anastasia ya no era la que aceptaba un "son papeles". Era la que leía.
—Es el apellido —dijo él al final—. El nombre legal para tu pasaporte nuevo. Para los dos.
Le pasó el papel. Decía:
*SOLICITUD DE CAMBIO DE APELLIDO: STERLING GREY*
—Ya eres Grey hace un año —dijo él—. Pero quiero que seas Grey en todo. En pasaporte, en banco, en todo. No solo en el anillo. Si tú quieres. Si no quieres, lo rompemos.
Anastasia leyó el papel dos veces. Lo dejó en la mesa.
—Yo soy Sterling —dijo—. De mi madre. De Elena. No quiero dejar de ser Sterling. Nunca.
—Lo sé —dijo Damián—. Por eso puse Sterling Grey. No Grey sola. Mitad y mitad como el anillo. Como siempre te dije. Tu mitad y mi mitad.
Ella lo miró. Con ojos húmedos pero sin llorar como antes.
—¿Mitad y mitad de verdad? —preguntó.
—Mitad y mitad de verdad —dijo él—. En papel. En todo. Si tú quieres.
—Quiero —dijo Anastasia, agarrando un lapicero negro de su escritorio, firmando rápido, sin pensar mucho—. Quiero ser mitad y mitad en todo. Porque mi madre ya es mitad de tu equipo de seguridad sin que lo sepa y porque yo ya soy mitad de tu mundo. Así que mitad y mitad en papel también.
Firmó: *Anastasia Sterling Grey*
Damián tomó el papel, lo dobló y lo guardó en el cajón con llave donde guardaba su pistola grande.
—No sabes lo que acabas de firmar —dijo, con voz baja.
—Sí sé —dijo ella, sentándose en su escritorio, arriba de los papeles—. Que soy tuya y que eres mío. En papel también. Y que nadie me puede decir señora Grey sola. Soy Sterling Grey.
Él la cargó arriba del escritorio, tirando los papeles al suelo.
—Señora Sterling Grey —dijo contra su boca—. Me gusta cómo suena cuando lo firmas enojada.
—Sterling Grey —corrigió ella—. Sin señora. Que me hace sentir vieja.
Esa noche no entrenaron en el sótano. Se quedaron en la oficina, en el escritorio negro, con los papeles firmados en el cajón, con la L nueva en la muñeca de Anastasia brillando bajo la lámpara.
Afuera, en la calle, solo quedaba una moto. La vieja de Luna. Porque Luna se llevó la nueva haciendo ruido hasta su tienda, donde ahora había seguridad en la puerta y donde nadie se acercaba a 10 cuadras.
Y la moto vieja se quedó frente a la mansión. Como recuerdo de la noche que Luna llegó a las dos de la mañana llorando y se quedó tres días.
*[FIN DEL CAPÍTULO 23


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