El frío del acero en mi garganta no dolía tanto como la mirada de mi propio hijo.
Frente a mí, con la túnica imperial empapada en sangre fresca y la espada goteando sobre el mármol, Cassian ya no era el niño de mirada dulce que alguna vez buscó mi mano. A sus veinte años, se había convertido en la bestia implacable que yo misma forjé a fuerza de golpes, exigencias y castigos.
—¿Es esto lo que querías, madre? —me preguntó, con una sonrisa rota que no alcanzaba sus ojos muertos—. ¿Estás feliz ahora? Míralo tú misma... soy el nuevo Emperador. Asesiné a mis hermanos como me ordenaste. Acabé con el duque que torturó a Rosalind hasta arrojarla al vacío desde el balcón norte. Ya no queda nadie en el trono, solo yo. Dime... ¿por fin estás orgullosa de mí?
NovelToon tiene autorización de Tiinii_1605 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 22: El calor del nido
Las puertas del Palacio Zafiro permanecían custodiadas por los guardias dorados del Emperador, pero por primera vez en trece años, el aislamiento no se sentía como una condena. Se sentía como un refugio.
Lejos de las miradas venenosas de la corte, del desdén de Kaelen y de los carruajes dorados donde Livia se pavoneaba con su hijo, mis aposentos se llenaron de un silencio que poco a poco aprendimos a habitar sin miedo.
Esa tarde, el fuego de la chimenea crepitaba con suavidad. Sobre la alfombra gruesa de lana blanca no había libros de protocolo imperial ni fustas de castigo; había platos con galletas de mantequilla recién horneadas, rodajas de manzana con canela y jarras de leche tibia.
Rosalind estaba sentada junto a la mesilla baja, con un grueso libro sobre el comercio marítimo de Valoria abierto sobre su falda. Fruncía el ceño, mordiéndose el labio inferior mientras repasaba una columna de cifras arancelarias.
«En el pasado, si me equivocaba en un solo cálculo, madre me quitaba los libros y me encerraba en la biblioteca a oscuras», pensó la niña, sintiendo un leve cosquilleo de alarma en los dedos. «No debo cometer errores... no quiero que se enoje».
Me acerqué despacio y me senté a su lado directamente en la alfombra, sin importarme arrugar el vestido de seda lavanda. Tomé una taza de infusión y le ofrecí una galleta con una sonrisa cálida.
—Las rutas de Puerto Serena tienen tres tipos de peajes distintos según la estación, cariño —le dije en voz baja, señalando el renglón sin reproche—. No te preocupes si las cuentas no cuadran al primer intento. Ni los ministros de hacienda entienden los cambios de marea al principio.
Rosalind alzó la mirada, sorprendida. Sus ojos ámbar, siempre tan serios y prevenidos, parpadearon desconcertados.
—¿No... no estoy yendo muy despacio, madre? —preguntó en un susurro temeroso—. La abuela dijo que una dama feudal debe dominar esto antes de gobernar.
—Tienes doce años, Rosalind —respondí, apartándole con infinita delicadeza un mechón rebelde de la frente—.
Estás aprendiendo en una semana lo que a otros nobles les toma años enteros. Lo estás haciendo de maravilla. Y tienes todo el tiempo del mundo para equivocarte y volver a empezar.
Rosalind bajó la vista hacia el libro, pero esta vez sus hombros rígidos cayeron, relajándose por completo. Una sonrisa diminuta e involuntaria curvó sus labios.
«Madre no está fingiendo... De verdad me está cuidando», se dijo la niña en su interior, sintiendo un calor dulce expandirse en su pecho. Por primera vez en su vida, estudiar no me dolía.
A unos metros, en el rincón más cercano al ventanal, Cassian estaba sentado en el suelo con las rodillas pegadas al pecho. Tenía la mirada perdida en las gotas de lluvia que resbalaban por el cristal, sosteniendo entre sus manitas el pequeño broche de hierro de la Tercera Legión.
«¿El sur será tan frío como la lluvia?», pensaba el pequeño, con un nudo amargo apretándole la garganta.
«Gilbert dijo que en las ciénagas los gusanos se meten en la piel... No quiero que pasen cinco años. Quisiera tener siempre diez años para quedarme aquí adentro».
Dejé a Rosalind con sus lecturas y me deslicé por la alfombra hasta sentarme junto a mi hijo. Cassian se sobresaltó un poco, escondiendo el broche como si temiera ser reprendido por holgazanear.
—¿En qué piensas, mi pequeño valiente? —le pregunté con ternura, rodeándole los hombros con un brazo suave.
Cassian dudó un segundo. Miró mis ojos y luego miró el suelo, con la barbilla temblando ligeramente.
—Estaba pensando... en el lodo, madre —confesó con un hilito de voz—. Soñé anoche que llovía tanto que el agua me tapaba las rodillas y nadie me escuchaba gritar.
El pecho me dolió con una punzada tan viva que me costó tragar aire.
«En mi vida anterior yo misma fui quien lo empujó a la oscuridad», pensé con el alma desgarrada por la culpa.
«Lo convertí en un monstruo despiadado para que no fuera devorado, y solo logré que muriera por dentro.
Nunca más. Aunque tenga que quemar este imperio entero, jamás volverá a sentirse solo».
No le dije frases vacías. Simplemente lo atraje hacia mi regazo, acomodándolo entre mis brazos como cuando era un bebé recién nacido. Le acaricié la coronilla, dejando que apoyara su carita contra mi pecho, justo donde latía mi corazón
—Escucha cómo late, Cassian —le susurré al oído, besándole los cabellos castaños—. Mientras este corazón siga latiendo, nadie te va a llevar a ningún pantano. Tienes cinco años por delante, sí... pero tu madre no va a sentarse a esperar. Voy a luchar cada día, cada hora y cada minuto para romper esa orden.
Cassian cerró los ojos con fuerza, aspirando el aroma a jazmines y rosas de mi piel. El calor de mi cuerpo ahuyentó de golpe las pesadillas de agua fría y lodo negro.
«Cuando madre me abraza así, siento que nada malo puede pasarme», pensó el niño, dejando que las lágrimas que había contenido durante días mojaran la tela de mi vestido, pero esta vez sin dolor, solo con alivio puro. «No quiero soltarla nunca».
Rosalind dejó a un lado sus pergaminos, se acercó gateando con timidez por la alfombra y se sentó pegadita a nosotros. Apoyó su cabeza sobre mi hombro libre, buscando también cobijo.
La abracé con mi otro brazo, envolviendo a los dos contra mi cuerpo
—Hermano... —dijo Rosalind en voz baja, acariciando la mano de Cassian con sus deditos vendados—. La abuela me enseñó que Puerto Serena tiene barcos de guerra y puertos protegidos por cañones. Si padre insiste en mandarte al sur cuando cumplas quince años, te juro que te subiré a un barco y te llevaré a mis tierras.
Nadie se atreverá a tocarte en mis costas.
Cassian soltó una risita tímida entre hipos y asintió, apretando la mano de su hermana.
—Y si alguien ataca tus barcos, yo los defenderé con mi espada —respondió el niño, frotándose los ojos con la manga.
Me reí con ellos, sintiendo cómo las lágrimas también me nublaban la vista. Los tres nos quedamos allí, acurrucados frente al fuego crepitante mientras la tarde caía y la neblina envolvía las torres doradas del palacio exterior.
Afuera, Kaelen podía llenar sus banquetes con Livia y coronar de halagos al hijo de otra mujer. Afuera, Theresa podía afilar sus dagas y conspirar con el ejército del sur.
Pero dentro del Palacio Zafiro, entre risas suaves, promesas sinceras y manos entrelazadas, habíamos dejado de ser tres sombras asustadas en un tablero de ajedrez. Éramos una madre y sus hijos sanando sus cicatrices, listos para resistir cualquier tormenta que la corte quisiera arrojar sobre nosotros.
por fin es libre y Kaelen por fin murio
se la mujer libre que yo no puedo ser 😭😭😭
jajaja como dicen muerto el perro se acabó la rabia 🤭
y tómala maldito emperador por fin Cassian puede ser libre