Cassandra López tiene veinticuatro años, una montaña de deudas sobre los hombros, unos padres jubilados a los que ayudar y un sueldo que apenas le alcanza para sobrevivir. Cada día es una lucha por llegar a fin de mes, hasta que una inesperada propuesta en una clínica de fertilidad pone su mundo patas arriba.
Un millón de dólares.
Esa es la cifra que le ofrecen por alquilar su vientre y gestar al hijo de un hombre que parece tenerlo todo: dinero, poder y un apellido capaz de hacer temblar a cualquiera. Un hombre tan apuesto como arrogante, tan misterioso como peligroso. Un Alfa acostumbrado a dar órdenes y conseguir siempre lo que desea.
Para Cassandra, aceptar parece la solución perfecta a todos sus problemas. Nueve meses a cambio de una fortuna. Un contrato, unas cuantas reglas y una promesa: no involucrarse emocionalmente.
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Capítulo 5
Cassandra caminó despacio hacia la cabecera, sintiendo las miradas de toda la familia clavadas sobre ella como agujas. Tomó asiento en la elegante silla con tallados de caoba a la derecha de don Donato, manteniendo la espalda recta y las manos entrelazadas sobre el regazo para disimular la ligera vibración de sus dedos.
—Dígame, señorita López —habló don Donato con su voz grave y rasposa, apoyando sus codos sobre la mesa e inclinándose ligeramente hacia ella—. No nos andemos con rodeos ni cortesías vacías. Una mujer no vende nueve meses de su vida ni entrega el fruto de su vientre por capricho. ¿Qué la trajo hasta las puertas de mi nieto?
La pregunta resonó con una franqueza brutal. Victoria dejó escapar una risita burlona desde el otro extremo, esperando ver a Cassandra desmoronarse o tartamudear. Sin embargo, Cassandra respiró profundo, miró al anciano patriarca directamente a los ojos y respondió con una voz serena, clara y firme:
—La necesidad, señor Rossi. Mi familia atravesaba una situación económica crítica y las deudas amenazaban con dejar a mis padres ancianos en la calle. No busqué lujo, ni estatus, ni formar parte de su mundo. Acepté este contrato porque era la única manera de salvar a mis padres y asegurarles una vejez digna.
Doña Valeria alzó las cejas, sorprendida por la aplastante honestidad de la joven, mientras don Alberto asentía levemente con la cabeza en un gesto de calculada aprobación.
—Honestidad… —murmuró don Donato, dibujando una sutil mueca que casi parecía una sonrisa—. Una virtud rara en estos tiempos, y aún más en esta mesa. Preferible una mujer que actúa por lealtad a su sangre que una manipulada por la ambición desmedida.
El anciano hizo una pausa, recorriendo con la vista el rostro limpio y sobrio de Cassandra antes de continuar.
—¿Y comprende lo que ocurrirá una vez que ese niño nazca? Ese bebé no será un López. Llevará el apellido Rossi, se educará para dirigir un imperio y no tendrá ningún lazo con su pasado. ¿Está preparada para entregar al niño y no volver a reclamar nada?
A Cassandra se le hizo un nudo helado en la garganta. La cruda realidad de la cláusula que había firmado volvía a golpear su pecho con la fuerza de un mazo. Levantó la vista por un instante hacia Damián, quien permanecía de pie a unos pasos, observándola con una mirada indescifrable y profunda.
—Firmé un contrato, don Donato —respondió Cassandra con la voz quebrada por un matiz de dolor, pero sostenida por la determinación—. Sé cuál es mi lugar en este proceso y cumpliré mi palabra al pie de la letra. Mi único objetivo es garantizar la salud y el bienestar de esta criatura mientras esté bajo mi cuidado, y entregarla a salvo cuando llegue el momento.
Don Donato dio un firme golpe con el nudillo sobre la caoba de la mesa.
—Suficiente. Me basta —sentenció el patriarca, mirando a su hijo Alberto y luego a Damián—. La señorita López se quedará en la residencia principal bajo el cuidado del equipo médico de la familia. Doña Valeria, te encargarás de que no le falte ninguna atención, especialista o comodidad necesaria durante la gestación. Este niño es el futuro de la dinastía y la prioridad absoluta de la corporación a partir de esta noche.
—¡Esto es inaceptable! —estalló Victoria, poniéndose de pie de golpe y haciendo chocar su copa de cristal contra el plato—. ¡Me están dejando de lado en mi propia familia por una sirvienta que compraron en la calle!
—¡Siéntate, Victoria! —la reprendió doña Valeria con voz tajante y gélida—. Bastante vergüenza nos has hecho pasar con tus escándalos. Si no pudiste cumplir con tu deber biológico para con esta familia, al menos ten la decencia de guardar silencio y no entorpecer la llegada del heredero.
Victoria palideció de la rabia, apretando las mandíbulas hasta que las coyunturas de su rostro se marcaron. Clavó una mirada de puro veneno en Cassandra y, sin decir una sola palabra más, tomó su bolso de diseñador y abandonó el gran comedor a pasos agigantados, haciendo resonar el eco de sus tacones por los pasillos de la mansión ancestral.
Nadie en la mesa intentó detenerla. Don Donato hizo un gesto al servicio para que comenzara a servir la cena.
—Damián —dijo el anciano, sirviéndose un poco de vino—, asegúrate de que el ala este de tu residencia esté fuertemente custodiada. A partir de mañana, la seguridad de la señorita López y de mi nieto estará bajo tu estricta responsabilidad personal.
—Así será, abuelo —respondió Damián con una voz baja y categórica, caminando despacio hasta colocarse detrás de la silla de Cassandra.
Apoyó una de sus manos sobre el respaldo de la silla de la joven. El calor de la presencia del Alfa envolvió a Cassandra de nuevo, recordándole que, aunque había superado la prueba ante los patriarcas Rossi, acababa de quedar atrapada en el centro mismo de una guerra familiar donde las apuestas eran más altas y peligrosas que nunca.
—¡Maldita sea! No puedo permitir que esa maldita se salga con la suya —dijo Victoria furiosa mientras caminaba de un lugar a otro en la terraza, fumándose un cigarro.
—Vine lo más rápido que pude, ¿qué sucede? —dijo una mujer entrando a la habitación y dejando su bolso a un lado.
—Mamá, tienes que ayudarme —dijo Victoria, apagando el cigarro con el pie.
—¿En dónde están ahora? —preguntó la mujer.
—Luego de la cena, Damián se encerró en su despacho con su abogado y esa maldita muerta de hambre está del otro lado de la mansión —dijo Victoria.
—Todo esto es culpa tuya, eres tan estúpida. Lo único que tenías que hacer como la esposa y luna del Alfa más poderoso de todo Italia era darle el maldito heredero que quería —dijo la mujer.
—No me da la gana de joder mi figura por un maldito hijo, mamá —dijo Victoria.
—¡Por Dios! Para qué existen las dietas, el gimnasio, un buen cirujano... hoy en día las cosas ya han cambiado para nosotras —dijo la mujer.
—No quiero tener hijos, ¿no entiendes? —dijo Victoria.
Cassandra yo también 😭😭
Gracias Dalia excelente historia
Bendiciones
Para tu veneno acá encontrarás el antídoto, me encanta porque Cassandra no se deja 👏👏 Gracias Dalia bendiciones 🙏🙏🙏