El día de su cumpleaños, Elena Robles recibe decenas de felicitaciones. Ninguna viene de su esposo.
Mientras ella espera un abrazo, sus mellizos preparan un regalo para Marina, la media hermana de Elena. Adrián Valdés también tiene claras sus prioridades: Marina siempre va primero.
Después de años intentando ganarse un lugar en su propia familia, Elena deja su anillo junto a los papeles del divorcio y se marcha. Esta vez, no busca que él la siga. Quiere recuperar su vida.
Vuelve a la empresa tecnológica que ayudó a fundar y retoma la carrera que dejó por su matrimonio. Quienes la subestimaban solo conocían a una esposa callada. Están a punto de descubrir de lo que es capaz.
Adrián está acostumbrado a que Elena siempre lo espere.
¿Qué hará cuando ella deje de hacerlo?
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Capítulo 7
Capítulo 7. Volvieron juntos
Las compañeras de Elena retrocedieron hasta la pared.
Marina también la había visto. Le dedicó una mirada breve y apartó los ojos, sin concederle importancia. Luego entró al ascensor con los directivos.
Cuando las puertas se cerraron, las dos mujeres soltaron el aire.
—Seguro que es la novia del jefe —murmuró una—. Qué guapa. Y toda esa ropa debe costar una fortuna.
—Se nota que está acostumbrada a vivir así. Tiene una seguridad...
Miraron a Elena.
—¿Tú qué piensas?
—Sí, se nota —respondió, sin levantar la vista.
Marina era hija de su padre.
Había nacido de la relación que él mantuvo mientras todavía estaba casado con la madre de Elena. Cuando Elena tenía ocho años, su padre insistió en divorciarse para casarse con la madre de Marina.
Después de la separación, la salud mental de su madre se deterioró. Elena se fue con ella a vivir con su abuela y su tío.
Con los años, el negocio de Rodrigo Robles había perdido fuerza. El de los Salazar había crecido sin parar.
Elena había oído que su padre se empeñaba en darle a Marina lo mejor. Decía que quería compensarla por lo que había sufrido de niña. Había invertido grandes cantidades en su educación y, al parecer, ella era muy brillante.
Ahora Marina era reconocida como la hija de una familia influyente. Después de tantos años entre lujos y atenciones, se desenvolvía con más soltura que Elena, que había perdido aquel lugar siendo niña.
Elena había pensado que sus caminos no volverían a cruzarse.
Pero ella conocía a Adrián desde la infancia y nunca había conseguido que la quisiera. Marina le había bastado con aparecer en su vida.
—¿Estás bien? —preguntó una de sus compañeras al verla pálida.
—Sí.
Pronto estaría divorciada. A quién amara Adrián dejaría de ser asunto suyo.
Se concentró en el trabajo y no volvió a prestar atención a lo que pasaba entre ellos.
Se quedó hasta casi las nueve de la noche. Cuando estaba terminando, sonó su celular.
Era una llamada desde el teléfono de Valeria Cruz, su mejor amiga. Le avisaron que había bebido demasiado y que necesitaba que alguien fuera a buscarla al restaurante.
Elena terminó lo urgente, tomó las llaves y salió.
Veinte minutos después llegó al estacionamiento.
Iba hacia la entrada cuando vio a dos niños salir de un auto del otro lado.
Primero reconoció el perfil de Lucía. Luego vio a Mateo detrás de ella.
Se detuvo.
¿No estaban en Madrid? ¿Habían vuelto con Adrián?
Por su trabajo sabía que los proyectos que él estaba desarrollando en España todavía requerían tiempo. Había supuesto que solo había regresado unos días para resolver asuntos en México.
No había imaginado que trajera también a los niños.
Habían vuelto a México. Estaban otra vez en la misma ciudad que ella.
Ninguno la había llamado.
Ni para avisarle que el vuelo había llegado, ni para decirle que querían verla.
Elena apretó el bolso y los siguió a cierta distancia.
Al llegar al vestíbulo, vio a Marina con varios amigos de Adrián.
Se apartó de inmediato.
—¡Marina! —gritó Lucía.
Corrió a abrazarla. Mateo llegó detrás, sosteniendo una bolsa de regalo con las dos manos. Esperó a que su hermana se apartara antes de acercarse.
Elena se sentó en un sillón, de espaldas al grupo. El respaldo y unas plantas la ocultaban.
—¿Ustedes también volvieron? —preguntó Marina.
—Papá dijo que podía terminar antes —explicó Mateo—. Por eso volvimos.
—¡Y vinimos un día antes de tu cumpleaños para no perdernos la fiesta! —añadió Lucía.
Mateo abrió la bolsa con cuidado. Lucía sacó el álbum y se lo entregó a Marina.
—Lo hicimos con papá. ¡Feliz cumpleaños! Yo decoré la portada y escribí aquí.
La niña señaló una dedicatoria con letras de distintos colores.
—Yo acomodé las fotos —añadió Mateo—. Papá nos ayudó para que no se despegaran.
Marina abrió el álbum. Pasó unas páginas con una sonrisa y se detuvo en una fotografía de los cuatro.
—¡Qué bonito! Se esforzaron mucho. Me encanta. Gracias a los dos.
Lucía se pegó a ella.
—Te extrañé muchísimo. Si no hubiéramos hablado todos los días, no habría aguantado.
—Yo también los extrañé.
Elena bajó la vista hacia su celular.
Todos los días. Con Marina sí habían querido hablar todos los días.
Elena oyó pasos por el pasillo.
Reconoció a Adrián antes de verlo.
Durante casi siete años lo había esperado tantas veces que conocía su forma de caminar: tranquila, firme, sin prisa.
Creía que nada podía alterar esa seguridad.
Después apareció Marina y descubrió que sí había una excepción.
—¡Papá! —dijo Mateo.
Los amigos saludaron a Adrián. Él respondió y se volvió hacia Marina.
—Feliz cumpleaños.
—Gracias.
Lucía tiró de su manga.
—¿Y los otros regalos? Dijiste que tenías más.
Hubo un silencio y después uno de los amigos se rio.
—Esos son regalos de tu papá para Marina. Quizá prefiera dárselos a solas.
Los demás sonrieron con complicidad.
—Ya se los di —respondió Adrián.
—¿Cuándo? —Lucía hizo una mueca—. Siempre la ves sin llevarnos.
Mateo miró a su padre.
—A nosotros también nos gusta venir.
Las risas continuaron.
Elena recordó la visita de Marina a la empresa aquella mañana. Supuso que Adrián había entregado los regalos entonces.
Marina sonrió, fingiendo un poco de vergüenza.
—Vamos arriba. No nos quedemos aquí.
Los pasos se alejaron.
Elena siguió sentada cuando el pasillo quedó vacío.
Habían vuelto antes para celebrar el cumpleaños de Marina. Le habían hecho un regalo, hablado con ella a diario y preparado una sorpresa.
Elena había tenido que encontrarlos por casualidad para saber que sus hijos estaban en México.
Le dolía el pecho. Esperó unos minutos, hasta poder ponerse de pie sin que se le notara en la cara.
Luego tomó el ascensor y fue a buscar a Valeria.
La amiga estaba en un salón del mismo piso que el grupo de Adrián. Elena la sostuvo y la acompañó hacia el ascensor.
Ricardo Peña, uno de los amigos de su marido, la vio de lejos y se detuvo.