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Las Enseñanzas Del Bambú

Las Enseñanzas Del Bambú

Status: Terminada
Genre:Época / Completas
Popularitas:439
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Lady Genevieve es la joven rebelde que escandaliza a la alta sociedad londinense. Lordian, un duque frío, metódico y perfecto, viaja de incógnito por la campiña inglesa cuando sus caminos se cruzan.
Sin conocer su verdadera identidad, Genevieve decide enseñarle las antiguas lecciones orientales que aprendió de su tío: fluir como el agua, encontrar el equilibrio y aprender a soltar. Entre risas, barro, estrellas y una atracción imposible de ignorar, ella descubrirá que incluso el corazón más rígido puede aprender a amar.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9: Las cartas sobre la mesa

La luz de la primera hora de la mañana entró por los ventanales de la posada El Cisne Blanco no como un resplandor agresivo, sino como un velo dorado y tenue que bañaba pacientemente cada rincón del aposento. Las brasas de la chimenea se habían reducido a cenizas grises, pero la habitación conservaba un calor íntimo, impregnado aún del aroma a lavanda, leña quemada y el rastro incuestionable de la noche compartida.

​Lordian despertó antes de que los primeros cantos de los gallos resonaran en las granjas contiguas. Durante toda su vida adulta, el despertar del noveno duque de Blackwood había sido un acto mecánico: abrir los ojos exactamente a las seis de la mañana, incorporarse de inmediato, aguardar al criado con el agua caliente y repasar mentalmente la lista de decretos, balances e inspecciones que llenarían su jornada. Sin embargo, aquella mañana su primer pensamiento no fue una cifra ni un compromiso diplomático.

​Fue el peso cálido y suave de Genevieve descansando sobre su pecho.

​La joven dormía plácidamente, con el rostro relajado y la respiración acompasada. Un bucle de su cabello castaño le cruzaba la mejilla, y la sábana de lino blanco apenas le cubría hasta la cintura, dejando a la vista la curvatura perfecta de su espalda y el dorado suave de su piel bajo la luz matutina. Lordian permaneció inmóvil durante largos minutos, reteniendo el aliento para no alterar su sueño. Contempló la solidez de sus propios brazos rodeando el cuerpo de la chica y sintió una extraña forma de plenitud que jamás había experimentado entre los muros de su mansión.

​Despacio, con una delicadeza que desmentía la envergadura de sus manos, Lordian apartó el mechón de cabello de la mejilla de Genevieve. La yema de su pulgar rozó la piel tibia de su pómulo. Genevieve emitió un pequeño murmullo en sueños, se acomodó más cerca de su cuello y abrió los ojos lentamente.

​Sus pupilas avellana, teñidas de la pereza del descanso, tardaron unos segundos en enfocar el rostro del hombre que la sostenía. Cuando finalmente lo hizo, una sonrisa menuda y victoriosa iluminó sus facciones.

​—Buenos días, señor Vance —murmuró con la voz ronca por el sueño, subiendo la mano para acariciar la línea marcada de su mandíbula—. ¿Ha estado contando los minutos de sol antes de que me despertara?

​Lordian dejó escapar un suspiro pausado, apoyando la barbilla en la coronilla de la joven.

​—No he contado un solo minuto, Genevieve —confesó él en un tono grave y apacible—. Lo cual me temo que confirma que mi degradación como hombre de negocios metódico es total e irreversible.

​Genevieve dejó escapar una risita baja que vibró directamente contra el pecho desnudo del duque. Se incorporó sobre un codo, dejando que la sábana resbalara un poco más, y lo miró con esa audacia picante que siempre encendía el aire entre ellos.

​—Una degradación muy conveniente —dijo ella, inclinándose para depositar un beso blando y húmedo en la comisura de sus labios—. Aunque me temo que la realidad no tarda en llamar a las puertas de los nobles de incógnito. Escuche.

​En el pasillo exterior se oían ya las pisadas pesadas de los criados de la posada transportando jarras de agua y los ruidos habituales de la cocina al comenzar el día. Más abajo, en el patio empedrado, el rechinar de los ejes de madera del carruaje de Lordian anunciaba que Thomas, el viejo cochero, estaba terminando de ajustar los enganches para la marcha.

​El ambiente en la habitación cambió de tono de forma imperceptible. La magia suspendida de la noche comenzaba a rozarse con los engranajes del mundo real.

​Lordian se incorporó despacio en la cama, pasando las manos por su cabello. La luz del día ponía en evidencia la ropa desperdigada por el suelo: su camisa de lino desabrochada, el vestido verde de Genevieve y, en la esquina opuesta, la corbata de seda que había sido arrojada a la paja horas antes.

​—El tiempo de la ficción en Kent está llegando a su límite —dijo Lordian, fijando la mirada en los ojos de Genevieve con una seriedad renovada—. Thomas tendrá el carruaje listo en menos de una hora. Y hay verdades que no pueden seguir postergándose por más tiempo.

​Genevieve se sentó en la cama, recogiendo la sábana contra su pecho. La chispa juguetona de sus ojos dio paso a una expresión atenta y pausada.

​—Verdades... —repitió ella con suavidad—. ¿Se refiere al hecho de que "señor Vance" es un nombre demasiado corto para un hombre que lleva el peso de la Cámara de los Lores en la postura?

​Lordian la miró sorprendido. Un destello de desconcierto cruzó sus ojos oscuros.

​—¿Lo sabías? —preguntó él en un susurro.

​Genevieve esbozó una sonrisa melancólica, ladeando la cabeza.

​—Lordian... ningún simple administrador de fincas o inspector de tierras lleva botas fabricadas con el cuero de las cordilleras del norte, ni habla del presupuesto de la campiña con la autoridad de quien firma los decretos. Mi tío tenía libros sobre la heráldica de la nobleza en su biblioteca. Reconocí el sello en el Anillo de sello que guardas en el bolsillo interior de tu chaleco el primer día que te vi en el arroyo.

​Lordian se quedó en silencio durante un momento largo. La revelación no le produjo enojo, sino una extraña mezcla de alivio y admiración profunda hacia la perspicacia de la joven.

​—Lordian Augustus Montagu —recitó él con la voz pausada, despojándose por completo del velo de anonimato—. Noveno duque de Blackwood, barón de Vance y representante de la corona.

​—Un título bastante largo para un hombre que come queso de cabra con las manos en una choza abandonada —se burló ella con ternura, aunque en el fondo de sus ojos avellana se percibía una pequeña sombra de cautela.

​Lordian se acercó a ella en la cama, tomando sus manos entre las suyas con una firmeza que no dejaba espacio a dudas.

​—El título es lo que el mundo exterior exige que lleve puesto, Genevieve. Pero el hombre que descubrió lo que significa estar vivo en medio de una tormenta... ese hombre solo nació cuando te encontró a ti en el sendero del bosque. Y no pienso permitir que las normas de la corte reduzcan este encuentro a un simple recuerdo de viaje.

​Genevieve miró sus manos entrelazadas. Sabía mejor que nadie la brecha abismal que la sociedad victoriana imponía entre un duque de la alta alcurnia y una joven educada en la libertad del campo, ajena a los bailes de gala, las falsas cortesías y los arreglos matrimoniales del gran mundo.

​—Las ciudades no son Kent, Lordian —advirtió ella en un aliento bajo—. Allí el aire no huele a pino húmedo ni a tierra mojada. Allí el aire huele a juicio, a conveniencia y a etiquetas. Tu mundo no aceptará a una mujer que prefiere caminar descalza por los arroyos y cita a los filósofos de Oriente en lugar de aprender el protocolo del té.

​—Entonces mi mundo tendrá que aprender a reestructurarse —afirmó Lordian con la inflexibilidad aristocrática puesta por primera vez al servicio de su pasión—. No volví a ponerme la corbata esta mañana, Genevieve. Y no pienso volver a apretarme el cuello para encajar en el molde de lo que otros esperan de mí.

​Él se inclinó y la besó en los labios con una intensidad lenta y profunda que acalló cualquier protesta o duda en la mente de la chica. Era un beso que sellaba un pacto: el aristócrata rígido había quedado atrás de forma definitiva, y el camino que se abría ante ellos no seguiría las reglas marcadas por la corte.

​Una hora más tarde, ambos descendieron al patio de la posada. Lordian vestía su traje de viaje, pero la camisa permanecía desabrochada en el primer botón y la famosa corbata de seda continuaba ausente, reemplazada por un aire de compostura serena y masculina que infundía un respeto aún mayor.

​Thomas, el cochero, aguardaba junto a la portezuela del carruaje de corteza oscura. Al ver salir al duque de la mano de Genevieve, el anciano sirviente enderezó la espalda y abrió la portezuela con un gesto impecable, sin permitir que la sorpresa alterara su porte profesional.

​—El camino hacia la residencia principal está despejado, excelencia —anunció Thomas, usando por primera vez el tratamiento oficial de su rango en presencia de la joven—. Si partimos ahora, llegaremos antes del anochecer.

​Lordian miró a Genevieve y le extendió la mano para ayudarla a subir al carruaje.

​—¿Está lista para enseñarle al mundo el significado del bambú y su flexibilidad, señorita Genevieve? —preguntó él con una sonrisa lenta y seductora.

​Genevieve miró el interior del lujoso carruaje de terciopelo azul y luego fijó la vista en los ojos oscuros del duque. Aceptó su mano con firmeza y subió el primer escalón con la elegancia natural de quien no necesita títulos para pisar con fuerza.

​—Solo si promete dejar la libreta de cuentas guardada en el fondo del equipaje, milord —devolvió ella con la picardía encendida.

​—Prometido —sentenció Lordian, subiendo tras ella y cerrando la portezuela, dejando que el carruaje echara a andar hacia el horizonte mientras el viento de la campiña lavaba los últimos rastros del ayer.

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Isabel Sandoval
Eso se cuenta? /Slight//NosePick//Grin/
Isabel Sandoval
Ya está en la bolsa
Isabel Sandoval
jajaja
Isabel Sandoval
Hago eso y me rompo un hueso /Facepalm//Scare/
Martha Divas Delgado
jajaja jajaja jajaja k chistosa y ya se enamoró ❤️
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