Renata necesitaba dinero para proteger a su hermana menor, Julián necesitaba redimir a su familia, honrar la memoria del único hombre que creyó en él y salvar a la mujer de la que siempre estuvo enamorado en silencio.
La solución parecía sencilla, firmar un contrato, donde la única condición era no involucrar los sentimientos. Sin embargo, en un juego donde las deudas se saldan con caricias y el pasado esconde un fraude imperdonable, la única forma de sobrevivir al deseo será rompiendo sus propias reglas.
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Capítulo 19: Ecos de una calumnia
La alarma sonó a las cinco de la mañana y Serena abrió los ojos, sintiendo la adrenalina de ejecutar su plan, porque la idea de destruir la reputación de su prima se había convertido en su mayor motivación.
—No voy a permitir que Renata celebre ninguna victoria después de que se atrevió a abofetearme —murmuró para sí misma.
Miró el reloj con una sonrisa siniestra antes de levantarse de la cama, sabía perfectamente que, para lograr su objetivo, debía actuar con precisión.
Ese día modificó por completo su rutina habitual, se apresuró a arreglarse y salió de casa más temprano de lo normal, el objetivo no era hacer ejercicio, sino interceptar a la esposa de Francesco en el exclusivo club deportivo al que ambos solían asistir, un espacio donde entre sesiones de cardio los rumores solían esparcirse.
Al llegar al gimnasio, Serena se dirigió a la zona de pesas libres finciendo hacer zancadas estáticas, con la mirada escaneando cada rincón hasta que finalmente la encontró.
Beatriz la esposa de Francesco, estiraba cerca de las bandas de resistencia, ajena por completo a que iba a ser utilizada por esta intrigante mujer. Con el corazón latiéndole con fuerza por la emoción del plan que empezaba a ejecutar, Serena ajustó su expresión, transformando el rencor en una falsa y cálida sonrisa de preocupación, y caminó directo hacia blanco dispuesta a sembrar la semilla de la discordia.
Serena se ajustó la toalla sobre sus hombros y caminó con lentitud, finciendo secarse el sudor mientras se acercaba a la zona de estiramiento donde se encontraba Beatriz, ajustándose los audífonos antes de iniciar su rutina. Serena respiró hondo, dibujando en sus labios una sonrisa que combinaba a la perfección una mezcla entre pena y una calculada zozobra.
— ¿Podemos compartir esa mancuerna? —preguntó con voz suave, deteniéndose a su lado.
Beatriz se retiró los audífonos y le desarrolló una sonrisa cortés, aunque ligeramente distante y continuó con su rutina.
—Sí, claro, no hay problema —respondió Beatriz al terminar su serie, entregándole el peso—Listo.
Serena hizo un par de repeticiones mientras observaba a la mujer que se conservaba muy bien para su edad.
—Sabes... no somos cercanos, pero la verdad es que no puedo quedarme callada —suspir Serena, bajando la mirada con un dramatismo cuidadosamente ensayado—Verte aquí me hace sentir una culpa enorme.
Beatriz arrugó el entrecejo, extrañada por la repentina confesión, la conoció de vista por el círculo social, pero jamás habían cruzado más de un saludo casual.
—¿Una culpa? ¿De qué hablas?
Serena miró disimuladamente a ambos lados, asegurándose de que nadie las escuchara en las colchonetas contiguas y do un paso más hacia ella, bajando el tono de voz a un susurro lleno de complicidad.
—Es sobre tu esposo Francesco y la empresa... Todo el mundo en la ciudad sabe lo mucho que ha apoyado su carrera y la clase de matrimonio sólido que tienen. Por eso me carcome el alma ver lo que está pasando a tu espalda.
La postura de Beatriz se tensó de inmediato, al escuchar el nombre de su esposo en la boca de Serena, rodeada de tanto misterio.
—Habla con claridad —exigió con secuencia—¿Qué pasa con Francesco?
—Prométeme que no dirás que yo te lo conté —insinuó Serena, tomándola suavemente del antebrazo con fingida angustia—Es mi prima, Renata Lozano...
La expresión en el rostro de Beatriz se ensombreció, y comenzó a perder la paciencia.
—¡Habla de una vez!
Serena puso una mueca de pesar en su rostro antes de soltar la bomba.
—Sé que la firma Lozano está pasando por momentos delicados, pero no me parece ético el modo en que mi prima busca salvar los contratos. Ha estado teniendo reuniones a solas con Francesco a horas inusuales, fuera de la oficina y en lugares donde nadie pueda verlos.
El rostro de Beatriz palideció; y la compostura dio paso a una postura rígida.
—Francesco me dijo que sus reuniones con Renata eran estrictamente corporativas, para coordinar la transición de la firma Lozano.
—¡Eso es lo que él quiere que todos creamos! —interrumpió Serena con aire de consternación—Pero entre nosotras... Renata está desesperada. Perdió el control y sabe perfectamente cómo usar su encanto cuando se trata de conseguir un rescate financiero.
Beatriz sintió un vuelco en el estómago, porque en más de veinte años de matrimonio su esposo jamás tuvo una relación inapropiada con otra mujer.
—Ayer los vi salir juntos de una reunión privada y la cercanía entre ellos no era, para nada, la de dos socios de negocios. Me duele decirlo porque es mi familia, pero no puedo quedarme callada viendo cómo pone en riesgo tu matrimonio solo por sus ambiciones.
Beatriz apretó los puños a los costados, sintiendo como la duda y los celos se abrían paso en su pecho, aunque intentó mantener la dignidad, un ligero temblor en sus labios la delató.
—Si esto es una broma o un chisme de pasillo... —le advirtió con un hilo de voz.
—Te juro por lo más sagrado que es la verdad —concluyó Serena, clavándole una mirada intensa y en aparente honestidad— Revisa sus horarios. Fíjate en sus llamadas nocturnas, y no dejes que te tome el pelo mientras la descargada de mi prima asegura su futuro a costa del tuyo.
Serena sintiendo que había logrado su objetivo, le dio una palmadita de consuelo en el hombro, se dio la media vuelta y caminó hacia los vestidores con la barbilla en alto.
En su interior, una chispa de satisfacción la embargaba, porque la semilla del caos ya estaba sembrada y era solo cuestión de horas para que un escándalo estallara sobre Renata.
Durante el resto del día, Serena continuó desplegando su red con maestría absoluta, sabía muy bien que una acusación directa y abierta podía acarrearle una demanda por difamación o calumnia, y esto era una complicación legal que no estaba dispuesta a asumir. Su inteligencia y astucia le dictaban que la mejor estrategia era conspirar desde la sombra, y sin dejar huellas.
En un almuerzo con sus amigas del círculo corporativo, Serena se dedicó a sembrar insinuaciones sutiles, y por precaución jamás afirmó nada categóricamente ni acusó a su prima de forma explícita, sino que, en su lugar, utilizaba miradas de fingida preocupación, suspiros pesados y frases entrelíneas cargadas de mucha ambigüedad:
—“Pobre Renata está haciendo sacrificios inimaginables para salvar la firma... aunque me temo que está cruzando líneas que ninguna mujer debería cruzar.”
Y, tras una breve pausa dramática, añadió:
—“Solo espero que la esposa de su socio tenga la paciencia necesaria; hay desesperaciones financieras que llevan a cometer imprudencias muy graves.”
Con esa estrategia, Serena logró que fueran sus interlocutoras las que sacaran las conclusiones más escandalosas.
—Para cuando termina la tarde, el rumor sobre la reputación de Renata va a correr como un secreto a voces en la sociedad capitalina—murmuró para sí misma en la soledad de su oficina.
Serena sonreía con satisfacción al pensar en que Julián no soportaría una noticia como esa, que Renata se viera en medio de un rumor y señalada como la amante, era de lo más divertido.
Entre tanto en la casa Lozano, Renata permanecía concentrada frente a su computadora portátil y un par de carpetas abiertas, con una taza de café a medio beber, revisaba minuciosamente los gastos corrientes, las facturas médicas pendientes y las proyecciones financieras del hogar para los próximos meses.
Aunque la alianza con la Corporación A le aseguraba la estabilidad económica, la recuperación de Emma requería de un presupuesto riguroso que no admitía distracciones, ocupada en sus cálculos y en su matrícula universitaria ignoraba por completa la marea de susurros y calumnias que la alta sociedad capitalina comenzaba a tejer a sus espaldas.
Renata incluso hacía planes para celebrar la Navidad de forma muy discreta; a pesar de la reciente pérdida de sus padres, sabía que crear un ambiente cálido era indispensable para la recuperación emocional de su hermana, sin embargo, a medida que transcurrirían las horas, el tono helado y evasivo en las respuestas de su grupo de la universidad la hizo sobresaltarse.
Al abrir una de las capturas de pantalla que le enviaron por privado su rostro se quedó lívido.
—Pero ¿qué demonios es esto? —exclamó Renata levantándose de golpe de la silla—¡Ya veo que a Serena no le bastó con la bofetada de ayer!
Renata comenzó a caminar de un lado al otro por la habitación, apretando el teléfono entre sus manos, y su rabia inicial mutó a una angustia opresiva, porque temía que el honor y la posición corporativa de Francesco sufriera graves consecuencias por culpa de la insidiosa trampa de su prima.
—Necesito hablar con Julián, seguramente se le ocurre alguna idea— murmuró, marcando su número con los dedos temblorosos.