En un mundo donde demonios y ángeles se enfrentan desde siempre, Kaelen, un poderoso señor demonio, lucha por mantener unida a su familia mientras se enfrenta a prejuicios, secretos y pérdidas.
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Se quedaron en silencio, aún respirando agitadamente, las manos de Marco sobre las muñecas de Kael, las alas del ángel plegadas con tensión en el suelo. Ninguno se movió. Ninguno pidió que parara.
—Esta pelea no termina nunca —dijo Marco, al final, con voz ronca.
—No —convino Kael—. No termina. Y no quiero que termine. No contigo.
—Entonces ven —dijo Marco, soltándolo y poniéndose de pie de un salto—. Ven a ese lugar donde nadie nos ve. Y veremos quién soporta más. Quién cede primero.
Kael se levantó despacio, sacudiéndose la ropa manchada de tierra y sangre. Le miró con desdén, pero no se fue.
—No voy a ir porque me lo pidas —dijo, acercándose—. Voy porque quiero demostrarte que tú no puedes conmigo. Que nadie puede conmigo.
—Veremos —respondió Marco, y empezó a caminar hacia la cabaña de piedra oculta entre los pinos muertos, donde se encontraban siempre que querían destruirse en privado.
Allí dentro no había palabras dulces. No había promesas ni consuelo. Se golpeaban antes de tocarse, se decían cosas que deberían doler para siempre, se lastimaban con la misma intensidad con la que se buscaban. Cuando se acercaban, lo hacían con fuerza bruta, sin cuidado, porque ninguno quería dar al otro la impresión de que importaba algo más que el momento.
—Más fuerte —gruñó Kael en un momento, apretando los dientes—. No me trates como si fuera frágil.
—No te estoy tratando bien —respondió Marco con sequedad—. Solo no quiero que te mueras antes de que terminemos.
—No me importa —dijo Kael, y lo atrajo hacia sí con tanta fuerza que a Marco le dolió el cuello—. Solo no te atrevas a mirarme como si fuéramos algo que no somos.
—No te miro a ti —escupió Marco—. Miro a mi enemigo. Y disfruto viendo cómo se desmorona.
—Pues tú también te desmoronas —replicó Kael, con voz temblorosa de rabia—. Cada vez que estamos así, tú también pierdes.
—Tal vez —admitió Marco, y lo dijo con dureza, sin suavidad—. Pero al menos no soy el único que cae.
No había ternura en sus movimientos. Eran bruscos, impacientes, como si cada uno quisiera dejar su marca en el otro para siempre. Se mordían, se agarraban con fuerza, se decían que esto era solo cuerpo, solo instinto, solo necesidad de descargar el odio que llevaban dentro. Ninguno confundía esto con cariño. Ninguno se engañaba.
—Cuando termine esto —dijo Kael, casi con furia—, cuando la guerra estalle de verdad, seremos enemigos hasta la muerte. No habrá cabañas ni sombras. Solo espadas. Y no dudaré en clavarte la mía en el pecho.
—Yo tampoco —respondió Marco, con la misma frialdad—. Y espero que lo hagas bien. Porque yo no voy a fallar.
—Entonces disfruta mientras dure —le dijo Kael, mirándolo con una mezcla de desafío y asco—. Porque no se te va a repetir.
—No quiero que se repita —mintió Marco—. Solo quiero que te vayas ya.
Pero ninguno se fue. Se quedaron ahí, en la oscuridad, enfrentándose sin espadas, solo con lo que eran: dos seres de mundos opuestos que se odiaban con tanta fuerza que el odio se volvía fuego, y el fuego los consumía a ambos.
A la mañana siguiente se separaron sin despedirse. Marco salió primero, con el cuerpo adolorido y la mente llena de cosas que no podía decir. Kael se quedó un momento más, mirando la pared desconchada, con la piel aún recordando el contacto brusco, diciéndose a sí mismo que no significaba nada. Que nunca significaría nada. Que seguían siendo enemigos. Que así debía ser.
Y en la mansión Voryn, Marco se miró al espejo y vio las marcas que Kael le había dejado. No las tapó. No las lamentó. Solo se dijo a sí mismo que la próxima vez sería más duro. Que la próxima vez ganaría. Que el odio era más fuerte que cualquier otra cosa. Y que no iba a dejar que nadie, ni siquiera ese ángel maldito, viera que le importaba.