Él dijo que era la peor novela que había leído.
El universo decidió convertirlo en protagonista.
Johan Libert tenía una misión sencilla: entrar en una novela, demostrar que la historia era absurda y salir victorioso.
Pero el destino tenía otros planes.
Después de criticar públicamente una historia por ser “incoherente”, Johan despierta en un mundo donde existen alfas, betas y omegas.
Y descubre algo todavía peor.
Él es un omega.
Para regresar a su mundo deberá cumplir una condición completamente ridícula: conquistar al hombre que el sistema ha elegido como su pareja destinada.
Un alfa frío. Poderoso. Terriblemente atractivo.
Y, para desgracia de Johan…
completamente obsesionado con él.
—¡Esto no tiene sentido! —grita Johan.
El sistema responde:
[Corrección detectada.]
[El protagonista acaba de enamorarse.]
—¡YO NO ME ESTOY ENAMORANDO!
[Negación registrada.]
[Nivel de enamoramiento: 87 %.]
Ahora Johan tendrá que sobrevivir a un romance que jamás pidió.
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Tu lugar, omega
La puerta se abrió de golpe. No era su madre. Era Jessica. Entró con paso altivo, la cabeza en alto, como si el lugar le perteneciera. Cerró la puerta tras de sí y los miró a ambos con una sonrisa fría y segura.
—Ya basta de este juego —dijo, caminando hacia ellos—. Tienes un vínculo conmigo, Adrián. Hemos estado unidos desde antes de que él apareciera. Estás yendo en contra de todas las reglas por… esto. —Señaló a Johan con asco—. Es claro que te tiene hechizado. Es un manipulador. Solo tiene una cara bonita, pero es inútil, no sirve para nada. Mátalo. Es lo único que tiene que hacer para que todo vuelva a la normalidad. El culpable es él.
Adrián la miró. Luego miró a Johan, que estaba en una esquina, observando con el corazón en la garganta. Y entonces, Adrián soltó una risa. Una risa baja, oscura, sin nada de humor. Dio un paso hacia ella y, sin previo aviso, le dio una bofetada tan fuerte que la hizo girar sobre sí misma.
—¿Mátarlo? —escupió él, con voz cortante y helada—. Mujer estúpida… ¿quién eres tú para ordenarme y decirme qué está bien o qué está mal en mi propia casa? Lo que yo quiero, lo tengo. Lo que no me interesa, lo desecho. Y tú… te has vuelto un desecho innecesario. ¿Necesito sacarte a patadas o puedes irte con la poca dignidad que te queda?
Jessica se llevó la mano a la mejilla, pálida y temblando de rabia.
—¡No vas a tratarme así! ¡Voy a avisarle a mi familia! ¡Voy a contarles a todos lo que haces! ¡Voy a destruir tu reputación!
Adrián soltó otra risa, más fría y cruel que la anterior.
—Diles. Quiero que venga tu padre. Quiero que venga tu madre. Quiero que venga tu hermana. Y de paso… que me paguen todo el dinero que me deben hasta el último centavo. Tráelos. No tengo ningún problema. Ya veremos si después de saldar las deudas les queda algo más que reclamar.
Jessica se quedó helada. Las palabras se le murieron en la garganta. Tuvo que tragarse las lágrimas que le ardían en los ojos, humillada, derrotada sin poder replicar nada. Y sin decir una palabra más, con la cabeza gacha y el rabo entre las piernas, salió de la habitación lo más rápido que pudo.
El silencio volvió a caer, pero era un silencio pesado, cargado de tensión. Johan lo miró desde su rincón, preocupado. El alfa seguía de pie, con la respiración agitada, claramente muy molesto. Se giró hacia él y sus ojos oscuros lo atravesaron.
—¿Por qué haces estas cosas? —le preguntó Adrián, acercándose despacio—. ¿Por qué me retas a cada instante? ¿Eh? ¿Acaso te he mostrado algún interés en particular para que te tomes este tipo de atribuciones?
Johan no tuvo tiempo de responder. Adrián llegó hasta él, lo tomó con firmeza, lo giró y lo empujó contra la pared, sujetándolo con fuerza para que no pudiera moverse. Sin dejarlo ir, le bajó el pantalón con un movimiento brusco, y él hizo lo propio, tomándolo ahí mismo, contra la pared, sin suavidad, sin pedir permiso, con posesión absoluta.
—Esto… —le decía al oído cada vez que lo tomaba con fuerza— es para recordarte tu lugar, omega.
Johan apretó los labios, intentando contener el gemido que subía por su garganta. Quería resistir. Quería odiarlo. Pero su cuerpo lo traicionaba: sentía placer, ardía por él, y no podía evitarlo. Era débil ante el alfa, ante la marca, ante el vínculo que crecía cada segundo. Y poco a poco, sin poder evitarlo, empezó a gemir, entrecortado, perdiendo la batalla contra sí mismo.
Adrián sonrió contra su cuello, satisfecho al escucharlo.
—Así me gusta —susurró, con voz ronca y llena de posesión—. Obediente.