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Objetivo: Inalcanzable

Objetivo: Inalcanzable

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Reencuentro / Completas
Popularitas:6k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Para el círculo militar y la alta sociedad, ella es la intocable "princesa de cristal": la menor de cuatro hermanos que visten uniforme de élite, la niña consentida de un temido General de cuatro estrellas y la heredera natural del imperio de moda de su madre. Nadie imagina que, a puertas cerradas, sus hermanos la entrenaron sin piedad para que jamás fuera el eslabón débil de la dinastía.
El verdadero golpe no lo recibió en un campo de tiro, sino en una fiesta de graduación.Tras arreglarse para ser vista como la mujer que es, escucha al mejor amigo de su hermano —el chico del que estuvo enamorada en secreto durante años— burlarse de ella y despreciar sus sentimientos ante su círculo militar solo para inflar su ego y marcar territorio.
Ella se marcha con una sola promesa grabada a fuego: ser la mejor

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Capítulo 9: El Nuevo Orden Operativo

Apartamento seguro de SOCID, Dupont Circle, Washington D.C.

01:30 Horas.

El agua hirviendo de la tetera de cobre silbó suavemente en la cocina minimalista de granito negro.

Julian Montgomery, ya sin la pajarita y con las mangas de la camisa de esmoquin remangadas sobre los antebrazos, vertió el agua sobre dos tazas de porcelana fina con la parsimonia de un embajador en un salón de Ginebra. Llevaba una pequeña tirita adhesiva en el nudillo índice derecho —recuerdo de la fricción al extraer el transmisor cuántico en la pista de baile—, pero en su rostro descansaba una sonrisa entretenida.

Sienna salió del dormitorio principal con pasos ligeros. Se había despojado de la columna de satén carmesí y de los tacones de aguja; vestía unos pantalones cargo oscuros, una camiseta térmica gris ajustada y calcetines gruesos de lana. Su cabello, aún ondulado por el peinado de la gala, caía suelto sobre sus hombros, y la toallita desmaquillante en su mano derecha acababa de borrar el carmín desafiante de sus labios.

Julian se giró, apoyándose contra la encimera mientras le tendía una de las tazas humeantes.

—Té negro con cardamomo y un toque de canela. Sin azúcar, exactamente como lo pedías a las cuatro de la mañana en las guardias del búnker tres —dijo Julian, mirándola con una calidez genuina que contrastaba con la fachada mordaz que ambos usaban en el campo—. Debo admitir que verte casi degollar a un oficial de las fuerzas especiales en un cantero de magnolias fue la guinda del pastel de esta noche.

Sienna tomó la taza, aspirando el vapor especiado antes de soltar un resoplido seco:

—Cruz siempre tuvo un pésimo sentido del espacio personal. No sabe cuándo una posición está perdida.

Julian soltó una carcajada baja, sacudiendo la cabeza con elegancia:

—Perdida no, 774. Ese hombre no parecía haber perdido una posición; parecía que le hubieran bombardeado la catedral entera con él adentro. Tenía los ojos desorbitados. Si las miradas detonaran explosivos plásticos, mi chaqueta de terciopelo y yo seríamos una nube de cenizas flotando sobre el río Potomac.

Sienna se sentó en uno de los taburetes altos de la isla de la cocina, cruzando las piernas:

—Me importa muy poco lo que sienta o deje de sentir el teniente Cruz. Su opinión dejó de tener relevancia el día que abrí mi expediente en Virginia Occidental.

Julian dio un paso hacia ella, acortando la distancia con una naturalidad calculada. Apoyó un codo sobre la barra de granito, inclinándose apenas lo suficiente para que sus ojos verdes se encontraran con los castaños de Sienna a escasos treinta centímetros.

—Me alegra escuchar eso —murmuró Julian, bajando el tono a un registro íntimo y aterciopelado—. Porque competir con fantasmas del pasado suele ser agotador... y tengo toda la intención de invitarte a cenar a un restaurante donde no tengamos que cortar chaquetas diplomáticas con hojas cerámicas para divertirnos.

Sienna arqueó una ceja, sosteniéndole la mirada con una media sonrisa afilada:

—¿Me estás pidiendo una cita formal, Montgomery? ¿En medio de una alerta de seguridad nacional?

—Te estoy pidiendo una tregua civil, Keller —respondió él con esa audacia aristocrática que jamás sonaba invasiva—. Te cubro la espalda en el barro, te sigo el paso en un vals vienés y preparo un té respetable. La hoja de servicio de este candidato es impecable. Admite que merezco al menos una entrevista de evaluación preliminar.

Antes de que Sienna pudiera replicar con su habitual sarcasmo, el teléfono satelital de pantalla partida que descansaba entre las tazas emitió un zumbido triple de prioridad alfa.

La atmósfera distendida se evaporó al instante.

Julian y Sienna se pusieron en guardia en una fracción de segundo. Sienna desbloqueó el terminal con su huella dactilar.

El sello en relieve del Pentágono y el rostro severo del Director de SOCID, Vance Sterling, se desplegó en la pantalla holográfica:

—Operadores Intocable y Alfil —ladró la voz metálica del Director a través del altavoz protegido—. La lista de agentes recuperada en la embajada confirmó que el comprador de la red no es un diplomático extranjero: es un topo dentro de la junta de adquisiciones logísticas del Estado Mayor Conjunto. Van a transferir los códigos de lanzamiento táctico en una subasta clandestina en cuarenta y ocho horas.

—Deme las coordenadas de asalto, señor —respondió Sienna con voz quirúrgica.

—No será un asalto en solitario, 774 —atajó el Director—. El Secretario de Defensa ordenó una fuerza de choque combinada. Su unidad liderará la infiltración cibernética y el mando de la misión. Para la contención perimetral y el asalto pesado, se les ha asignado el equipo de élite del Primer Batallón de Fuerzas Especiales.

Sienna frunció el ceño con una punzada de sospecha:

—¿Qué unidad exactamente, Director?

—El Equipo Bravo. Al mando del General Marcus Keller y sus oficiales de campo. La reunión de coordinación es hoy a las ocho en punto en la Sala de Guerra Subterránea del Pentágono. Usted llevará la voz cantante en el atril, Intocable. Procure que sus antiguos camaradas aprendan a quién deben saludar a partir de ahora.

La conexión se cortó.

Julian miró a Sienna, soltando un silbido largo y cargado de anticipación:

—Vaya, vaya... Tu padre, tus cuatro hermanos y el teniente del jardín bajo tu mando táctico directo. El universo militar tiene un sentido del humor retorcido, princesa.

Sienna dejó la taza sobre la encimera. Sus ojos castaños brillaron con una luz fría, eléctrica y peligrosa como un cable de alta tensión pelado.

—No es humor, Julian —dijo ella, levantándose del taburete con una lentitud amenazante—. Es una corrección de jerarquía.

Pentágono, Washington D.C.

07:55 Horas.

En la Sala de Operaciones Conjuntas del nivel cuatro subterráneo —un búnker acorazado con paredes de hormigón reforzado con plomo y tres pantallas murales de ocho metros de ancho—, el aire se cortaba con un cuchillo.

Alrededor de la mesa elíptica de mando se sentaban doce oficiales de alto rango. En el flanco derecho, con el uniforme de campaña verde oliva recién planchado y las insignias relucientes, estaban Liam, Gael, Bruno y Mateo Keller. Junto a ellos, sentado con una rigidez aterradora, Dante Cruz parecía una escultura tallada en granito negro.

Dante no había dormido. Llevaba una pequeña gasa adhesiva en el cuello, cubriendo el corte superficial que Sienna le había dejado con la cuchilla cerámica. Sus nudillos estaban vendados de nuevo bajo los guantes sin dedos; sus ojos estaban hundidos, inyectados en sangre, pero ardían con una vigilia obsesiva.

A la cabecera de la mesa, el General Marcus Keller revisaba unos mapas satelitales con el ceño fruncido y las mandíbulas apretadas.

—No entiendo por qué el Mando Conjunto nos convocó a esta farsa —masculló Bruno en voz baja, cruzando sus brazos descomunales sobre el pecho—. El equipo Bravo tiene el récord de rescate en combate urbano. No necesitamos que una división fantasma de la CIA venga a darnos lecciones sobre cómo patear puertas.

—Cállate, Bruno —cortó Liam en un susurro áspero—. Viste lo que pasó en Bielorrusia. Si no fuera por la inteligencia de esa división, estaríamos bajo tierra.

Dante no dijo una sola palabra. Tenía los ojos clavados en la puerta de doble esclusa del fondo. La mención de SOCID le encendía un dolor agudo en el pecho, pero la sola posibilidad de que ella estuviera a menos de un kilómetro de distancia hacía que su corazón martilleara como un tambor de guerra.

A las ocho en punto, la esclusa neumática siseó al abrirse.

El Coronel Henderson se puso de pie de golpe:

—¡Atención en la sala! ¡Oficial de mando en cubierta!

Los doce oficiales se levantaron al unísono, cuadrándose frente a la puerta.

El primer hombre en cruzar el umbral fue Julian Montgomery. Llevaba el uniforme táctico negro de operaciones especiales sin distintivos visibles, excepto por la insignia plateada del halcón con el rayo en el pecho izquierdo y las barras de comandante de campo. Avanzó con su paso elástico y seguro, deteniéndose a la derecha del atril principal.

Al ver a Julian, Dante dio un paso involuntario hacia adelante, con los puños temblando de una furia salvaje que amenazaba con reventarle el autocontrol.

Pero Julian no se colocó detrás del atril. Se giró hacia la puerta y adoptó una postura de firme impecable, rindiendo honores hacia el pasillo exterior.

Y entonces, entró ella.

El murmullo en la sala de guerra murió de forma instantánea.

Sienna Keller no llevaba el vestido carmesí ni la trenza improvisada de los entrenamientos. Vestía el uniforme de faena negro azabache de la división de élite de SOCID, ceñido a su figura con la precisión de una segunda piel antibalas. En los hombros brillaban las insignias de titanio negro de Directora de Misión y Operadora de Rango Cinco, una acreditación de seguridad nacional que superaba jerárquicamente a cualquier coronel en la habitación y que solo respondía ante el Secretario de Defensa.

Su cabello castaño estaba recogido en una coleta alta y tirante que dejaba al descubierto sus pómulos afilados y la línea implacable de su mandíbula. En su pierna derecha llevaba enfundada una pistola táctica con silenciador integrado; en la solapa izquierda, la placa de titanio con el indicativo que había ganado con su sangre: INTOCABLE.

Avanzó por la moqueta azul del Pentágono con una cadencia militar perfecta, los ojos fijos al frente, sin vacilar un solo milímetro.

El General Marcus Keller dejó caer el lápiz sobre los mapas satelitales. Su rostro palideció hasta parecer de cera. Liam abrió la boca sin poder articular sonido; Gael y Mateo se quedaron congelados en el saludo reglamentario, con los ojos desorbitados por el impacto.

Dante se quedó sin aire. La vio avanzar hacia el atril y sintió que el suelo bajo sus botas se desintegraba por completo. Ya no había rastro de la niña que él había humillado. Frente a él había una comandante de guerra clandestina con el poder legal de enviar a su pelotón entero a la corte marcial con una sola firma.

Sienna subió los dos peldaños del estrado, apoyó las manos enguantadas sobre los bordes del atril de madera noble y levantó la mirada.

Sus ojos castaños barrieron la sala, pasando sobre sus cuatro hermanos como si fueran reclutas recién llegados de la academia. Cuando sus pupilas se cruzaron con las de Dante, no hubo odio, no hubo rencor; solo una frialdad tan aplastante que el teniente sintió una opresión física en el esternón.

Sienna conectó su tableta militar a la consola principal. En las pantallas gigantes de ocho metros se desplegó el mapa táctico de una fortaleza en los Alpes suizos, con rutas de escape, sensores térmicos y posiciones de francotiradores calculadas al milímetro.

—Buenos días, caballeros —dijo Sienna, y su voz, amplificada por el sistema acústico de la sala, sonó limpia, autoritaria y letal—. Tomen asiento.

Nadie se movió durante dos segundos, paralizados por la conmoción, hasta que el General Keller, con las manos temblorosas de una emoción que apenas lograba disimular, se sentó lentamente. El resto de los oficiales lo siguió en silencio absoluto.

Dante permaneció de pie un segundo más, con la respiración agitada, devorándola con la mirada, hasta que Liam le tiró de la manga para obligarlo a sentarse.

Sienna no mostró el menor titubeo:

—Soy la Operadora Intocable, jefa de la división de ciberinteligencia negra y comandante general de la Operación Némesis —declaró ella, clavando sus ojos en la mesa con la seguridad de quien no pide permiso para gobernar su territorio—. A partir de este instante, el Equipo Bravo de las Fuerzas Especiales queda subordinado a mi mando táctico directo.

Caminó alrededor del atril, colocándose frente a la primera fila, donde Dante y sus hermanos la miraban con el pulso al límite:

—El objetivo es la recuperación de los códigos de lanzamiento en una subasta privada en Suiza. El comandante Montgomery y yo nos infiltraremos en el núcleo del complejo para la extracción electrónica. El equipo de asalto exterior proporcionará la cobertura de contención y el perímetro de seguridad.

Sienna se detuvo exactamente frente a Dante Cruz.

Bajó la vista hacia él. Vio la gasa en su cuello, los nudillos vendados y la devoción desesperada ardiendo en sus ojos oscuros.

Sienna ladeó la cabeza apenas un milímetro, curvando los labios en una sonrisa gélida que cortó el aire de la sala como una ráfaga de metralla:

—Y una última advertencia para la infantería ligera: en mi equipo no tolero la indisciplina, las distracciones personales ni la debilidad. Si algún operador cree que no puede seguir mis órdenes o siente que sus emociones interfieren con mi protocolo... la puerta de este búnker está abierta para tramitar su baja del servicio activo ahora mismo.

Sienna clavó sus pupilas en las de Dante, rematando la sentencia con una cadencia mordaz:

—¿Queda alguna duda sobre quién tiene el control del arma, teniente Cruz?

El silencio en el búnker más seguro del planeta fue tan absoluto que el crujido de los nudillos de Dante resonó en toda la sala, sellando el inicio de una misión donde el fuego cruzado más peligroso... no vendría de las armas del enemigo.

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