En el majestuoso Imperio de Valoria, Mariana Mancilla, duquesa viuda de Monteluna, creía que su destino era proteger a su familia y disfrutar de la tranquilidad junto a su hijo y su pequeño nieto. Pero el destino le concede una segunda oportunidad para impedir la ruina que una vez destruyó todo lo que amaba.
Cuando viaja a la capital para desenmascarar las intrigas de un conde ambicioso, conoce a Roberto Cáceres, el poderoso Gran Duque y consejero del joven emperador. Treinta años de edad, admirado por todas las nobles y heredero de un poder inmenso… pero incapaz de resistirse a una mujer quince años mayor que él.
Pronto, los murmullos de la corte se convierten en escándalo. Mientras sus enemigos conspiran para destruirlos, Mariana deberá decidir si se atreve a vivir el amor que creyó perdido.
¡Porque esta vez no permitirá que nadie le robe su felicidad!
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El amanecer y la promesa
La luz grisácea del amanecer se filtraba entre las cortinas de lino pesado, tiñendo la habitación de una claridad suave y temprana que anunciaba que el día no tardaría en llegar al horizonte. Mariana despertó lentamente, con la sensación vaga y cálida de que algo extraordinario había ocurrido durante la noche, como si su corazón aún no terminara de creer que todo aquello no había sido simplemente uno de esos sueños que se desvanecen al abrir los ojos. Al girarse sobre la almohada, lo vio allí, de pie junto a la ventana con la cortina apartada apenas lo suficiente para mirar hacia el jardín que empezaba a despertar bajo la luz tenue. Vestía su chaqueta oscura y se ajustaba el cuello de su capa con movimientos lentos, como un hombre que sabe que debe irse pero cada fibra de su ser le grita que se quede allí donde por fin se siente en casa. Al notar que ella se había movido en la cama, se giró despacio y sus miradas se encontraron en el silencio de la mañana que apenas comenzaba. No había prisa en sus ojos, ni arrepentimiento, ni ese temor disimulado que tantas veces había visto en la gente de la corte. Solo había esa misma firmeza serena que la había cautivado desde el primer momento en que se cruzaron.
—Amanece —dijo él en voz baja, como si lamentara profundamente que la noche se hubiera terminado tan pronto—. No debería quedarme ni un minuto más. Los sirvientes de esta casa pronto empezarán a despertarse y a moverse por los pasillos. Si alguien me ve salir de aquí a esta hora… no necesito decirle lo que significaría para usted. Su reputación, su nombre, todo lo que ha cuidado con tanto esmero durante años quedaría en entredicho por mi imprudencia.
—Lo sé —respondió ella, incorporándose y recogiendo su bata sobre los hombros, aunque no se alejó del borde de la cama—. Y sin embargo, le confieso algo que jamás creí que diría: no quiero que se vaya. Sé que debería pedirle que salga por donde entró ahora mismo. Sé que cada minuto que pasa aumenta el peligro para ambos. Pero me duele en el alma saber que cuando cruce esa ventana, volveremos a ser dos personas que deben cuidar cada palabra que dicen, cada mirada que cruzan, cada paso que dan por las calles de la ciudad. No quiero volver a esconderme de lo que siento. No quiero que usted tenga que hacerlo tampoco. Merecemos algo más que encuentros en sombras y silencios.
Roberto caminó hacia ella y se sentó al borde de la cama, tomándole las manos entre las suyas con una ternura que le hizo olvidar por un instante todo el temor que siempre llevaba dentro como una armadura pesada que apenas nadie lograba atravesar.
—No volveremos a escondernos para siempre —le prometió con voz clara y segura, mirándola a los ojos para que ella supiera que cada palabra era una promesa sagrada—. Solo por ahora. Mientras organizo todo lo que debo hacer. Mientras encuentro la manera de hacerlo sin que nos destruyan a los dos en el intento. No te pido que esperes en silencio el resto de tu vida. Solo te pido un poco más de tiempo para preparar el terreno, para asegurar que cuando salgamos al mundo con la verdad en la mano, nadie pueda usarla para lastimarte a ti ni a los que amas. Pero quiero que sepas algo aquí y ahora, antes de que me aleje de tu lado: lo que pasó entre nosotros no fue un momento de debilidad ni un secreto pasajero. Fue el comienzo de mi vida de verdad. Antes de ti, yo solo existía, cumpliendo deberes, resolviendo asuntos de estado, caminando por los salones como un hombre de piedra. Desde ti… por fin vivo. Y no permitiré que nadie, absolutamente nadie, nos quite esto que hemos encontrado juntos. Nadie tiene derecho a decirnos a quién amar ni cómo vivir. Nadie.
—Raúl Peredo no se ha ido a sus tierras como todos creen —le recordó ella con suavidad, aunque apretaba sus manos con fuerza como si temiera perderlo en cualquier instante—. Está aquí, en la ciudad, esperando. Vigilando cada movimiento que hacemos. Si descubre que ha venido aquí de madrugada… tendrá el arma perfecta para destruir su reputación y la mía al mismo tiempo. Le conozco bien, Roberto. No dudará en usar cualquier mentira, cualquier rumor, cualquier excusa para dañarnos. No quiero ser la causa de que pierda todo lo que ha construido con tanto esfuerzo. No le daré esa satisfacción a nuestro enemigo. No permitiré que pierda su honor por mi culpa.
—No perderé nada que valga la pena por ti —respondió él, acariciando su rostro con la yema de sus dedos con infinita delicadeza—. Y si alguien intenta usar lo nuestro en mi contra, que lo intente. Soy el Gran Duque Cáceres, soy consejero del Imperio, y soy dueño de mis decisiones. Nadie puede decirme con quién compartir mi vida. Nadie excepto tú. Y tú me has elegido esta noche, aunque fuera sin palabras. No te pido que lo grites a los cuatro vientos todavía. Solo te pido que confíes en mí. Que sepas que cuando estés cansada, cuando tengas miedo, cuando creas que estás sola en esta lucha que parece interminable… aquí estoy. Cerca de ti, aunque no me veas. Cuidándote, aunque nadie lo sepa. Amándote, aunque solo tú escuches esas palabras. Eres mi refugio, Mariana, y yo quiero ser el tuyo. No tienes que enfrentar al mundo entero sola jamás. No mientras yo respire.
Se levantó despacio, como si cada movimiento le costara separarse de ella, y se acercó de nuevo a la ventana que daba al jardín trasero. Antes de salir al alféizar, se detuvo y miró hacia atrás, grabando su imagen en su memoria para tenerla con él durante todo el largo día que se avecinaba.
—Esta noche no fue un adiós —dijo con intensidad, con la voz apenas un susurro que solo ella podía escuchar—. Fue una promesa. Y yo cumplo mis promesas hasta el último detalle. Cuídate, mi vida. Y espérame. No tardaré en encontrar la manera de estar contigo sin tener que trepar por tu ventana en la oscuridad. Llegará el día en que entraré por tu puerta principal, de día, con la cabeza alta, y le diré a todo el mundo quién eres para mí. Y que nadie se atreva a objetarlo.
Desapareció por la ventana con la misma agilidad y silencio con que había llegado, y Mariana se quedó sola en la habitación, escuchando cómo su corazón latía con una fuerza renovada que no conocía desde hacía muchos años. No tenía miedo, no realmente. Por primera vez en mucho tiempo, sabía que no cargaba con todo el peso del mundo sobre sus hombros sola. Sabía que él estaba ahí, en algún lugar entre la luz y las sombras, luchando por ellos con la misma determinación que había mostrado al decirle que era suya y que no aceptaba rendición sino de los dos corazones al unísono. Y aunque el día que comenzaba traería consigo sus propias pruebas, sus propios riesgos y sus momentos de incertidumbre, también traía algo mucho más poderoso que cualquier miedo: la certeza absoluta de que alguien la amaba lo suficiente como para arriesgarlo todo por ella, y que ese amor, cuidadoso y firme, sería su fortaleza cuando todo lo demás pareciera tambalearse bajo sus pies.
Helena está casada con Andrés hijo de Mariana,.
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