NovelToon NovelToon
Mi marido tenía otra familia

Mi marido tenía otra familia

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Mujer despreciada / Amante arrepentido
Popularitas:812
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

Durante cinco años, creí que tenía al marido perfecto. Le abrí las puertas de mi familia, le confié la empresa de mi padre y soñé con tener un hijo con él.
Hasta que descubrí quién era la mujer que cuidaba a mi padre.
Había sido su esposa. Tenían un hijo. Y ninguno de los dos pensaba contármelo.
Mientras yo intentaba salvar nuestro matrimonio, ellos preparaban su salida.
Ahora me toca fingir. Sonreírle a mi marido. Tenerla a ella cerca. Dejar que ambos crean que sigo sin enterarme de nada.
Porque no pienso salir de esta historia con las manos vacías. Quiero saber qué hicieron con el dinero de mi familia, recuperar mi lugar y decidir cómo termina mi matrimonio.
Esta vez, las decisiones las tomo yo.

NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

UNA VIDA PROPIA

Capítulo 1. Una joya más grande

Renata vio primero su casa desde arriba.

Le costó encontrarla. Las calles que conocía tan bien se habían vuelto líneas, y los edificios le tapaban las referencias. Pegó la cara al cristal del helicóptero, buscó otra vez y, cuando por fin creyó reconocer el lugar, tocó el brazo de Damián.

—Ahí.

Él se inclinó hacia ella.

Renata tenía todavía la mano apoyada en su manga. No la quitó. Era su quinto aniversario de bodas y él había conseguido sorprenderla. A esas alturas no era tan fácil: ella conocía los restaurantes, las bolsas, los viajes. Había llegado a saber, por el tamaño de un paquete, qué podía contener. Aquello no lo había esperado.

Miró por la ventana. La Ciudad de México se extendía debajo, inmensa, demasiado grande para abarcarla de una sola vez. Por un rato no hubo tráfico que soportar ni nadie que les pidiera algo. Damián estaba allí, junto a ella, y no se había apartado para contestar el teléfono.

Renata sacó el celular.

Quería guardar el momento. También quería enseñarlo. No veía por qué debía sentirse mal por eso.

En sus redes había mujeres que la seguían para mirar cómo se vestía, dónde comía, qué compraba. Otras parecían hacerlo solo para descubrir una grieta. No importaba qué subiera: una cena era presumir; una bolsa era gastar demasiado; una foto con su marido era intentar demostrar algo.

A ella la vida le había dado cosas buenas. ¿Qué debía hacer? ¿Pedir disculpas?

Hizo varias fotos. En una salió demasiado cerca del cristal. La borró. En otra, Damián aparecía a su lado. Se quedó un segundo mirándola antes de guardarla.

Era el hombre con el que se había casado. El que su familia había recibido con dudas y ahora admiraba.

Cuando empezó a salir con él, no tenía una fortuna ni un puesto importante. Tampoco conocía a la gente que podía conseguirle esas cosas. Renata lo había llevado a reuniones, presentado a conocidos, sentado en mesas a las que no habría llegado solo. Lo había hecho sin llevar una cuenta. Para eso estaban juntos.

Su padre había fundado Bellaria. Damián había ido asumiendo responsabilidades hasta ponerse al frente. Renata dejó de ocuparse de unas cosas y luego de otras. No tuvo la sensación de ceder un territorio. Le parecía más bien que su marido le quitaba preocupaciones.

Él trabajaba. Ella tenía tiempo para disfrutar, para sus videos, para salir con Lucía. El arreglo les había funcionado.

Miró a Damián. Le enseñó la fotografía.

Él la miró primero a ella y después a la pantalla.

Renata sonrió antes de darse cuenta.

Había aprendido a reconocer sus miradas. La que le decía que se apurara, la que le pedía paciencia, la que le hacía saber que estaba contento de tenerla cerca. Esa era la última. No necesitó nada más para sentirse bien.

Al aterrizar, había gente esperando.

Renata oyó voces, vio celulares levantados. Aún estaba acomodándose el cabello cuando Damián le tomó la mano y la llevó hacia el grupo. Ella lo siguió sin preguntar. Pensó que habría otra sorpresa, tal vez una comida, algo preparado para las fotos.

Él se arrodilló.

Renata abrió la boca y se echó a reír, desconcertada. No podía ser una propuesta de matrimonio. Ya estaban casados. Y, sin embargo, el gesto conservaba su fuerza. Estaba allí para ella. Delante de todos.

La cajita apareció en su mano.

Ella miró el anillo que todavía llevaba. Damián también lo vio. Conocía esa joya: había sido él quien se la había puesto.

—Todavía lo usas.

—Soy ahorradora.

Lo dijo riéndose. Entre los dos, la broma no necesitaba explicación. Cualquiera que conociera sus compras habría sabido cuánto tenía de verdad.

Él abrió la caja.

Un diamante mayor.

Renata dejó de reírse un instante.

Sabía lo que valía una joya así. No solo el precio. Importaba que él la hubiera elegido, que hubiera pensado en el anterior, que quisiera darle algo mejor. De pronto se sintió como una mujer a la que acababan de pedir que se casara, pese a la casa que compartían y los cinco años que ya habían pasado.

Le ofreció la mano.

Damián le puso el anillo con cuidado. Se tomó su tiempo, como si los demás no estuvieran allí. Renata lo miró mientras lo hacía. A él también le gustaba dar. Había una satisfacción en su cara que ella conocía: la de poder ofrecer, la de ver que lo ofrecido tenía efecto.

Le gustó ser la causa de esa satisfacción.

Cuando él se levantó, lo abrazó. Los aplausos le llegaron desde fuera de aquel abrazo. Había cámaras, gente llamándolos para que voltearan, alguna voz que pedía ver el diamante.

Renata levantó la mano. No habría podido fingir desinterés, aunque hubiese querido.

Durante el regreso seguía mirándosela.

Giraba los dedos sobre las piernas, probaba cómo le llegaba la luz. Damián conducía. Ella acomodó el celular para empezar una transmisión.

Los primeros mensajes fueron los que esperaba.

«Feliz aniversario».

«Enséñalo otra vez».

Renata acercó la mano a la cámara. Contó lo del helicóptero. Damián no interrumpió. Cuando alguien preguntó por él, ella movió un poco el teléfono para mostrarlo.

Era una buena imagen: los dos volviendo a casa, el anillo, el aniversario. Sin una mesa que ocultara el cuerpo ni un lugar demasiado oscuro. Estaba satisfecha con cómo se veía.

Entonces leyó otro comentario.

«Qué fácil vivir del marido».

No respondió enseguida. Miró quién lo había escrito. Otro nombre detrás de una imagen que no decía nada.

—¿Y tú sabes de qué vivo?

Los mensajes avanzaron. Varios se rieron. Otros le dijeron que lo ignorara.

«Si estuviera tan feliz, no tendría que presumir tanto».

Renata volvió a acercarse a la pantalla.

—¿Me sigues para ver si soy feliz o para convencerte de que no lo soy?

Uno preguntó cuánto había costado el anillo. Otro aseguró que lo que un hombre regalaba en público lo recuperaba por otro lado. Ella dejó de enseñar la mano.

Le molestaba la facilidad con la que alguien podía reducir una vida a una frase. Su padre había levantado una empresa. Ella había formado una familia. Tenía cosas que le gustaban y un marido que la trataba bien. En la pantalla, sin embargo, todo podía convertirse en que vivía de alguien o en que necesitaba ocultar una desgracia.

—Si les molesta lo que ven, pueden dejar de mirar.

Siguió respondiendo. Ya no por el anillo. Por no darles el gusto de verla retroceder.

De pronto, la transmisión terminó.

Renata tocó la pantalla, creyendo que se había equivocado de botón. Un aviso le explicó que la plataforma la había interrumpido.

Se quedó mirando el celular.

Luego llamó a Lucía.

—Me cerraron la transmisión.

—¿Qué pasó?

Renata empezó por los comentarios. Su amiga la escuchó y le recordó que no podía pelearse con cada persona que escribiera algo desagradable.

—Ellos sí pueden decir lo que quieran, ¿y yo tengo que quedarme callada?

Lucía no consiguió convencerla. Al menos, la hizo dejar de mirar el aviso.

Para cuando llegaron a casa, el enojo había cedido. No del todo, pero lo suficiente para volver a ver el anillo. La suspensión duraría lo que tuviera que durar. Las fotos seguían allí. La noche no tenía por qué estropearse.

Había rosas.

Renata se acercó al ramo. Rozó un pétalo y miró dónde habían puesto la tarjeta. Más tarde podía fotografiarlo también. Las flores, el diamante, tal vez una imagen menos evidente que la del abrazo. No había decidido aún qué subiría.

Sacó la tarjeta.

Dentro había una fotografía.

Al principio no entendió por qué. Esperaba unas palabras de Damián. Una dedicatoria breve, una fecha, algo que pudiera guardar.

Bajó la mirada.

Era él.

Lo reconoció antes de reconocer a la mujer. La postura del cuerpo, la cara vuelta hacia ella, el brazo que la rodeaba. No era una foto en la que alguien había quedado a su lado por casualidad.

Después vio que la mujer era Camila.

Renata sostuvo la fotografía un poco más lejos. Volvió a acercársela. Buscó algo que cambiara lo que acababa de ver: la mano en otro sitio, la distancia entre ambos, un detalle que justificara el gesto.

Damián estaba cerca.

Lo llamó.

Cuando él se volvió, ella ya tenía la fotografía fuera de la tarjeta. Se la mostró sin explicar primero. Quería verle la cara al reconocerla.

Él la miró. Frunció el ceño.

—Voy a averiguar quién hizo esto.

Renata esperó.

Damián habló de una broma, de alguien que había querido arruinarles el aniversario. No se atropelló al decirlo. No miró a otro lado. Tampoco intentó arrebatarle la fotografía.

Aquella calma la incomodó más de lo que había esperado.

Si él se alteraba, podía preguntarle por qué. Si se enojaba con ella, podía enojarse también. Pero la estaba tratando como si los dos acabaran de encontrarse con el mismo problema.

Renata volvió a mirar el brazo alrededor de Camila.

Un rato antes había llevado la mano levantada delante del celular para que cualquiera viera cuánto la quería su marido. Había discutido por eso. Ni siquiera había dejado pasar un comentario.

Todavía podía oírse contestando.

No iba a empezar una pelea con una foto que no entendía. No delante de aquellas flores. No mientras él parecía tan dispuesto a explicarlo.

—Avísame cuando lo sepas.

Le salió una voz firme. Eso la ayudó a sostenerle la mirada.

Guardó la fotografía.

Damián no se la pidió.

Las rosas seguían en su sitio. El anillo también.

Renata dejó la mano sobre el borde de la mesa. Por primera vez desde que él le había puesto la nueva joya, no se detuvo a mirarla.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play