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Me condenaste por amarte

Me condenaste por amarte

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Embarazada fugitiva / Triángulo amoroso / Amante arrepentido
Popularitas:756
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Lucía Suárez amó a Adrián Beltrán durante doce años. Él le respondió con humillaciones, una condena injusta y la pérdida de su bebé.
Para Adrián, su esposa era una mentirosa, una mujer sucia capaz de cualquier cosa. La inocente siempre era otra: Valeria, la amante a la que protegía mientras Lucía lo perdía todo.
Ahora Lucía ha salido de prisión. Ya no quiere suplicarle amor. Quiere recuperar su vida y hacerles pagar cada mentira, cada golpe y todo lo que le arrebataron.
Pero Adrián no está dispuesto a dejarla ir.
Cuando la verdad lo obliga a arrodillarse y pedir otra oportunidad, ella solo tiene una respuesta:
—¿Quieres que te perdone? Entonces muérete.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15

Capítulo 15. Me das asco, Lucía

Rodrigo no la dejó terminar.

Había descrito un detalle de una parte íntima de su cuerpo. Con eso parecía quedar confirmado que los dos habían tenido algo.

Valeria abrió los ojos, escandalizada. —¡Dios mío! ¿Entonces no era tu novio? ¿Te pagaba cada vez que se acostaban? ¡Has estado vendiendo tu cuerpo! ¿Cómo puedes rebajarte así, Lucía? ¡Por cien pesos te acuestas con cualquier hombre!

A Lucía se le revolvió el estómago. Quiso responder, pero una punzada brutal en el lugar del tumor la dejó sin voz.

Para Adrián, aquel silencio solo significaba que lo admitía.

Primero Gabriel. Ahora Rodrigo.

¿Con cuántos hombres había estado aquella mujer?

Se le marcaron las venas de la frente. Sintió una oleada de asco.

—¿Cómo pudo terminar así? Me siento fatal, Adrián. —Valeria parecía decepcionada y triste—. Vámonos. Necesito estar tranquila.

Él atravesó a Lucía con una mirada helada. Después dejó que Valeria lo tomara del brazo y se dio la vuelta.

—Adrián… No es así…

El dolor no la dejaba hacerse oír. Lo miró alejarse, desesperada. Él le dirigió una última mirada llena de desprecio y repugnancia.

Había creído a Rodrigo y a Valeria. Para él, ella era una perra capaz de venderse por dinero.

Rodrigo la arrastró dentro del reservado. Llevaba mucho tiempo queriendo acostarse con ella, pero nunca lo había conseguido.

No iba a desperdiciar una oportunidad como aquella.

Lucía intentó escapar. Él la agarró y la arrojó al suelo. Los cristales de la botella rota se le clavaron en las palmas y la sangre empezó a correr. El dolor agudo la hizo temblar. Sumado al del tumor, aquel tormento no la dejaba ponerse de pie.

Recordó cuando se había cortado el pie con un vidrio. Lo preocupado que estaba Adrián al llevarla al centro de salud, cargada en la espalda.

«Luli, de ahora en adelante, siempre voy a protegerte», le había dicho.

Ahora ella sangraba y sufría, y él la abandonaba.

Todo lo de antes había terminado convertido en la mentira más ridícula.

Lucía se arrastró hacia la puerta, soportando un dolor desgarrador. Rodrigo la alcanzó sin esfuerzo, la jaló hacia atrás, le arrancó la blusa y se echó encima de ella.

Cuando Lucía creyó que ya no había salida, alguien abrió la puerta de una patada.

Al verla debajo de Rodrigo, Adrián se lanzó hacia ellos. Agarró una botella de la mesa y se la estrelló directamente en la cabeza.

Rodrigo quedó aturdido. Empezó a gritar, sujetándose la cabeza.

Adrián levantó a Lucía de un tirón, con la ropa desgarrada, y la arrastró hasta llevarla a la casa.

Tenía las manos llenas de sangre por los cristales. Entre la velocidad del auto y los tirones de Adrián, sentía que el cuerpo se le iba a partir.

Pero él parecía haber perdido la razón. La metió en la bañera, la inmovilizó y empezó a echarle agua sin parar.

Lucía forcejeó. Se asfixiaba. El agua le entraba sin parar por la boca y la nariz.

—¡¿Tanta prisa tenías?! ¡Apenas me voy y ya estás acostándote con otro en un reservado! ¡No sabía que podías ser tan rastrera!

Estaba fuera de sí. La sujetaba por la nuca.

—¡Y todavía dices que solo has estado conmigo! ¡Además de Gabriel y ese maldito, ¿quién más?!

Lucía sintió que iba a morir. Pero ni el dolor del cuerpo se comparaba con lo que le hacía cada una de aquellas palabras.

—¡Te acuestas con cualquiera por cien o doscientos pesos y conmigo finges que prefieres morir antes que ser mi amante! ¡Me das asco, Lucía!

«Me das asco, Lucía».

Aquellas palabras de desprecio le atravesaron el corazón como miles de flechas, aunque ya estaba lleno de heridas.

Creía cada cosa que decía Valeria. A ella ni siquiera le daba una oportunidad de explicarse.

El agua fría le llenaba la boca y la nariz. Se ahogaba. De pronto, ya no quiso seguir luchando.

Si moría así, ¿no sería mejor?

Pero, justo cuando cerró los ojos, rendida, Adrián la sacó de un tirón y la arrojó al suelo.

Lucía quedó acurrucada sobre el piso, empapada y sin fuerzas, como una muñeca de trapo destrozada.

El tumor le dolía como si fuera a matarla. Hasta respirar le hacía daño. Aun así, levantó los ojos sin rendirse.

—Ni siquiera conozco a ese hombre. ¿Por qué no puedes creerme, Adrián…?

—¿Por qué voy a confiar en una perra tan retorcida y venenosa como tú?

La agarró del cuello de la blusa, furioso. Entre la tela rota vio el lunar de su pecho. Recordó lo que Rodrigo había dicho y sus ojos negros se llenaron de una frialdad feroz.

Fuera de sí, terminó de arrancarle la ropa con violencia.

La castigó sin control, como un tirano que hubiera perdido la razón.

Lucía no sintió nada más que dolor.

Vio cómo la miraba. La brutalidad de aquellos ojos la hizo estremecerse.

Se le cortó la respiración. Sintió que hasta los huesos se le rompían. —Adrián, no…

—¿A qué juegas? ¿No te encanta hacer esto? Te estoy dando lo que quieres. —Su voz grave rebosaba de burla.

Cuando terminó, le arrojó a la cara un fajo de billetes de cien. Como si ella fuera una prostituta.

Lucía sintió que la sangre se le congelaba. Aun así, se incorporó, sin ceder. —¡Soy tu esposa, Adrián!

Él terminó de vestirse sin prisa y la miró con desprecio. —¿Cómo voy a tener una esposa tan descarada, que se acuesta con cualquiera?

Lucía aspiró el aire entre dientes.

Cada palabra le atravesó el corazón.

—Si no fuera por Valeria, ya estarías en el hospital.

Lucía soltó una carcajada breve. —Sí. Todo lo que me está pasando se lo debo a esa zorra hipócrita.

Adrián, que ya se alejaba, se volvió de golpe. Le apretó la nuca y la obligó a quedar frente a él.

—Vuelve a decir una sola palabra contra Valeria y ese viejo del psiquiátrico no va a encontrar quién lo atienda, aunque tengas el dinero. ¿Quieres comprobarlo?

El corazón de Lucía se hundió. Al ver cómo le cambiaba la cara, Adrián pareció sentirse mucho mejor. —Ahora sí tienes miedo, ¿eh? Pues esto apenas empieza. ¡Me tendiste una trampa y te metiste con Valeria! ¡No voy a dejarte vivir tranquila!

Después de advertírselo, la arrojó lejos de él sin piedad.

Su cuerpo lleno de heridas cayó con un golpe junto a la cama.

No le quedaban fuerzas para levantarse. Solo pudo soportar que el dolor siguiera creciendo, en el cuerpo y en el corazón.

Pero sabía que no podía dejarse caer. Tenía a su bebé. Y a su abuelo, que necesitaba que ella lo salvara.

…

A la mañana siguiente despertó en el suelo. Todavía aturdida, recibió una llamada del gerente del club. Con un tono inflexible, le exigió pagar la botella de vino que había roto.

No tenía ese dinero. Además necesitaba con urgencia pagar la operación de Esteban. Sin otra salida, firmó un pagaré.

En una sola noche había contraído una deuda de quinientos mil pesos. Todavía tenía que reunir otros trescientos mil para la operación. Sintió que el mundo se le venía abajo.

Pero no podía venirse abajo. Terminó el diseño de los anillos y se lo envió al cliente, esperando cobrar pronto lo que faltaba. También aceptó varios encargos más a un precio muy bajo.

Una directiva de un grupo joyero pareció apreciar mucho sus bocetos. La invitó a la empresa para hablar de los detalles.

Antes de la reunión, Lucía tomó un analgésico. Temía que el tumor volviera a dolerle en pleno encuentro.

Al ver a la directiva en la sala de juntas, se sorprendió.

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Paola Garcia
mala novela no tiene ni forma de nada siempre lo mismo ella llevando palo y palo y toda Ia casada no me gustó o tiene nada de coherencia y ley hasta el capítulo 35
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