Durante tres años, Sofía Serrano intentó ser la esposa perfecta. Para Diego Ferrer, sin embargo, seguía siendo una muchacha de pueblo, sin un apellido importante ni nada que ofrecer.
Cuando regresa la mujer que él nunca pudo olvidar, Diego le exige el divorcio. Sofía firma y se marcha. Creía que aquel hombre le había salvado la vida, pero ya no piensa entregarle también su futuro.
Lo que Diego desconoce es que su esposa ocultaba mucho más que sus heridas: es una médica legendaria, una piloto extraordinaria y una experta capaz de descubrir los secretos mejor guardados.
Ahora, quienes se burlaban de ella empiezan a buscarla. Y Alejandro Montenegro, el magnate al que nadie se atreve a desafiar, parece decidido a ganarse un lugar a su lado.
Pero Alejandro sabe demasiado. Una mirada, una cicatriz y los recuerdos de un accidente hacen que Sofía cuestione todo lo que creía cierto.
¿Quién la salvó realmente? ¿Y por qué el hombre más poderoso de la ciudad parece conocerla desde mucho antes?
Cuando Diego comprende a quién dejó escapar, Sofía ya ha aprendido a elegir por sí misma.
NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 16
Capítulo 16. Su madre había sufrido una caída
Los días siguientes, Sofía descansó en la casa de Alejandro.
Don Ernesto y el personal se ocupaban de todo. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía que pensar en la comida, la ropa ni los asuntos de la casa.
Alejandro estaba ocupado durante el día y rara vez aparecía, pero llamaba todos los días para preguntar cómo se sentía.
Sofía se fue acostumbrando a aquella vida. El dolor de cabeza se presentaba cada vez con menos frecuencia.
Leía en el jardín, tomaba el sol en la terraza y, a veces, conversaba con don Ernesto sobre Alejandro.
El mayordomo lo describía como un hombre discreto, reservado y muy ordenado. Fuera del trabajo, le gustaban los libros y las carreras. No tenía hábitos que comprometieran su reputación y era especialmente atento con su abuelo, a quien visitaba casi todos los días.
Parecía difícil encontrarle un defecto.
Sin embargo, cuanto más sabía Sofía, más preguntas se hacía.
Alejandro no solo había recordado lo del autógrafo. Conocía sus costumbres y los aromas que le gustaban, y parecía anticiparse incluso a las cosas que ella no pedía. Hasta los libros que prefería parecían estar dentro de aquella atención minuciosa.
Cada detalle mejoraba la opinión que tenía de él y, al mismo tiempo, hacía más difícil aceptar que todo naciera de unos pocos encuentros. Don Ernesto le había descrito una vida ordenada, un carácter reservado y una dedicación constante a su familia. Nada parecía explicar por qué esa misma persona conocía tan bien la vida de ella.
¿Cómo podía saber tanto sobre ella?
¿Era simplemente cuidadoso con una colaboradora? ¿O había una historia entre los dos que ella no conseguía recordar?
El celular sonó y rompió la tranquilidad.
Era un número local que no reconocía. Dudó un momento antes de contestar.
—¿Bueno?
—¿Hablo con la señorita Sofía Serrano?
La mujer al otro lado sonaba apurada. De fondo se oían voces y equipos, como en una sala de atención médica.
—Sí. ¿Quién habla?
—La llamamos de Urgencias del Hospital General de Puerto Claro. Tenemos a una paciente llamada Rosario Vega. ¿Es su madre?
Sofía apretó el celular.
—Sí, es mi mamá. ¿Qué le pasó?
—Sufrió una caída en su casa y la trajeron en ambulancia. La evaluación inicial indica una fractura en el cuello del fémur, junto a la cadera. Necesita cirugía lo antes posible.
Sofía se apoyó en la cama. Quiso contestar, pero tuvo que pedirle a la mujer que repitiera el nombre del hospital. Lo había oído y, aun así, no conseguía retenerlo.
Las manos se le habían quedado frías. Por un instante, el cuarto perdió nitidez y creyó que también ella iba a caerse. Se sujetó al borde de la cama con más fuerza.
Hacía unos segundos estaba pensando en Alejandro. Ahora solo veía a su madre en el suelo, aunque no supiera cómo había ocurrido la caída. La palabra «cirugía» parecía ocupar todo lo que le quedaba de atención.
—¿Una fractura? ¿Cómo está? ¿Es grave? ¿Tiene alguna otra lesión?
La enfermera bajó un poco el ritmo al notar su angustia.
—Sus signos vitales están estables. Por ahora no corre peligro inmediato, pero la fractura requiere atención y debemos evitar complicaciones.
—La cirugía… Sí. Voy para allá. ¿Dónde está exactamente? ¿Cuándo van a operarla?
—Está en observación, en Urgencias. Necesitamos que venga un familiar para hablar con el equipo y completar la documentación. Los especialistas definirán el procedimiento y el horario.
La enfermera añadió:
—Intentamos localizar a su esposo y a su hijo, pero no contestan. Encontramos su número en el teléfono de la paciente.
—Entiendo. Salgo ahora mismo. Por favor, cuiden de ella.
Colgó y se levantó de golpe. Al cambiarse de ropa, intentó abrochar el mismo botón dos veces; los dedos no le respondían como quería.
No preparó una maleta ni se detuvo a ordenar nada. Quería salir cuanto antes. La enfermera había dicho que Rosario estaba estable, pero mientras no pudiera verla, esa explicación no conseguía calmarla.
Dejó de intentarlo y salió de la habitación.
Don Ernesto oyó el movimiento y se acercó con varios empleados. Al verla tan pálida y alterada, se preocupó.
—Señorita Serrano, ¿qué ocurre?