La niñera de la mafia
Su esposo la envió a trabajar a una mansión con la esperanza de que muriera y así cobrar su seguro de vida. Pero el destino tenía otros planes para ella.
Contratada como cuidadora personal de un mafioso ciego, malhumorado y temido por todos, pronto descubrirá que convivir con ese hombre será mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Él no puede verla, pero ella está a punto de convertirse en su mayor obsesión.
Y cuando la mafia descubra quién se atrevió a ponerle las manos encima a su mujer, será demasiado tarde para arrepentirse.
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Capitulo 24
Desde que la Doña había decidido adoptar a Valeria como hija, ambas se habían vuelto prácticamente inseparables.
Desayunaban juntas, paseaban por los jardines y pasaban tardes enteras conversando sobre vestidos, joyas y cualquier cosa que se les ocurriera. La madre de Damián incluso había mandado preparar una habitación llena de ropa nueva para Valeria, aunque todavía no habían terminado de comprar todo lo que ella consideraba indispensable.
Valeria nunca había imaginado que ir de compras pudiera ser tan divertido.
Tampoco había imaginado que una mujer pudiera abrazarla tantas veces en un solo día sin cansarse de ella.
Y la Doña, por su parte, estaba encantada.
Por fin tenía una hija con quien compartir sus gustos, alguien que escuchaba sus historias y que no se quedaba dormida cuando hablaba demasiado.
El único que parecía tener un problema con aquella nueva relación era Damián Montenegro.
Al principio no le dio importancia.
Su madre siempre había sido cariñosa y Valeria se llevaba bien con todo el mundo cuando no estaba discutiendo con él. Era natural que pasaran tiempo juntas.
Sin embargo, después de varios días, empezó a notar algo preocupante.
Valeria estaba demasiado ocupada.
Si él preguntaba por ella durante el desayuno, le decían que estaba desayunando con su madre.
Si quería que lo acompañara al jardín, le informaban que ambas habían salido a caminar.
Y si preguntaba dónde estaba por la tarde, Nicolás siempre respondía lo mismo:
—Con la Doña, señor.
¡Con la Doña!
¡Siempre con la Doña!
Damián comenzó a sospechar que su propia madre le estaba robando a su niñera.
Y aquello era inaceptable.
Aquella tarde, Valeria se encontraba en la sala privada de la Doña.
La mujer estaba sentada en un sofá, disfrutando de una taza de té mientras escuchaba a su nueva hija contarle una anécdota sobre uno de los empleados de la mansión.
Valeria había terminado recostando la cabeza en su regazo, completamente cómoda, mientras la Doña le acariciaba el cabello.
—Y entonces Nicolás me dijo que no podía entrar en el despacho porque el señor Montenegro estaba ocupado —contaba Valeria—. ¡Como si yo no supiera que estaba allí sentado, quejándose porque no le habían llevado el té!
La Doña soltó una carcajada.
—¡Ese muchacho siempre ha sido así!
—Madre, te juro que a veces creo que disfruta quejándose.
—No lo dudes. Cuando era pequeño, si le compraba un juguete, se quejaba porque no había elegido otro. Y cuando le compraba el otro, quería el primero.
—¡No puede ser!
—Te lo aseguro.
Ambas volvieron a reírse.
Lo que ninguna de las dos sabía era que Damián acababa de llegar al pasillo.
Había ido a buscar a Valeria porque quería que lo acompañara al jardín. No tenía ninguna necesidad urgente de su ayuda, pero llevaba toda la tarde aburrido y había decidido que prefería escucharla hablar antes que seguir trabajando.
Sin embargo, al llegar a la puerta, escuchó sus risas.
Y entró.
—Vaya, vaya.
Las dos mujeres giraron hacia su voz.
—¡Damián, cariño! —saludó su madre—. ¿Qué haces aquí?
Él se quedó de pie junto a la puerta, con el ceño fruncido.
—Vine a buscar a Valeria.
La joven levantó la cabeza del regazo de la Doña.
—¿A mí?
—No, al fantasma que está acostado sobre las piernas de mi madre.
Valeria apretó los labios para no reírse.
—¿Qué necesitas?
Damián cruzó los brazos.
—¿No puedes levantarte un momento?
—Claro.
Valeria se incorporó, pero antes de que pudiera ponerse de pie, la Doña le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
—¿Ya te vas, querida? Quédate un rato más conmigo.
Damián apretó la mandíbula.
—Madre, llevas toda la tarde con ella.
La mujer lo miró con sorpresa.
—¿Y qué tiene de malo?
—Nada.
—Entonces no entiendo tu expresión.
—No tengo ninguna expresión.
Valeria bajó la cabeza.
Sus hombros comenzaron a temblar.
¡Por todos los cielos!
¿Damián estaba celoso de su propia madre?
No podía ser.
Aquello era demasiado gracioso.
—Damián —intervino la Doña, observándolo con una sonrisa cada vez más sospechosa—, ¿estás enfadado porque Valeria está pasando tiempo conmigo?
—No.
—¿Seguro?
—Completamente.
—Qué curioso. Porque parece que estás a punto de declarar la guerra a tu propia madre.
Valeria ya no pudo contener la risa.
Damián giró inmediatamente el rostro hacia ella.
—¿De qué te ríes?
—De nada.
—Te estás riendo.
—Es que… —Valeria se cubrió la boca—. Es que estás muy serio.
—Porque estoy hablando de algo importante.
La Doña se llevó una mano al pecho, fingiendo sorpresa.
—¿Importante? ¿Más importante que pasar tiempo con tu madre?
—¡No he dicho eso!
—Entonces, ¿qué quieres?
Damián guardó silencio durante unos segundos.
Después señaló a Valeria en dirección a su voz.
—¡Solo pasas tiempo con mi madre! ¿Qué hay de mí?
El silencio que siguió fue glorioso.
Valeria lo miró con los ojos muy abiertos.
La Doña se quedó inmóvil.
Y Nicolás, que acababa de llegar al pasillo, se detuvo en seco al escuchar la declaración de su jefe.
Damián no sabía que tenía público.
Mucho menos sabía que acababa de decir en voz alta algo que llevaba días molestándolo.
—Pero yo también paso tiempo contigo —respondió Valeria, intentando mantener la seriedad.
Él negó con la cabeza.
—No es así.
—¿Cómo que no?
—¡No es lo mismo! Siempre tienes tiempo para ella. Te sientas con ella, paseas con ella, te ríes con ella…
Hizo una pausa, cada vez más irritado.
—¡Solo tienes ojos para ella! ¡Basta!
Valeria se quedó mirándolo.
Después miró a la Doña.
La mujer tenía los labios apretados y los ojos brillantes por el esfuerzo de no reírse.
Aquello era demasiado.
Su hijo, el hombre que podía intimidar a una habitación entera con una sola palabra, estaba reclamando atención porque su niñera pasaba demasiado tiempo con su madre.
¡Era maravilloso!
—Damián —dijo Valeria con dulzura—, ¿estás celoso?
—¡No!
La respuesta fue tan rápida que Nicolás tuvo que darse la vuelta.
—¡No estoy celoso! —repitió Damián—. Simplemente considero que estás descuidando tus responsabilidades.
Valeria arqueó una ceja.
—¿Mis responsabilidades?
—Sí.
—¿Y cuáles son?
Él abrió la boca.
La cerró.
Volvió a abrirla.
—Cuidarme.
Valeria se llevó una mano al pecho, fingiendo indignación.
—¡Pero si te doy tus medicamentos, te acompaño al jardín, desayuno contigo y hasta escucho tus quejas todos los días!
—Eso no significa que debas desaparecer durante horas.
—¡No desaparezco! Estoy con tu madre.
—Precisamente.
La Doña ya no pudo contenerse y soltó una carcajada.
Damián giró la cabeza hacia ella.
—¿Ahora tú también te ríes?
—¡Perdóname, hijo! ¡Es que nunca te había visto comportarte así!
—¿Así cómo?
—Como un niño al que le han quitado su juguete favorito.
—¡Madre!
Valeria se tapó la cara con ambas manos.
Estaba a punto de llorar de la risa.
Damián podía escucharla perfectamente, y cada carcajada parecía empeorar su humor.
—Muy bien —dijo él, recuperando la compostura con dificultad—. Ya que ambas parecen tan entretenidas, no las molestaré más.
Se volvió para marcharse.
Valeria se levantó de inmediato.
—¡Espera!
Él se detuvo.
—¿Qué?
Ella se acercó y tomó suavemente su brazo.
—Está bien. Esta semana solo me voy a quedar contigo.
Damián giró el rostro hacia ella.
—¿Qué?
—Que pasaré más tiempo contigo. ¿Feliz?
Él tardó un segundo en responder.
—Feliz. Espero que cumplas tu promesa.
Valeria tuvo que morderse el labio.
¡Qué hombre tan descarado!
Ni siquiera se molestaba en disimular lo contento que estaba.
—De acuerdo, señor Montenegro. Esta semana tendrás toda mi atención.
—Eso espero.
—Pero no puedes quejarte si te cansas de mí.
—Eso no ocurrirá.
La respuesta salió demasiado rápido.
Valeria parpadeó.
Damián también pareció darse cuenta de lo que acababa de decir, porque se quedó inmóvil y frunció el ceño.
—Quiero decir que estoy acostumbrado a tu presencia —aclaró—. Si te marcharas de repente, cambiarían mis rutinas.
—Por supuesto —respondió ella, con una sonrisa traviesa—. Tus rutinas.
—Exactamente.
—Y nada más.
—Nada más.
La Doña contempló a ambos con una expresión de absoluta satisfacción.
Su hijo podía inventarse todas las excusas que quisiera. Ella acababa de escucharle reclamar la atención de Valeria como un enamorado incapaz de aceptar que su amada tuviera otras personas en su vida.
Y lo más divertido era que la joven había accedido a pasar más tiempo con él sin sospechar lo que aquello significaba.
—Bueno, querida —dijo la Doña, acariciándole la mano a Valeria—, parece que tendré que compartirte.
Valeria se volvió hacia ella.
—No se preocupe, madre. También pasaré tiempo contigo.
—¡Eso espero! No pienso renunciar a mis tardes contigo tan fácilmente.
Damián frunció el ceño.
—Madre, acabas de decir que vas a compartirla.
—Y lo haré, hijo. Pero no he dicho que vaya a dejar de verla.
Valeria soltó otra carcajada.
—¡Por favor, no empiecen a discutir por mí!
—Yo no estoy discutiendo —respondió Damián.
—Ni yo —añadió la Doña.
Ambos guardaron silencio.
Valeria los miró alternativamente y negó con la cabeza.
—Son exactamente iguales.
—¡Yo no me parezco a mi hijo! —protestó la mujer.
—¡Y yo no me parezco a mi madre! —replicó Damián.
Valeria se echó a reír.
Nicolás tuvo que abandonar el pasillo antes de que lo descubrieran riéndose también.
Más tarde, cuando Valeria acompañó a Damián hasta su habitación, él parecía mucho más tranquilo.
Había conseguido lo que quería.
Al menos, eso creía.
—¿Qué quieres hacer ahora? —preguntó ella.
—Puedes quedarte aquí.
Valeria lo miró.
—¿Para hacer qué?
—No sé. Hablar.
—¿Sobre qué?
Damián frunció el ceño.
—¿Siempre tienes que hacer tantas preguntas?
—¡Tú me pediste que me quedara!
Él suspiró.
—Entonces cuéntame algo.
Valeria se sentó a su lado.
—¿Sabes qué? Creo que estás celoso.
—Ya hemos hablado de eso.
—Y sigues sin convencerme.
—No tengo que convencerte de nada.
—Claro que no. Porque tú jamás estás celoso de nadie.
—Exactamente.
Valeria sonrió y apoyó la cabeza en su hombro.
Damián se quedó inmóvil.
Después, con una cautela que habría negado bajo juramento, acomodó ligeramente el brazo para que ella estuviera más cómoda.
Valeria no pareció darse cuenta.
Comenzó a contarle lo que ella y su madre habían planeado para la próxima salida de compras, qué vestidos quería probarse y qué postres habían prometido preparar juntas.
Damián escuchó cada palabra.
No le interesaban demasiado los vestidos ni las compras. Tampoco tenía opinión sobre los colores que ella mencionaba.
Pero le gustaba escucharla.
Le gustaba saber que estaba allí.
Y, sobre todo, le gustaba que aquella semana fuera a pasar más tiempo con él.
—Valeria.
—¿Sí?
—No olvides tu promesa.
Ella levantó la cabeza y sonrió.
—No la olvidaré.
Damián asintió, satisfecho.
Después volvió a reclinarse en los almohadones, convencido de que había resuelto el problema.
Lo que no sabía era que, al otro lado de la puerta, su madre acababa de pasar junto a Nicolás.
—¿Lo ha visto? —susurró ella.
Nicolás asintió solemnemente.
—Sí, señora.
La Doña sonrió con orgullo.
—Mi hijo está perdido.
—Completamente.
—¿Y todavía no lo sabe?
—Me temo que no.
La mujer soltó una risita.
—Entonces tendremos que tener paciencia.
Y siguió caminando, encantada.
Porque Damián podía ser el hombre más temido de la mafia, pero acababa de hacer una promesa mucho más peligrosa que cualquiera de sus amenazas.
Había pedido pasar una semana entera con Valeria.
Y cuando esa semana terminara, descubriría que tenerla cerca ya no era una simple costumbre: era algo que no quería perder.