Hace cuatro años, Isabella firmó los papeles del divorcio, empacó su vida en una sola maleta y se marchó de la casa de los Valença sin decirle a Leonardo lo único que habría cambiado todo.
Ahora tiene dos hijos, una carrera que levantó desde cero y la costumbre de no esperar nada de nadie.
Hasta que un proyecto de trabajo la obliga a cruzarse otra vez con su exmarido. Él sigue siendo el heredero que lo controla todo, y ella, la única que sabe lo que él ignora.
Entre juntas, reglas inquebrantables y niños que ven más de lo que deberían, Isabella tendrá que decidir si una segunda oportunidad es una trampa o la primera elección que de verdad hace por sí misma.
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IBA A DECÍRSELO
—¿Isabella?
Leonardo repitió mi nombre. Yo seguía mirando a Bianca.
Ella lo notó. Claro que lo notó. Las mujeres notan esas cosas. La tensión. La pregunta que no se hace. El dolor que alguien trata de esconder.
—Fue un placer conocerte por fin —dijo Bianca.
Por fin.
La palabra se me quedó atorada en la cabeza.
Leonardo había hablado de mí con ella. O ella había preguntado. No sabía cuál de las dos opciones era peor.
—Igualmente.
Mentira.
Bianca le lanzó una última mirada a Leonardo.
—Hablamos después.
—Está bien.
Pasó junto a mí. Su perfume se quedó en el aire unos segundos.
Cuando se cerraron las puertas del elevador, Leonardo volvió a mirarme.
—Pasa.
Debí haber entrado. Debí haber puesto la foto del ultrasonido sobre su escritorio. Debí haber dicho:
"Vas a ser papá."
Simple. Directo. Verdadero.
Pero mis pies no se movieron.
—¿Ella viene mucho por aquí?
La pregunta se me escapó. Leonardo frunció el ceño.
—¿Bianca?
—¿Hay otra?
—No.
—Entonces sí. Bianca.
Cerró parcialmente la puerta de la oficina, dejando a la asistente fuera de la conversación.
—Isabella, ¿viniste hasta aquí para hablar de esto?
—Contesta.
—Tuvo una junta conmigo.
—¿Sobre qué?
—Una alianza de su empresa con el grupo.
Asentí.
—Claro.
—No hables así.
—¿Así cómo?
—Como si estuviera mintiendo.
—Pediste el divorcio porque ella volvió.
—Pedí el divorcio porque necesitaba ser honesto sobre lo que me estaba pasando.
—Y un día después ella está aquí.
Leonardo cerró los ojos un segundo.
—No estoy con Bianca.
—Todavía.
Me miró. Me arrepentí de la palabra. No porque no creyera en ella, sino porque sonó a celos.
Y lo eran.
—¿Eso fue lo que viniste a discutir?
Mi mano apretó el asa de la bolsa.
—No.
—Entonces pasa.
Entré.
La oficina estaba igual que la última vez que había estado ahí. Grande. Fría. Perfectamente ordenada. En el librero todavía había una foto nuestra. Se me encogió el corazón. Leonardo notó hacia dónde miraba. Ninguno de los dos dijo nada.
Caminó hasta el escritorio.
—¿Quieres agua?
—No.
—¿Café?
—No.
—Estás pálida otra vez.
Mi mano fue al vientre antes de que pudiera impedirlo. Un movimiento pequeño. Rápido. Leonardo lo vio. Su mirada bajó.
—¿Te sientes mal?
—No.
—Ayer también parecías...
—Es solo cansancio.
Guardó silencio. Luego señaló la silla.
—Siéntate.
—Estoy bien de pie.
—Isabella.
—No empieces.
Su expresión se endureció.
—Solo estoy preocupado.
—Ya no tienes por qué.
—Deja de decir eso.
La respuesta llegó con más fuerza. Me detuve. Leonardo también pareció sorprendido.
—Pedí el divorcio —continuó, más bajo—. No borré tres años de mi cabeza.
Se me apretó el pecho.
—Quizá deberías.
Rodeó el escritorio.
—¿Qué viniste a contarme?
Era el momento. La pregunta estaba ahí. La foto del ultrasonido dentro de la bolsa. Mis dedos llegaron a tocar el cierre.
Podía hacerlo.
Respiré hondo.
—Yo...
Sonó su teléfono.
Leonardo miró la pantalla.
Bianca.
Vi el nombre.
No contestó.
Pero bastó. Todo el valor desapareció. Era irracional. Infantil. Lo sabía. Aun así, pensé en lo que había dicho Rafael. Que tenía derecho a saberlo. Lo tenía. Pero también pensé en mí. En la noche anterior. En los documentos. En la respuesta "no lo sé". En esa mujer saliendo de su oficina como si ya tuviera un lugar ahí.
No quería ver a Leonardo elegir la responsabilidad en el mismo momento en que estaba eligiendo a Bianca. No quería ser la obligación que interrumpiera la vida que él acababa de decidir tener.
—¿Isabella?
Cerré la bolsa.
—No importa.
Frunció la frente.
—Viniste hasta aquí porque necesitabas hablar conmigo.
—Cambié de opinión.
—¿Sobre qué?
—Olvídalo.
—No.
Esa sola palabra me irritó.
—¿Cómo que no?
—No puedes entrar a mi oficina diciendo que necesitas contarme algo y simplemente irte.
—Puedo hacer exactamente eso.
—Isabella.
—El matrimonio se acabó, Leonardo. Ya no decides cuándo hablo.
Su rostro cambió.
—Yo nunca decidí eso.
—¿No?
—No.
—Entonces, ¿por qué parece que todo ocurre siempre cuando tú decides?
Guardó silencio. Tomé la bolsa.
—Me voy.
—Espera.
Me sujetó del brazo. No con fuerza. Aun así, me detuve. La cercanía dolió.
Leonardo me miró.
—Ayer, antes de que pusiera los papeles en la mesa... ¿tenías algo que contarme?
El corazón se me detuvo.
—¿Por qué lo preguntas?
—La cena.
—Ya hablé de eso.
—Dijiste que no era nada.
—Entonces créeme.
—Te conozco.
Casi me río.
—¿Me conoces?
Me soltó el brazo. La pregunta lo alcanzó.
—Isabella...
—No.
Di un paso atrás.
—Conocías a la versión de mí que se quedaba esperando a que llegaras.
La frase salió antes de que pudiera detenerla.
—Quizá esa versión terminó ayer.
Leonardo se quedó inmóvil.
Me di la vuelta.
—Bella.
Me detuve en la puerta.
El apodo. Otra vez.
—No me llames así.
Salí.
Solo cuando entré al elevador me di cuenta de que estaba llorando. Me limpié rápido.
En el estacionamiento subí al carro y cerré la puerta. Me temblaba la mano. Abrí la bolsa. Saqué el ultrasonido.
Dos puntitos. Dos hijos.
—Perdón.
No sabía si se lo decía a ellos. A mí. O a Leonardo.
Recargué la cabeza en el asiento.
Iba a decírselo. De verdad iba a hacerlo. Quizá todavía se lo diría. Mañana. Pasado. Cuando ese dolor no se sintiera tan reciente.
El teléfono vibró.
LEONARDO:
"Regresa. Tenemos que terminar esta conversación."
Miré el mensaje. No respondí.
Llegó otro.
"Isabella."
Cerré los ojos. Apagué el celular.
Al día siguiente, una amiga me mandó una foto. Una nota de sociales. Leonardo y Bianca saliendo de un restaurante esa misma noche. El titular decía:
"¿REENCUENTRO? LEONARDO VALENÇA Y BIANCA VASCONCELOS SON VISTOS JUNTOS DESPUÉS DE AÑOS."
Me quedé mirando la imagen. No había beso. No había abrazo. Solo los dos, uno al lado del otro.
Pero fue suficiente.
Esa mañana tomé una decisión que cambiaría nuestras vidas.
Leonardo quería libertad.
Yo se la daría.
Aunque, para eso, él nunca llegara a saber que dos hijos suyos estaban creciendo dentro de mí.