Hace quince años, la dejaron en la calle, hambrienta y sin esperanza, con dos niños pequeños y una madre agonizante. Hoy, es "La Tiburón" en los corporativos de alta alcurnia y "El Demonio", la implacable jefa de la mafia que controla el país desde las sombras. Cuando su despreciable exmarido regresa buscando destruirla con la complicidad de la esposa de un poderoso magnate industrial, descubrirán demasiado tarde que han despertado al monstruo equivocado. Una guerra de poder, finanzas y venganza donde el amor y la supervivencia bailan al filo de una navaja.
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EL ESPEJISMO DEL PARAÍSO
La expansión de Castañeda Holdings hacia el sector turístico era el movimiento maestro que Amelia había planeado durante los últimos tres años. No eran simples hoteles; eran santuarios de lujo absoluto diseñados para atraer a la élite global, lugares donde el dinero se desvanecía ante la belleza arquitectónica y el servicio impecable. En su despacho, que esa tarde funcionaba como una sala de mando táctico, Amelia revisaba los planos de su joya más reciente: un resort privado en una costa virgen, diseñado para ser un refugio impenetrable tanto para turistas multimillonarios como para los negocios que ella orquestaba bajo la mesa.
—Todo está listo para la inauguración privada del viernes, jefa —dijo Bruno, dejando sobre el escritorio una muestra de los materiales de construcción—. La seguridad perimetral es de nivel militar. Nadie entra si no está en tu lista, y los sistemas de vigilancia cubren hasta el último centímetro de la playa.
Amelia asintió, satisfecha. El Refugio, como había bautizado al resort, sería el lugar donde finalmente consolidaría su control absoluto. Sin embargo, su mente seguía atrapada en un detalle imprevisto: Sebastián Ferrer. Lo había invitado a la pre-apertura, una jugada arriesgada pero necesaria para sellar su alianza estratégica ante la alta sociedad.
Esa noche, la cena de gala en las terrazas del resort fue un despliegue de poder y opulencia. El cielo estaba despejado, estrellado sobre el mar Caribe, y la música de cuerdas creaba una atmósfera de calma irreal. Amelia, vestida con un diseño de seda esmeralda que parecía fundirse con el reflejo de las aguas, caminaba entre los invitados como si fuera la dueña del universo. Cuando Sebastián llegó, el murmullo de la sala disminuyó; él irradiaba esa autoridad natural que lo hacía destacar, pero sus ojos, desde el momento en que entró, solo buscaban a una persona.
Amelia lo recibió en el extremo de la terraza, donde la brisa marina agitaba su cabello.
—Has llegado tarde, Sebastián —dijo ella, con una sonrisa elegante—. Esperaba que una Bestia fuera más puntual.
—Una Bestia llega cuando se le da la gana —respondió él, observándola con una intensidad que le aceleró el pulso. Se veía impecable en su esmoquin, pero había algo diferente en su mirada: ya no era solo curiosidad corporativa, era un hambre que él apenas intentaba contener—. Este lugar es impresionante, Amelia. Tiene tu firma en cada detalle. Es hermoso, y a la vez, es frío. Es... intimidante.
—La belleza no tiene por qué ser amable —respondió ella, dándole un sorbo a su champaña—. ¿Quieres que te muestre la vista desde el mirador privado? Es donde tomo mis decisiones más difíciles.
Caminaron por un sendero iluminado con antorchas que serpenteaba hacia un acantilado natural. El sonido de las olas rompiendo contra las rocas abajo era el único acompañamiento. Al llegar al mirador, la soledad era absoluta. El resort parecía un juguete luminoso a lo lejos.
—Por qué me trajiste aquí, Amelia —dijo Sebastián, su voz resonando ronca en el silencio de la noche—. Sabes que no soy un hombre de juegos. Sé que me manipulas. Sé que ese contrato, la caída de Carlos, la información sobre Bárbara... todo encaja demasiado bien en un patrón que solo una mente maestra podría diseñar.
Amelia se dio la vuelta, quedando frente a él. La distancia entre ambos se redujo a milímetros. El aroma de Sebastián —cuero, tabaco caro y un toque de sal marina— la envolvió.
—Y si te estoy manipulando, ¿por qué no te has ido? ¿Por qué sigues aquí, jugando mi juego?
Sebastián soltó un suspiro, una lucha interna reflejada en la rigidez de su cuerpo.
—Porque eres el único rompecabezas que no he podido resolver. Y porque, maldita sea, no puedo dejar de pensar en lo que hay debajo de esa armadura de Tiburón.
—¿Quieres saber qué hay debajo? —susurró ella, desafiante.
Sebastián no esperó más. Su mano derecha se enredó en el cabello de Amelia, atrayéndola con una fuerza urgente y posesiva. El beso no fue un tanteo; fue una colisión de deseos reprimidos durante semanas de juegos mentales y desafíos corporativos. Sus labios se encontraron con una ferocidad que rozaba la desesperación, una mezcla de deseo desenfrenado y la adrenalina de dos personas que sabían perfectamente que el otro era un peligro letal.
El deseo que vibraba entre ellos era puro fuego, una descarga eléctrica que hizo que Amelia olvidara, por un segundo, su control absoluto, su identidad como "El Demonio" y los hilos invisibles que movía en las sombras. Él la apretó contra su cuerpo con una intensidad que le cortó la respiración, y ella le respondió con una pasión salvaje, sus dedos hundiéndose en los hombros del magnate.
Cuando finalmente se separaron, jadeando, con los ojos oscuros y cargados de una necesidad que ninguno de los dos pudo ocultar, el silencio volvió a reinar. Sebastián la observaba como si estuviera viendo, por primera vez, la realidad sin filtros.
—Eso —dijo él, con la voz ronca—, no estaba en ningún contrato.
Amelia, aún recuperando el aliento y con el corazón martilleando contra sus costillas, recuperó su máscara de frialdad, aunque sus labios todavía temblaban ligeramente.
—¿Y qué esperabas, Sebastián? ¿Que te contara un chiste sobre el primer beso?
Él soltó una carcajada irónica, dejando que la tensión volviera a asentarse, pero esta vez con una complicidad peligrosa.
—Amelia, te juro que si abres la boca para decir una de tus estupideces ahora mismo, me daré la vuelta y me iré a mi propia isla.
Ella sonrió, esa sonrisa felina y enigmática que lo había atrapado desde el primer día.
—No te preocupes. Me he quedado sin chistes para esta ocasión. Creo que prefiero dejar que el silencio diga lo que tú y yo sabemos: que estamos cruzando una línea de la que no hay retorno.
Sebastián la tomó de la mano, un gesto que se sintió, por primera vez, como algo más que un acuerdo comercial. Mientras regresaban a la cena, Amelia sabía que había jugado su mejor carta, pero también que acababa de invitar al depredador más grande de la ciudad a entrar en su territorio más sagrado. El juego de poder acababa de volverse personal, y ella sabía mejor que nadie que, cuando el deseo se mezcla con los negocios, el resultado siempre termina en una explosión.