En mi vida anterior amé hasta destruirme.
Soporté cada traición creyendo que el amor debía doler.
Morí rota.
Desperté años atrás con una sola promesa: esta vez no vuelvo contigo.
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Capítulo 8: Lo que se escribe en la oscuridad
Lo que se escribe en la oscuridad
No dormí casi nada esa noche.
Cada vez que cerraba los ojos veía la expresión de Adrián Rivas cuando me devolvió la libreta. No había coqueteo en su mirada. Tampoco lástima. Solo una atención tranquila, como si de verdad hubiera leído aquellas palabras y hubiera decidido no invadirlas. Esa contención me resultaba más desconcertante que cualquier declaración directa.
A las seis de la mañana me levanté. Lucas seguía dormido. Preparé café y me senté en el mismo lugar de siempre, con la libreta abierta frente a mí. La primera página —la que él había leído— decía exactamente esto:
“Hoy no contesté.
Hoy no pedí perdón.
Hoy elegí quedarme conmigo.”
Debajo, con letra más pequeña, había agregado en algún momento de la madrugada anterior:
“Duele. Pero es un dolor que por fin me pertenece.”
Cerré la libreta y apoyé la frente en la tapa.
¿Qué clase de hombre leía algo así y después te decía que cuidaras esas palabras en lugar de preguntarte qué te pasaba? Mateo nunca había mirado mis cuadernos. De hecho, se burlaba cuando me veía escribir. Decía que pensaba demasiado, que me complicaba sola.
La comparación me dejó un sabor amargo.
A media mañana el teléfono vibró. Era Mateo. Esta vez no mandó texto. Llamó directamente. Dejé que sonara hasta el final. Después llegó un mensaje de voz. Dudé largos segundos antes de abrirlo.
Su voz sonaba más baja que de costumbre, casi cansada:
“Valeria… ayer me fui enojado. No debí decirte eso de que no iba a estar disponible. Fue una estupidez. Llámame. Necesito escucharte. De verdad.”
El viejo reflejo se activó de inmediato. El pecho se me apretó. Los dedos se movieron solos hacia el botón de respuesta. Llegué a tener el chat abierto antes de detenerme.
Respiré hondo.
Recordé el departamento que me había ofrecido como si fuera un premio.
Recordé la forma en que había convertido mi “no” en un drama mío.
Recordé la carpeta negra y la amenaza suave.
Borré el mensaje de voz sin contestarlo.
Lucas apareció en ese exacto momento, todavía en pijama, restregándose los ojos.
—Lo borraste —dijo, más afirmación que pregunta.
—Sí.
—¿Cuánto costó?
—Más de lo que esperaba. Menos de lo que habría costado responder.
Él asintió y se dejó caer en la silla frente a mí. Se veía mejor que el día anterior. No bien… pero menos roto.
—Thiago me escribió desde otro número —confesó de pronto.
Levanté la vista de golpe.
—¿Qué dijo?
—Que se enteró de que lo bloqueé. Que estoy exagerando. Que esa chica realmente es solo una amiga y que yo estoy viendo fantasmas por inseguridad. Me pidió que nos veamos para “aclarar las cosas”.
La rabia me subió amarga.
—¿Y tú?
—Le dije que no. Le escribí exactamente: “Si tienes que aclarar tanto, es porque algo no está claro”. Y después volví a bloquear.
Me quedé mirándolo. Después sonreí, pequeña y orgullosa.
—Eso fue valiente.
—Fue terrorífico. Me temblaban las manos. Pero pensé en ti. Pensé en cómo te viste cuando le cerraste la puerta a Mateo… y no quise ser menos.
Me levanté y lo abracé por encima de la mesa, torpe e incómodo, pero necesario. Él se rió un poco contra mi hombro.
—Qué par de desastre estamos hechos —murmuró.
—Desastres que por fin están dejando de mendigar.
Esa frase se quedó flotando entre nosotros el resto de la mañana.
Por la tarde decidí volver al café. No tenía un plan claro. Solo sabía que la libreta se me había quedado pequeña de pronto, como si necesitara escribir en otro lado, en otro aire. Pedí el mismo latte de siempre y me senté en la misma mesa del fondo. Saqué el bolígrafo y empecé a anotar todo lo que recordaba de los próximos meses de mi vida anterior: fechas de viajes de Mateo que coincidían con ausencias, mensajes que había borrado, la primera vez que olí un perfume que no era el mío en su ropa.
Estaba tan concentrada que no noté la presencia hasta que una sombra se proyectó sobre la mesa.
—Parece que esa libreta no se deja abandonar fácil.
Adrián Rivas estaba de pie junto a la silla opuesta. Esta vez no llevaba traje completo. Solo camisa negra de mangas arremangadas y pantalones oscuros. La cicatriz en su ceja se veía más clara a la luz del día.
—Parece que no —respondí, cerrando la libreta por reflejo.
—¿Puedo? —preguntó, señalando la silla.
Dudé solo un segundo. Después asentí.
Se sentó con la misma calma de la noche anterior. No pidió nada. Solo se quedó en silencio, como si no tuviera prisa por llenarlo.
—Trabaja cerca —dijo al fin, más afirmación que pregunta.
—Vivo cerca. Y este café… digamos que se está volviendo un lugar neutral.
Él asintió lentamente.
—Los lugares neutrales son útiles cuando uno está en guerra.
La frase me golpeó más de lo que esperaba. Levanté la vista.
—¿Se nota tanto?
—Solo a quien presta atención. La mayoría de la gente está demasiado ocupada con sus propias batallas.
Guardamos silencio otro rato. No era incómodo. Era… distinto. Mateo siempre necesitaba llenar cada segundo con palabras, con explicaciones, con la necesidad de tener razón. Adrián parecía cómodo dejando que el silencio dijera lo que tuviera que decir.
Después miró mi libreta.
—La primera página me quedó dando vueltas —admitió—. “Hoy elegí quedarme conmigo”. No es una frase que se escriba a la ligera.
Apreté los dedos alrededor de la tapa.
—No. No lo es.
—¿Duele todavía?
La pregunta fue tan directa y al mismo tiempo tan respetuosa que me desarmó.
—Sí. Cada día. Pero ya no es el mismo dolor de antes. Antes dolía porque me estaba abandonando. Ahora duele porque me estoy sosteniendo… y no estoy acostumbrada.
Adrián sostuvo mi mirada unos segundos. Después asintió, como si hubiera recibido una respuesta que esperaba.
—La costumbre es una cárcel cómoda. Cuesta salir incluso cuando la puerta está abierta.
No supe qué decir. Solo asentí.
Él no preguntó más. No pidió detalles. No ofreció consejos. Simplemente estuvo ahí, compartiendo la mesa y el silencio, hasta que terminé mi café. Cuando me levanté, él también lo hizo.
—Si vuelve a dejar la libreta olvidada —dijo mientras me abría la puerta del café—, ya sabe quién la va a encontrar.
Por primera vez en mucho tiempo, sonreí sin esfuerzo.
—Trataré de no convertirlo en costumbre.
—Sería una lástima. Encontrarla fue la parte interesante de mi semana.
Se despidió con un leve movimiento de cabeza y se fue caminando en dirección opuesta. Me quedé un momento en la vereda, sintiendo el viento frío en la cara y una sensación extraña en el pecho. No era el caos ansioso que sentía con Mateo. Era algo más quieto. Más peligroso en su calma.
Cuando volví a casa, Lucas estaba en la cocina preparando dos tazas de té. Me miró de arriba abajo y levantó una ceja.
—Saliste. Y volviste distinta.
—Fui al café.
—¿Sola?
—No del todo.
No le di más explicaciones y él no pidió. Solo me pasó la taza y chocamos los bordes en un brindis silencioso.
Esa noche, antes de dormir, abrí la libreta otra vez. Debajo de la última frase escribí:
“Hoy alguien me miró sin querer salvarme ni corregirme.
Solo me vio.
Y por primera vez en mucho tiempo… no tuve ganas de esconderme.”
Cerré la libreta y apagué la luz.
En la oscuridad, el teléfono vibró una última vez. Mateo. Otro mensaje de voz. Esta vez no lo abrí. Ni siquiera lo escuché.
Lo dejé ahí.
Sin responder.
Sin borrar.
Como un recordatorio de lo que ya no estaba dispuesta a sostener.
Y por primera vez desde que desperté en esta nueva vida, el silencio que dejó no me asustó.
Me sostuvo.