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Mamá por contrato: El secreto de los gemelos del magnate

Mamá por contrato: El secreto de los gemelos del magnate

Status: En proceso
Genre:Niñero / Padre soltero / Madre por contrato / La Vida Después del Adiós / Reencuentro
Popularitas:788
Nilai: 5
nombre de autor: lulu

Ximena Rosales despertó de un largo coma sin recuerdos, sin familia y con una montaña de deudas. Cuando recibe una oferta para convertirse durante tres meses en la “mamá por contrato” de dos gemelos, no puede darse el lujo de rechazarla.
Leo y Luna, los pequeños herederos del poderoso Dante Nocedal, han ahuyentado a todas las mujeres que intentaron cuidarlos. Sin embargo, desde el momento en que conocen a Ximena, se aferran a ella como si llevaran toda la vida esperándola.
Dante no confía en aquella desconocida que ha conquistado tan rápido a sus hijos. Pero cuanto más intenta mantenerla a distancia, más difícil le resulta ignorar la atracción que crece entre ellos.
Entonces comienzan las amenazas, aparecen documentos falsificados y los recuerdos de Ximena regresan en forma de pesadillas: una noche en el hospital, dos bebés llorando bajo la lluvia y unas manos que se los arrancan de los brazos.
Alguien le robó su identidad, su pasado y cinco años de vida.
Pero el secreto más cruel duerme todas las noches bajo el techo de Dante Nocedal.

NovelToon tiene autorización de lulu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

Los espías de cinco años

—Papá la miró siete veces durante la cena —anunció Luna, muy seria, contando con los deditos regordetes, como quien presenta pruebas ante un juez—. Yo conté cada una.

—Y ayer casi se le cae el café cuando ella se rió fuerte —añadió Leo, con el aire solemne de quien presenta pruebas irrefutables ante un tribunal—. Nunca se le cae el café. Nunca, ni cuando lo asustamos con la máscara de lucha libre.

Era sábado por la tarde, uno de esos días lentos de la hacienda en que hasta el jardín parecía respirar más despacio, cuando los descubrí escondidos detrás del sofá, susurrando entre ellos con una seriedad absoluta, sosteniendo un cuadernito lleno de garabatos, como si estuvieran resolviendo un caso policiaco de máxima importancia, con dibujos de corazones tachados y flechas que apuntaban de un nombre a otro.

—¿Qué hacen ahí escondidos? —pregunté, asomándome por encima del respaldo.

Ambos se sobresaltaron, intercambiaron una mirada de cómplices atrapados, y Leo, después de titubear un segundo, terminó soltando la verdad con la torpeza de quien no sabe mentir del todo.

—Creemos que papá y tú están raros.

—¿Raros cómo?

—Raros de… —Luna hizo un gesto vago con las manos, buscando la palabra exacta, moviendo los dedos en el aire como si pudiera atrapar la idea entre ellos—. De cuando en las películas los dos se miran mucho y después se dan un beso y música bonita empieza a sonar.

Sentí que la cara se me encendía como un foco navideño.

—No, no, para nada. Su papá y yo solo somos… —¿Qué somos? No supe cómo terminar la frase, y mi silencio duró demasiado, un silencio que ambos niños registraron con ojos brillantes, casi celebrando en silencio la confirmación que acababan de obtener.

—¡Ves! —le dijo Leo a Luna, triunfante, señalándome con el dedo—. ¡Te dije que se pone roja igual que él!

—No estoy roja.

—Estás rojísima —confirmó Luna, encantada, aplaudiendo con las manitas.

Me rendí, incapaz de sostener una mentira tan mal armada frente a dos jueces tan implacables. Me senté en el suelo, a su altura, y decidí que la honestidad, al menos parcial, era mejor estrategia que seguir negando lo obvio.

—A ver, muy detectives. Aunque fuera cierto lo que dicen, ¿qué esperan que pase? Su papá y yo apenas nos conocemos hace unas semanas.

—Eso no importa —dijo Leo, con la seguridad absoluta de quien ha visto suficientes películas para saberlo—. En los cuentos siempre se conocen rápido y ya.

—La vida real no es un cuento, mi amor.

—Pues debería —sentenció Luna, cruzándose de brazos, tan terca como su padre sin saberlo.

No pude discutirle eso. Me limité a revolverles el cabello a ambos.

—Vayan a lavarse las manos, la cena está lista y ya se enfrió dos veces por su culpa.

Se fueron corriendo, pero no sin antes cruzar entre ellos una última mirada cargada de significado, como dos pequeños conspiradores sellando un pacto que ninguna cena podía interrumpir.

Durante la cena, Dante llegó unos minutos tarde, todavía con la corbata floja y el saco colgado del brazo, disculpándose por una llamada que se había alargado más de lo previsto. Se sentó en su lugar de siempre, y en cuanto levantó la vista para preguntarme cómo había estado el día de los niños, sorprendí a Leo y a Luna intercambiando una mirada cómplice por debajo de la mesa, como dos jueces tomando nota en silencio, apenas conteniendo la risa.

—¿Qué? —preguntó Dante, notando algo raro en el ambiente—. ¿Por qué me miran así los dos?

—Por nada —dijeron al unísono, con esa inocencia tan perfecta que resultaba sospechosa por sí sola, y volvieron a concentrarse en su plato con una seriedad exagerada que no engañó a nadie.

Yo, por mi parte, evité mirar a Dante directamente el resto de la cena, temiendo que mis propias mejillas delataran algo que ni siquiera había terminado de admitirme a mí misma.

—¿Me perdí de algo? —preguntó Dante, por lo bajo, cuando los niños ya se habían levantado a jugar y solo quedábamos los dos recogiendo los platos.

—Nada importante. —Apilé los platos con más cuidado del necesario, evitando su mirada—. Cosas de niños.

—Los dos llevan días actuando raro. Susurrando, escondiéndose detrás de los muebles con ese cuadernito. Simón cree que están planeando otro "experimento científico" como el del jarabe con jabón.

—Confía en mí, esta vez es mucho peor que un jarabe con jabón —dije, y no pude evitar que se me escapara una risa nerviosa.

Él arqueó una ceja, intrigado, pero no insistió, y algo en su expresión me dijo que sospechaba, aunque fuera vagamente, que él mismo formaba parte del misterio que los niños intentaban resolver.

—◆—

Esa noche, ya en pijamas y bajo las cobijas, los oí susurrar en la habitación contigua, con la puerta apenas entornada y sus vocecitas colándose por la rendija.

—Tenemos que ayudarlos —decía Leo, con la vocecita bajita de quien cree que nadie más puede oírlo—. Se gustan pero son tontos y no se dan cuenta, como en los dibujos animados.

—¿Cómo los ayudamos? —preguntó Luna, con un bostezo a medio camino.

—No sé todavía. Pero vamos a estar atentos. Muy atentos, como espías de verdad.

—Podemos hacer que se sienten juntos en la mesa —propuso Luna, ya animándose con la idea—. O decir que nos da miedo dormir solos, así ella se queda más tiempo en el pasillo cerca del cuarto de papá.

—Eso es buena idea. —La voz de Leo sonó pensativa, calculadora, muy propia de alguien que llevaba semanas tramando algo—. También podemos "perder" cosas para que los dos las busquen juntos.

—¿Cómo qué?

—No sé. Mi carrito favorito, tu muñeca… algo que valga la pena buscar mucho rato.

—Está bien —dijo Luna, sellando el plan con la solemnidad de quien firma un tratado internacional—. Mañana empezamos la Operación Papá-y-Mamá.

—Buen nombre —aprobó Leo, y ambos se rieron bajito, ahogando las risas contra la almohada para no ser descubiertos.

—¿Crees que si se casan, ella se queda para siempre, para siempre-siempre? —preguntó Luna, otro bostezo, más largo esta vez, arrastrando las palabras hacia el sueño.

—Seguro que sí. Los papás y las mamás no se van nunca.

—¿Ni cuando se pelean por el jarrón?

—Ni siquiera entonces —dijo Leo, con una convicción absoluta que solo puede tener un niño de cinco años hablando de algo que en realidad no sabe—. Los papás de verdad se quedan.

Sonreí en la oscuridad del pasillo, escuchando aquella conversación que no debía oír, apoyada contra la pared fría, con el corazón apretado entre la ternura y un miedo que no lograba nombrar del todo, un miedo que sabía a esperanza y a peligro al mismo tiempo.

¿Y si de verdad no me quiero ir nunca?

Fue la primera vez que me permití pensarlo con esas palabras exactas, sin adornos ni excusas, y la idea me asustó tanto como me llenó de una calidez desconocida, una calidez que se instaló en el pecho y ya no quiso irse, aunque supiera, en algún rincón realista de mi cabeza, que ni ellos ni yo teníamos ningún control real sobre cuánto tiempo iba a durar aquello.

Me quedé un rato más apoyada en la pared, escuchando cómo la respiración de ambos se volvía pareja, profunda, el sueño llevándoselos por fin. Antes de irme a mi propio cuarto, entreabrí la puerta lo suficiente para asomarme: Leo abrazaba una almohada igual que si fuera un escudo, Luna tenía medio cuerpo fuera de las cobijas, como siempre. Los arropé a los dos sin hacer ruido, y por un instante, con la mano todavía sobre la cobija de Luna, sentí que ese gesto —tan simple, tan cotidiano— era ya, de alguna manera imposible de explicar con palabras, la respuesta a la pregunta que llevaba semanas evitándome a mí misma.

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