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Comprada por el rey sin corona

Comprada por el rey sin corona

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Mafia / Dominación / Romance oscuro
Popularitas:92
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Me prometieron un viaje gratis. Desperté dentro de una jaula, en mitad de una selva de la que nadie sale con vida.
Entonces trajeron a un hombre agonizante.
Le saqué una bala del cuerpo y le salvé la vida sin saber quién era. Dante Bravante, el Rey sin corona de Almanegra: el hombre al que obedecen soldados, jueces y criminales; un monstruo capaz de comprar cualquier cosa.
Incluso a mí.
En lugar de devolverme la libertad, Dante pagó mi precio y me llevó a su fortaleza. Dice que le pertenezco. Que su palacio es mi hogar. Que ningún hombre volverá a mirarme mientras él respire.
Yo le juré que escaparía.
Pero odiar a Dante sería mucho más sencillo si su crueldad no conviviera con una ternura que solo me muestra a mí. Si cada roce suyo no encendiera mi cuerpo. Si sus besos no me hicieran desear precisamente aquello de lo que debería huir.
Entre fugas imposibles, enemigos que quieren usar mi sangre y secretos capaces de cambiar el poder de Almanegra, el deseo empieza a parecerse demasiado al amor. Y ese es el peligro más grande de todos.
Porque poseer no es amar. Dante tendrá que aprenderlo antes de perderme.
Y cuando llegue ese día, ni todo su ejército podrá salvarlo. Si quiere recuperarme, el Rey sin corona tendrá que hacer lo único que jamás ha hecho por nadie: devolverme la libertad, pagar cada una de sus deudas… y arrodillarse.

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Capítulo 18

Capítulo 18 — Cuando ella lo besa

De vuelta en la suite me esperaba un hombre que yo no conocía.

Lo primero que hizo fue meter en cintura a media ciudad por teléfono: un médico en diez minutos, suero, medicinas, un caldo ligero de la cocina del hotel. Después colgó, se quitó los gemelos, se subió las mangas de la camisa como si fuera a lavar platos y se sentó en el borde de la cama, donde me había recostado.

—Tienes fiebre alta —dijo, tocándome la frente con el dorso de la mano, no con la palma, como se toca a un enfermo de verdad—. ¿Comiste en la calle?

—Unas empanadas —confesé.

—Empanadas. —Cerró los ojos un segundo, como quien pide paciencia al cielo—. Media ciudad a tus pies y te enveneno con una empanada de tres pesos.

—No me envenenaste tú. Me envenené yo solita. Fue lo mejor del día.

Me miró raro, y por poco se ríe. No se rió. Pero algo se le movió en la cara.

El médico vino, hizo lo suyo, dejó la fiebre en manos del suero y se fue. Y entonces empezó lo que de veras me descolocó: se quedó. Un hombre que no le explicaba sus actos a nadie, que movía fronteras con una llamada, se quedó sentado toda la noche cambiándome el paño frío de la frente cada vez que se entibiaba. Cuando trajeron el caldo, no me dejó agarrar la cuchara. Cortó él mismo los trocitos de pollo hasta hacerlos migajas, sopló cada cucharada para que no me quemara, y me la fue dando despacio, con una paciencia que no le cabía en el cuerpo, con esas manos que yo había visto tumbar una moto de una patada.

—Puedo sola —protesté, con la boca llena.

—Ya sé que puedes sola. —Sopló la siguiente—. Abre.

Y abrí. Y me dejé cuidar, y me dio vergüenza cuánto me gustaba que me cuidaran, después de tantos días de cuidarme sola contra él.

Le pregunté, sin pensarlo, quién lo cuidaba a él cuando se enfermaba de niño. Se quedó con la cuchara en el aire un segundo, como si la pregunta viniera de otro idioma.

—Nadie —dijo al fin—. En mi casa, el que se enfermaba estorbaba. Aprendías rápido a no enfermarte.

Lo dijo sin lástima, como un dato del clima. Pero yo, que sé oír lo que la gente no dice, oí debajo a un niño solo con fiebre en una cama grande y fría, aprendiendo a no molestar. Y por primera vez sentí, junto al miedo que le tenía, otra cosa peligrosísima: pena. Pena de mi carcelero. Me tragué el caldo y me tragué la pena, porque una cosa era dejarme cuidar y otra empezar a entenderlo.

Cuando terminé el caldo se quedó ahí, muy cerca, retirándome un mechón de pelo pegado a la frente por el sudor. La lámpara estaba baja. La ciudad brillaba muda al otro lado del vidrio. Y en ese silencio, con él a un palmo de mi cara, sentí la cosa esa que llevaba semanas negándome a nombrar: la tensión de dos animales peligrosos midiéndose de cerca, tan cerca que ya no sé si es para matarse o para otra cosa. Era mi carcelero. Era el hombre que me había mentido, encerrado, humillado. Y era también el que había dejado caer un imperio a media frase para cruzar el cielo porque a mí me dolía el estómago.

Eso último fue lo que me rompió por dentro. No el poder, no el dinero, no la leona. Eso: que lo soltó todo por mí.

Toda mi vida me habían enseñado, sin decírmelo, cuánto valía yo. Poco. Una muchacha de pueblo, hija de un pescador, útil para curar perros y para servir mesas. Nadie deja una guerra a medias por alguien así. Nadie cruza un continente en la madrugada porque a esa alguien le dolió el estómago. Y este hombre, que tenía a media región de rodillas, sí lo había hecho. No sé explicar lo que eso le hace por dentro a una que siempre se sintió de sobra. Es como si de golpe pesaras. Como si por primera vez alguien te pusiera en la báscula del otro lado de un imperio y el imperio, contra toda lógica, se levantara del piso.

—¿Por qué volviste? —le pregunté, y me salió la voz rota—. Tenías una reunión. Fronteras, dijo Saúl. Y lo dejaste. Por una fiebre.

No contestó enseguida. Me miró la boca, me miró los ojos, y por primera vez desde que lo conocía me pareció que no tenía la respuesta lista.

—Porque me dijeron que te habías desmayado sola —dijo al fin, muy bajo— y no supe hacer otra cosa.

Y yo lo besé.

No lo pensé. No lo calculé —y eso, para mí, la que todo lo calculaba, fue lo más aterrador de la noche—. No fue una jugada, no fue estrategia, no fue el "déjame conquistarte" que había ensayado fregando el piso de la capilla. Fue que me incorporé en esa cama, le tomé la cara con las dos manos y lo besé porque no aguanté un segundo más las ganas de hacerlo. Por primera vez, fui yo la que cruzó la línea.

Él se quedó de piedra. Un instante entero, quieto, como si no entendiera el idioma. Después me tomó de la nuca, con cuidado, con un cuidado que en un hombre así daba más miedo que la violencia, y me devolvió el beso despacio, como quien no se cree lo que le está pasando.

Se apartó apenas, la frente contra la mía, la respiración descompuesta.

—Estás con fiebre —dijo, ronco—. No sabes lo que haces.

—Sé perfectamente lo que hago. —Y era verdad, por eso temblaba—. Por eso me da tanto miedo.

—Ana. —Cerró los ojos—. Si sigo, no voy a poder parar. Y contigo nunca he tenido con quién ser justo. Dime que pare.

No le dije que parara.

—¿Estás segura? —preguntó otra vez, buscándome los ojos, y en ese hombre acostumbrado a no pedirle permiso a nadie, esa pregunta valía más que todo lo que tenía.

—Sí —dije—. Estoy segura.

Y lo llamé por el nombre que nunca antes le había dado, el que no era "señor", ni "el Rey", ni ninguna de las armas con que me defendía de él. Se lo dije contra la boca, bajito, casi sin querer:

—Sí, Dan.

Algo se le rompió al oírlo. Lo sentí en cómo me agarró, en cómo dijo mi nombre de vuelta como si lo estrenara.

La fiebre había bajado con el suero. Yo sabía dónde estaba, quién era él y qué estaba eligiendo. Se lo dije, porque necesitaba que quedara claro para los dos.

—No estoy delirando. Si cambio de opinión, te lo digo. Si te digo que pares, paras.

—Antes de que termines la palabra.

—Entonces ven.

Lo que vino no fue una rendición, ni la mía ni la suya. No hubo vencedor esa noche. Me desabotonó el vestido prestado con dedos que no le temblaban ante nada y que, sin embargo, se demoraron sobre cada botón, esperando mi asentimiento. Cuando dejó al descubierto mis hombros, no bajó más la tela. Me miró.

—¿Puedo?

La pregunta me calentó más que sus manos. Asentí y fui yo quien se sacó los brazos del vestido, dejándolo caer hasta la cintura. La mirada de Dante descendió con él, oscura, hambrienta, pero no me tocó hasta que tomé una de sus manos y la puse sobre mi pecho.

—Ahora sí.

El aire se le quebró entre los dientes. Me acarició por encima de la tela fina, despacio al principio, con el pulgar dibujando un círculo que hizo que el pezón se endureciera bajo su mano. Después apartó la tela y bajó la boca. El primer roce de su lengua me arrancó un sonido que no reconocí como mío. Quise tapármelo con la mano; él me sujetó la muñeca, sin fuerza, solo para besarme la palma.

—No te escondas de mí —murmuró.

—No me des órdenes.

Se quedó inmóvil al instante. Me soltó.

—Entonces pídemelo.

Aquello me dejó sin defensa. Le hundí los dedos en el pelo y lo acerqué otra vez.

—Sigue.

Obedeció. Su boca se tomó su tiempo con un pecho y luego con el otro, mientras una mano me recorría el costado, la cintura, el borde de la ropa interior. Cuando rozó entre mis muslos, por encima de la tela, se detuvo una vez más.

—Ana.

No era una pregunta completa, pero yo la entendí. Abrí las piernas y levanté las caderas para ayudarlo a quitarme lo que faltaba. El pudor me hizo apretar los ojos. Dante me besó el vientre, después la parte interior del muslo, sin prisa, hasta que fui yo quien empezó a moverme buscando más.

—Mírame —le pedí, porque necesitaba verlo obedecer algo mío.

Levantó la cabeza. Mantuvo los ojos en los míos cuando me tocó por primera vez sin tela de por medio. Sus dedos avanzaron con una delicadeza que no le conocía, tanteando, aprendiendo qué presión me hacía contener el aire y cuál me obligaba a soltarlo. Cuando encontró el punto que me hizo arquearme, se le oscureció la mirada.

—Ahí —admití, colorada hasta las orejas—. No cambies.

No cambió. El placer me subió lento, en oleadas, hasta que tuve que agarrarme de sus hombros. Él me sostuvo sin acelerar, atento a cada respiración, y cuando el temblor me atravesó, me besó para tragarse mi grito y siguió acariciándome hasta que le pedí, riéndome y jadeando a la vez, que me diera un segundo.

—¿Estás bien?

—Estoy mejor que bien. —Abrí los ojos—. Pero ahora te toca a ti dejarte cuidar.

Le desabroché la camisa y vi de cerca el mapa de cicatrices que le cruzaba el cuerpo: la de la bala que yo misma le había sacado, la del hombro, otras más viejas. Las toqué una por una. Al llegar al cierre del pantalón, él me cubrió la mano con la suya.

—No tienes que hacer nada.

—Ya sé. Quiero hacerlo.

Lo liberé despacio y sentí cómo todo su cuerpo se tensaba bajo mis dedos. Dante cerró los ojos, la frente apoyada en la mía, respirando como si aquel contacto sencillo le costara más control que una guerra. Me gustó descubrirlo vulnerable. Me gustó demasiado.

Me recostó sin dejar de besarme. Su peso llegó poco a poco, dándome tiempo para acostumbrarme, y cuando lo sentí entre mis piernas volvió a detenerse.

—Última oportunidad para echarme de esta cama.

Le rodeé la cintura con las piernas.

—Dan, si vuelves a preguntar, te voy a echar por desesperante.

Se rio contra mi boca, una risa breve y sorprendida. Después entró en mí despacio. La presión me hizo aferrarme a él; no fue dolor, pero sí una intensidad nueva que me obligó a respirar hondo. Se quedó quieto hasta que fui yo quien movió las caderas y le indicó que podía continuar.

Encontramos el ritmo entre los dos. Primero lento, casi cuidadoso; después más firme, cuando dejé de pensar y empecé a pedirle con el cuerpo lo que todavía me daba vergüenza nombrar. Él decía mi nombre contra mi cuello. Yo le decía "más" y "así", y cada vez obedecía con una precisión que me hacía perder otro pedazo de juicio. Cuando el placer volvió a juntarse dentro de mí, más fuerte, lo miré. Dante me sostuvo la mirada mientras me deshacía debajo de él, como si necesitara verme elegirlo incluso en ese instante.

Él perdió el control después. Alcanzó a apartarse al final, con un gemido ahogado contra mi hombro, y se quedó temblando sobre mí sin aplastarme, respirando como si acabara de correr hasta el borde del mundo.

Nos encontramos ahí, en esa cama enorme, no como dueño y prisionera, sino como dos cuerpos que por una noche habían dejado las armas en el piso. Él, que lo ordenaba todo, pidió. Yo, que lo negaba todo, elegí. Y eso, entre nosotros, era casi un milagro.

Después me quedé echada sobre su pecho, oyéndole el corazón desbocado, sintiendo cómo me pasaba la mano por la espalda una y otra vez, despacio, como quien todavía no se cree lo que tiene. No dijo "mía". Por una vez no lo dijo. Me tapó bien con la sábana, me apartó el pelo de la cara y me dejó dormir sobre él, con fiebre y todo, y yo dormí, por primera vez desde el campamento, sin un ojo abierto.

Amaneció gris sobre Panamá.

Me desperté antes que él, con su brazo pesado atravesado sobre mi cintura y el estómago hecho un nudo que ya no era de la empanada. Me quedé mirando el techo, muy quieta, mientras me subía en frío todo lo que había hecho. Lo que había sentido. Lo peor: que lo había sentido de verdad.

Porque yo sabía las reglas de mi propio juego. Sabía que seguía siendo su prisionera, que abajo había guardias, que la puerta abierta de anoche había sido un espejismo de fiebre. Sabía que un hombre que te cuida a las tres de la mañana puede humillarte a las tres de la tarde, y que la ternura, en gente como él, no borra la jaula: la disimula. Y sabía, sobre todo, lo más peligroso de todo: que si empezaba a quererlo, dejaba de calcular, y el día que dejara de calcular, estaba perdida de veras.

Me solté de su brazo con cuidado, me senté en el borde de la cama y me abracé las rodillas, de espaldas a él, con la ciudad amaneciendo del otro lado del vidrio. Todavía tenía su calor en la piel, en las yemas de los dedos, en la boca. Todavía me temblaba.

—Esto —dije en voz muy baja, para él y sobre todo para mí— no cambia nada.

Lo dije con firmeza, como una sentencia.

Y no me creí ni una palabra.

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