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Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Hijo/a genio / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Una noche de lluvia en Manchester unió a Emmet, una estrella del fútbol, y a Clara, una joven violinista griega. De aquella noche nacieron dos gemelos.

Incapaces de imaginar una vida juntos, decidieron criarlos por separado. Emmet se quedó con uno en Inglaterra; Clara regresó a Grecia con el otro.

Los años pasaron. Cada hijo heredó un talento inesperado: uno se convirtió en un prodigio del fútbol y el otro en un virtuoso del violín.

Hasta que el destino los hizo encontrarse.

Dos rostros idénticos. Dos vidas completamente diferentes. Dos hermanos que jamás supieron que existían.

Y cuando descubran la verdad, tomarán una decisión que cambiará sus vidas para siempre.

Porque a veces el talento no pertenece al mundo en el que naciste...

sino al mundo que tu corazón elige.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

A tono

Durante las siguientes dos semanas, construyeron una rutina clandestina.

Para Clara, Mozart se había vuelto obsesivo con su preparación: salía a correr al amanecer para "mejorar su capacidad pulmonar" y pasaba las tardes enteras en las salas de ensayo. Para Emmet, Ronaldhino había decidido tomarse en serio la disciplina táctica: hacía cardio antes de que saliera el sol y estudiaba "teoría del movimiento" por las tardes.

Ninguno de los dos padres sabía que, en realidad, los hermanos simplemente estaban compartiendo su tiempo. Corrían juntos por los parques de Manchester, empujándose el uno al otro en las cuestas, y por las tardes se encerraban en el conservatorio, donde Mozart intentaba enseñarle a Diño a leer partituras y Diño intentaba que Mozart no se rompiera los tobillos al regatear.

Hasta la mañana del sábado.

Faltaban pocas horas para la audición final de Mozart, la que determinaría su ingreso al programa de verano de la Sinfónica. Decidieron jugar un último partidillo en un campo de hierba húmeda cerca del río. El suelo estaba resbaladizo por el rocío. Mozart corrió tras un balón largo, saltó para controlarlo con el pecho, pero al aterrizar, la base de sus botas resbaló en el barro.

Cayó de lado, instintivamente apoyando todo su peso sobre la mano izquierda.

Se escuchó un chasquido sordo, seguido de un grito ahogado.

Diño soltó el balón y corrió hacia él. Mozart estaba sentado en el césped, apretándose la muñeca y los dedos contra el pecho, pálido como el papel. Era la mano del mástil. La mano que presionaba las cuerdas.

—No la muevas, no la muevas —dijo Diño, arrodillándose a su lado. Sacó una botella de agua helada de su mochila y la envolvió en su camiseta—. Ponla aquí. Es solo un esguince, pero va a hincharse.

—Tengo la audición en tres horas, Diño —jadeó Mozart, con los ojos llorosos por el dolor.

—Con hielo se baja. Aguanta hasta que lleguemos al auditorio, te tomas un ibuprofeno y tocas.

Pero cuando llegaron al camerino del conservatorio y Mozart intentó quitarse el hielo para calentar los dedos, la realidad los golpeó. Al intentar presionar la cuerda más grave, un dolor agudo, eléctrico, le subió por el antebrazo. Los dedos no respondían. Estaban rígidos, temblando.

—No puedo —susurró Mozart, dejando caer el arco sobre la mesa. El pánico le oscureció la mirada—. No siento las yemas. Si intento hacer el vibrato, me voy a desmayar del dolor.

Diño miró la mano hinchada de su hermano. Luego miró el violín descansando sobre el estuche abierto.

—Tienes que tocar, Mozart. Es la Sinfónica. Llevas meses preparándote para esto.

—¡Mírame la mano, Diño! ¡No puedo ni sostener el mástil!

La puerta del camerino se abrió. Un asistente asomó la cabeza con una tabla de clip.

—¿Mozart Steimos? Eres el siguiente. Sala dos.

Mozart cerró los ojos, derrotado. Iba a perder la beca. Iba a perder la oportunidad por una caída estúpida en el barro.

Pero Diño no lo permitió.

Se adelantó, tomó el violín y el arco del estuche. Se ajustó la correa al hombro y se caló la gorra de béisbol hasta las cejas, ocultando parte de su rostro.

—Yo voy.

Mozart lo miró como si estuviera loco.

—¿Estás loco? ¡Estás en ropa de deporte! Llevas pantalón corto, polo y gorra. ¡Te van a descalificar antes de que toques la primera nota!

—Tú solo quédate aquí y pon hielo en esa mano —respondió Diño, y salió al pasillo antes de que Mozart pudiera detenerlo.

La Sala dos era un espacio de techos altos, con madera noble y una acústica implacable. Detrás de una mesa larga, tres jueces de cabello canoso y expresiones severas revisaban papeles. Eran profesores de la vieja escuela, guardianes de la ortodoxia clásica.

Diño caminó hacia el centro del escenario. Sus zapatillas de fútbol con tacos de sala chirriaron ligeramente contra la madera.

El juez principal levantó la vista por encima de sus gafas. Frunció el ceño al ver los pantalones cortos de entrenamiento, el polo con el escudo del Manchester y la gorra calada.

—Joven Mozart… —dijo, con un tono que mezclaba confusión y reprimenda—. ¿Qué significa esta facha? Este es un auditorio, no un vestuario.

Diño no se inmutó. Mantuvo la postura relajada, con el violín apoyado en la clavícula, y sonrió de medio lado.

—Mi tema de hoy está inspirado en el deporte, maestro. En la tensión de la competencia, en la adrenalina. Quería ir a tono con la obra.

Los tres jueces intercambiaron miradas. Uno de ellos suspiró, frotándose el puente de la nariz.

—Muy bien, Steimos. Si su música es tan buena como su excusa, le perdonaremos la gorra. Proceda.

Diño cerró los ojos un segundo. No iba a tocar a Bach. Bach requería una precisión matemática que él, tocando de oído y con la adrenalina a tope, no podía garantizar en ese estado de nervios. Necesitaba algo visceral. Algo que conociera en los huesos. Algo que gritara estadio.

Aplantó bien los pies. Levantó el arco. Y atacó las cuerdas.

No empezó con una melodía, sino con un ritmo. Golpeó la madera del violín con la vara del arco, creando un golpe seco, percusivo. *Pum, pum, clac. Pum, pum, clac.*

El juez principal levantó la cabeza de golpe.

Diño deslizó los dedos por el mástil y arrancó la melodía. Era inconfundible. Era épica. Era *We Are The Champions*, de Queen, pero transformada, desgarrada y reconstruida a través de cuatro cuerdas de tripa y acero.

La tocó con una furia contenida, con una energía cruda que hizo vibrar los atriles. Sus dedos volaban, no con la elegancia contenida de la música de cámara, sino con la pasión sudorosa de un solo de rock. Mezcló los acordes mayores con armónicos agudos, imitando el rugido de una multitud, y en el estribillo atacó las cuerdas graves con una fuerza que hizo que el polvo de la resina saltara al aire como humo.

En la primera fila, los otros participantes, que hasta entonces murmuraban aburridos, se habían quedado en silencio absoluto, con la boca abierta.

Diño no miraba a los jueces. Miraba el fondo de la sala. Se movía con el instrumento, balanceándose, sintiendo el ritmo en las pantorrillas, viviendo la música exactamente como vivía un partido en el minuto noventa. No estaba tocando como un violinista. Estaba tocando como un futbolista: con el cuerpo entero, con los ojos fijos en la portería, sin miedo a fallar. Era fresco. Era nuevo. Era una declaración de guerra a la rigidez, ejecutada con una afinación perfecta y una técnica instintiva que desafiaba la lógica.

Cuando dio el último arcadazo, dejando que la nota final se extinguiera lentamente en el aire del auditorio, se quedó quieto, con el pecho agitado y el arco suspendido.

Durante tres segundos, no se escuchó nada.

Entonces, el juez de la derecha, un hombre que llevaba cuarenta años enseñando a niños a tocar escalas, empezó a aplaudir. Lentamente. Luego se unió el del centro. Y finalmente, el de la izquierda.

Desde el pasillo lateral, los otros estudiantes estallaron en vítores.

Diño bajó el violín y se quitó la gorra, haciendo una pequeña reverencia burlona pero respetuosa.

El juez principal se inclinó hacia el micrófono. Tenía una sonrisa que le estiraba las arrugas de la cara.

—Joven Steimos… ha sido una falta de respeto a la tradición. —Hizo una pausa dramática—. Y ha sido absolutamente brillante. Pase directo a la siguiente fase. Y por favor, espero que en la final siga siendo tan virtuoso. No cambie esa energía.

—Gracias, maestro —dijo Diño, guiñando un ojo.

Salió del escenario por la puerta lateral, donde Mozart lo esperaba apoyado contra la pared, con la mano izquierda envuelta en una bolsa de hielo y una sonrisa que le ocupaba toda la cara.

—Te has pasado de rosca —dijo Mozart, negando con la cabeza, asombrado—. Has tocado Queen en una audición para la Sinfónica. Y te han aplaudido.

Diño le devolvió el violín con cuidado y le pasó un brazo por los hombros, esquivando la mano lastimada.

—Te dije que mi cerebro no sabe frenar, viejo. Además, la acústica de esta sala es increíble para los graves.

Mozart soltó una carcajada que resonó en el pasillo vacío. Miró a su hermano: la ropa de fútbol, el sudor en la frente, esa arrogancia divertida que parecía venir de fábrica, como si hubiera nacido con ella. Pensó en las tardes en el tejado de Grecia, creyendo que el talento era algo que se cultivaba en silencio, encerrado en habitaciones con insonorización. Y pensó en Diño, que acababa de improvisar un himno de estadio con un violín prestado, solo por salvarle el pellejo a un hermano que acababa de conocer.

—Diño —dijo Mozart, mientras caminaban hacia la salida del conservatorio.

—¿Qué?

—Eres un genio. Y nunca lo supe.

Diño sonrió, empujando las puertas de cristal que daban a la calle, donde la lluvia de Manchester volvía a empezar a caer.

—Y tú eres un monstruo con el balón, Mozart. Supongo que los dos teníamos cosas que aprender del otro.

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mariadr esquivelp
escritora no diga q no es su hijo porq si lo es solo q no es el q ella crío ya lo he leído en varios capitulos
EspirituCreativo: Claro que es su hijo lectora, pero no el que crío personalmente jeje
total 1 replies
EspirituCreativo
Ooo
minjoon
amooo lo leo
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