Un año después de haber arrestado a Erik Cahill, el gran amor de su vida y un virtuoso falsificador de arte, la agente del FBI Jessica Fletcher vive consumida por la culpa y entregada al trabajo. Sin embargo, un audaz robo en un prestigioso banco de Washington D.C. deja como única pista billetes falsos marcados con la marca imperceptible de un dragón. Esta firma revela el peligroso regreso de la "Hermandad de los Dragones", el imperio criminal liderado por Isaac Cahill, el despiadado padre de Erik.
Para desmantelar la organización desde adentro, el FBI otorga a Erik la libertad condicional como consultor encubierto. Jessica es asignada a custodiarlo bajo una identidad falsa. Juntos viajan a San Petersburgo para adentrarse en la guarida del enemigo. Entre el peligro inminente, mentiras calculadas y un tenso reencuentro que revive viejas heridas, ambos deberán enfrentar el pasado para sobrevivir a una misión donde la justicia, la lealtad y el amor están en juego.
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CAPÍTULO IV
CAPÍTULO IV.
Washington D.C
Oficina del FBI.
Al día siguiente.
06:15 a.m.
Para cuando Jessica llego a la Unidad, Erik Cahill ya estaba sentado frente a su escritorio. Ella suspiro. No lo podía creer. No solo tenia que convivir con el hombre a quien habia intentado olvidar el ultimo año, sino que era su niñera.
Él estaba recostado en la silla con las piernas cruzadas sobre su escritorio, mientras hojeaba concentrado los expedientes del caso del robo de las bóvedas.
—Llegas temprano. —Comentó ella.
—Quiero terminar con esto cuanto antes. —Respondió.
—También yo. —Dijo ella, mientras apoyaba su bolso en su escritorio.
Erik pasó una pagina del expediente.
—Excelente. Al fin coincidimos en algo.
Ella no respondió. Encendió la computadora y comenzó a revisar los informes.
Después de unos minutos, Erik rompió el silencio.
—El problema de estos robos es el sistema de seguridad.
Jessica arqueo una ceja.
—¿Por qué lo dices?
—Son todos iguales. —respondió. —Tarjetas magnéticas, huellas digitales, lector de rostros, barreras láser… Fáciles de violar para cualquier ladrón, incluso para mí.
—Por suerte ya no eres un ladrón.
Erik sonrió apenas.
—Eso está por verse.
Reynolds y Reed llegaron justo a tiempo para evitar el conflicto.
—Veo que ya estás trabajando. —Comentó Reed, viendo a Erik.
Pero Erik lo ignoró.
Permanecía en silencio observando una fotografía.
—¿Tenemos uno de estos billetes en evidencia? —preguntó, levantando la vista.
Mark asintió.
—Pediré que lo traigan.
Minutos más tarde, un oficial dejó un sobre transparente donde conservaban un billete de cien dólares.
Erik lo tomó con precaución, siempre habia sido muy meticuloso cuando trabajaba.
Tomó una lupa y se echó para atrás, apoyando su espalda en la cómoda silla.
Observó a detalle el billete con la lupa, mientras Jessica continuaba leyendo informes y los demás esperaban expectantes a que descubra algo.
Erik sonrió, triunfante mientras negaba con la cabeza.
—Solo un tonto pensaría que esto fue un simple robo. —Dijo finalmente.
—¿Y qué es entonces? —preguntó Reed.
—Un mensaje. —Dijo Erik, llamando la atención de Jessica. —La hermandad no solo está operando de nuevo. Sino que están más fuertes y unidos que nunca.
—¿A qué te refieres? —preguntó Jessica.
Erik levantó el billete, esta vez dejó la lupa sobre el escritorio y puso el billete contra la luz, observó el sello y especialmente las esquinas. Lo observó unos minutos más, lo dio vuelta, lo acercó a sus ojos.
—¿Encontraste algo? —preguntó Reed.
Erik asintió.
—Conozco este trabajo.
—¿Qué? —Reed comenzó a reír. —¿Hablas enserio?
Erik asintió.
—¿Quién? —preguntó, con un tono que subestimaba la inteligencia del ladrón.
—Ustedes lo llaman “el alquimista”, pero su nombre es Julián Vance.
Thomas lo observó confundido.
—¿Quién es ese? —preguntó.
Mientras que Mark Reynolds lo observo con asombro.
—¿Julián Vance? ¿El mismo Julián Vance que es dueño de la galería de arte mas prestigiosa en todo Zurich?
Erik asintió con admiración.
—Es el mejor falsificador de Europa.
—¿Incluso mejor que tú? —Desafió Reed.
—Agradezco el reconocimiento. —Sonrió Erik. —Pero mi fuerte son las obras de arte. El de Julián, el dinero. Por eso su apodo. Es alguien capaz de convertir un simple papel en bonos gubernamentales cuyo valor es incalculable.
Pero para Thomas no era suficiente.
—¿Cómo estas tan seguro?
—Cuando yo tenía veintitrés años, le pedí que falsificara un certificado de autenticidad. —Hizo una pausa. —Él era brillante. Pero tenía un solo defecto.
Erik tomo un bolígrafo y quitó del expediente, la foto del billete. Trazó un rectángulo sobre la esquina.
—Nunca pudo lograr que las tintas que usa para falsificar se distribuyan de manera uniforme en esta esquina. —Dijo. —Es un error de imprenta.
Jessica observa con atención y por primera vez entiende que Erik vivió en ese mundo.
Thomas aun duda.
—Necesitamos pruebas. No podemos acusar a alguien solo porque te haga recordar una etapa de tu vida.
Erik arquea una ceja y sonríe.
—Eres desconfiado, me agrada.
Jessica solo observa, sin decir una palabra.
—Bueno, pondré a los agentes a investigar. Regreso cuando tenga información.
—Iré por un café. —Dice Erik, poniéndose de pie rápidamente.
Cahill salió de la oficina. Jessica siguió a Erik con la mirada hasta que desapareció por el pasillo. Había recuperado la postura elegante, el traje impecable.
Incluso aquella arrogancia insoportable. Durante un año creyó que jamás volvería a verlo así. Se sorprendió sonriendo apenas y se obligo a dejar de hacerlo.
Sin embargo, su lado arraigado al deber, quería acabar con el caso cuanto antes. Le dolía demasiado trabajar con él, sobre todo por como terminaron las cosas entre ellos.
Jessica no creía que Erik sea capaz de perdonarla. Pero solo ella sabía que era la única manera de asegurarse de que este a salvo.
Thomas Reed caminaba de un lado a otro en la oficina.
—Sé que al principio estaba de acuerdo con esto, pero no creo que Cahill sea lo que necesitamos. Es demasiado confiado, arrogante.
Jessica lo observó unos segundos. No era la primera vez que Thomas cuestionaba a Erik. Había algo en su tono que iba más allá de la desconfianza profesional.
—No me agrada trabajar con él. Pero si dice que quien falsifico los billetes fue Julián Vance, quiero investigarlo.
En ese momento, Mark Reynolds ingresó a la oficina con una carpeta. Detrás de él, ingresó Hammer y por último, Erik con dos tazas de café.
De una bebió un sorbo, y la otra, de manera inconsciente como si fuera un acto mecánico, se la entregó a Jessica. Ella lo tomó, sorprendida.
Recordó los días en los que estuvieron juntos, la mayoría de las veces era Erik quien preparaba el café para los dos.
Mark miró a Erik y Thomas miró a Jessica.
Ella agachó la mirada y fue entonces cuando Erik se dio cuenta. Por primera vez desde que salió de prisión, perdió completamente la compostura. No supo que hacer.
—Tenemos los resultados. —Dijo Mark, sacándolos de la incomodidad.
Reed se detuvo y lo miró fijamente.
—Erik tiene razón. —Dijo. —Julián Vance lleva desaparecido ocho meses.
—No desapareció. —Dijo Erik, con tranquilidad. —Se unió a “Los Dragones”.
Hammer cerró la puerta. Miró a sus agentes y por ultimo a Erik.
—Ya no tenemos tiempo. —Dijo Hammer. —Viajarás a Rusia cuanto antes.
Jessica negó.
—No creo que sea buena idea. Me niego a que deambule solo por Europa.
—No irá solo. —Dijo Hammer. —Ustedes lo acompañaran. Pero tú, Jessica, no te le despegarás ni un segundo.