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CORAZÓN DE FUEGO

CORAZÓN DE FUEGO

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Héroes
Popularitas:84
Nilai: 5
nombre de autor: DARLIN VELASQUEZ

Una historia diferente, donde el amor y el sobrevivir van de la mano. 🥀

NovelToon tiene autorización de DARLIN VELASQUEZ para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL PODER

"No le temas al caos: es el universo desarmándote para volverte a armar mejor."

—Usa tu otro poder —supliqué, con la voz quebrada—. No le hagas daño, Keiren. Infúndele algo... un sentimiento, una emoción. Haz que se detenga desde dentro. ¡Vuélvelo inofensivo! Keiren vaciló. Sus llamas flaquearon. La manipulación emocional requería una precisión que él temía no tener. VR15 avanzó un paso más, sus servomotores chirriando, y levantó un brazo metálico hacia mi cuello.

—¡Ahora, Keiren! —grité. Keiren cerró los ojos con fuerza y dejó caer el fuego. Se abalanzó hacia adelante y puso sus ojos directamente sobre los de VR15. Sus ojos azules no brillar con azul fuego, sino con un aura tenue, casi imperceptible, de un color amatista suave.

— 88%… 92%…

—No puedo... es demasiado denso... su código está bloqueado por el odio del Gran Jefe —gruñó Keiren, apretando los dientes. El sudor le resbalaba por la frente—. ¡No me deja entrar!

—¡Busca el recuerdo de cuando nos cuidaba! —le insté, tocando también el metal frío—. ¡Busca la ternura, Keiren! ¡Él es más que una máquina!

— 98%… 99%…

El tiempo pareció congelarse. El "9" del marcador parpadeó, a punto de convertirse en el fin de nuestra resistencia. Entonces, el aura amatista de Keiren brilló con un estallido súbito. El cuerpo de VR15 se sacudió violentamente, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. La pantalla de transmisión se tiñó de blanco y luego se apagó. Un silencio sepulcral llenó la sala. VR15 se quedó completamente rígido. Sus sensores rojos parpadearon, se apagaron y, tras un segundo eterno, se encendieron de nuevo con un tono celeste suave, casi blanco.

—¿VR15? —susurré, sin atreverme a respirar.

El enorme robot ladeó la cabeza, pero no de esa forma mecánica y aterradora de antes. Lo hizo con una curiosidad lenta. Miró sus propias manos metálicas, moviendo los dedos uno a uno, y luego nos miró a nosotros.

—¿...Amigos? —su voz ya no era plana. Tenía un tono agudo, vacilante, como el de un niño que acaba de despertar de una pesadilla.

Se sentó en el suelo con un estruendo metálico, pero lo hizo con torpeza, cruzando sus piernas de acero de manera infantil. Extendió un dedo gigante hacia el brazo de Keiren y lo tocó con una suavidad extrema, emitiendo un pitido agudo de alegría.

—¡Mira! —dijo VR15, señalando una luz en el techo—. ¡Luz bonita!

Keiren retrocedió un paso, jadeando, apoyado en sus rodillas. Estaba exhausto. —Lo lograste —le dije, asombrada.

—No exactamente —respondió Keiren, limpiándose el sudor—. No pude borrar la programación del Gran Jefe... así que la sepulté bajo la emoción más pura e indefensa que encontré. Lo hice... un niño. VR15, el robot de seguridad más avanzado de la simulación, gateó un par de centímetros hacia mí y escondió su cabeza de metal en mi regazo, emitiendo un ronroneo electrónico de satisfacción. Éramos un grupo de prófugos con un líder inconsciente, una técnica herida y, ahora, un arma de guerra con la mente de un infante de cinco años.

—No sé cuánto tiempo pueda sostener esto —susurró Keiren, con la voz ronca por el esfuerzo—. Su núcleo original está ahí abajo, luchando por retomar el control. Cada vez que lo miro, tengo que volver a empujar esa inocencia en sus circuitos. Es como intentar mantener una represa con las manos desnudas.

VR15, ajeno a la lucha interna de Keiren, se entretenía intentando atrapar una mota de polvo que flotaba en el aire, emitiendo ruiditos electrónicos de asombro.

—Debemos movernos —dijo Lira desde el fondo, mientras terminaba de vendar la cabeza de Marcus—. Marcus está estable, pero no despertará pronto. Necesito silencio para monitorear si el Gran Jefe detectó el origen del pulso antes de que se cortara.

****

El peso del silencio se sentía como una losa de concreto sobre mis hombros. En la penumbra del balcón, solo el zumbido lejano de la ciudad y el eco de la respiración de Keiren interrumpían el vacío. Me sentía pequeña, rota, como si el fuego azul hubiera consumido no solo mi energía, sino también la idea de quién era yo.

—Los cinco elementos... —mi propia voz me resultó extraña, áspera—. El Gran Jefe habló de ellos como si fueran piezas de un motor. Algo que él necesita poseer para … no sé qué.

Keiren me miraba. No era esa mirada de lástima que recibía de otros; era una mirada que me escaneaba, que buscaba mis grietas y, en lugar de juzgarlas, parecía querer llenarlas.

—Si VR15 tiene la ubicación, el Gran Jefe ya la tiene también —respondió él en voz baja—. Estamos corriendo contra un dios que ahora tiene el mapa de nuestra destrucción.

Bajé la cabeza. Las lágrimas, que había estado conteniendo con una fuerza desesperada, finalmente rodaron por mis mejillas. La culpa no era una emoción, era un veneno físico en mi estómago. Mi familia, VR15 convertido en un niño, Marcus herido... todo convergía en mí.

—Es mi culpa, Keiren. Yo los traje a este punto muerto —susurré, apretando los dientes para no sollozar.

Entonces, ocurrió. Keiren no dijo "no es cierto" ni me dio un discurso heroico. Simplemente me rodeó con sus brazos. Fue un abrazo firme, sólido, un ancla real en un mundo que se deshacía en píxeles y códigos. Me hundí en su pecho, aspirando ese olor suyo, una mezcla de ozono y algo cálido, humano. En ese momento, algo cambió. No fue solo el contacto de la piel; fue una vibración, una sintonía eléctrica que nos recorrió a ambos. Levanté la vista y lo encontré allí, tan cerca. No hubo dudas, no hubo miedo al rechazo. Keiren se inclinó y sus labios encontraron los míos.

Fue un beso profundo, cargado de una urgencia que me dejó sin aliento. No tenía nada que ver con lo que había sentido antes. Recordé, casi con extrañeza, la suavidad de Erian, la forma en que él intentaba protegerme, incluso de mí misma. Sus besos eran como un refugio seguro, pero el de Keiren... el de Keiren era una batalla ganada. Era fuego encontrando más fuego. Era una verdad cruda y poderosa que me hacía sentir viva, no protegida, sino poderosa. Admitirlo me dio vértigo, pero era cierto: me gustaba más. Me gustaba esta conexión eléctrica que parecía decirme que, pasara lo que pasara, nuestras llamas arderían juntas.

Nos separamos apenas unos centímetros, compartiendo el mismo aire, mientras el peso del silencio volvía a caer, pero esta vez ya no me aplastaba.

—Keiren... —dije, con el corazón golpeándome las costillas—, si el Gran Jefe busca los elementos para controlar la simulación, no puede tenerlos todos. Si el quinto elemento es lo que creo... si somos nosotros.

Él acarició mi mejilla con el pulgar, su mirada fija en la mía. —Entonces tendremos que asegurarnos de que nunca llegue a tocarnos.

Me quedé allí, todavía sintiendo el hormigueo del beso en mis labios, mientras observaba a Keiren de reojo. Él ya había vuelto a fijar su mirada hacia al frente, pero algo en su postura había cambiado. Ya no era una rigidez defensiva; era algo más profundo, como si un secreto que lo estuviera asfixiando finalmente hubiera salido a la luz. Me sentí un poco tonta por no haberlo visto antes. Él intentaba ocultar lo que sentía tratándome con aspereza, quizás esperando que, si era lo suficientemente frío conmigo, sus propios sentimientos terminarían por congelarse. Pero el fuego no funciona así. Entre más intentas sofocarlo sin aire, más fuerte estalla cuando encuentra una grieta.

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