El imperio más codiciado de Italia que no le pertenece a nadie… excepto a él.
Ella heredó algo que no le pertenecía y él está dispuesto a quitárselo.
Entre pasiones calculadas y verdades que amenazan con destruirlos a ambos, la pregunta no es quién ganará… sino quién caerá primero en su propia trampa.
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Capítulo 8
El portón de hierro forjado de la mansión Galván ni siquiera había terminado de abrirse cuando el sedán de Fabiola cruzó la entrada derrapando sobre la grava.
Fabiola bajó del vehículo hecha una fiera. No traía el bolso, el abrigo le colgaba del brazo como un trofeo de guerra y sus ojos brillaban con una furia fría y calculadora. Cruzó el vestíbulo sin responder al saludo de los sirvientes, subió los escalones de tres en tres y pateó la puerta de la biblioteca sin contemplaciones.
El golpe seco retumbó en las paredes de madera de nogal.
Arturo estaba allí, como de costumbre, sentado en su silla de ruedas frente al gran ventanón, con una taza de té humeante entre las manos. Al escuchar el estruendo, apenas giró la cabeza, dejando ver las cicatrices de su rostro bajo la tenue luz de la lámpara de pie.
—Fabiola… —murmuró con voz cansada—. ¿Qué son estas formas de…?
—Déjate de estupideces, Arturo —lo interrumpió ella, avanzando como un depredador hasta quedar a solo dos pasos de su silla. Lanzó el sobre de manila negro sobre el escritorio, haciendo volar un par de cartas sueltas—. Explícame esto. Ahora mismo.
Arturo miró el sobre negro. Sus párpados temblaron ligeramente y el color se le fue del rostro. Dejó la taza sobre la mesa auxiliar con manos temblorosas.
—¿De dónde sacaste eso? Tu padre me juró que lo había destruido…
—Mi padre era más inteligente que tú. Guardaba las pruebas de sus victorias —escupió Fabiola, cruzándose de brazos con una postura erguida, implacable—. Anexos notariados para litigios por derechos de autor, cláusulas de silencio, fondos reservados para indemnizaciones. ¿Qué fue lo que hizo mi padre, Arturo? ¿A quién le robaron la patente original del motor?
Arturo cerró los ojos un instante, dejando salir un largo y dolido suspiro. Cuando los abrió, su mirada reflejaba la devastación de haber guardado una tétrica verdad durante décadas.
—No fue un robo cualquiera, Fabiola —dijo con el hilo de voz de quien confiesa un crimen ante el altar—. Fue una carnicería. Tu padre no era ningún genio de la ingeniería automotriz; era un visionario de los negocios, sí, pero el diseño revolucionario del motor, la suspensión activa, el sistema de inyección… todo le pertenecía a Alexey Santamaría.
Fabiola ni siquiera pestañeó. El apellido *Santamaría* no le provocó un shock; solo hizo que las piezas del rompecabezas en su cabeza encajaran con una precisión matemática.
—Santamaría… —repitió ella con una sonrisa helada y despectiva—. ¿Es padre de Alejandro?
—Sí —asintió Arturo con desesperación—. Alexey era nuestro socio en los inicios, el verdadero cerebro detrás del taller. Pero cuando el proyecto estuvo terminado, tu padre no quiso compartir el imperio. Usó sus contactos, pagó a jueces, manipuló los registros de la propiedad intelectual y acusó a Alexey de espionaje industrial y fraude. Lo enviaron a prisión. Alexey murió en la cárcel, arruinado y deshonrado, mientras tu padre construía este palacio sobre su tumba.
Arturo la miró fijamente, esperando ver en los ojos de su sobrina la culpa, el horror o el colapso moral que a él lo había consumido durante años.
Pero no encontró nada de eso.
La cara de Fabiola permaneció impasible. Una frialdad absoluta dominaba sus facciones. Para ella, la moral era un lujo para los débiles, y el arrepentimiento, una pérdida de tiempo.
—¿Y eso es todo? —preguntó Fabiola con una calma aterradora, soltando una risa corta y llena de veneno—. ¿Ese es tu gran secreto? ¿El drama que te tiene encerrado en esta casa lloriqueando como un niño?
Arturo se quedó helado, abriendo la boca sin poder emitir un solo sonido.
—¡Fabiola, por Dios! —exclamó el hombre, levantando las manos con impotencia—. ¡Tu padre destruyó a una familia entera! ¡El imperio Galván no es nuestro! ¡Se construyó sobre una estafa criminal!
Fabiola se inclinó despacio sobre la silla de ruedas, acorralando a su tío con la mirada. En sus ojos negros no había un solo rastro de miedo, ni de preocupación, ni de vergüenza. Solo la ambición desmedida de una mujer dispuesta a todo por conservar el poder.
—El imperio Galván es mío porque lleva mi apellido, Arturo —dijo en un susurro vil, cada palabra afilada como un bisturí—. Me da exactamente igual quién haya dibujado los planos en un papel arrugado hace treinta años. La historia no recuerda a los genios encerrados en un taller; la historia recuerda a los reyes que supieron coronarse. Y mi padre tuvo los pantalones para hacer lo que se necesitaba para ponernos en la cima.
—¡Alejandro Santamaría vino a destruirnos! —gritó Arturo con la voz quebrada—. ¿No lo entiendes? ¡Ese muchacho no quiere hacer negocios contigo! ¡Busca venganza! ¡Nos va a quitar todo lo que tenemos!
Fabiola se enderezó con una lentitud majestuosa. Se arregló los puños de su chaqueta blanca, imperturbable ante la advertencia.
—Que lo intente —sonrió ella, y en su rostro se dibujó la verdadera máscara de una mujer elegante y despiadada—. Alejandro creyó que me estaba manipulando al meterse en mi empresa. Creyó que acorralaba a una huerfanita asustada que se quebraría al descubrir los trapos sucios de su padre. Pero se equivoca.
Tomó el sobre negro del escritorio y lo guardó con parsimonia bajo el brazo.
—Si Alejandro Santamaría quiere guerra, le voy a dar una. No me importa si su padre era un santo o un genio. Esta empresa es mía, el apellido es mío y no voy a entregar ni un solo euro de mi patrimonio a un aparecido con sed de justicia poética.
Miró a su tío con un desprecio profundo, como si hablara con un insecto.
—Y tú, Arturo… si se te ocurre volver a abrir la boca sobre este tema con mi madre, con la prensa o con ese Santamaría, me aseguraré personalmente de quitarte hasta el último centavo de la pensión que esta empresa te paga por lástima. Te quedarás solo en esta silla, sin un solo médico que atienda tu agonía. ¿Nos entendemos?
Arturo la contempló en absoluto silencio, aterrorizado. En ese instante se dio cuenta de que Fabiola no era una víctima de la herencia de su padre: era una criatura mucho peor que Héctor Galván.
Fabiola dio media vuelta y caminó hacia la salida. Al llegar a la puerta, se detuvo un segundo sin mirar atrás.
—Mañana tengo reunión con mi nuevo socio —dijo con una voz suave, casi dulce, pero cargada de peligro—. Vamos a ver qué tan fuerte es el heredero de los Santamaría cuando descubra que la hija de su enemigo no le tiene miedo a nada.