Julián deja su vida humilde y su familia al reencontrarse con Valeria, su amor millonario de la infancia, que lo manipula para separarlo de Mara y sus hijos Luca y Elena. Tras mudarse a la mansión, los conflictos, los secretos y los acosos en la escuela rompen la armonía. Mara se va con los niños, y Julián queda atrapado entre dos vidas hasta que el dolor de perderlos lo obliga a elegir. Al final, se aleja de Valeria, reconstruye su familia con honestidad, y los hijos también sanan y construyen relaciones sanas y respetuosas.
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— La mudanza y la mansión
Los días siguientes, Julián empezó a salir temprano, cuando apenas se filtraba la primera luz gris por las cortinas, y volver tarde, cuando la casa ya estaba en silencio y solo quedaba la luz del pasillo encendida esperándolo. Valeria lo recogía en ese auto negro, brillante y silencioso, que a Mara le parecía cada vez más una sombra estacionada frente a su puerta, como vigilando, como esperando a que se abriera la puerta para llevárselo. Llegaba oliendo a un perfume dulce y penetrante que no era suyo, con la ropa más cuidada, planchada y diferente a la que él solía usar, las palabras más cortantes, la mirada más lejana, como si trajera consigo un mundo al que ella ya no tenía acceso.
—¿Cómo estuvo el día? —le preguntó Mara una noche, esperándolo despierta en el borde de la cama, con la taza de té ya fría en las manos y la voz suave, tratando de no delatar la inquietud que le apretaba el pecho.
—Bien —respondió él, sin mirarla, dejando la cartera sobre la cómoda con un golpe seco—. Mucho trabajo. Valeria me enseñó los planos hoy. Tiene una mente brillante. Se nota que nació para esto.
—¿Y cenaron juntos? —preguntó ella, mordiéndose el labio inferior, tratando de no sonar acusadora aunque el corazón se le aceleraba al decirlo.
—Sí, es parte del trabajo, Mara. No empieces.
—No quiero empezar nada —dijo ella, con voz suave, acercándose un paso—. Solo quiero que no te alejes de nosotros. De mí. De los niños. Siento que cada día estás un poco más lejos.
Julián suspiró, con un cansancio que parecía pesarle en los hombros más de lo que debería. Se pasó una mano por el cabello, evitando encontrarse con sus ojos en el espejo.
—No me alejo. Solo estoy trabajando para darles una vida mejor. ¿Es que no lo entiendes? ¿Quieres que sigamos así siempre, contando cada moneda, arreglando todo lo que se rompe?
—¿A costa de qué, Julián? —susurró ella, pero él ya se había girado para dormir, dándole la espalda, como si sus palabras fueran un ruido que no quería escuchar.
Pasaron apenas dos meses cuando Julián llegó a casa con una noticia que los dejó helados a todos. Entró con una energía que no tenía desde hacía tiempo, los ojos brillantes, casi impaciente por soltar las palabras.
—Valeria nos consiguió una casa —dijo, con una sonrisa que no llegó a tocar la preocupación que Mara ya empezaba a ver en su mirada—. Una mansión. Para los cuatro. Cerca de mi familia. Ya hablé con ellos. Me pidieron perdón. Quieren que volvamos a formar una familia. Que estemos juntos como debimos estar siempre.
—¿Una mansión? —repitió Mara, incrédula, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies—. Julián, nosotros no pertenecemos ahí. Tenemos nuestra casa. Nuestra vida.
—¿No pertenecemos? —se alteró él, levantando la voz, dando un paso hacia ella como si sus palabras fueran un obstáculo—. ¡Soy hijo de los Riveros! ¡Nací ahí! Tú y los niños merecen vivir bien, no en esta casita donde llueve por todos lados, se está cayendo en pedazos y cada invierno pasamos frío. Merecen seguridad, oportunidades, todo lo que yo no pude darles hasta ahora.
—No es la casa, es el lugar —insistió ella, con la voz temblorosa pero firme—. Allí no me quieren. Lo sé. Lo siento. Los conozco, Julián. Me conocen. Y no me van a aceptar de la noche a la mañana.
—Es que tú siempre ves lo malo —le dijo él, con amargura, cruzándose de brazos—. Mis padres están arrepentidos. Valeria los convenció. Les habló de nosotros, de los niños, de todo lo que hemos logrado solos. Todo va a estar bien. Ya verás.