En un lugar de animales evolucionados, bípedos de gran inteligencia, Sobek, un Cocodrilo de agua salada intenta adaptarse al mundo social de los mamíferos, siendo él un ser de sangre fría
NovelToon tiene autorización de Eduardopz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 009
POV:
—Hace un buen clima.
No hay nada mejor que dormir, aunque las mesas de los pupitres son de todo menos cómodas. Por más que limpie la superficie, siempre tienen polvo y terminan manchando mis pantalones. No tengo ningunas ganas de lavar ropa al llegar a casa; en realidad, este uniforme ya está rogando por la lavadora.
Sacudí la suciedad con la intención de disimular un poco mi pereza. Busqué mi celular para revisar la hora; aún tenía tiempo. De tanto dormir a escondidas en horas de clase, tengo mi reloj interno perfectamente calibrado.
Me dispuse a abandonar el salón, pero Yaga me interceptó en el camino.
—Te estuve llamando todo el día de ayer —me reclamó molesta—. Te he dicho mil veces que no silencies el celular.
—Se me olvidó —sonreí, dándole una palmadita en el hombro—. Pero dime, ¿pasó algo grave?
—Hubo una pelea y el amigo de Will terminó con la muñeca dislocada —resumió ella de golpe.
—¿El amigo de Kano? —Ladeé la cabeza—. ¿Cuál de todos?
—Tules.
Yaga lideró el camino hacia el jardín interno mientras me daba los detalles del acontecimiento ocurrido el día anterior, justo cuando yo me encontraba en el club de natación.
—¿No fue un poco exagerado? Apenas están en primer año —comenté.
—Todos hablan de lo raro que es ese chico. Dicen que estaba loco y que trató de golpear a sus compañeros, pero alguien intervino y Tules quedó herido —soltó un fuerte suspiro—. Hay muchas fotos rodando por ahí.
De vez en cuando solía haber peleas pactadas en la escuela para resolver disputas, y yo mismo me aseguraba de supervisarlas. Pero llegar al extremo de casi matar a alguien... ese niño nuevo era, sin duda, un psicópata. Por las noticias que corrían, era probable que solo lo expulsaran,
Llegamos al pequeño jardín que se ubicaba bajo el tragaluz; las flores siempre crecían más bellas en ese sector. Sentado allí, con una expresión de rabia incontenible y la muñeca enyesada hasta la mitad del brazo, Tules se veía terrible. Pensé que al usar la palabra «dislocado», Yaga se refería a una lesión menor producto de una exageración, algo que solo requeriría un vendaje y unas cuantas semanas de reposo.
—¿Te caíste de una terraza o qué? —pregunté con incredulidad.
Tules resopló. Quería maldecir, pero se contuvo para no hacerme enfadar. Alzó el brazo inmovilizado y usó un dedo de la otra mano para señalar varios puntos en el yeso.
—Esos son los nervios que estuve a punto de perder —rechinó los dientes—. Tengo que usar esta estúpida cosa por cuatro meses... si es que quiero volver a mover los dedos.
—¿Contra qué caíste? ¿Te tomó con la guardia baja y te empujó?
—No...
Intercambié una mirada de extrañeza con Yaga al oír su relato. ¿Alguien había hecho esto de forma totalmente consciente? Tules podía ser un poco problemático, pero no se había ganado el rencor de nadie; además, era bastante bueno peleando.
—Conozco a todos en este lugar. De haberlo visto antes, sabría quién es —continuó Tules—. Vestía un traje de conserje; seguro estaba cumpliendo un castigo.
Para nosotros era fácil ubicar a cualquiera, pero si Tules jamás lo había visto, ¿sería un estudiante del ala de los herbívoros? No lo creí a la primera. En la institución se solía dividir a los alfas de los omegas precisamente para evitar accidentes durante el celo de estos últimos... ¿Se trataría entonces de algún beta? Cruzó por mi mente la idea de ir a buscarlo, pero los del ala opuesta eran sumamente ariscos con cualquier alfa. Como yo soy un jaguar, tal vez mis feromonas resultaran demasiado imponentes para ellos.
Sumergido en mis pensamientos, los gritos alarmados de Tules me trajeron de vuelta a la realidad.
—¡Es él! ¡El que va hacia allá! —apuntó con desesperación.
Solo alcancé a ver un fragmento de su espalda antes de que se perdiera tras la pared. Seguimos a un alterado Tules hasta alcanzar a su agresor. Esperaba un escándalo por parte de mi amigo al estar cerca de quien le había jugado sucio; sin embargo, Tules frenó en seco, sin atreverse siquiera a alzar la voz. Me limité a observar la espalda del desconocido, vestida con el traje holgado de conserje.
El chico escuchó nuestros pasos. Con una calma que resultaba inquietante, alzó la vista por encima del hombro. En ese mismo instante, un escalofrío helado me recorrió la espina dorsal.
Tenía una apariencia que no había visto jamás en mi vida. Su piel poseía una tonalidad ligeramente tostada, como si tomara el sol más suave de las mañanas. Su rostro presentaba unos rasgos audaces y estoicos, sin una sola pizca de verdadera expresividad. Sus ojos estaban parcialmente cubiertos por un cabello tan negro como un abismo, que le descendía hasta la nuca. Tenía una altura similar a la mía; parecía rivalizar conmigo con el simple hecho de compartir el mismo espacio.
Y su mirada... Detrás de las hebras de su cabello, parecía asomarse una criatura completamente desconocida. Su sola presencia parecía congelar el ambiente a nuestro alrededor. Nunca antes me había sentido intimidado por nadie, pero ese chico era diferente.
Sacándonos de nuestro trance, el chirrido de unas ruedas viejas anunció la cercanía del carrito de limpieza.
Aquel chico con aura de demonio inclinó un poco la cabeza hacia Tules, clavando los ojos en su brazo inutilizado. No recortó la distancia, pero, aun desde su lugar, parecía estar violentando psicológicamente a mi amigo. Hizo el amago de estirar la mano para tocar el yeso, pero Yaga lo detuvo.
—¿Qué estás haciendo? ¿Planeas herirlo de nuevo? —reclamó Yaga con rudeza, haciendo acopio de toda la valentía que le quedaba para hablar.
Entendía el nerviosismo de Yaga a la perfección. Yo mismo experimentaba una extraña sensación de miedo; una alarma interna que me ordenaba apartarme de él.
—¿Qué eres? —habló él con una voz gutural y profunda, mirando fijamente a Yaga.
Las pupilas de mi compañera temblaron. De inmediato me interpuse entre ellos, manteniendo a los dos detrás de mi cuerpo. Sinceramente, esa pregunta me sacó por completo de lugar. ¿Qué clase de interrogatorio era ese?
—¿No crees que estás demasiado cerca de la dama? —dije, abandonando cualquier tono de broma—. Mantén tu distancia.
Él solo dio un paso atrás. Su vista se posó por completo en mí, haciéndome sentir una incomodidad indescriptible.
—¿A qué especie perteneces? —me preguntó.
Dudé antes de responder. No sabía para qué quería esa información; nadie en la escuela hacía ese tipo de preguntas. No era como si tuviera miedo de las acciones que pudiera tomar ante mi negativa, pero decidí ser cauteloso.
—Jaguar.
Ante su silencio, fui yo quien exigió respuestas:
—Y tú, ¿quién eres?... ¿De qué clase eres? —interrogué, intentando ocultar el temblor inconsciente de mi voz.
Sus ojos filosos se dirigieron de vuelta a Tules, ignorándome por completo.
—En realidad no sacudí tu mano con fuerza. Podría decir que ni siquiera me esforcé —comentó él con parsimonia—. Por lo tanto, no esperaba que tuvieras fracturas tan graves...
Ahí parado, no pude evitar notar el pánico genuino que emanaba de Tules. De repente, el extraño esbozó una sonrisa; una mueca tan ligera que apenas parecía una sonrisa real.
—El hermano del licaón... ¿Aún vive?
Tules estalló en ira, buscando abalanzarse sobre él. En el milisegundo en que mi amigo dio un pequeño paso al frente, la mano de ese chico se movió con una velocidad inverosímil hacia su cuello. Por puro reflejo de cazador, me adelanté y le detuve el brazo, sujetándolo con una fuerza endemoniada.
Una gota de sudor frío bajó por mi frente. La potencia contenida en ese simple brazo era absurda... Fue como intentar detener a un monstruo que se arroja sobre su presa. Por fortuna, él no buscaba una pelea en ese momento; solo parecía disfrutar del dolor ajeno.
—Soy Sobek —me dijo, zafándose de mi agarre con pasmosa facilidad—. Creo que intentas apoyar a tu amigo al ir en mi contra, pero yo no hice más que devolver su propia violencia. Si aún quieren desafiarme, le romperé la pierna al dingo, para que él mismo te diga lo mucho que se arrepiente de haberte pedido ayuda. ¿Lo entiendes?
Me quedé en absoluto silencio, forzando mi templanza para que no terminara de desplomarse. Al fondo del pasillo, el traqueteo de otro carrito interrumpió la escena. El conserje principal llegó al lugar, regañando duramente a Sobek por perder el tiempo. El chico no mostró el menor cambio en su expresión. Tomó los mandos de su carrito y, sin dedicarnos una sola mirada más, siguió de forma apacible al anciano, como si lo ocurrido hace unos segundos jamás hubiera sucedido.