Cassidy Evans sabe arreglar casi cualquier cosa, excepto su propia vida. Entre un taller que apenas se sostiene, un padre que consume todo lo que toca y un futuro que parece decidido por otros, ha aprendido a confiar solo en sus manos, su ingenio y su hermano.
Adamo Greco nació para un mundo completamente distinto. Heredero de una familia mafiosa, peligroso, arrogante y demasiado acostumbrado a conseguir lo que quiere, llega a Idaho buscando algo que ni siquiera sabe nombrar.
Una Ducati averiada los pone frente a frente. Lo que comienza con provocaciones, discusiones y una atracción imposible de ignorar pronto se convierte en una obsesión capaz de arrastrarlos a ambos.
Cassidy no sabe quién es realmente Adamo.
Adamo sí sabe que debería mantenerse lejos de ella.
Pero hay adicciones que empiezan con una sola mirada… y terminan costándolo todo.
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Más que diversión
Cassidy
Desvío la mirada.
Lo vuelvo a mirar.
Porque aparentemente tengo principios débiles.
Existe algo profundamente injusto en que un hombre pueda verse así sin haber cometido ningún mérito moral para conseguirlo.
Genética. Nada más. Una lotería genética ofensivamente favorable.
—Te quedaste muy callada —dice.
La voz vibra debajo de mí.
—Estoy planeando tu asesinato.
—No parece.
—¿Y cómo sabes cómo parece?
—Porque cuando planeas asesinarme hablas más.
Maldito.
Intento incorporarme.
Adamo me sostiene mejor.
Sus manos se cierran alrededor de mis muslos.
El contacto me atraviesa.
No debería, pero lo hace.
—Bájame.
—Pídelo bonito.
—Bájame antes de que descubra experimentalmente cuánto duele una patada desde este ángulo.
—Eso sí parece más tú.
Se ríe.
Y empieza a girar.
—No.
—¿No qué?
—Adamo.
—Cass.
—Ni se te ocurra.
—¿Qué cosa?
—¡NO!
Me lanza y grito mientras caigo al agua.
Salgo segundos después riéndome tan fuerte que me duele el estómago.
—¡Eres un imbécil!
Adamo nada hacia mí.
—Pero estás riéndote.
—Puedo reír mientras te odio.
—Multitarea.
Cuando llega lo suficientemente cerca intento empujarlo.
Él me agarra otra vez.
Esta vez por la muñeca.
Tiro, pero no me suelta.
—Déjame.
—No.
—Greco.
—Evans.
Me quedo quieta.
No sé por qué escucharlo decir mi apellido me hace algo raro.
Quizá porque hasta ahora casi siempre soy Cass.
Cassidy cuando quiere irritarme.
Pero Evans suena distinto en su boca.
—Suéltame.
Lo digo mucho menos convencida.
Él también lo nota.
Sus ojos bajan a mi boca.
Otra vez.
Ese hombre mira demasiado mi boca.
Y yo debería dejar de fijarme.
—¿Segura?
No.
Sí.
No tengo idea.
Tiro de la muñeca.
Me libera inmediatamente.
Eso debería tranquilizarme.
Lo hace.
También me decepciona un poco.
Eso es peor.
Nos alejamos unos metros.
Después vuelvo.
No conscientemente.
Simplemente terminamos cerca otra vez.
Una mano suya roza mi espalda cuando pasa detrás de mí.
Más tarde me atrapa por la cintura para impedir que vuelva a hundirlo.
Después soy yo quien se aferra a su brazo mientras intento subirme sobre su espalda.
Todo son juegos.
No significa nada.
Ese es el problema.
Porque me gusta. Me gusta demasiado.
Cada vez que me toca, mi cuerpo responde antes que yo.
Cada vez que sus dedos se cierran alrededor de mi cintura quiero que tarden un poco más en soltarse.
Y en algún momento aparece un pensamiento.
Pequeño.
Estúpido.
Peligroso.
Ojalá me tocara así siempre.
Me quedo inmóvil.
No.
No, no, no.
¿Qué mierda fue eso?
Siempre no existe.
No con él.
Adamo está de paso.
Me lo dijo.
Tres meses para recorrer Estados Unidos.
No tres meses aquí.
Quizá mañana despierte y decida seguir.
Quizá en dos días.
Una semana.
Dos, con suerte.
Después se irá.
Volverá a Grecia.
A sus importaciones sospechosas.
A su familia extraña.
A su gemela que aparentemente supervisa sus decisiones desde otro continente.
Y yo seguiré aquí.
Bueno. No exactamente aquí porque técnicamente hoy me quedé sin casa.
Fantástico.
Eso debería ser suficiente para que mi cerebro deje de inventarse problemas nuevos.
No lo es.
Adamo vuelve a salpicarme.
Esta vez ni siquiera reacciono.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Te fuiste otra vez.
—No me fui.
—Pusiste esa cara.
—¿Qué cara?
—La de que empezaste a pensar demasiado.
Qué molesto que ya reconozca eso.
—Tal vez estoy pensando cuánto tiempo tardaría en llegar caminando hasta mi ropa si decido abandonarte aquí.
—No lo harías.
—¿Por qué?
Se acerca.
—Porque te estás divirtiendo.
Mierda.
—Eso no significa que me caigas bien.
—Nunca dije que te caigo bien.
Avanza otro paso.
El agua le llega poco más arriba de la cintura.
No mires, Cass, me digo, pero lo hago.
Miro.
Definitivamente debería existir alguna ley que obligue a los hombres atractivos a permanecer vestidos cuando una está emocionalmente vulnerable.
—¿Entonces qué dijiste?
—Que te estás divirtiendo conmigo.
—¿Es solo diversión?
Su voz baja un poco. No sé si lo imagino, pero su voz ronca recorre mi piel centímetro a centímetro, quemando mi piel y evaporando la lógica que habita en mi cerebro.
—No—reconozco.
No.
No lo es.
Y eso es precisamente lo que me preocupa.
—¿Sabes qué no entiendo? —pregunto.
—Muchas cosas, probablemente. —Le lanzo agua—. Estaba intentando tener una conversación.
—Perdón. Continúa.
—No entiendo cómo puedes andar por la vida así.
—¿Desnudo?
—Idiota.
—¿Cómo qué?
—Como si nada te importara demasiado.
Su sonrisa cambia.
Solo un poco.
—Me importan muchas cosas.
—No parece.
—Porque no me conoces.
Eso me calla.
Tiene razón.
Yo tampoco le he contado prácticamente nada.
Y llevo horas construyendo una versión entera de él a partir de una moto demasiado cara, una tarjeta de crédito y la facilidad con la que dice que las cosas pueden reemplazarse.
—Touché —murmuro.
—¿Qué crees que no me importa?
—El dinero.
—No demasiado.
—Tu integridad física.
—Depende.
—La Ducati.
—Eso es mentira.
—La torturaste.
—La amo.
—Tienes una forma extraña de demostrar amor.
Algo cruza por su cara. Tan rápido que casi me lo pierdo.
—Puede ser.
No sé por qué esa respuesta se siente distinta.
No pregunto.
Adamo tampoco explica.
Nos quedamos en silencio.
El agua se mueve lentamente alrededor de nosotros.
La luna hace que todo parezca menos real.
Quizá por eso me atrevo a mirarlo otra vez.
Sin disimular.
Pecho.
Hombros.
Brazos.
Abdomen.
Y sí.
Más abajo.
Mucho más abajo de lo prudente.
Esta vez cuando subo la mirada, él me está mirando.
Atrapada.
—¿Qué? —pregunto.
—Nada.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
—Estoy disfrutando.
—¿De qué?
—De que hace diez minutos me acusabas de mirarte.
El calor quema en toda mi cara.
—No estaba mirando.
—Cass.
—Estaba evaluando.
—Ah.
—Anatómicamente.
Su sonrisa se vuelve indecente.
—¿Y cuál fue la evaluación?
Dios.
¿Por qué hablo?
—Resultados inconclusos.
—Podemos recopilar más datos.
Me río.
—Eres imposible.
—Eso no fue un no.
—Fue exactamente un no.
—Sonó ambiguo.
—Necesitas mejorar tu comprensión auditiva.
Se acerca otra vez.
No mucho.
Solo lo suficiente para que pueda sentir el calor de su cuerpo cuando el agua se mueve entre nosotros.
—¿Y si quiero una segunda opinión?
Trago.
—Busca otro laboratorio.
Adamo se ríe, pero no se aleja.
Yo tampoco.
Hay algo muy malo en esto.
Y no es que estemos desnudos. Eso sorprendentemente dejó de ser lo más problemático hace rato. Lo malo es que estoy cómoda.
Demasiado.
No siento vergüenza.
No estoy pensando en cubrirme.
No estoy contando cuántos segundos pasan entre una mirada y otra.
Estoy con él.
Nada más.
Y me gusta.
Muchísimo.
Odio eso.
—Tenemos que salir —digo.
—¿Por qué?
—Porque vamos a morir de hipotermia.
—No tienes frío.
—Estoy helada.
—No parece.
—Porque tú estás cerca.
Las palabras salen.
Mi cerebro las escucha tarde.
Oh, mierda.
Adamo se queda quieto.
Yo también.
—Quise decir…
—Sé lo que quisiste decir.
No.
No sabe.
Yo tampoco sé qué quise decir.
Se acerca medio paso.
Su mano toca mi cintura.
Esta vez no estamos jugando.
Eso cambia todo.
Mi respiración se vuelve superficial.
Los dedos de Adamo se quedan ahí.
No avanzan.
No retroceden.
Como si esperara.
Como si quisiera saber si voy a apartarme.
No lo hago.
—Cass.
Su voz es mucho más baja.
Miro su boca.
Error.
—¿Qué?
—Nada.
—Entonces no digas mi nombre así.
—¿Así cómo?
—Como si...
Me detengo.
—¿Como si qué?
No tengo respuesta. O tengo demasiadas.
Su pulgar se mueve una vez sobre mi piel.
Un movimiento pequeño.
Inofensivo.
Mi cuerpo entero lo siente.
Quiero que lo repita.
Quiero que haga mucho más que repetirlo.
Y finalmente lo admito.
No en voz alta.
Nunca.
Pero conmigo.
Lo deseo.
No porque Travis estuviera mirando.
No porque necesitara fingir.
No porque tenga curiosidad.
Quiero besarlo.
Quiero sentir otra vez su boca.
Quiero saber qué pasa si ninguno de los dos tiene que detenerse después de dos segundos.
Quiero sus manos.
Quiero… No.
Basta.
Esto es un error.
Un error alto, musculoso, arrogante y absurdamente atractivo.
Pero sigue siendo un error.
Porque Adamo se va.
No sé cuándo. Pero se va.
Y cuanto más me gusta estar con él, peor idea parece seguir acercándome.
Levanto los ojos.
Él me observa.
Por la expresión de su cara, probablemente acaba de llegar a conclusiones parecidas.
—Tenemos que salir —repito.
Esta vez mi voz casi no tiembla.
Adamo permanece quieto otro segundo.
Después retira la mano.
—Sí.
No sé por qué me decepciona esa respuesta, pero lo hace.
Nado hacia la orilla. Y mientras avanzo me obligo a recordar algo que mi cuerpo parece empeñado en olvidar.
Adamo Greco está de paso.
Yo no puedo convertirme en una parada que quiera que se quede.
solo debes ver lo bonito tu hermano que amas y quién te ama
algún día tu mamá pondrá los pies sobre la tierra solo esperemos no sea tarde.
sobre Adamo bueno tomaste tu decisión 🤷