Ámbar Di Marco, una joven curvilínea de belleza clásica, siempre amó en silencio a Alexander Sterling, el magnate naviero que años atrás la humillaba por su timidez y su cuerpo. Tras la muerte de su abuelo, un testamento obliga a ambas familias a unirse mediante un matrimonio de conveniencia y a concebir un heredero en el plazo de un año.
Convencido de que Ámbar lo manipuló para atraparlo, Alexander la recibe con desprecio. Pero la convivencia y la intensa atracción entre ellos comienzan a derribar sus prejuicios. Mientras el orgullo y los secretos amenazan con separarlos, Alexander descubrirá que la mujer que juró rechazar es, en realidad, la única capaz de cambiar su corazón.
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Capítulo 9: La Tormenta en el Despacho
El trayecto de regreso desde el teatro de la ópera hasta la residencia Sterling fue un suplicio de silencio asfixiante. En el interior del automóvil blindado, la distancia entre ambos parecía más infranqueable que nunca. Ámbar mantuvo la mirada perdida en la lluvia que comenzaba a repicar contra los cristales, sintiendo cómo cada palabra susurrada por Cynthia en la penumbra del pasillo se repetía en su mente como un eco destructivo. A su lado, Alexander percibía la rigidez en los hombros de su esposa, el ritmo agitado de su respiración y esa frialdad repentina que lo irritaba profundamente, sin llegar a comprender qué demonios había cambiado durante el intermedio.
Al cruzar los umbrales de la mansión, la compostura de Ámbar terminó de desmoronarse. La rabia, las humillaciones acumuladas, la inseguridad sobre su propio valor y el dolor punzante del amor reprimido llegaron a su punto de quiebre definitivo. No esperó a que el chofer abriera la portezuela por completo, ni se molestó en subir a la suite principal a quitarse el pesado vestido de seda zafiro. Con paso rápido y decidido, se dirigió directamente hacia el despacho de Alexander en la planta baja.
Ámbar empujó las pesadas puertas de roble macizo con una fuerza que resonó en toda la galería, haciendo que rebotaran contra la pared.
Alexander acababa de entrar detrás de ella y se encontraba desabrochándose los botones del saco del frac. Al verla irrumpir de esa manera, con el rostro encendido por la indignación, las mejillas sonrosadas y los ojos oscuros chispeantes de una furia viva e incontrolable, se detuvo en seco.
—¿Cynthia Vance sigue siendo tu amante? —soltó Ámbar sin rodeos, sin saludar y con la voz temblando ligeramente por la intensidad de la emoción contenida.
Alexander frunció el ceño con marcado fastidio, arrojando el saco sobre el respaldo de la alta silla de cuero detrás de su escritorio de caoba.
—¿De qué demonios estás hablando ahora, Ámbar? —respondió él, usando un tono cansado que solo sirvió para echar más leña al fuego.
—Se me acercó en el pasillo posterior de la ópera mientras hablabas con el ministro —dijo Ámbar, dando un paso firme hacia el centro de la estancia, acortando la distancia que los separaba—. Me dijo que sigues visitándola en su apartamento de la bahía. Me dijo que te burlas de mí a sus espaldas, que duermes conmigo en esa suite solo por la maldita obligación del testamento y porque no te queda más remedio que soportar a la "chiquilla con cuerpo de matrona" que tu abuelo te impuso. ¡Exijo saber la verdad, Alexander! ¡No voy a permitir que me sigas humillando públicamente mientras me usas para conseguir a tu bendito heredero y asegurar la fusión de las empresas!
Alexander se quedó inmóvil un segundo. La sola mención de las palabras de Cynthia provocó una chispa de ira en su rostro, pero la acusación directa de Ámbar atacó de lleno su propio orgullo. Rodeó el pesado escritorio con pasos lentos, calculados y peligrosos, fijando sus ojos grises en ella como un depredador a punto de acorralar a su presa.
La cercanía repentina de su esposo, agitado, desprendiendo ese magnetismo masculino impregnado de la fragancia a madera y cuero, provocó una reacción inmediata e incontrolable en el cuerpo de la joven. Su escote profundo subía y bajaba con rapidez, revelando la aceleración salvaje de su pulso.
—No he vuelto a tocar a Cynthia desde el preciso instante en que firmamos nuestro compromiso de boda ante los abogados —dijo Alexander, deteniéndose a escasos centímetros de ella. Su voz era un barítono extremadamente bajo, rasposo y cargado de una autoridad que cortaba el aire—. Y aunque no le debo explicaciones a nadie sobre lo que hago o dejo de hacer en mi cama, no voy a tolerar bajo ninguna circunstancia que pongas en duda mi palabra.
—¡Tú dudaste de la mía desde el primer segundo en que pisé esta casa! —gritó ella, sobrepasada por la frustración, y en un arrebato impulsivo levantó la mano para golpear levemente el pecho rígido del magnate—. Me juzgaste como a una cazafortunas antes de conocer de verdad lo que había en mi corazón.
En el instante en que el puño de Ámbar tocó la firmeza de su camisa blanca, Alexander le atrapó la muñeca con la rapidez de un rayo. No apretó para hacerle daño, pero la atrajo hacia sí con una fuerza irresistible, pegando el cuerpo suave y lleno de curvas de Ámbar contra la estructura muscular y rígida del suyo. El contacto físico fue como encender una mecha en un barril de pólvora; una chispa instantánea, primitiva y abrasadora recorrió la espina dorsal de ambos.
Ámbar entreabrió los labios para protestar, pero la proximidad del rostro de Alexander, la intensidad oscura de sus ojos grises y el calor que emanaba de sus manos sosteniéndola le robaron el aliento por completo.
—¿De verdad quieres saber qué pienso de tu cuerpo, Ámbar? —susurró él sobre sus labios, con la voz desgarrada por el deseo reprimido que había intentado sofocar durante semanas—. ¿Quieres saber la verdad sobre lo que siento cuando te miro? Pienso que eres la tentación más desesperante, hermosa y desquiciante que he tenido enfrente en toda mi vida. Pienso que me vuelve loco tocarte, que no puedo concentrarme, que no puedo pensar en ninguna otra mujer sobre la faz de esta tierra desde la noche en que te probé en esa cama.
Antes de que ella pudiera procesar la confesión o articular la menor réplica, Alexander la tomó con firmeza por las caderas y la levantó en vilo con una facilidad pasmosa, sentándola de golpe sobre el borde del pesado escritorio de caoba.
El movimiento repentino provocó que varios expedientes, carpetas de cuero y plumas de tintero cayeran al suelo en un estrépito sordo, pero a ninguno de los dos les importó. Alexander se interpuso de inmediato entre las piernas de su esposa, acorralándola contra su cuerpo mientras sus labios buscaban los de ella en un beso dominante, ardiente, hambriento y desesperado.
Fue un choque de pasión pura donde las dudas, los celos y las heridas del pasado terminaron de consumirse. Ámbar soltó un gemido que se ahogó en la boca de su esposo, rodeando el cuello rígido de Alexander con sus brazos y enredando los dedos en su cabello oscuro. Mientras las manos grandes y posesivas del magnate deshacían los enganches del vestido de seda zafiro para rendirse ante la calidez de su piel, la discusión violenta se transformó en una vorágine insostenible de deseo, demostrando que la verdad entre ellos ya no podía escribirse con palabras, sino con la entrega absoluta de sus cuerpos.
💯 recomendada 😉👌🏼
se derretirá por el pay , pero que le cueste /Slight//Doubt/