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No te mueras, mi amor

No te mueras, mi amor

Status: Terminada
Genre:Romance / Amor en la guerra / Completas
Popularitas:10.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Mía Ríos

Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.

La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.

Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.

Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.

Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.

NovelToon tiene autorización de Mía Ríos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Capítulo 9

La zona de guerra

Garún era una ciudad que había olvidado cómo se veía la paz.

Valentina llevaba un mes caminando sus calles y todavía le costaba distinguir entre lo que estaba destruido y lo que siempre había sido ruina. Las fachadas tenían agujeros de obús que alguien había tapado con plástico azul. Los mercados abrían a las seis de la mañana y cerraban a las dos, porque después de las dos nadie podía garantizar nada. Los perros callejeros se habían acostumbrado al sonido de los morteros — ya no corrían cuando caía uno.

Su base de operaciones era un hotel requisado por la ONU. Tres pisos, un generador que fallaba cada tercer día, y una azotea desde la que se veía el humo de los barrios del este. Compartía la sala de prensa con seis corresponsales de otros países, una fotocopiadora que atascaba papel, y Samir.

Samir Al-Rashid tenía veinticuatro años y hablaba como si tuviera cuarenta. Había dejado la universidad de Beirut cuando empezó la guerra en su país para documentar lo que ningún medio extranjero quería cubrir: las historias pequeñas. La panadería que abría todos los días a pesar de los bombardeos. El maestro de escuela que daba clases en un sótano. La mujer que recogía gatos heridos entre los escombros.

—Los extranjeros vienen a filmar explosiones —le dijo a Valentina la primera semana—. Necesitamos a alguien que filme lo que pasa entre las explosiones.

Hablaba español con un acento que mezclaba estructuras árabes con vocabulario aprendido de telenovelas. Decía "habibi" cuando algo le emocionaba y "¿me entiendes?" al final de cada explicación, como si dudara de que el mundo pudiera comprender lo que él veía todos los días.

Valentina lo quiso desde el primer momento. No de manera romántica — de esa manera feroz en que se quiere a alguien que está haciendo exactamente lo correcto en el lugar más difícil del mundo.

---

La patrulla salió a las siete de la mañana.

Valentina iba en el segundo vehículo blindado, con la cámara en las rodillas y el chaleco antibalas que Canal 7 le había mandado por paquetería. Samir iba a su lado, con una libreta y una cámara vieja de treinta y cinco milímetros que se negaba a cambiar por una digital.

El convoy avanzó por la carretera principal hacia el corredor sur — una franja de tierra entre dos líneas de frente donde las fuerzas de paz hacían rondas diarias para disuadir ataques. Los campos a los lados estaban marcados con cintas rojas: minas.

En el tercer vehículo iba Benjamin Carter.

Valentina lo había conocido la segunda semana. Soldado estadounidense, agregado al contingente de observadores. Alto, rubio, con un humor negro que usaba como armadura. Hablaba un español roto que sonaba como si le doliera cada conjugación.

—Hey, Valentina —gritó desde su vehículo cuando pararon en un puesto de control—. ¿Viste que tus soldados latinoamericanos plantaron tomates detrás de las barracas?

Valentina se asomó por la ventana.

—¿Y?

—Nothing. Es que me parece… ¿cómo se dice? Cute. Very cute. Plantar tomates en una zona de guerra. Very Latin American.

Samir se rio. Valentina no.

—Esos soldados llevan seis meses aquí comiendo raciones empacadas —dijo—. Plantaron tomates porque extrañan su casa y porque una comida con sabor a algo real les recuerda por qué vale la pena volver. Si eso te parece cute, Carter, es porque no entiendes lo que significa estar lejos de todo lo que conoces.

Benjamin levantó las manos.

—Okay, okay. No quise ofender. Calm down.

—No me digas calm down.

Samir le puso la mano en el brazo. Valentina respiró. Se sentó de nuevo en su asiento y apretó la cámara con más fuerza de la necesaria.

El convoy avanzó.

---

El tiroteo empezó a las once.

No hubo advertencia. Un segundo estaban recorriendo una calle vacía y al siguiente el aire se llenó de sonidos que Valentina solo había escuchado en grabaciones: el estallido seco de rifles automáticos, el silbido de las balas cortando el aire, el grito del conductor frenando en seco.

—¡Contacto a la izquierda! ¡Todos abajo!

Valentina se tiró al piso del vehículo. Samir cayó encima de ella. El blindaje del vehículo resonaba con cada impacto — tac, tac, tac — como puños golpeando una puerta de metal.

Los soldados de la patrulla respondieron. El ruido se multiplicó. Valentina sentía las vibraciones en el piso, en los dientes, en la base del cráneo.

—¡Valentina, no te muevas! —gritó Samir.

Pero Valentina ya estaba moviéndose. Se arrastró hasta la puerta lateral, la abrió un centímetro y sacó la cámara por la rendija. Enfocó. El visor le mostró la calle iluminada por los destellos de los disparos, los soldados parapetados detrás de los vehículos, una columna de humo al fondo.

Grabó. Treinta segundos. Cuarenta. Un minuto. Las manos le temblaban pero el encuadre se mantuvo. Lo había aprendido en Alepo: si temblas, ancla los codos contra algo sólido. La puerta del vehículo fue suficiente.

El tiroteo terminó tan rápido como empezó. Cinco minutos de caos y después el silencio — no silencio real, sino ese silencio zumbante que queda cuando los disparos paran y los oídos todavía no se ajustan—.

El convoy se reagrupó. Un soldado tenía una herida superficial en el antebrazo — una esquirla le había rasgado la manga y la piel debajo. Lo vendaron en la carretera mientras él hacía chistes sobre que ahora tendría una cicatriz de guerra para impresionar a su novia. Valentina filmó eso también — la venda, los chistes, la forma en que las manos del médico no temblaban.

Samir la miró con una mezcla de admiración y espanto.

—Estás loca.

—Estoy haciendo mi trabajo.

—Esas dos cosas no son incompatibles.

---

Llegaron a la base a las seis de la tarde.

Valentina estaba agotada. Le dolían los hombros del chaleco, la espalda de las horas en el vehículo, y las rodillas de haberse tirado al piso durante el tiroteo. Tenía polvo en el pelo, arena en los dientes, y la adrenalina todavía le zumbaba debajo de la piel.

Fue a los lavaderos detrás de las barracas. Un grifo de agua fría, una manguera, y un espejo roto pegado a la pared con cinta adhesiva. Se quitó la camiseta sucia y se echó agua en la cabeza. El frío le golpeó el cuero cabelludo y le bajó por la nuca, por la espalda, arrastrando el polvo y el sudor del día. Cerró los ojos.

—¿Necesitas un peine?

La voz le entró por la columna vertebral. Grave, contenida, con ese acento limpio que había reconocido en una calle de Alepo meses atrás.

Valentina abrió los ojos. Se giró despacio.

Santiago estaba de pie a tres metros de ella, con uniforme de campaña y una mochila al hombro. Tenía el pelo más corto que la última vez. La cara más delgada. Los ojos exactamente iguales.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Valentina.

Él la miró con esa calma infuriante que le era propia — la calma de quien desactiva bombas, la calma de quien mira a una mujer empapada y llena de polvo como si fuera lo más normal del mundo.

—Llegué esta mañana. Voluntario. Mantenimiento de paz.

Valentina se quedó de pie con el agua goteándole del pelo y la camiseta sucia en la mano y el corazón latiéndole donde no debería latir. Lo miró. Él la miró. Y los dos supieron, sin decirlo, que la guerra acababa de volverse mucho más complicada.

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Carmen Gloria Rivas Barrio
Me encantó, un amor increíble, un amor dispuesto a todo, un amor a prueba de balas y de guerra
Miriam Molina Molina
Es una obra de arte... tan fantástica como real... dolorosa y amorosa como lo es la vida misma...
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.
Laura Castañon
que historia más maravillosa e impresionante me gusto mucho gracias escritora felicidades muchas bendiciones
Amanda Gongora
excelente felicitaciones gracias
Naicka Rodriguez
gracias me gustó mucho cada capítulo, me concentre tanto que hasta me involucre en todo los personajes, felicitaciones ame bastante esta historia 😍
Luz myriam Navarrete
Es buena la trama pero aburre q tiene poco dialigo de parte de los personajes mucha descriccion de alrrededor autora mejoralo bay no continuo ..dienpre repites lo mismo
Luna del Mar
Muy buena historia, excelente narración y trama. Felicidades escritora.
Helizahira Cohen
Esta interesante, bonita se ve
Isabel Balderas
esta historia me la encontré de casualidad y empecé a leerla pensando que era la típica historia de amor y el vivieron felices por siempre pero la leí completa y llore mucho solo me queda decir que esta historia me encantó sentí cada palabra como si estuviera yo presente en la historia 👏😭👏😭
Luna del Mar
Excelente primer capítulo
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