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La dote del silencio

La dote del silencio

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Amor eterno / Enfermizo / Completas
Popularitas:470
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.

Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.

Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.

Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

—¡Valeria, ven, vamos con mamá!

La voz animada de Patricia hizo que Valeria se volviera desde la cocina. Esa mañana estaba ayudando a Carmela a recoger los platos del desayuno.

—¿Sí, mamá? —respondió.

Patricia ya se encontraba en el marco de la puerta, con el bolso al hombro y los lentes de sol posados sobre la cabeza. Su porte resultaba elegante y seguro a partes iguales.

—Anda, arréglate.

El entusiasmo de Patricia le arrancó a Valeria una pausa a mitad de lo que hacía. Todavía tenía el trapo de cocina en las manos cuando se volvió con cara de desconcierto.

—¿Arreglarme para qué, mamá? —preguntó, genuinamente confundida.

Patricia sonrió de oreja a oreja. Los ojos le brillaban como los de una niña a punto de salir de vacaciones.

—Vamos de paseo.

Valeria frunció el ceño.

—¿De paseo?

—Sí. —Patricia asintió con decisión—. ¡Hoy vamos a gastar el dinero de Sebastián!

Valeria se quedó boquiabierta. No esperaba oír algo así de boca de su suegra.

En la sala, Sebastián, sentado en el sofá revisando mensajes en el teléfono, también levantó la cabeza. Pasó la mirada de la pantalla a su madre.

—¿Gastar mi dinero? —preguntó con voz neutra.

—Exacto. —Patricia respondió sin un ápice de remordimiento—. Llevo casi un mes sin parar de trabajar y de ir y venir. Hoy quiero un día de spa.

Señaló a Valeria con una sonrisa.

—Y quiero llevarme a mi nuera.

Valeria todavía no salía de su asombro. Le lanzó una mirada a Sebastián y enseguida volvió a fijarla en Patricia.

—P-pero yo nunca he salido a pasear así, mamá.

—Por eso mismo, es hora de que aprendas. —Patricia se le acercó y la rodeó por los hombros con calidez—. Ahora eres la esposa de Sebastián. Poco a poco tienes que ir acostumbrándote.

—Sí, pero me da miedo ser una molestia.

—¿Una molestia para quién?

—Para usted.

Patricia negó al instante.

—Al contrario: me encanta tener compañía.

Se giró hacia su hijo.

—Sebastián.

—¿Sí, mamá?

—Hoy te la pido prestada.

Sebastián dejó el teléfono sobre la mesa y le echó un vistazo rápido a Valeria antes de volver a mirar a su madre.

—Adelante.

—Y no estés llamando ni mandando mensajes a cada rato. Déjala disfrutar el día. ¡No nos molestes, ¿eh?! —advirtió Patricia con tono firme y mirada penetrante.

—Está bien, mamá.

La respuesta escueta de Sebastián hizo que Patricia resoplara con una mezcla de diversión y resignación.

—De verdad eres de pocas palabras.

Sebastián se limitó a esbozar una sonrisa mínima.

—Como tú digas, mamá.

—¡Eso! ¡Así me gusta! —Patricia se dio por satisfecha. Volvió a tomar a Valeria de la mano con energía—. ¡Vamos!

—Sí, mamá.

Al poco rato, el auto conducido por Esteban dejó atrás la casa y puso rumbo a un centro de belleza y bienestar que Patricia frecuentaba desde hacía tiempo.

Durante el trayecto, Valeria pasó la mayor parte del camino contemplando el paisaje por la ventanilla. Los edificios altos, las calles concurridas y las hileras de tiendas no dejaban de asombrarla.

Cuando el auto se detuvo, Valeria alzó la vista. Frente a ella se levantaba un edificio amplio con fachada de cristal. En la entrada, un pequeño jardín impecablemente arreglado lucía flores de colores vivos.

—Mamá —llamó Valeria en voz baja.

—¿Sí?

—¿Esto es un hospital?

Patricia se volvió y dejó escapar una risita.

—No, cariño. Es un spa.

—Ah... —Valeria asintió despacio, aunque en el fondo no tenía muy claro qué era un spa.

En cuanto se abrieron las puertas automáticas, una corriente de aire fresco les dio la bienvenida. Un aroma suave a aceites esenciales impregnaba el ambiente. Música instrumental sonaba quedamente de fondo y confería al lugar una serenidad envolvente.

Varias empleadas que reconocieron a Patricia se acercaron con sonrisas amables.

—Buenos días, señora Patricia.

—Buenos días. —Patricia les devolvió el saludo con cordialidad—. Hoy traje a mi nuera, Valeria.

Todas las empleadas dirigieron la atención hacia Valeria.

—Bienvenida, señora Valeria.

El saludo la puso nerviosa. Se apresuró a negar con las manos mientras sonreía cohibida.

—Yo no soy nadie importante.

Patricia le dio unas palmaditas suaves en el brazo.

—A partir de ahora, ve acostumbrándote.

Valeria la miró.

—Eres la esposa de Sebastián. No tienes por qué sentirte menos que nadie —continuó Patricia.

Aquellas palabras le calentaron el corazón a Valeria. Asintió despacio.

—Sí, mamá.

Al principio, Valeria estaba verdaderamente cohibida. Cuando una terapeuta la invitó a pasar a la sala de tratamiento, no dejaba de buscar a Patricia con la mirada, como pidiendo permiso.

—Mamá.

—¿Hm?

—¿De verdad tengo que hacer todo esto?

—Sí.

—Es que me da pena.

Patricia sonrió con paciencia. Le tomó la mano a Valeria antes de que entrara a la sala.

—Escúchame bien. Cuidarse no significa que una sea vanidosa ni exagerada.

Valeria le prestó toda su atención.

Patricia le acarició el dorso de la mano.

—Es una forma de agradecer que Dios nos dio un cuerpo sano. Además, tu cuerpo merece un poco de atención después de tantos años de trabajo duro.

Los ojos de Valeria se dulcificaron. Jamás lo había pensado de ese modo. Para ella, el cuerpo siempre había sido solo una herramienta para trabajar. Nunca se le ocurrió que también necesitara cuidados.

—Sí, mamá.

Patricia le sonrió con orgullo.

—Así habla mi nuera.

Pasaron varias horas.

Al terminar los distintos tratamientos corporales, el rostro de Valeria lucía notablemente más fresco. La piel se le veía limpia y luminosa.

Luego se trasladaron al salón de belleza, que ocupaba otra sección del mismo edificio. Un estilista profesional se puso a examinar la melena larga de Valeria.

—Tiene un cabello precioso, señora. Muy largo y sano.

Valeria sonrió apenada.

—Casi nunca me lo corto.

Patricia observó con atención.

—¿Qué tal si le hacemos unas capas largas?

El estilista asintió.

—Quedaría perfecto. Le suavizaría los rasgos del rostro.

—Con tal de que no quede muy corto —pidió Valeria.

—Descuide, señora.

Valeria se dejó hacer mientras el estilista empezaba a trabajar. Algunos mechones fueron cayendo al suelo. De vez en cuando ella cerraba los ojos, todavía sin acostumbrarse a estar sentada en un salón.

Cerca de una hora después, el estilista giró la silla hacia el espejo.

—¡Listo!

Valeria abrió los ojos despacio. Al encontrarse con su reflejo, se quedó completamente muda. El cabello seguía siendo largo, pero ahora caía con un orden muy superior. Las capas le enmarcaban el rostro de un modo que lo hacía verse más afinado y elegante. Sin pensarlo, alzó la mano y se tocó las puntas.

—Mamá.

Patricia contempló el resultado con satisfacción.

—¿Qué te parece?

Valeria parpadeó varias veces.

—¿De... de verdad soy yo?

El estilista también sonrió.

—No cambiamos mucho, señora. Solo arreglamos y adaptamos el corte a la forma de su cara.

Patricia se colocó detrás de Valeria y estudió el reflejo de su nuera en el espejo.

—¿Ves? Siempre fuiste bonita. Lo que pasa es que nunca nadie te había dado la oportunidad de cuidarte.

Valeria se contempló un buen rato. Poco a poco, una sonrisa le curvó los labios.

—Gracias, mamá. —La voz le salió queda, pero rebosaba de sinceridad.

—De nada, cariño. —Patricia le apretó con suavidad el hombro—. Y esto es solo el comienzo. Después de aquí, seguimos con las compras.

Los ojos de Valeria se agrandaron.

—¿También compras?

Patricia soltó una carcajada.

—Por supuesto. Hoy de verdad le vamos a vaciar la cartera a Sebastián.

Al oír aquello, Valeria solo pudo reír y negar con la cabeza. Por primera vez en su vida, experimentó lo que se sentía ser consentida por alguien que genuinamente la consideraba familia.

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