Helena ha vivido dos veces… y en ambas terminó muerta.
En su primera vida eligió a Menelao, creyendo que un rey podía ofrecerle amor y protección. Descubrió demasiado tarde que detrás de su corona había un hombre celoso, posesivo y cruel, capaz de convertir el matrimonio en una prisión.
En su segunda vida huyó de él y creyó en las promesas de París. Fue otro error. París solo quería presumir de su belleza, beber, divertirse y convertirla en un trofeo. Cuando Troya cayó, Helena volvió a morir.
Pero la tercera vez será diferente.
Cuando llega el momento de escoger esposo, Helena recuerda a un joven que una vez le ofreció un pañuelo mientras lloraba: Héctor, príncipe de Troya. Un hombre que todavía es soltero, noble y libre.
Sin dudarlo, Helena lo elige.
Ahora deberá conquistar su corazón… y desafiar una historia que sabe que terminará con Héctor muerto en batalla.
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La suegra que no cede
Tomados de la mano, con el corazón latiéndoles con fuerza, Héctor y Helena caminaron hacia los aposentos reales. El sol inundaba los corredores del palacio, pero para Helena, el aire se sentía pesado. Sabía que la reina Hécuba nunca la había mirado con buenos ojos. Para la reina, ella seguía siendo una extranjera, una mujer que venía de Esparta, con un pasado turbulento, que había "hechizado" a su hijo. Y ahora, con esta noticia… no sabía cómo la recibiría.
Al entrar, encontraron al rey Príamo y a la reina Hécuba junto al gran ventanal. La reina era una mujer de rostro severo, mirada afilada como una espada, y una postura que no admitía réplica. Al verlos entrar, no sonrió. Solo entrelazó los dedos sobre su regazo y esperó, con esa calma gélida que helaba la sangre.
—Madre, padre —empezó Héctor, con voz firme, apretando la mano de Helena—. Venimos a darles una noticia. Helena espera un hijo. Vamos a ser padres.
Príamo abrió los ojos, sorprendido, y esbozó una leve sonrisa. Pero Hécuba no se movió. No se levantó. No hubo lágrimas de alegría. Solo un silencio largo, pesado, que se alargó hasta doler.
—¿Un hijo? —repitió Hécuba, lentamente, con un tono que no era ni alegría ni rechazo, sino algo mucho peor: desconfianza—. ¿Estás segura, muchacha? ¿O es esto solo una forma más de asegurarte el lugar que dices tener al lado de mi hijo?
Helena sintió que el pecho se le cerraba. Dio un paso adelante, con la cabeza alta, aunque por dentro temblaba.
—Es verdad, reina Hécuba. Llevo a su nieto en el vientre. No es un ardid. Es una vida que crece aquí.
—Vida… —murmuró Hécuba, recorriéndola con la mirada de arriba abajo, como si la estuviera midiendo, juzgando cada centímetro de ella—. Una mujer que viene de lejos, que huye de su esposo, que se lleva el corazón del príncipe sin que nadie lo esperara… y ahora, tan pronto, aparece con un hijo. Dime, Helena de Esparta, ¿qué te enseñaron en tu tierra? ¿Que la forma de aferrar a un hombre es darle un hijo antes de que tenga tiempo de arrepentirse?
—¡Madre! —exclamó Héctor, dolido—. Eso es injusto. La amamos. Es mi esposa. Y este niño es nuestro.
—Hijo mío, tú eres noble y ves solo lo bueno —lo cortó ella, tajante, sin dejar de mirar a Helena—. Pero yo soy reina, y yo sé lo que es una trampa. Ella es hermosa, lo sé. Pero la belleza no sostiene un reino. No sé si es la mujer adecuada para ti, para el trono, para ser la madre de los herederos de Troya. Y este embarazo… llega demasiado pronto. Demasiado conveniente.
—No es conveniente —respondió Helena, con voz temblorosa pero firme—. Es amor. Lo amo. Y él me ama. No vine aquí para robar nada, vine porque él me eligió. Y este niño… es la prueba de que nuestro vínculo es real.
Hécuba se levantó entonces, alta, imponente, y se acercó a ella hasta quedar a un paso. Su aroma era fuerte, antiguo, y su mirada atravesaba a Helena como si quisiera leerle el alma.
—Escúchame bien, muchacha —le dijo, en voz baja, para que solo ella oyera—. Yo no te apruebo. No te elijo. Y no me importa cuánto te quiera mi hijo: mientras yo respire, vigilaré cada paso que des. Si haces daño a Héctor, si traes deshonor a esta casa, si ese niño no nace sano, si demuestras que no eres digna de él… te arrancaré de su lado sin dudarlo. No te confíes. Ser madre no te da el derecho de ser reina. Eso se gana. Y tú aún no has ganado nada.
Helena tragó saliva, sosteniéndole la mirada.
—Lo sé —respondió, suavemente—. Y haré todo lo posible para ser digna de su hijo, de su esposo… y de esta familia. Pero no me juzgues sin conocerme, reina.
Hécuba no respondió. Se limitó a mirarla un instante más, con esa frialdad que no se rompía, y luego se giró hacia su hijo.
—Si es verdad lo que dicen… entonces que los dioses protejan al niño. Pero no creas que por esto te acepto, Helena. Aún tienes mucho que demostrar. Y yo estaré observando. Cada día. Cada hora.
Príamo, que había escuchado todo en silencio, intervino con voz suave pero firme:
—Hécuba, es nuestro nieto. Y es la esposa de Héctor. Debemos darle la bienvenida.
—Le daré el trato que merece cuando se lo gane —respondió la reina, seca—. Por ahora… que se cuide. Que no se confíe. En esta casa, las palabras no bastan. Se necesitan hechos.
Se marchó sin decir nada más, dejando tras de sí un silencio pesado. Héctor fue a hablar, pero Helena lo detuvo, poniéndole una mano en el pecho.
—No —dijo ella, con tristeza pero sin amargura—. Tiene derecho a desconfiar. No le culpo. Yo también vengo de un pasado difícil. Ganaré su respeto, Héctor. Con tiempo. Con paciencia. Con amor.
Él la abrazó con fuerza, besándola en la frente.
—No tienes por qué soportar esto. Si ella te trata mal…
—Es tu madre —lo interrumpió ella—. Y tiene miedo por ti. Yo la entiendo. Pero demostraré que me equivoca. Seré la mejor esposa y la mejor madre que puedo ser. Y algún día… algún día, me mirará y verá que no soy una amenaza. Soy familia.
Más tarde, cuando la noticia empezó a correr por el palacio, Andrómaca se acercó a ellos con una sonrisa dulce y una pequeña manta tejida a mano. Pero Helena sabía que la verdadera batalla no sería con el pueblo, ni con los griegos, ni con el destino. La verdadera batalla estaba dentro de esas paredes, cada vez que la reina la miraba con esos ojos que no perdonaban nada.
—Ella te pondrá a prueba —susurró Andrómaca, cuando quedaron solas un instante—. La reina no cede fácilmente. Pero… si logras su respeto, tendrás una aliada de hierro. No te rindas, princesa.
Helena miró hacia la puerta por donde se había marchado Hécuba, y puso una mano sobre su vientre.
—No me rendiré —respondió, con firmeza—. Por mi hijo. Por Héctor. Y algún día… por ella también.