Despertar siendo un bebé en medio de la antigua Asia no entraba en los planes de nadie. Sin superpoderes de inmediato, sin manual de instrucciones y en un mundo donde la magia, y los dioses dictan las reglas del juego, empezar de cero no es solo un desafío: es una cuestión de supervivencia.
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CAPÍTULO 1: El umbral de ceniza — Parte 6
La prisión de la alcoba se disolvió en un pestañeo de ceniza. Aunque su cuerpo de seis años continuaba retorciéndose en silencio bajo las sábanas empapadas de sangre, la consciencia de Daniel fue expulsada sin piedad hacia los confines del plano físico: una coordenadas aisladas del universo profundo, donde el tejido mismo del espacio-tiempo yacía fracturado por la Ciencia Negativa.
Allí no había aire ni gravedad. Suspendido en el vacío absoluto, expuesto a una radiación cósmica letal y a una presión atmosférica aplastante que simulaba la densidad de los gigantes gaseosos más hostiles, el niño sintió cómo sus pulmones colapsaban al instante. La asfixia era total, pero la energía de la anomalía impedía que la muerte biológica le concediera el descanso. Cada vez que su tejido cerebral moría por anoxia y radiación, la fuerza del Big Bang negativo lo reconstruía en microsegundos, obligándolo a experimentar el mareo fulminante y el vértigo abismal de ver la muerte y el nacimiento de galaxias enteras a una velocidad desenfrenada.
Y entonces, el abismo reveló sus verdaderas aberraciones.
De los agujeros negros y los vórtices de gusano que desgarraban la geometría del entorno comenzaron a emerger siluetas colosales. Eran entidades gigantescas compuestas de una humareda densa, un humo informe que alternaba entre tonalidades negras y un violeta espectral. Emanaban un calor abrasador, un pulso de radiación nuclear mucho más violento que el núcleo de un sol, que quemaba la mente de Daniel a la distancia.
De la rasgadura más profunda del espacio-tiempo, una de las sombras erguidas deslizó su cabeza hacia el vacío. No poseía rostro ni facciones humanas; únicamente dos cuencas de un blanco absoluto, desprovistas de párpados, que se clavaron fijamente en la consciencia del niño. No había parpadeo, no había juicio, solo una observación fría y aplastante que multiplicaba la presión barométrica sobre su frágil mente. La incertidumbre lo devoraba desde adentro: era imposible determinar si aquellas presencias titánicas eran aberraciones reales nacidas del colapso dimensional o monstruosas alucinaciones neurológicas engendradas por la hipoxia y la sobrecarga energética de la esfera.
En medio de ese escenario de opresión atroz, donde miles de miradas sin párpados lo juzgaban desde las grietas del espacio, la métrica del universo comenzó a crujir.
El tejido del espacio-tiempo, saturado al límite por la información negativa, se fracturó en dos puntos de densidad infinita. De la grieta misma no brotó magia ni milagro, sino una condensación física de la estructura rota de la realidad. Ante sus ojos, bañado en el fulgor de la radiación violeta y negra, se materializó la forma de dos katanas gemelas.
La primera espada surgió con una elegancia sobrecogedora: una empuñadura de mango negro adornada con relieves en blanco, dorado y acentos rojos, sosteniendo una hoja de un negro tan profundo como el vacío cósmico, cuyo filo yacía corroído por finas vetas de un fuego rojo y dorado que reaccionaba con la materia circundante. La segunda katana emergió a su lado, compartiendo el mango negro, pero esta vez envuelta en patrones dorados, blancos y destellos de un naranja incandescente que iluminaba la oscuridad del abismo. Ambas armas vibraban con un pulso magnético destructivo, flotando en la nada como la manifestación tangible de la Ciencia Negativa.
Atrapado en esa bisagra entre el vacío infinito y la cama de su habitación, donde su cuerpo real no dejaba de destruirse y renacer miles de veces por segundo, Daniel contempló la condensación de su propia teoría. El esfuerzo intelectual que en su vida pasada había sido rechazado y archivado en el olvido, cobraba ahora la forma de un cataclismo vivo, atándolo a un sufrimiento eterno frente a los ojos inmóviles de los gigantes del abismo.
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