Isabella Mason creyó que su matrimonio con Alan sería para siempre.
Lo amó, lo apoyó cuando no tenía nada y permaneció a su lado mientras él construía la vida que siempre quiso. Pero con el éxito llegaron la distancia, la ambición y la certeza de que amar a alguien no siempre significa ser suficiente para quedarse.
Cuando su matrimonio se derrumba, Alexander Blackwood aparece con una propuesta imposible: divorciarse y casarse con él.
Alexander está a punto de anunciar su candidatura presidencial. Isabella necesita empezar de nuevo.
El acuerdo parece sencillo.
Hasta que deja de serlo.
Porque Alexander Blackwood nunca entra en una historia por casualidad.
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Capítulo 21
Alexander estuvo extraño durante buena parte del camino.
Desde que salimos de casa de mis padres parecía molesto. No conmigo, al menos no había hecho nada que me hiciera pensar eso. Simplemente estaba más serio de lo habitual, con la mandíbula ligeramente tensa y la mirada fija al frente.
Lo observé un par de veces desde mi asiento, pero no pregunté.
Había sido él quien dijo que teníamos que salir tan repentinamente para buscar un departamento, aunque tenía sentido que comenzáramos cuanto antes.
Así que lo dejé tranquilo.
Alexander no parecía precisamente el tipo de hombre al que pudiera arrancársele una explicación antes de que estuviera dispuesto a darla.
Sin embargo, su actitud cambió apenas llegamos.
No fue algo exagerado. Seguía siendo reservado, tranquilo y difícil de leer, pero la tensión que había llevado durante todo el trayecto desapareció poco a poco y, cuando bajamos del auto, parecía bastante más relajado.
Aquella versión suya me agradó mucho más.
Una mujer nos esperaba cerca de la entrada con una tablet entre las manos. Se veía joven, casi de mi edad, y apenas nos vio acercarnos sonrió antes de saludar primero a Alexander.
—Señor Blackwood.
Después dirigió la mirada hacia mí.
—Señora Blackwood. Es un placer conocerla.
La miré durante un segundo.
Señora Blackwood.
Aún no estaba casada.
Se sentía extraño escuchar el apellido de Alexander unido a mí de aquella manera.
Miré hacia él por reflejo, esperando quizá que hiciera alguna aclaración, pero no pareció encontrar nada raro en aquello. De hecho, por la forma en que me observó, tuve la impresión de que le agradaba bastante.
Alexander la presentó como Claire Bennett, una integrante de su equipo encargada de organizar las visitas. Ella nos explicó que había cuatro propiedades preparadas para nosotros y comenzamos con la primera.
El lugar era hermoso, pero supe casi de inmediato que no era para mí.
Todo se sentía demasiado ajeno y frío. Tenía una vista impresionante de la ciudad, pero no conseguía imaginarme viviendo allí.
Alexander caminó conmigo durante buena parte del recorrido. No intentó convencerme de nada ni enumeró las ventajas del lugar. Simplemente observaba mis reacciones con una atención que terminé notando.
Cuando regresamos a la sala, se acercó lo suficiente para hablar sin que Claire tuviera que participar en nuestra conversación.
—No te gusta.
No fue una pregunta.
Negué ligeramente con la cabeza.
—No.
Alexander miró alrededor una última vez.
—A mí tampoco.
Aquello me sorprendió.
—Entonces, ¿por qué está en la lista?
Una ligera sonrisa apareció en su rostro.
—Necesitaba comprobar que seguía conociéndote.
Antes de que pudiera preguntarle qué significaba aquello, se volvió hacia Claire y le indicó que podíamos continuar.
Volvimos al auto y nos dirigimos al segundo lugar.
En cuanto entré, supe que ese era.
Era un penthouse de dos pisos, amplio y elegante, pero sin aquella sensación fría del anterior. La planta baja tenía la cocina, el comedor y la sala integrados en un mismo espacio, sin paredes que los separaran, además de un gran ventanal al fondo que dejaba entrar suficiente luz natural.
Incluso la decoración parecía mucho más cercana a mis gustos de lo que esperaba.
Me gustó apenas entré.
Recorrimos la planta inferior y después subimos al segundo piso. Claire avanzaba unos pasos por delante mientras explicaba algunas características del lugar, pero yo apenas la escuchaba. Había algo en aquel sitio que se sentía cómodo desde el principio.
Y, para mi sorpresa, tampoco me molestaba imaginar a Alexander allí.
Aquello sí consiguió llamar mi atención.
Dentro de tres semanas aquel hombre sería mi esposo. No uno elegido de la manera convencional, ciertamente, pero esposo al fin. Compartiríamos aquella casa, nuestras rutinas y, debido a las exigencias de seguridad establecidas en el contrato, incluso una habitación.
Pensar en ello debería haberme resultado más extraño.
No fue así.
Llegamos a la habitación principal poco después.
Era amplia, con acceso a una terraza privada y suficiente espacio para que dos personas pudieran compartirla sin sentirse encerradas.
Dos personas.
Mi mirada terminó inevitablemente en la cama.
Había conseguido no pensar demasiado en aquella parte del acuerdo desde que firmamos el contrato.
Ahora resultaba bastante más difícil.
—¿Algún problema?
La voz de Alexander llegó desde mi lado.
Aparté inmediatamente la mirada de la cama.
—Ninguno.
Lo miré y descubrí algo peligroso en su expresión.
Había visto exactamente dónde estaba mirando.
Sonrió.
No dijo nada más.
Y, por alguna razón, eso fue peor.
Tuve que apartar la mirada.
No porque me incomodara exactamente.
Ese era el problema.
Continuamos con el recorrido y, cuando regresamos al primer piso, ya sabía que no quería seguir buscando.
Mientras observaba nuevamente la sala, un recuerdo apareció.
La última vez que había tenido que mudarme con alguien, él había elegido el lugar sin preguntarme.
Alan compró nuestro departamento cuando finalmente comenzó a ganar suficiente dinero para dejar atrás aquellos meses difíciles. Recuerdo lo emocionado que estaba cuando me dio la noticia y cómo empezó a hablarme de todo lo que había conseguido para nosotros.
Nunca me preguntó si me gustaba.
Yo tampoco se lo reproché.
Me instalé, elegí los detalles que todavía podían elegirse y terminé convirtiéndolo en nuestro hogar porque, en aquel momento, cualquier lugar podía serlo siempre y cuando estuviéramos juntos.
Ahora no solo se sentía diferente.
Lo era.
Alexander podía haber elegido por los dos. Podía haber decidido solo y limitarse a informarme después.
No lo hizo.
Me llevó con él y estaba esperando a que yo decidiera dónde viviríamos.
Por alguna razón, ese detalle importaba más de lo que esperaba.
Claire se acercó mientras revisaba algo en la tablet.
Yo estaba junto al ventanal observando la vista, mientras Alexander se encontraba en la habitación que probablemente utilizaría como despacho, atendiendo una llamada.
—Me gusta mucho —comenté.
Claire sonrió.
—El señor Blackwood la conoce muy bien.
Su comentario llamó mi atención y me giré hacia ella.
—¿Por qué lo dices?
—Porque él pensó que este sería el que más le gustaría.
La miré con sorpresa.
—¿En serio?
—Fue bastante específico cuando organizamos las opciones. De hecho, cuando revisamos esta propiedad dijo que probablemente sería la que usted elegiría.
Aquello despertó todavía más mi curiosidad.
—¿Qué te dijo sobre mis gustos?
La pregunta era genuina.
Claire mencionó varias cosas que Alexander había pedido tener en cuenta, pequeños detalles que no parecían particularmente importantes hasta que comenzó a enumerarlos y me di cuenta de que todos coincidían conmigo.
Nunca había hablado con él sobre nada de aquello.
—El señor Blackwood la conoce muy bien —concluyó con una sonrisa—. Por algo será su futuro esposo.
Todavía estaba pensando en eso cuando Alexander salió del despacho después de terminar la llamada y se acercó a nosotras con absoluta tranquilidad.
Lo miré y le dije
—Este es.
Alexander observó brevemente el departamento antes de volver hacia mí.
—Todavía quedan otras dos propiedades.
—No necesito verlas.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—¿Tan segura estás?
—Sí.
Lo estaba.
Y él también parecía saberlo.
Alexander asintió.
—Entonces será este.
Así de simple.
No discutió mi decisión.
Solo aceptó.
Claire se alejó unos pasos para comenzar con los trámites y yo permanecí junto a Alexander.
—Parece que estabas bastante seguro de que elegiría este.
Él me miró.
—Tenía una sospecha.
—Claire dice que me conoces muy bien.
Alexander sostuvo mi mirada durante unos segundos.
—Te conozco desde hace demasiado tiempo como para no hacerlo.
—Nunca pensé que tan detalladamente.
Una ligera sonrisa apareció en sus labios.
—Soy bueno prestando atención.
Hizo una pausa breve antes de añadir:
—Sobre todo cuando se trata de ti.
Lo miré.
Por un instante no supe qué responder.
Había dicho aquello con demasiada tranquilidad, como si no acabara de convertir una conversación completamente inocente en algo distinto.
Aparté la mirada primero.
Tal vez porque, si seguía observándolo, terminaría demostrando demasiado claramente que el comentario me había afectado.
Claire regresó poco después y revisó algunos detalles con Alexander. Yo apenas escuché la mitad.
Seguía pensando en su respuesta.
Sobre todo cuando se trata de ti.
No recordaba haberle contado nada de aquellas cosas.
Y, sin embargo, Alexander parecía conocerlas.
Cuando terminamos, todavía era temprano. Él bajó la mirada hacia el reloj de su muñeca antes de volver hacia mí.
—¿Tienes algún compromiso para el resto de la tarde?
Negué con la cabeza.
—No.
Me observó durante un instante.
—¿Quieres comer conmigo?
—Sí.
La respuesta salió tan rápido que hasta yo misma me sorprendí.
Ni siquiera lo había pensado.
Alexander pareció notarlo también, porque una ligera sonrisa apareció en sus labios.
Ahora que hizo Alan en qué negoció turbio se metió por eso estaba perdido andará escondido 🤔🤔🤔❓❓❓❓❓🤔
Que es de la vida de Alan Reed que fue lo que realmente le pasó 🤔🤔🤔❓❓❓❓❓