Una noche de fiesta fue el inicio de su condena. Matteo "El Halcón" Moretti, el criminal más temido del país, puso sus ojos en ella y decidió que le pertenecía.
Arrancada de su vida sencilla, Ana descubre que su cautiverio no fue un error: ella es la heredera perdida de la Dinastía Castellanos, un imperio que todos creen muerto.
Atrapada entre la obsesión del hombre que la compró y la traición de quien decía amarla, Ana deberá elegir: ser una víctima sumisa o convertirse en la reina que destruirá a sus enemigos.
¿Qué pesa más: el miedo al monstruo que la posee o la sed de venganza?
NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El juego de las máscaras
A las ocho en punto, Ana bajó al gran comedor. Matteo ya estaba allí, sentado a la cabecera de una mesa que podía albergar a veinte personas, pero que hoy solo estaba servida para dos. Vestía un traje a medida, sin corbata, con los primeros botones de la camisa desabrochados.
Al verla entrar, Matteo dejó sus cubiertos y se levantó. Por un segundo, Ana creyó ver una chispa de sorpresa genuina en sus ojos, una grieta en su máscara de piedra.
—Te sienta bien la oscuridad, Ana —dijo él, rodeando la mesa para acercarse—. Mucho mejor que esos vestidos baratos de universitaria.
—El negro es por el luto de mi libertad —respondió ella, sosteniéndole la mirada con un desafío que lo hizo sonreír.
—El luto es aburrido. Prefiero pensar que es un lienzo nuevo. —Él extendió la mano para guiarla a su asiento, pero ella se sentó sola antes de que él pudiera tocarla—. Veo que tu espíritu sigue intacto. Eso es bueno. Un juguete roto no tiene interés, pero una voluntad que se resiste... eso es un desafío que disfruto.
La cena transcurrió en un silencio tenso, solo roto por el sonido de los cubiertos sobre la porcelana fina. Ana apenas probó bocado; el nudo en su estómago se lo impedía.
—¿Qué pasa con Miguel? —preguntó ella de repente, rompiendo la etiqueta—. Dijiste que lo vigilarías.
Matteo tomó un sorbo de vino tinto, observándola por encima del borde de la copa.
—Miguel ha tomado una decisión interesante hoy. Estaba subiendo a esta colina, probablemente con alguna idea heroica y estúpida en su cabeza de clase media. Pero según mis hombres recibió una llamada. Y, para mi sorpresa, dio la vuelta y huyo como la rata que es.
Ana sintió un alivio momentáneo que se transformó rápidamente en sospecha.
—¿Tú lo amenazaste?
—Yo no —Matteo se inclinó hacia adelante, su sombra proyectándose sobre la mesa—. Al parecer, tu "pobre Miguel" tiene fantasmas mucho más grandes que yo en su armario. Se fue como un perro con el rabo entre las piernas cuando su pasado lo llamó. Deberías agradecerlo, Ana. Si hubiera cruzado mi puerta, ahora estarías viuda antes de casarte.
Ana se quedó paralizada. ¿Miguel tenía un pasado? ¿El hombre que la acompañaba a estudiar y que hablaba de apartamentos pequeños guardaba secretos? Eso no era cierto, seguramente Matteo estaba mintiendo.
—No te lo creas todo, Ana —añadió Matteo, volviendo a su tono gélido—. Todo el mundo miente. La diferencia es que yo cobro por mis mentiras. Ahora, termina tu cena. Mañana empieza tu nueva vida oficial. El mundo creerá que eres mi protegida, mi futura socia. Y tú... tú aprenderás a odiarme mientras disfrutas de los lujos que solo mi "maldad" puede comprarte.
Ana miró hacia la oscuridad de la ventana. Miguel se había ido. Se sentía más sola que nunca, atrapada entre dos hombres que, al parecer, no eran quienes ella creía. El "demonio" estaba frente a ella, pero el "ángel" que amaba acababa de revelar que también tenía alas oscuras.
Mientras las luces de la mansión Moretti se reflejaban en las copas de cristal frente a una Ana confundida, a varios kilómetros de allí, el coche de Miguel se detenía frente a una propiedad que no aparecía en ningún mapa turístico de la ciudad. No estaba en las colinas de los nuevos ricos como Matteo; estaba oculta tras un bosque de pinos centenarios, una estructura de piedra gris y hierro que exhalaba una autoridad antigua y severa.
Miguel bajó del vehículo. El aire aquí era más denso, cargado con el olor a tierra húmeda y el eco de un poder que no necesitaba alardear de sí mismo para ser absoluto. En la entrada, dos hombres que no vestían trajes de diseño como los de Matteo, sino abrigos largos y oscuros, inclinaron la cabeza con una reverencia que Miguel despreciaba.
—Bienvenido a casa, Señor Vanzetti —dijo uno de ellos.
Miguel no respondió. El nombre "Vanzetti" pesaba más que las cadenas de la mansión Moretti. Era un apellido vinculado a la vieja guardia, a la aristocracia del crimen organizado que consideraba a los Moretti como simples advenedizos con ínfulas de grandeza.
Atravesó el vestíbulo de techos altos hasta llegar al despacho principal. Allí, sentado tras un escritorio de roble que parecía haber sobrevivido a un siglo de guerras, estaba su abuelo, Don Silvano Vanzetti. El hombre que había orquestado su "exilio" en la universidad para proteger el linaje mientras las aguas se calmaban.
—Te ves cansado, Miguel —dijo Silvano, sin levantar la vista de unos documentos—. Jugar a ser un civil te ha reblandecido el carácter. Tienes los ojos de un hombre que ha perdido algo más que el orgullo.
—Sabes perfectamente lo que perdí —espetó Miguel, plantándose frente al escritorio—. Dejaste que los Moretti tocaran lo que es mío. Sabías que Matteo la estaba observando y no hiciste nada.
Silvano levantó la vista. Sus ojos eran del mismo color miel que los de Miguel, pero carecían de cualquier rastro de piedad. Eran ojos que habían visto imperios caer.
—Lo que es "tuyo" solo te pertenece si tienes la fuerza para sostenerlo, nieto mío. Te di libertad para que estudiaras, para que conocieras el mundo de la luz. Pero la luz atrae a los insectos, y Matteo Moretti es un depredador hambriento. Si ella está en su casa, es porque tú no fuiste capaz de ser el hombre que ella necesitaba para estar protegida.
—¡Yo no quería esta vida para ella! —gritó Miguel, golpeando el escritorio—. Quería una casa pequeña, un trabajo honrado...
—Esa vida era una mentira —lo interrumpió Silvano con una voz que hizo vibrar las paredes—. Eres un Vanzetti. Tu sangre está ligada a esta tierra y a este poder. ¿Crees que Matteo la eligió por azar? Él sabe quién eres tú, Miguel. Quizás no tiene pruebas, pero lo sospecha. Llevarse a tu mujer fue su forma de escupir en nuestra tumba antes de que estuviéramos muertos.
Miguel retrocedió, sintiendo el peso de la traición de su propio linaje. Matteo no solo quería a Ana por su pureza; la quería porque era el trofeo de guerra perfecto contra un Vanzetti.
—Si quieres recuperarla, tienes que dejar de ser el "buen Miguel" que ella amaba —continuó el anciano, poniéndose de pie con dificultad—. Ese chico murió en el momento en que Moretti cerró las puertas de su mansión. Para entrar en su territorio y salir con vida, necesitas el ejército que solo yo puedo darte. Pero el precio es tu libertad. Te sentarás en esta mesa, tomarás las riendas de la logística del puerto y aceptarás tu lugar como mi heredero oficial.
Miguel miró por la ventana hacia la oscuridad del bosque. La imagen de Ana, asustada y sola en manos de Matteo, se proyectó en su mente. Matteo tenía razón en algo: todos mentían. Él le había mentido a Ana durante años, ocultando que el dinero de su educación venía de manos manchadas de sangre.
—Acepto —dijo Miguel, y su voz ya no sonaba como la del estudiante que Ana conocía. Era una voz seca, vacía de esperanza—. Pero cuando termine con Moretti, no quedará ni una piedra sobre otra de su imperio.
Mientras tanto, en la habitación crema y oro, Ana no podía dormir. Se levantó y se acercó al escritorio donde Matteo había dejado los libros para su tesis. Entre los manuales de estructuras y termodinámica, encontró un sobre pequeño con su nombre escrito a mano.
Al abrirlo, no encontró una amenaza, sino un carnet de acceso a la biblioteca central y una tablet de última generación. Tenía un mensaje pregrabado de Matteo:
"Tu mente es tu única arma, Ana. Úsala. Mañana a las nueve vendrá tu primer tutor. Si vas a odiarme, hazlo con inteligencia. Una ingeniera sabe que para derribar un edificio, primero debe conocer sus cimientos."
Ana apretó la tablet contra su pecho. La contradicción de Matteo la mareaba. Un minuto era el demonio que usaba la vida de su padre como moneda de cambio, y al siguiente era el mentor que le exigía excelencia.
Caminó hacia el espejo y se miró fijamente. Miguel ya no estaba. Sus padres eran ahora una responsabilidad a distancia. Estaba sola en el nido del Halcón. Pero Matteo se equivocaba en algo: ella no solo iba a estudiar para su tesis. Iba a usar cada recurso, cada sensor y cada plano que él le diera para entender cómo funcionaba la mansión Moretti.
Si él quería una ingeniera a su lado, tendría que lidiar con una que sabía que incluso las fortalezas más imponentes tienen un punto de ruptura.
—Tú me elegiste, Matteo —susurró ella a su reflejo—. Pero vas a arrepentirte de haberme dado las herramientas para destruirte.
pero estaría muerta como le dijo matteo
ojalá no sea verdad
pero ellos también no debieron actuar a si humillandote lo hiciste para salvarle la vida
si ella es tomada una heredera 🤔
pero cuando se entere de lo que tenía pensado el miguelito con ella como verá esto por una parte se puede decir matteo la salvo de ese maldito
ojalá Matteo se entere sus informantes se están pasando el por qué el miguelito quiere a toda costa a Ana
entonces el sabrá que viene de una familia fuerte🤔
pero será que le hicieron algo para a si poder tener a su merced a Ana