«Ella es la tentación de diecinueve años que rompió todas sus reglas. Él, el hermano mayor de su mejor amigo de toda la vida... y el hombre del que jamás debió enamorarse.»
Mía siempre supo lo que quería, y lo que quería era a Leónidas Benavídez: un imponente arquitecto de treinta años, serio, dominante e inalcanzable. Para el mundo, Leónidas es un ejecutivo de hielo; para Mía, el único hombre capaz de hacerla arder.
Cansada de ser vista como "la enana" o "la amiga de su hermano", Mía desata un peligroso juego de seducción que pondrá a prueba el rígido autocontrol de Leónidas.
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CAPÍTULO 4: Travesura en la oficina
Cinco días habían transcurrido desde la noche del doble cumpleaños, y para Leónidas Benavídez la semana se había convertido en un ejercicio constante de tortura mental. La imagen de Mía bailando con el vestido rojo, el recuerdo de su perfume de jazmín y las provocaciones susurradas a escasos centímetros de su boca lo perseguían tanto en sus horas de sueño como en medio de las reuniones de directorio de la firma constructora.
Era un martes por la tarde, alrededor de las tres y media. El piso catorce del moderno edificio corporativo donde operaba la empresa de Leónidas estaba sumido en una actividad frenética pero silenciosa. Grandes ventanales de cristal templado ofrecían una vista panorámica de la ciudad y del río, mientras los arquitectos y diseñadores trabajaban concentrados sobre sus pantallas y mesas de dibujo.
Leónidas estaba sentado tras su imponente escritorio de madera de nogal, vestido con un traje de dos piezas gris marengo, camisa azul clara impecablemente planchada y corbata oscura perfectamente ajustada al cuello. Tenía desplegados sobre la mesa tres planos de gran formato correspondientes al nuevo proyecto residencial de la costanera, revisando métricas y presupuestos con la ceja fruncida y una lapicera de metal entre los dedos.
De pronto, el silencio de la antesala de su despacho se vio interrumpido por el murmullo de voces animadas y el sonido firme de unos tacos altos resonando sobre el suelo de porcelanato pulido.
Antes de que su secretaria pudiera anunciar la visita, la puerta de madera maciza del despacho se abrió de par en par.
—¡Buenas tardes al arquitecto más amargado de la metrópoli! —anunció la voz inconfundible de Joaquín, que entró al lugar vistiendo jeans, zapatillas urbanas y una camiseta desenfadada, sosteniendo dos bolsas de papel kraft con el logotipo de una famosa cafetería del centro.
Detrás de él, cerrando la puerta con un movimiento suave de cadera, apareció Mía.
A Leónidas casi se le cae la lapicera de las manos.
Mía estaba deslumbrante, adaptada a un estilo urbano elegante pero sumamente provocativo. Llevaba una falda de tubo de tiro alto en color negro que marcaba su cintura de avispa y abrazaba la curva pronunciada de sus caderas hasta la altura de las rodillas, combinada con una blusa blanca de seda fina con escote en "V" suave y mangas tres cuartos. El cabello castaño lo llevaba recogido en una coleta alta que dejaba al descubierto su cuello estilizado y unos pendientes dorados en forma de aro que balanceaban con cada uno de sus movimientos.
—¿Se puede saber qué hacen ustedes dos aquí a mitad de mi jornada laboral? —preguntó Leónidas, intentando recomponer su rostro de frialdad ejecutiva mientras se ponía de pie tras el escritorio.
—Vinimos a hacerte una visita de cumpleaños tardía, hermanito —respondió Joaquín con una sonrisa de oreja a oreja, caminando hacia la zona de sillones de cuero para dejar las bolsas sobre la mesa ratona—. Mamá insistió en que te trajéramos esos bocaditos de hojaldre con dulce de leche que te gustan, porque según ella estás trabajando demasiado y estás bajando de peso. Y Mía quería conocer las instalaciones nuevas.
—Conocer es un término modesto, Juaco —intervino Mía, paseándose por el despacho con una curiosidad descarada—. Yo diría que vine a inspeccionar el imperio de Leónidas para ver si el nivel de lujo se corresponde con lo aburrido que es su dueño.
Leónidas entornó los ojos, ajustándose el botón de la chaqueta del traje.
—Mía, esto es una oficina corporativa, no un centro de recreación. Tengo tres reuniones agendadas antes de las seis de la tarde y un contrato de licitación que enviar en menos de dos horas.
—Relájate un poco, Leónidas —dijo Joaquín, sirviéndose un café en un vaso de cartón—. Solo nos vamos a quedar diez minutos. Por cierto, ¿tienes los planos del departamento de papá que me ibas a prestar para la facultad? Dijiste que los tenías en el archivo del sótano.
—Están en el casillero B del depósito secundario —aclaró Leónidas, señalando hacia la salida—. Tienes que pedirle la tarjeta de acceso a la recepcionista.
—Buenísimo, voy corriendo a buscarlos antes de que se me haga tarde para la clase de Urbanismo —Joaquín tomó su vaso de café y caminó hacia la puerta a pasos agigantados—. Mía, espérame aquí cinco minutos, bajo y subo.
—Tranquilo, Juaco, tomate tu tiempo —respondió Mía con una voz angelical, mientras sus ojos oscuros se fijaban en Leónidas con una intención nada inocente—. Yo me quedo haciéndole compañía a tu hermano para que no se sienta tan solo entre tanto papel.
La puerta del despacho se cerró con un chasquido seco cuando Joaquín salió, dejando el silencio denso del lugar interrumpido únicamente por el murmullo lejano del aire acondicionado.
Leónidas se quedó de pie tras el escritorio, sintiendo cómo la presión arterial le subía a pasos agigantados. Quedarse a solas con Mía en un espacio cerrado y profesional era una prueba para la cual no estaba preparado.
—Deberías haber ido con Joaquín —dijo Leónidas, intentando sonar severo mientras volvía a sentarse en su sillón ergonómico y fingía revisar los planos desplegados—. El archivo del sótano es difícil de encontrar si no conoce la distribución del edificio.
—Joaquín tiene diecinueve años en cada pata y conoce este edificio desde que lo construyeron, Leónidas —dijo Mía, comenzando a caminar despacio alrededor del gran escritorio de nogal.
El sonido de sus tacos altos contra el suelo retumbaba con una cadencia pausada, casi hipnótica. Mía se acercó a la ventanal, contemplando la vista panorámica de la ciudad antes de girar sobre sí misma y apoyarse levemente sobre el borde de madera del escritorio de Leónidas, justo al lado de donde él tenía las manos apoyadas.
La textura de la seda blanca de su blusa rozó el codo de la chaqueta de Leónidas. Él apretó los dientes, negándose a alzar la mirada, concentrando toda su voluntad en las líneas de tinta azul del plano.
—Tienes una vista increíble desde aquí arriba —comentó Mía suavemente, inclinándose ligeramente hacia adelante. El aroma a jazmín y vainilla invadió de inmediato el espacio vital del hombre—. Aunque me parece que este despacho tan grande y tan gris necesita un poco de calor humano. Está todo tan impecable, tan ordenado... tan tú.
—Es un lugar de trabajo, Mía —respondió Leónidas con voz baja y áspera, manteniendo la vista fija en el papel—. Se requiere orden y concentración para dirigir una empresa.
—¿Y nunca te da ganas de romper el orden? —preguntó ella en un susurro provocativo.
Antes de que Leónidas pudiera reaccionar, Mía hizo un movimiento fluido y audaz: rodeó el escritorio y se deslizó en el reducido espacio entre el sillón de cuero de Leónidas y la madera del mueble. Con un gesto rápido, estiró el brazo y presionó el botón de bloqueo automático de la puerta del despacho, escuchando el 'clic' metálico del seguro que impedía que cualquiera pudiera ingresar desde el pasillo exterior.
—¿Qué estás haciendo? —exigió Leónidas, alzando por fin la mirada, con los ojos echando chispas y el corazón latiéndole desbocado contra el pecho.
Mía no se retiró. Al contrario, se inclinó sobre él, apoyando ambas manos sobre los apoyabrazos de cuero del sillón, acorralando a Leónidas en su propio asiento. Sus rostros quedaron a menos de diez centímetros de distancia. La curva de los pechos de Mía, resaltada por el escote de seda blanca, quedaba a la altura exacta de los ojos de él, y el calor que emanaba de su piel resultaba abrumador.
—Poniéndote a prueba, arquitecto —respondió Mía con una sonrisa felina y juguetona que le encendió la sangre a Leónidas—. Cinco días sin verte me parecieron una eternidad. Y quería comprobar si aquí, en tu terreno, con tu traje de hombre poderoso y serio, sigues siendo tan vulnerable a mí como en la fiesta.
—Mía, esto es una locura —murmuró Leónidas, intentando mantener la voz firme, aunque la respiración se le había vuelto entrecortada y pesada. Sus manos se aferraron con fuerza a los bordes del sillón para evitar el impulso arrollador de tomarla por la cintura—. Mi secretaria puede llamar a la puerta en cualquier momento. Joaquín va a subir en dos minutos.
—Pues entonces tenemos dos minutos muy valiosos —dijo ella en un murmullo sensual.
Mía levantó una mano y, con la yema del dedo índice, comenzó a trazar un recorrido lento sobre el nudo de la corbata de Leónidas. Descendió despacio por la hilera de botones de su camisa azul, sintiendo cómo el pecho de él se expandía con una inhalación profunda y temblorosa. Leónidas cerró los ojos por una fracción de segundo, emitiendo un gruñido ahogado desde lo más profundo de la garganta.
—Mía... detente —pidió él, aunque su voz carecía de toda convicción real.
—Mírame y dímelo de verdad —desafió Mía, acariciándole la línea firme de la mandíbula con la palma de la mano, sintiendo la calidez de su piel y la dureza de sus facciones—. Mírame a los ojos y dime que quieres que me detenga. Si me miras y me dices que no sientes nada cuando te toco, me doy la vuelta, salgo por esa puerta y no vuelvo a provocarte nunca más.
Leónidas abrió los ojos. La miró fijamente, envuelto en el remolino de pasión, deseo y posesividad que Mía despertaba en él. Sus miradas se cruzaron con la fuerza de un impacto frontal. El deseo acumulado durante años, reprimido bajo capas de sentido del deber, diferencia de edad y respeto familiar, amenazó con romper todos los diques de su autocontrol.
La mano derecha de Leónidas se movió casi por voluntad propia: subió desde el apoyabrazos y se posó con firmeza sobre la cadera de Mía, rodeándola por encima de la falda de tubo negra. La presión de sus dedos fue posesiva, dominante, revelando la fiera que llevaba oculta bajo el traje a medida.
Mía ahogó un pequeño suspiro de sorpresa y placer ante el contacto directo. Sintió la fuerza aplastante de la mano de Leónidas sosteniéndola contra él, eliminando cualquier espacio de separación.
—Eres un peligro público, Mía del Campo —murmuró Leónidas con la voz vuelta un susurro oscuro, rasposo y cargado de una sensualidad voraz—. Una tentación caminante que vino a arruinarme la vida.
—No a arruinártela, Leónidas... a enseñarte a vivirla —respondió ella, inclinando la cabeza apenas un milímetro más, rozando sus labios contra la comisura de la boca de él en una caricia tortuosa que hizo que a Leónidas se le detuviera el pulso.
El roce fue eléctrico, una chispa que amenazó con desatar un incendio incontrolable dentro del despacho. La mano de Leónidas en su cadera se apretó con más fuerza, tirando de ella hacia abajo para acomodarla sobre su regazo, mientras su otra mano subía instintivamente hacia la nuca de Mía para enredar los dedos en su melena castaña y profundizar el beso que ambos estaban a punto de consumar.
De repente, el pomo de la puerta del despacho intentó girar desde el exterior con un ruido metálico seco.
—¡Che, Mía, abrí que la puerta está trabada! —gritó la voz de Joaquín desde el pasillo, acompañada de un par de golpecitos impacientes contra la madera maciza—. ¿Qué le pasa a esta cerradura electrónica?
El impacto de la realidad cayó sobre Leónidas como un balde de agua helada.
Con un esfuerzo de voluntad sobrehumano que le contrajo cada músculo del cuerpo, Leónidas soltó la cadera de Mía y retiró la mano de su nuca, echándose hacia atrás en el sillón mientras intentaba regularizar su respiración desbocada.
Mía, por su parte, no perdió la compostura en ningún momento. Soltó una risita baja, llena de triunfo y satisfacción absoluta, acomodándose la blusa de seda y ajustando la falda de tubo con un movimiento elegante antes de guiñarle un ojo a Leónidas.
—Ya va, Juaco, es que este seguro es medio mañoso —respondió Mía en voz alta con total tranquilidad, caminando hacia la puerta.
Leónidas se puso de pie a toda prisa, acomodándose la chaqueta del traje y ajustándose el nudo de la corbata con manos levemente temblorosas, intentando borrar cualquier rastro de la pasión desenfrenada que acababa de tener lugar entre esas cuatro paredes.
Mía presionó el botón de desbloqueo y abrió la puerta. Joaquín entró al despacho sosteniendo un tubo protector con los planos bajo el brazo y una mirada de desconcierto.
—No sé qué le pasa a la puerta de tu oficina, Leónidas —dijo Joaquín, mirando a su hermano, quien permanecía de pie tras el escritorio con el rostro ligeramente enrojecido y la mirada clavada en la mesa—. Parece que se traba sola.
—Es... es el sistema de seguridad centralizado —mintió Leónidas con voz grave, aunque tuvo que carraspear para aclarar la garganta—. A veces tiene fallas en la frecuencia.
—Bueno, yo ya tengo los planos —dijo Joaquín, mirando la hora en su reloj de pulsera—. Mía, tenemos que irnos o no llego a la teórica de las cuatro.
—Claro, Juaco, vamos —aceptó Mía alegremente. Se giró hacia Leónidas y le dedicó una sonrisa resplandeciente, cargada de una complicidad abrasadora que prometía estallar en cualquier momento—. Gracias por la recepción, arquitecto Benavídez. Tu oficina es sumamente... estimulante. Espero que podamos repetir la inspección muy pronto.
Leónidas la miró en silencio, apretando la mandíbula con firmeza mientras veía a los dos jóvenes salir del despacho y alejarse por el pasillo.
Cuando la puerta volvió a cerrarse y el silencio absoluto reinó de nuevo en el piso catorce, Leónidas se dejó caer pesadamente en su sillón de cuero. Se quitó la chaqueta, se desabrochó los dos primeros botones de la camisa azul y se pasó ambas manos por la cara, soltando una exhalación profunda y cargada de rendición.
Estaba perdido. Sabía que la barrera de su autocontrol había sido atravesada definitivamente, y que no pasaría mucho tiempo antes de que la tentación lo arrastrara por completo.