Anastasia Valenzuela Herrera huyó de la opulencia y del peso de ser la heredera del imperio de los magnates número uno del mundo, ocultándose bajo la falsa identidad de Anastasia Riquelme. Buscando forjar su propio camino en el extranjero, su vida da un giro devastador la noche en que es brutalmente violada en la oscuridad por un desconocido. Meses después, un desmayo en la universidad revela una verdad inquebrantable: está esperando un hijo de su agresor. En un intento desesperado por proteger a su bebé y evitar la intervención de su poderosa familia, comete el error de aceptar casarse por lo civil con Patricio Zapata, un compañero machista y manipulador.
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LA SOMBRA EN EL PASILLO Y EL PESO DE LA CULPA
Las luces parpadeantes de la sala de urgencias proyectaban sombras frías sobre el suelo de vinilo. El olor a desinfectante y el pitido rítmico e incesante de los monitores cardíacos llenaban el aire con una atmósfera sofocante.
Doña Natalia Herrera de Valenzuela llegó al hospital como un torbellino de elegancia y furia. Sus tacones resonaban con fuerza en cada paso, atrayendo las miradas de médicos y enfermeras. A su lado, su hijo Adrián mantenía la mandíbula apretada, con los puños cerrados dentro de los bolsillos de su saco. Detrás de ellos, la Nana venía sosteniendo la mano del pequeño Ariel, quien lloraba en silencio, apretando entre sus deditos el chaleco de la mujer que lo había cuidado desde que nació.
—¡Exijo ver al médico a cargo de mi hija ahora mismo! —retumbó la voz de Natalia en el mostrador de recepción, con una autoridad que no admitía réplicas.
Un médico de guardia, con rostro cansado y bata blanca, se acercó apresuradamente hacia la matriarca.
—¿Es usted familiar de la paciente Anastasia Riquelme? —preguntó el doctor, revisando la carpeta médica.
—Soy su madre, Natalia de Valenzuela —respondió ella, mirando al médico fijamente a los ojos—. Dígame de inmediato cuál es el estado de mi hija.
El médico suspiró, bajando ligeramente la voz para mantener la privacidad.
—La señora Anastasia sufrió un episodio neurológico agudo severo, detonado por una crisis de pánico extrema y un traumatismo físico reciente. Presenta hematomas en el rostro y en la zona torácica. Afortunadamente, logramos estabilizar la convulsión con anticonvulsivos e intubación preventiva, pero su cuerpo colapsó por el nivel de estrés. Se encuentra en la Unidad de Cuidados Intensivos bajo observación.
—¿Golpes? —intervino Adrián, dando un paso al frente con la voz enronquecida por la rabia—. ¿Dijo que tiene golpes en el cuerpo?
—Así es caballero. Los traumatismos son compatibles con una agresión física reciente. El protocolo de violencia doméstica ya ha sido activado y la policía está en camino para tomar la declaración correspondiente.
Al escuchar la palabra "agresión", el pequeño Ariel comenzó a temblar de nuevo. Se pegó más a la falda de la Nana y sollozó con amargura.
—Fue mi papá... —susurró el niño con voz ahogada—. Mi papá le gritó feo a mi mamá y la tiró a la cama... Yo lo vi, Nana... mi papá la mató...
Natalia se arrodilló de inmediato frente a su nieto, ignorando la frialdad del suelo. Sus ojos, antes llenos de ira, se suavizaron por completo al mirar el rostro aterrorizado del pequeño rubio de ojos azules. Le tomó las manos con extrema ternura.
—Escúchame muy bien, Ariel, mi amor —dijo Natalia, ahogando un sollozo mientras le acariciaba el cabello rizado—. Tu mamá no está muerta. Tu mamá es una mujer muy fuerte y va a salir de esto. Y te prometo por mi vida que ese hombre jamás, ¿me oyes?, jamás va a volver a ponerte una mano encima ni a ti ni a tu madre. A partir de hoy, tu abuela se encarga de todo.
—¿De verdad, abuelita? —preguntó el niño con la voz quebrada, mirando a Natalia con esos ojos azules tan parecidos a los de un hombre que ni siquiera sabía que existía.
—De verdad, mi vida —afirmó Natalia, besándole la frente antes de ponerse de pie y mirar a Adrián—. Adrián, llama a tu padre ahora mismo. Dile a Adriel que no quiero a Patricio Zapata en la calle ni una hora más. Quiero a los mejores abogados penalistas de la ciudad trabajando en esto ya. Que congelen las cuentas de ese miserable y manden a la policía a buscarlo.
—Considéralo hecho, mamá —respondió Adrián sacando su teléfono con la mirada encendida en odio—. Ese mal nacido va a pagar cada lágrima de mi hermana y de mi sobrino.
Mientras la familia Valenzuela tomaba el control del hospital, a pocos kilómetros de allí, en un pent-house de la zona más exclusiva de la metrópoli, Carmelo Victorino caminaba de un lado a otro en su amplia oficina privada.
A sus 40 años, el hombre más rico del mundo lo tenía todo en términos de poder y fortuna, pero su rostro reflejaba un cansancio profundo y devastador. Las ojeras marcadas debajo de sus ojos azules cristalinos eran el testimonio de casi siete años de insomnio, pesadillas recurrentes y crisis de pánico inapagables.
El teléfono de su escritorio sonó. Carmelo respondió al instante.
—Habla Carmelo.
—Señor Victorino, disculpe la hora —resonó la voz de Sandro, su hermano menor y asistente ejecutivo—. Acabo de recibir una notificación de la red de seguridad del conglomerado Valenzuela. Parece que hay un despliegue de emergencia en el Hospital Central.
Carmelo frunció el ceño, deteniendo su paso.
—¿El señor Adriel Valenzuela tuvo algún problema de salud?
—No, señor. Según los informes preliminares, se trata de la hija menor del señor Valenzuela, Anastasia. Ingresó de urgencia a Cuidados Intensivos tras sufrir una agresión física grave. Además, doña Natalia está en el lugar y ha solicitado intervención legal inmediata contra el esposo de la joven.
Un estremecimiento helado recorrió la columna vertebral de Carmelo. Aunque mantenía una relación estrictamente profesional y distante con la familia Valenzuela debido a los negocios que compartían, el nombre de esa familia siempre activaba una culpa punzante en lo más profundo de su ser.
—¿Agresión física? —preguntó Carmelo con la voz áspera—. ¿El esposo la golpeó?
—Al parecer sí señor. Las autoridades están buscando a un hombre llamado Patricio Zapata.
Carmelo apretó el auricular del teléfono hasta que sus nudillos se pusieron blancos. El recuerdo confuso y distorsionado de aquella noche atroz de hace seis años y noves meses —aquella fiesta en la que fue drogado con una sustancia sintética y cometió el acto más aberrante de su vida en la oscuridad de una habitación— volvió a azotar su mente como una ola de fuego. Jamás había podido encontrar a la víctima de esa noche; la culpa lo consumía vivo día tras día, convirtiéndolo en un hombre frío, huraño y atormentado.
—Sandro —ordenó Carmelo con frialdad tajante—. Prepara la camioneta. Vamos al Hospital Central ahora mismo.
—¿Señor? Con todo respeto, no es asunto de nuestra empresa. La familia Valenzuela maneja su propia seguridad y...
—¡Dije que prepares la camioneta, Sandro! —rugió Carmelo fuera de sí, apoyando la mano en el escritorio para sostenerse mientras una punzada de pánico le oprimía el pecho—. Adriel Valenzuela es mi socio principal. Si su familia está pasando por un colapso, yo debo estar ahí. Haz lo que te digo.
Sandro guardó silencio un segundo antes de responder.
—Enseguida, señor. Estaré abajo en cinco minutos.
Carmelo colgó el teléfono y caminó hacia el ventanal que daba a la ciudad iluminada. Se llevó una mano al pecho, sintiendo cómo su corazón latía de manera desordenada.
—¿Por qué siento esto? —murmuró para sí mismo en la soledad de la oficina, mirando su propio reflejo en el cristal—. ¿Por qué siento que el aire se me acaba?
Sin saberlo, el magnate atormentado se dirigía directamente al encuentro con la mujer a la que le había destruido la vida en la penumbra, y con el hijo de seis años que llevaba en sus venas la misma sangre, el mismo cabello rubio rizado y los mismos ojos azules que ahora brillaban con lágrimas en el pasillo de un hospital.
En la Unidad de Cuidados Intensivos, el sonido de los equipos médicos mantenía un ritmo constante.
Anastasia yacía en la cama, pálida, con pequeños electrodos pegados a su piel y una mascarilla de oxígeno cubriéndole parte del rostro. A pesar de la sedación, sus cejas se fruncían levemente por momentos, prisionera de un sueño agitado donde las sombras del pasado y los golpes del presente se mezclaban en una sola pesadilla interminable.
Afuera de la habitación, Doña Natalia permanecía de pie frente al cristal, observando a su hija con la mirada fija y los labios apretados en una línea recta.
—No te voy a perder, Anastasia —susurró Natalia para sí misma, apoyando la mano madura sobre el cristal frío—. Ni a ti ni a mi nieto. Pagaremos el precio que sea necesario, pero esta historia se acaba hoy.
El ascensor del piso de emergencias se abrió con un timbre metálico. De él salió Carmelo Victorino, luciendo un abrigo oscuro sobre su traje a medida, escoltado por Sandro. Sus pasos lo llevaron directamente hacia el pasillo donde la familia Valenzuela aguardaba.
Cuando Natalia giró la cabeza y vio acercarse al multimillonario socia de su esposo, una extraña electricidad cruzó el aire. El destino, impredecible y cruel, acababa de juntar a todas las piezas en el mismo escenario.